lunes, 15 de diciembre de 2025

Un viaje a la casa y la memoria

Camilo Henríquez es una extensa calle que atraviesa el centro de Valdivia. Se puede decir que es una de las grandes venas por las que circula la sangre de este cuerpo-ciudad. No es, por supuesto, su columna vertebral, pues aunque fluya desde la costanera hasta los “barrios bajos”, la élite alemana de Valdivia no permitiría que se considere una arteria importante. 

En los ochenta era muy distinto a lo que es ahora, un barrio gentrificado, usurpado por tiendas, departamentos y bares. Que no se mal entienda, antes sí había fiesta, quizá más que ahora. Sin embargo, se decía que bajar de la Plaza de Armas a Camilo Henríquez era peligroso, pero no lo era, o quizá sí, pero sólo de noche. Sola y de noche. 


La mayor parte de sus habitantes vivía en los “barrios bajos”. Se le llamaba así no solo por la precariedad de sus pobladores, sino porque con el terremoto de los años sesenta Valdivia se hundió varios metros a nivel del mar y la calle Camilo Henríquez no salió intacta de ese cataclismo. 


Mi casa, Camilo Henríquez #990, se ubicaba en una de las zonas más socavadas. En los ochentas, cuando nací, era un lugar lleno de callejones, con un solo negocio de abarrotes, pero con múltiples cantinas, prostíbulos y conventillos. Los callejones y los conventillos me daban miedo, pues mi abuela me prevenía diciendo que los borrachos se roban a los chiquillos que descuidadamente transitaban por ahí. Habitaban por ahí monstruos furibundos de pobreza y alcohol. Pero todos estábamos acostumbrados a las cantinas - muchas de ellas clandestinas- y a los prostíbulos. Eran parte de nuestro escenario. Solo había que tener cuidado con los borrachos y con los “fachos”, al menos eso decía mi abuela. Y es que Camilo Henríquez siempre fue un barrio de resistencia, en el terremoto, en la dictadura y en el frío invierno de la selva valdiviana. 


Cuando era pequeña, mi tía y mi abuela me contaban cómo fue vivir en rucos después del terremoto, con casas, calles y vidas destruidas. Supongo que ese hecho selló la identidad de un barrio proletario, golpeado por la pobreza y la incertidumbre. Reconstruyéndose paso a paso, los sobrevivientes fueron resurgiendo, levantando sus casas en amplios pero hundidos terrenos. La casa de mi abuela fue una más de las que fueron asentándose en su historia. Era una casa grande, cuadrada y de madera, a la usanza de la arquitectura sureña. Allí se criaron mi madre, mis tías, mi tío y yo, como última generación. 


De la dictadura tengo pocos recuerdos. Recuerdo la división de las familias, las miradas de reojo, mi abuela repitiendo incontables veces que los vecinos delataron a mi tía Miryam por su filiación en el partido comunista y la acusaron de haber puesto bombas en La Telefónica y de trabajar con Allende. La dictadura vino a ser un nuevo sismo para mi familia, que se desintegró por el exilio, la violencia y un alcoholismo del que jamás se pudo recuperar. Quizá por eso mis recuerdos son de esa gran casa en decadencia, donde los pisos, un día lustrosos, se fueron rompiendo y levantando por las raíces del gran abedul instalado en el patio. A medida que el árbol crecía, la casa se iba resquebrajando en sus cimientos. Sus ventanas se desquiciaban como sus habitantes, como el tejido social de “los barrios bajos”. 


Recuerdo que con cada invierno la casa se perdía en las inundaciones y el agua que cubría el primer piso, debilitaba lentamente las húmedas maderas de su estructura. En el anegamiento se perdían mis juguetes, mis muñecas, mi familia y mi madre, que también se ahogaba, pero de alcohol. Con todo y perros debíamos habitar el segundo piso, hacer allí la morada, aguantar el chaparrón y seguir. Todo se lo llevaba el agua. 


Ahora que se han levantado las calles y se han construido colectores de aguas lluvia para que transiten nuevos habitantes - no ya los monstruos de mi infantil imaginación-, los conventillos con sus inconvenientes habitantes han sido convertidos en departamentos. Solo resisten algunas cantinas y unas pocas prostitutas ya ancianas. 


