Son las nueve de la mañana del domingo cuando llego a la casa de la Pepa. Abro la puerta metálica y avanzo hasta la cocina donde se encuentran mis tìas tomando el desayuno. Un café con leche con facturas de la panadería de la Coca. Enseguida nos saludamos, me ofrecen tomar algo y yo acepto un café y un par de vigilantes.
La Nina termina de desayunar y lava las tazas que usamos los tres mientras intercambia rápido algunas palabras con la Pepa sobre el almuerzo.
-Calculo que estaremos de vuelta tipo doce y media-dice la Nina
-Bueno, para esa hora ya tendré lista la comida- responde la Pepa y agrega –Lo mando a Santos a comprar los ravioles a Zelene ahora y empiezo a preparar el estofado.
Se escucha el sonido de los besos mientras nos saludamos.
- chau
- chau.
La Nina y yo salimos de la casa atravesando el largo patio lleno de plantas y enfilamos hacia la calle Rioja para tomar el tranvía 14. Esperamos unos minutos y aparece un coche grande redondeado en sus extremos. Subimos, el guarda cobra los pasajes y nos sentamos en un asiento de tirantes de madera.
Me siento del lado de la ventanilla así que aprovecho para chusmear la ciudad, cosa que siempre me apasionó. En cada esquina que cruzamos miro los carteles adheridos a la pared de la primera –¿o última? casa de la cuadra. Son chapas rectangulares azules con letras blancas donde se indica el nombre de la calle.
Luego de unos veinte minutos de viaje desembocamos en una ancha avenida. La geografía es más bien pobre y las casas son humildes. Aparecen los puestos callejeros que venden flores por los que pasaremos luego y que impregnan el aire de un olor dulzón y penetrante que desprende el vasto universo de flores que se exhiben.
Nos bajamos del tranvía, estamos frente al Cementerio La Piedad. Son dos secciones: una más vieja y la otra más nueva que está en la vereda de enfrente. Entramos al sector viejo. La Nina lleva dos ramos de flores y helechos que cortò temprano en su casa. Pasamos la entrada y nos encontramos con un lugar inmenso con enormes árboles dispuestos de manera lineal que dibujan cuadrados dentro de los cuales están las tumbas. La suave brisa hace que los árboles “aplaudan” por el movimiento de sus hojas. Es una sensación imponente. En ese cementerio el silencio es de los mortales que lo frecuentan que, a lo sumo, susurran para no molestar quizás. Muchas veces me pregunto si esos aplausos arbóreos no serán manifestaciones sonoras de los muertos que yacen bajo tierra saludando a los visitantes o que piden que no se los deje solos o al menos que no se los olvide. Duda metafísica de pibe.
Mientras la Nina cambia las flores y limpia los floreritos de las tumbas familiares, yo aprovecho para recorrer los pasillos: me detengo frente a las que me llaman la atención por algún motivo, sobre todo las que tienen portarretratos con la foto descolorida de quién está enterrado pegadas en el mármol. Me impactan en particular las de los niños. También calculo la edad que tendrían hoy.
Miro los rostros de los visitantes que se desplazan en silencio llevando sus ramos florales. No distingo dolor en sus expresiones. Pareciera ser que cumplen con un rito atávico. Algunas personas se persignan ante la tumba del ser querido, rezan, depositan besos con los dedos. Yo no siento nada, todo me resulta ajeno.
Cada tanto miro hacia arriba descansando la vista en las copas de los árboles. Les imagino caras, no puedo aceptar que alguien que no tiene rostro aplauda, deben tener vida. Me siento observado por ellos.
Nina termina su liturgia y me dice que nos volvemos. Misión cumplida, pienso. Muchas veces la he acompañado en esos domingos, durante años, me gusta el viaje. Al margen de eso, nada más. Muchos años después, luego de enterrar a mi padre primero y a mi madre después, jamás he vuelto al Cementerio de La Piedad. A ambos los tengo en mi memoria y en mi corazón. Pero lo que extraño, eso sí, son los aplausos de los árboles.
Por Hugo Blasco

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