lunes, 15 de diciembre de 2025

Un viaje a la casa y la memoria

Camilo Henríquez es una extensa calle que atraviesa el centro de Valdivia. Se puede decir que es una de las grandes venas por las que circula la sangre de este cuerpo-ciudad. No es, por supuesto, su columna vertebral, pues aunque fluya desde la costanera hasta los “barrios bajos”, la élite alemana de Valdivia no permitiría que se considere una arteria importante. 

En los ochenta era muy distinto a lo que es ahora, un barrio gentrificado, usurpado por tiendas, departamentos y bares. Que no se mal entienda, antes sí había fiesta, quizá más que ahora. Sin embargo, se decía que bajar de la Plaza de Armas a Camilo Henríquez era peligroso, pero no lo era, o quizá sí, pero sólo de noche. Sola y de noche. 


La mayor parte de sus habitantes vivía en los “barrios bajos”. Se le llamaba así no solo por la precariedad de sus pobladores, sino porque con el terremoto de los años sesenta Valdivia se hundió varios metros a nivel del mar y la calle Camilo Henríquez no salió intacta de ese cataclismo. 


Mi casa, Camilo Henríquez #990, se ubicaba en una de las zonas más socavadas. En los ochentas, cuando nací, era un lugar lleno de callejones, con un solo negocio de abarrotes, pero con múltiples cantinas, prostíbulos y conventillos. Los callejones y los conventillos me daban miedo, pues mi abuela me prevenía diciendo que los borrachos se roban a los chiquillos que descuidadamente transitaban por ahí. Habitaban por ahí monstruos furibundos de pobreza y alcohol. Pero todos estábamos acostumbrados a las cantinas - muchas de ellas clandestinas- y a los prostíbulos. Eran parte de nuestro escenario. Solo había que tener cuidado con los borrachos y con los “fachos”, al menos eso decía mi abuela. Y es que Camilo Henríquez siempre fue un barrio de resistencia, en el terremoto, en la dictadura y en el frío invierno de la selva valdiviana. 


Cuando era pequeña, mi tía y mi abuela me contaban cómo fue vivir en rucos después del terremoto, con casas, calles y vidas destruidas. Supongo que ese hecho selló la identidad de un barrio proletario, golpeado por la pobreza y la incertidumbre. Reconstruyéndose paso a paso, los sobrevivientes fueron resurgiendo, levantando sus casas en amplios pero hundidos terrenos. La casa de mi abuela fue una más de las que fueron asentándose en su historia. Era una casa grande, cuadrada y de madera, a la usanza de la arquitectura sureña. Allí se criaron mi madre, mis tías, mi tío y yo, como última generación. 


De la dictadura tengo pocos recuerdos. Recuerdo la división de las familias, las miradas de reojo, mi abuela repitiendo incontables veces que los vecinos delataron a mi tía Miryam por su filiación en el partido comunista y la acusaron de haber puesto bombas en La Telefónica y de trabajar con Allende. La dictadura vino a ser un nuevo sismo para mi familia, que se desintegró por el exilio, la violencia y un alcoholismo del que jamás se pudo recuperar. Quizá por eso mis recuerdos son de esa gran casa en decadencia, donde los pisos, un día lustrosos, se fueron rompiendo y levantando por las raíces del gran abedul instalado en el patio. A medida que el árbol crecía, la casa se iba resquebrajando en sus cimientos. Sus ventanas se desquiciaban como sus habitantes, como el tejido social de “los barrios bajos”. 


Recuerdo que con cada invierno la casa se perdía en las inundaciones y el agua que cubría el primer piso, debilitaba lentamente las húmedas maderas de su estructura. En el anegamiento se perdían mis juguetes, mis muñecas, mi familia y mi madre, que también se ahogaba, pero de alcohol. Con todo y perros debíamos habitar el segundo piso, hacer allí la morada, aguantar el chaparrón y seguir. Todo se lo llevaba el agua. 


Ahora que se han levantado las calles y se han construido colectores de aguas lluvia para que transiten nuevos habitantes - no ya los monstruos de mi infantil imaginación-, los conventillos con sus inconvenientes habitantes han sido convertidos en departamentos. Solo resisten algunas cantinas y unas pocas prostitutas ya ancianas. 


El agua se lo llevó todo. 


Y yo escribo para que esa casa no se hunda en la memoria.  