El agua se lo llevó todo. 


Y yo escribo para que esa casa no se hunda en la memoria.  


Por Gio Lubini Vidal





Remisero

Ahí va Javier, otra vez en este día, camino a su auto. Sale de su casa, da tres o cuatro pasos, y baja a la calle. Levanta la cabeza y, aunque es de tarde, los autos ya viajan con las luces prendidas. Blancas para los que vienen del lado del cementerio, rojas para los que van hacia allá.

 En la espera a que el tráfico cese, Javier se palpa los bolsillos del jean. Después toca con su mano la campera, a la altura del pecho, y su cara se relaja por un par de segundos. Por último se mira la palma de la otra mano, donde tiene el llavero asegurado al dedo índice, a través de la argolla metálica.

 Cuando por fin puede cruzar dice: vamos. Apura el caminar para llegar al otro lado de la calle, pasa entre dos autos estacionados y, antes de subirse a la vereda, apoya la planta del pie izquierdo sobre el filo del cordón y se agacha para tocarse la punta del calzado. Como un jugador de fútbol tratando de llegar hasta el final del partido, elonga el gemelo izquierdo.

 Javier va caminando por la vereda del parque, cabizbajo, con el ceño fruncido, hablando solo o con él mismo. Va esquivando charcos, barro y gente. Otras personas, que van corriendo, lo esquivan a él. Cuando llega a la mitad de esa cuadra doble, frena y se para sobre el pasto. Desde ahí mira al sol bajar por unos segundos. Los rayos se cuelan entre las ramas de los árboles, algunas peladas, otras siempre verdes. Aprovecha el momento de relajación y gira sobre su cintura un par de veces para cada lado, como si fuera un trapo escurriéndose.

 En eso escucha una voz que dice, “señor, la pelota”. Frente a él, una pelota de fútbol y más allá, a unos cuantos metros, un grupo de chicos de diferentes edades y alturas. Javier se acomoda y patea la pelota que viaja directo al pecho del chico que está delante de todo el pelotón. Los pibes agradecen, algunos con palabras, otros levantan la mano con el pulgar hacia arriba. Javier mira a su alrededor buscando un aplauso, pero no hay nadie para animarlo.

 Así que sigue caminando, mascando pensamientos, mete las manos adentro de los bolsillos de la campera y levanta los hombros tensos, para cubrirse del viento frío que empieza a sentirse a medida que se esconde el sol.

 Llegando al auto, ve una sombra negra al lado de la rueda de adelante. No lo puede creer. Su cabeza dice no, no, varias veces. Ya pinchó esa misma rueda hace dos días, el miércoles a la noche, para ser más exactos, volviendo tarde a su casa. Se tuvo que tirar al piso mojado para cambiarla y se lastimó la mano con el crique tratando de levantar el auto. 

 Se acerca al coche y apoya los antebrazos cruzados arriba del techo polvoriento y, sobre el dorso de las palmas, apoya la frente. Después corre su cabeza para poder ver de nuevo la rueda y se agacha. En cuclillas la toca y sonríe. Se da cuenta que la rueda no está pinchada. La sombra que se le hace a la cubierta es, en realidad, un pequeño bolsito que quedó atrapado bajo la rueda.

 Javier hace un poco de fuerza y logra sacarlo. Lo mira, lo inspecciona desde varios ángulos. Es pequeño, de color negro y está mugriento. El cierre está roto y tiene una tira de tela, con un botón a presión plateado, para engancharlo del cinturón. Es una especie de funda de celular viejo, del estilo de aquel que traía como única distracción el juego de la viborita. O quizás sea un porta documento. O un simple monedero. No tiene muy en claro qué es ni qué función tiene, pero sí que viene de otra época, de cuando se podía comprar algo con unas simples monedas o de cuando los teléfonos eran usados para hablar por teléfono y no mucho más.

 Después de un ratito Javier se reincorpora y la mira a su esposa por encima del techo del auto. Ella está del lado del acompañante, esperando a que abra para poder subirse. Javier le sonríe mientras coloca la funda, o el monedero, o lo que sea; en su cintura.

