En la espera a que el tráfico cese, Javier se palpa los bolsillos del jean. Después toca con su mano la campera, a la altura del pecho, y su cara se relaja por un par de segundos. Por último se mira la palma de la otra mano, donde tiene el llavero asegurado al dedo índice, a través de la argolla metálica.
Cuando por fin puede cruzar dice: vamos. Apura el caminar para llegar al otro lado de la calle, pasa entre dos autos estacionados y, antes de subirse a la vereda, apoya la planta del pie izquierdo sobre el filo del cordón y se agacha para tocarse la punta del calzado. Como un jugador de fútbol tratando de llegar hasta el final del partido, elonga el gemelo izquierdo.
Javier va caminando por la vereda del parque, cabizbajo, con el ceño fruncido, hablando solo o con él mismo. Va esquivando charcos, barro y gente. Otras personas, que van corriendo, lo esquivan a él. Cuando llega a la mitad de esa cuadra doble, frena y se para sobre el pasto. Desde ahí mira al sol bajar por unos segundos. Los rayos se cuelan entre las ramas de los árboles, algunas peladas, otras siempre verdes. Aprovecha el momento de relajación y gira sobre su cintura un par de veces para cada lado, como si fuera un trapo escurriéndose.
En eso escucha una voz que dice, “señor, la pelota”. Frente a él, una pelota de fútbol y más allá, a unos cuantos metros, un grupo de chicos de diferentes edades y alturas. Javier se acomoda y patea la pelota que viaja directo al pecho del chico que está delante de todo el pelotón. Los pibes agradecen, algunos con palabras, otros levantan la mano con el pulgar hacia arriba. Javier mira a su alrededor buscando un aplauso, pero no hay nadie para animarlo.
Así que sigue caminando, mascando pensamientos, mete las manos adentro de los bolsillos de la campera y levanta los hombros tensos, para cubrirse del viento frío que empieza a sentirse a medida que se esconde el sol.
Llegando al auto, ve una sombra negra al lado de la rueda de adelante. No lo puede creer. Su cabeza dice no, no, varias veces. Ya pinchó esa misma rueda hace dos días, el miércoles a la noche, para ser más exactos, volviendo tarde a su casa. Se tuvo que tirar al piso mojado para cambiarla y se lastimó la mano con el crique tratando de levantar el auto.
Se acerca al coche y apoya los antebrazos cruzados arriba del techo polvoriento y, sobre el dorso de las palmas, apoya la frente. Después corre su cabeza para poder ver de nuevo la rueda y se agacha. En cuclillas la toca y sonríe. Se da cuenta que la rueda no está pinchada. La sombra que se le hace a la cubierta es, en realidad, un pequeño bolsito que quedó atrapado bajo la rueda.
Javier hace un poco de fuerza y logra sacarlo. Lo mira, lo inspecciona desde varios ángulos. Es pequeño, de color negro y está mugriento. El cierre está roto y tiene una tira de tela, con un botón a presión plateado, para engancharlo del cinturón. Es una especie de funda de celular viejo, del estilo de aquel que traía como única distracción el juego de la viborita. O quizás sea un porta documento. O un simple monedero. No tiene muy en claro qué es ni qué función tiene, pero sí que viene de otra época, de cuando se podía comprar algo con unas simples monedas o de cuando los teléfonos eran usados para hablar por teléfono y no mucho más.
Después de un ratito Javier se reincorpora y la mira a su esposa por encima del techo del auto. Ella está del lado del acompañante, esperando a que abra para poder subirse. Javier le sonríe mientras coloca la funda, o el monedero, o lo que sea; en su cintura.
—¿Cómo me queda?— pregunta él.
—Pareces un remisero— contesta la esposa.
Javier ríe mientras abre el auto y sube. Lo arranca e intenta poner marcha atrás, pero no puede. Aprieta el embrague más a fondo y logra meter el cambio. Después de retroceder un poco, frena y pone primera. Cuando se abre un hueco en el tráfico, sale. Desde el asiento de atrás llega la voz de la hija de ambos que pregunta:
—¿Qué es un remisero, mamá?

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