Por Gio Lubini Vidal





Remisero

Ahí va Javier, otra vez en este día, camino a su auto. Sale de su casa, da tres o cuatro pasos, y baja a la calle. Levanta la cabeza y, aunque es de tarde, los autos ya viajan con las luces prendidas. Blancas para los que vienen del lado del cementerio, rojas para los que van hacia allá.

 En la espera a que el tráfico cese, Javier se palpa los bolsillos del jean. Después toca con su mano la campera, a la altura del pecho, y su cara se relaja por un par de segundos. Por último se mira la palma de la otra mano, donde tiene el llavero asegurado al dedo índice, a través de la argolla metálica.

 Cuando por fin puede cruzar dice: vamos. Apura el caminar para llegar al otro lado de la calle, pasa entre dos autos estacionados y, antes de subirse a la vereda, apoya la planta del pie izquierdo sobre el filo del cordón y se agacha para tocarse la punta del calzado. Como un jugador de fútbol tratando de llegar hasta el final del partido, elonga el gemelo izquierdo.

 Javier va caminando por la vereda del parque, cabizbajo, con el ceño fruncido, hablando solo o con él mismo. Va esquivando charcos, barro y gente. Otras personas, que van corriendo, lo esquivan a él. Cuando llega a la mitad de esa cuadra doble, frena y se para sobre el pasto. Desde ahí mira al sol bajar por unos segundos. Los rayos se cuelan entre las ramas de los árboles, algunas peladas, otras siempre verdes. Aprovecha el momento de relajación y gira sobre su cintura un par de veces para cada lado, como si fuera un trapo escurriéndose.

 En eso escucha una voz que dice, “señor, la pelota”. Frente a él, una pelota de fútbol y más allá, a unos cuantos metros, un grupo de chicos de diferentes edades y alturas. Javier se acomoda y patea la pelota que viaja directo al pecho del chico que está delante de todo el pelotón. Los pibes agradecen, algunos con palabras, otros levantan la mano con el pulgar hacia arriba. Javier mira a su alrededor buscando un aplauso, pero no hay nadie para animarlo.

 Así que sigue caminando, mascando pensamientos, mete las manos adentro de los bolsillos de la campera y levanta los hombros tensos, para cubrirse del viento frío que empieza a sentirse a medida que se esconde el sol.

 Llegando al auto, ve una sombra negra al lado de la rueda de adelante. No lo puede creer. Su cabeza dice no, no, varias veces. Ya pinchó esa misma rueda hace dos días, el miércoles a la noche, para ser más exactos, volviendo tarde a su casa. Se tuvo que tirar al piso mojado para cambiarla y se lastimó la mano con el crique tratando de levantar el auto. 

 Se acerca al coche y apoya los antebrazos cruzados arriba del techo polvoriento y, sobre el dorso de las palmas, apoya la frente. Después corre su cabeza para poder ver de nuevo la rueda y se agacha. En cuclillas la toca y sonríe. Se da cuenta que la rueda no está pinchada. La sombra que se le hace a la cubierta es, en realidad, un pequeño bolsito que quedó atrapado bajo la rueda.

 Javier hace un poco de fuerza y logra sacarlo. Lo mira, lo inspecciona desde varios ángulos. Es pequeño, de color negro y está mugriento. El cierre está roto y tiene una tira de tela, con un botón a presión plateado, para engancharlo del cinturón. Es una especie de funda de celular viejo, del estilo de aquel que traía como única distracción el juego de la viborita. O quizás sea un porta documento. O un simple monedero. No tiene muy en claro qué es ni qué función tiene, pero sí que viene de otra época, de cuando se podía comprar algo con unas simples monedas o de cuando los teléfonos eran usados para hablar por teléfono y no mucho más.

 Después de un ratito Javier se reincorpora y la mira a su esposa por encima del techo del auto. Ella está del lado del acompañante, esperando a que abra para poder subirse. Javier le sonríe mientras coloca la funda, o el monedero, o lo que sea; en su cintura.

—¿Cómo me queda?— pregunta él.

—Pareces un remisero— contesta la esposa.

 Javier ríe mientras abre el auto y sube. Lo arranca e intenta poner marcha atrás, pero no puede. Aprieta el embrague más a fondo y logra meter el cambio. Después de retroceder un poco, frena y pone primera. Cuando se abre un hueco en el tráfico, sale. Desde el asiento de atrás llega la voz de la hija de ambos que pregunta:

—¿Qué es un remisero, mamá?