—¿Cómo me queda?— pregunta él.

—Pareces un remisero— contesta la esposa.

 Javier ríe mientras abre el auto y sube. Lo arranca e intenta poner marcha atrás, pero no puede. Aprieta el embrague más a fondo y logra meter el cambio. Después de retroceder un poco, frena y pone primera. Cuando se abre un hueco en el tráfico, sale. Desde el asiento de atrás llega la voz de la hija de ambos que pregunta:

—¿Qué es un remisero, mamá?

Por Lucas Mirasso



jueves, 11 de diciembre de 2025

El aplauso de los árboles


Son las nueve de la mañana del domingo cuando llego a la casa de la Pepa. Abro la puerta metálica y avanzo hasta la cocina donde se encuentran mis tìas tomando el desayuno. Un café con leche con facturas de la panadería de la Coca. Enseguida nos saludamos, me ofrecen tomar algo y yo acepto un café y un par de vigilantes.

La Nina termina de desayunar y lava las tazas que usamos los tres mientras intercambia rápido algunas palabras con la Pepa sobre el almuerzo. 

-Calculo que estaremos de vuelta tipo doce y media-dice la Nina

-Bueno, para esa hora ya tendré lista la comida- responde la Pepa y agrega –Lo mando a Santos a comprar los ravioles a Zelene ahora y empiezo a preparar el estofado.

Se escucha el sonido de los besos mientras nos saludamos.

- chau
- chau.

La Nina y yo salimos de la casa atravesando el largo patio lleno de plantas y enfilamos hacia la calle Rioja para tomar el tranvía 14. Esperamos unos minutos y aparece un coche grande redondeado en sus extremos. Subimos, el guarda cobra los pasajes y nos sentamos en un asiento de tirantes de madera.

Me siento del lado de la ventanilla así que aprovecho para chusmear la ciudad, cosa que siempre me apasionó. En cada esquina que cruzamos miro los carteles adheridos a la pared de la primera –¿o última? casa de la cuadra. Son chapas rectangulares azules con letras blancas donde se indica el nombre de la calle. 

Luego de unos veinte minutos de viaje desembocamos en una ancha avenida. La geografía es más bien pobre y las casas son humildes. Aparecen los puestos callejeros  que venden flores por los que pasaremos luego y que impregnan el aire de un olor dulzón y penetrante que desprende el vasto universo de flores que se exhiben. 

Nos bajamos del tranvía, estamos frente al Cementerio La Piedad. Son dos secciones: una más vieja y la otra más nueva que está en la vereda de enfrente. Entramos al sector viejo. La Nina lleva dos ramos de flores y helechos que cortò temprano en su casa. Pasamos la entrada y nos encontramos con un lugar inmenso con enormes árboles dispuestos de manera lineal que dibujan cuadrados dentro de los cuales están las tumbas. La suave brisa hace que los árboles “aplaudan” por el movimiento de sus hojas. Es una sensación imponente. En ese cementerio el silencio es de los mortales que lo frecuentan que, a lo sumo, susurran para no molestar quizás. Muchas veces me pregunto si esos aplausos arbóreos no serán manifestaciones sonoras de los muertos que yacen bajo tierra saludando a los visitantes o que piden que no se los deje solos o al menos que no se los olvide. Duda metafísica de pibe.

Mientras la Nina cambia las flores y limpia los floreritos de las tumbas familiares, yo aprovecho para recorrer los pasillos: me detengo frente a las que me llaman la atención por algún motivo, sobre todo las que tienen portarretratos con la foto  descolorida de quién está enterrado pegadas en el mármol. Me impactan en particular las de los niños. También calculo la edad que tendrían hoy.

Miro los rostros de los visitantes que se desplazan en silencio llevando sus ramos florales. No distingo dolor en sus expresiones. Pareciera ser que cumplen con un rito atávico. Algunas personas se persignan ante la tumba del ser querido, rezan, depositan besos con los dedos. Yo no siento nada, todo me resulta ajeno.

Cada tanto miro hacia arriba descansando la vista en las copas de los árboles. Les imagino caras, no puedo aceptar que alguien que no tiene rostro aplauda, deben tener vida. Me siento observado por ellos.

Nina termina su liturgia y me dice que nos volvemos. Misión cumplida, pienso. Muchas veces la he acompañado en esos domingos, durante años, me gusta el viaje. Al margen de eso, nada más. Muchos años después, luego de enterrar a mi padre primero y a mi madre después, jamás he vuelto al Cementerio de La Piedad. A ambos los tengo en mi memoria y en mi corazón. Pero lo que extraño, eso sí, son los aplausos de los árboles.

Por Hugo Blasco 

 


lunes, 5 de junio de 2023

El contorno de las cosas


Voy camino a la casa de un amigo porque el pajarito acaba de morir y en el trayecto se corta la luz.

Es la primera vez que presencio un corte de luz en la calle. Es un flash: puedo ver cómo la oscuridad avanza de a poco, ventana a ventana, mientras a lo lejos, los edificios se van quedando dormidos. No es como en casa. Puertas adentro uno ve cómo de pronto se queda a oscuras, y no se da cuenta que afuera el apagón avanza colándose por los cables para aparecer en las habitaciones dejándolas negras una a una.

En la calle la oscuridad tampoco es total. Todavía se logra ver cómo los autos iluminan los márgenes de las siluetas. Mientras camino pienso en este amigo que murió. No éramos tan íntimos, pero él sí lo era con el amigo que justo ahora estoy yendo a visitar.

Todo fue tan repentino como un chaparrón abrupto. Si bien era algo posible, fue repentino de todos modos. No sé qué decirle a mi amigo. Decir que uno lo siente me parece hipócrita. No decir nada y tan solo abrazar tal vez sea traicionar a lo que se piensa todo el tiempo. No creo que sea fácil poner palabras al dolor, pero la dificultad de ponerle palabras al dolor ajeno es aún más abrumadora.

Me cruzo de frente con un tipo. Sin verle los ojos sé que nos miramos con un poco de temor. Siempre está el miedo a la desgracia que flota en el aire cuando todo está oscuro. Creo que hasta lo puedo oler. Tengo a la muerte más cerca que él, lo sé, y tal vez sienta incluso un miedo más grave, incluso puedo olerlo en él también, cómo también huelo a todas las cosas que no veo y aún así todavía están acá.


La mierda de las palomas/ los carteles luminosos apagados/ los desagües atestados de páginas de diarios/ los ojos de los transeúntes/ los gatos caminando por los techos/ el contorno de las cosas/.

Todo sigue acá y se ilumina apenas cuando los automóviles pasan más misteriosos que nunca, porque en el contraste de luces y oscuridad que traen, hasta es posible que no distinga siquiera si el auto es pequeño o grande.

Rodri cantaba como un pajarito. Fruncía los labios y entonaba una melodía que solo podía salir de él o de alguna criatura con plumas posada en alguna rama. De ahí su apodo: el Pajarito. La verdad es que cantaba como un pájaro diurno, de esos que aparecen en las mañanas. La mayoría de las veces era un canto indistinguible, porque gracias a su espíritu inquieto y curioso, en sus grandes viajes llegó a coleccionar el canto de aves que no sobrevuelan estas tierras. A  través de él podías oír el canto de aves de todo el mundo. El Pajarito era un exótico. Por donde pasaba dejaba un canto y un recuerdo cálido. A veces no le hacía falta hablar. A veces solo se reía de alguna ocurrencia ajena, y con eso solo ya bastaba para que su sonrisa quedara grabada en la memoria de todos los que lo vimos reír.

Ahora, en esta calle oscura solo cantan aves sin rostro e insultan transeúntes que de seguro andan quejosos de los nervios y del miedo. Me cruzo de frente con una pareja. Lo sé por su conversación, porque todavía no llego a verlos realmente. Puedo oír cómo de pronto se callan, como un corte de luz en casa. Lo hicieron ni bien se percataron de que estaba cerca. Un tipo que camina solo con cara de se murió un amigo en una noche de apagón no debe ser agradable. Se abrazan más fuerte mientras me pasan por al lado. No lo veo. No veo el abrazo pero se huele en el aire.

Un auto vuelve a iluminar el contorno de las cosas, y pienso en todo que no veo pero está ahí. La oscuridad funciona en si misma porque habita con el recuerdo de lo que sabemos que se esconde en lo negro.