Por Lucas Mirasso



jueves, 11 de diciembre de 2025

El aplauso de los árboles


Son las nueve de la mañana del domingo cuando llego a la casa de la Pepa. Abro la puerta metálica y avanzo hasta la cocina donde se encuentran mis tìas tomando el desayuno. Un café con leche con facturas de la panadería de la Coca. Enseguida nos saludamos, me ofrecen tomar algo y yo acepto un café y un par de vigilantes.

La Nina termina de desayunar y lava las tazas que usamos los tres mientras intercambia rápido algunas palabras con la Pepa sobre el almuerzo. 

-Calculo que estaremos de vuelta tipo doce y media-dice la Nina

-Bueno, para esa hora ya tendré lista la comida- responde la Pepa y agrega –Lo mando a Santos a comprar los ravioles a Zelene ahora y empiezo a preparar el estofado.

Se escucha el sonido de los besos mientras nos saludamos.

- chau
- chau.

La Nina y yo salimos de la casa atravesando el largo patio lleno de plantas y enfilamos hacia la calle Rioja para tomar el tranvía 14. Esperamos unos minutos y aparece un coche grande redondeado en sus extremos. Subimos, el guarda cobra los pasajes y nos sentamos en un asiento de tirantes de madera.

Me siento del lado de la ventanilla así que aprovecho para chusmear la ciudad, cosa que siempre me apasionó. En cada esquina que cruzamos miro los carteles adheridos a la pared de la primera –¿o última? casa de la cuadra. Son chapas rectangulares azules con letras blancas donde se indica el nombre de la calle. 

Luego de unos veinte minutos de viaje desembocamos en una ancha avenida. La geografía es más bien pobre y las casas son humildes. Aparecen los puestos callejeros  que venden flores por los que pasaremos luego y que impregnan el aire de un olor dulzón y penetrante que desprende el vasto universo de flores que se exhiben. 

Nos bajamos del tranvía, estamos frente al Cementerio La Piedad. Son dos secciones: una más vieja y la otra más nueva que está en la vereda de enfrente. Entramos al sector viejo. La Nina lleva dos ramos de flores y helechos que cortò temprano en su casa. Pasamos la entrada y nos encontramos con un lugar inmenso con enormes árboles dispuestos de manera lineal que dibujan cuadrados dentro de los cuales están las tumbas. La suave brisa hace que los árboles “aplaudan” por el movimiento de sus hojas. Es una sensación imponente. En ese cementerio el silencio es de los mortales que lo frecuentan que, a lo sumo, susurran para no molestar quizás. Muchas veces me pregunto si esos aplausos arbóreos no serán manifestaciones sonoras de los muertos que yacen bajo tierra saludando a los visitantes o que piden que no se los deje solos o al menos que no se los olvide. Duda metafísica de pibe.

Mientras la Nina cambia las flores y limpia los floreritos de las tumbas familiares, yo aprovecho para recorrer los pasillos: me detengo frente a las que me llaman la atención por algún motivo, sobre todo las que tienen portarretratos con la foto  descolorida de quién está enterrado pegadas en el mármol. Me impactan en particular las de los niños. También calculo la edad que tendrían hoy.

Miro los rostros de los visitantes que se desplazan en silencio llevando sus ramos florales. No distingo dolor en sus expresiones. Pareciera ser que cumplen con un rito atávico. Algunas personas se persignan ante la tumba del ser querido, rezan, depositan besos con los dedos. Yo no siento nada, todo me resulta ajeno.

Cada tanto miro hacia arriba descansando la vista en las copas de los árboles. Les imagino caras, no puedo aceptar que alguien que no tiene rostro aplauda, deben tener vida. Me siento observado por ellos.

Nina termina su liturgia y me dice que nos volvemos. Misión cumplida, pienso. Muchas veces la he acompañado en esos domingos, durante años, me gusta el viaje. Al margen de eso, nada más. Muchos años después, luego de enterrar a mi padre primero y a mi madre después, jamás he vuelto al Cementerio de La Piedad. A ambos los tengo en mi memoria y en mi corazón. Pero lo que extraño, eso sí, son los aplausos de los árboles.

Por Hugo Blasco 

 


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