Hay una luz tenue en algunas ventanas. Algunas son blancas y estáticas, otras son cálidas y temblorosas. De estar en mi casa, sé que caminaría entre las sombras inquietas de la poca luz que proyectan mis velas.

Escucho un pájaro cantar entre las sombras. Lo hago con detenimiento. Nunca escuché un pájaro nocturno con la concentración con la que ahora lo hago. Entiendo que no podría distinguir entre el canto de un pájaro diurno y uno nocturno. Tal vez el Pajarito ha cantado también el idioma de estos pájaros de noche, a pesar que su calidez poco tenía que ver con el miedo que sentimos bajo los efectos del ocaso.

Me gustaría preguntárselo, pero el Pajarito ya se fue. Me quedo con la certeza de saber que detrás de esa pregunta hay una historia inédita, una anécdota que no podrá contarse.

La casa de mi amigo está justo frente a mí. La enorme sombra de su edificio se superpone con la negrura del cielo. 

Mientras toco el timbre me rodean infinitas formas que no veo, pero sé que están ahí. Un auto ilumina el contorno de las cosas mientras descubro todo lo que puedo hablar con mi amigo en esta noche de apagón y duelo. Seguro tenga algo nuevo que contar, alguna historia que el Pajarito ya no podrá relatarnos.  Tal vez él sepa decirme si silbaba también, cada tanto, la melodía que los pájaros sólo cantan de noche.

Por Maxi Cestau
Ilustración: Maxi Cestau 

jueves, 30 de marzo de 2023

Correspondencias


Correspondencias fue un disparador epistolar del taller que propuso un ir y venir entre dos para generar una historia en el formato de carta. 

De aquí en adelante habrá solo cuerpos que se extrañan, habrá el silencio sepulcral segundos después del adiós, tendremos la tarea del olvido, de acomodarnos la agonía, donde no se note tanto, podremos también meterle el teatro a los momentos, sonreír, por ejemplo, y bailar el hambre, dibujar el fuego. 

¿Sabes qué es gracioso? Saber que en un cajón de mi cuarto tengo una mochila vacía.   Una mochila no muy grande ni muy chica, azul con gris, y tres banderitas cosidas a los lados. Creo que dos veces la llené y la vacié: 5 calzones, 4 blusas, dos jeans, 1 traje de baño 3 vestidos de verano caribeño, un abriguito de invierno, sandalias, botas, y un par de chucherías. Te juro que hace 12 años que la observo, esperando un impulso, un ataque de rabia, un tsunami, un terremoto, una enfermedad mortal, algo que lo haga parecer una obligación, cualquier acto de locura estaría justificado. 


No, si nos vemos no me pondré el collar de caracoles que me regalaste, aunque lo use todos los días, sería demasiado obvio, pero si prometo soltarme el pelo, aunque haga calor y me haga sudar el cuello, solo por verte hacer la magia de soplarme pinceladas de aliento en la nuca. 

Me pregunto si sigues cantando, si la piel te sigue oliendo a árnica, si tendrás la barba larga; espero que sí, te hacia ver menos dientón. Si no, no importa, para mi seguirás siendo el conejo más guapo de ese taller de teatro que ya no existe

 

¿Por qué nunca más me escribiste? ¿Por qué tuvimos que despedirnos de verdad y para siempre? Debí haber llorado más, debí haberme bajado corriendo del bus, abrazarte y pedirte que vengas conmigo, aunque te negaras: el luto habría sido real…  pero no, me quedé con tu cara de liebre triste desde mi ventana, musitándome un te amo y un chao mientras con la mano derecha sostenías un cigarrillo. Un adiós como un disparo, como un funeral de mentira que se repite constante en mi cabeza. Ese balazo de aire que entra como un suspiro que no logra aterrizar. 

 

Sigo pensando en eso que hablamos cuando nos conocimos, lo del silencio, las certezas, lo implícito. El espiral continúa.  

 

A mí no se me da bien callar, aunque lo aguante.  La mochila sigue ahí, y no sabes lo que me duele verla vacía.  Cómo nos gustaba el mar, ¿te acuerdas? una vez soñamos el mar en La Paz. 

 
                                                                        ***

No sé por dónde empezar, pero lo más correcto es decirte:

-Hola. Leí tu carta y quedé temblando. 

Creo que la despedida en esa estación fue tremenda. Digamos que sentí el escozor, un tobogán agridulce por el cuerpo. “El adiós como un disparo, como balazo de aire, como un suspiro que no logra aterrizar” ¡Wow! Esas palabras. Describís con pinceladas de atardeceres. Se me vinieron las escenas encima. También un poco sentí la envidia de no ser el destinatario del amor. Esta carta me la guardo para toda la vida, aunque no me corresponda. 


Me hubiese encantado que antes de quedarte petrificada en el asiento del bus, hubieses corrido hasta los brazos del muchacho, para chantarle un último beso de despedida. Un último adiós a ese mundo lleno de juventud. 

Te juro que no sé por dónde empezar. Por el final o por el inicio. Da igual.

Tu joven amante, se recibió de profesor de música y empezó a realizar sus primeras prácticas en una escuelita del Delta. La mañana de un lunes la avioneta que lo trasladaba, tuvo un desperfecto y no logró llegar a destino. Lamento ser yo el mensajero de malas noticias, pero tu músico, tu actor, tu guapo conejito no te escribió más porque perdió la vida en ese accidente aéreo.

10 años pasaron de esto.

Me tomo el atrevimiento de contestarte porque yo estoy viviendo en su casa y recibí tu carta. Te envió esta foto que la encontré en el fondo de una cajonera bien oculta. Bien guardada. Como se guardan los tesoros. Estoy seguro que vos sos la morocha sonriente que hace malabares con fuego. Transcribo las palabras que están escritas de puño y letra detrás de esa foto:

habrá solo cuerpos que se extrañan, habrá el silencio sepulcral segundos después del adiós, tendremos la tarea del olvido, de acomodarnos la agonía, donde no se note tanto, podremos también meterle el teatro a los momentos, sonreír por ejemplo y bailar el hambre, dibujar el fuego.”

 

 Por Catalina Francisco / Facundo Quiroga



viernes, 10 de febrero de 2023

Mientras todo sea refugio favorito

Cuando él era niño le gustaba entrar en el armario y cerrar la puerta. Solía quedarse allí horas enteras y leer algún cómic mientras el tiempo parecía elástico. No importaba que la casa estuviera sola. Él igual se encerraba en su armario.
o se lo dice a ella, se lo dice a su niño interior: “Tranquilo, todo va a estar bien”. Tranquilos, todo va a estar bien.

Cuando ella era niña, se ponía sus medias más calientitas, se resguardaba bajo las mantas de su cama, se acurrucaba y encerraba su cabeza bajo la protección de sus audífonos. No importaba cuán mal la hubiera pasado en el colegio, la música era su escudo.

Ella lo sabe, sabe hoy que los libros son el escondite de él. Por eso, le regala libros qué él pueda subrayar y que con cada anotación al margen, sean cada vez más suyos.

Él lo sabe, sabe que la música es su cabaña frente al mar, por eso le regaló un ukulele, que es como una guitarra que quiso ser y no pudo. Así se siente ella, como que quiso ser un acorde y no pudo.

Hoy ya no son niños y no caben juntos en el armario. Por eso crearon para sí un refugio de amor bajo la almohada, un lugar donde caben ambos, donde se puede ser acorde, cabaña, mar.

Se regalaron ese rincón como un útero suave hecho de cobijas, en donde él le puede decir: “tranquila, aquí todo está bien”. En realidad, no se lo dice a ella, se lo dice a su niña interior: “Tranquila, todo va a estar bien”. En realidad, no se lo dice a ella, se lo dice a su niño interior: “Tranquilo, todo va a estar bien”. Tranquilos, todo va a estar bien.

Sebastián Martínez Duica




jueves, 27 de octubre de 2022

La noche del fin


Terminé de servir el guiso y el plato humeaba en espiral hacia el techo de madera. Me senté y cuando me preparaba a tragar el primer bocado, ahí fue cuando oí una voz firme adentro: 

-"La tierra necesita limpiarse, fue demasiado el daño y ahora simplemente todos nosotros, los humanos, nos vamos a apagar. Gaia, pachamama, madretierra, ya no tiene la posibilidad de diferenciar quiénes son los buenos ni quiénes son los malos. Todos se apagaran, porque así debe ser. Será mañana al amanecer, cuando el sol termine de salir por el horizonte".

No fue mi inconsciente, aclaro. Fue alguien que me dijo esa frase al oído como si la estuviera canalizando. Lo más raro de todo fue que era mi propia voz la que escuchaba, no una voz grave y de hombre como hubiese sido familiar en una película distópica. Era simplemente mi propia voz, sin ser yo. Tantas veces había querido canalizar algo, incluso me había dado el momento de estar sola; meditando al amanecer, en ayunas, en la montaña, y nada había bajado. Pero ahora estaba ahí: a punto de tragar un pedazo de longaniza y la frase contundente resonó como un eco. Era mi propia voz y era la primera vez que me gustaba escucharla. Sonaba acompasada, como cuando quiero dormir a Ulises y le susurro un mantra suave, justo en el momento en que lo miro, me da ternura y mi voz ,que sigue un ritmo, se vuelve un bálsamo armónico. 

Era el atardecer. Estábamos reunidos de merienda en el comedor comunitario: un espacio luminoso, grande y frío. Como casi nunca, estábamos todos, los quince. Sentí que en ese momento, esa misma noticia les había llegado a cada uno de diferentes maneras. De repente Marcela se paró entre gritos y en medio de un llanto desconsolado dijo: 

-Nos vamos a morir, se terminó todo, no estoy loca, es así, lo sé.

Algo flotaba en el aire como una danza macabra. La espesura se podía sentir aunque nunca supe si ella había escuchado una voz o de qué manera le había llegado la información acerca del fin. 

Con mis ojos empecé a hacer un paneo por todas las caras en ese salón. Todas sentadas mientras comían con gesto serio y el ruido de los cubiertos era un sonido monocorde entre metálico y triste. Creo que de alguna manera sabíamos que era verdad. Fue enseguida que se armó una ronda y el silencio fue total: todos mirándonos a los ojos. Alguien, no sé quién fue, dejó entrar a los perros y nadie se quejó de que estuvieran ahí.  Fue cuando entonces, Martín dijo:

-Propongo que cada cual haga lo que quiera de aquí hasta la medianoche y luego nos juntemos en el temazcal, hagamos una ceremonia donde sudemos mucho y cantemos- hizo una pausa mientras tragó saliva y retomó- luego nos venimos al comedor y recibimos el fin comiendo, bailando, meditando, con un fuego prendido y toda nuestra fuerza colectiva.

Por un rato nos separamos. La dispersión sucedió en instantes. Cada cual volvió para su casa a hacer algunos menesteres. Yo volví caminando lento. Silbé una melodía inédita y a la altura del puente pensé en lo maravilloso que podía ser para La Tierra que nosotros no estemos. Lo sentí como una fiesta y a la vez me dio una tristeza infinita. 

Pensé que al principio los perros sentirán la angustia porque no sabrán bien cómo alimentarse al sentirse solos en el mundo. Los gatos tampoco encontrarán calor de otro cuerpo con quien acurrucarse para dormir. 

Empecé a elucubrar teorías locas mientras hacía lento el tranco de volver a casa. Pensé que en algún momento, cuando la capa de la atmósfera sea otra vez dura, cuando los ríos recuperen sus cauces y las especies que hoy están en extinción se vean repobladas, quizás en ese momento, los humanos estén habilitados para volver a la tierra. Mientras tanto, vivirán en el limbo, en otras dimensiones, al servicio de todo aquello que hoy les parece ridículo. Me gustó creer que solo volverán a la tierra quienes hayan entendido el mensaje y que no será fácil de entender.

Decidí que las últimas horas quería vivirlas con quienes comprendieran este hecho tan brutal y a la vez majestuoso de la misma manera que yo. Ya no había tiempo para convencer a nadie, esa etapa ya había pasado. Después, me sentí ridícula por haber creído en los últimos años que mi grano de arena era plantar, criar de manera respetuosa y enseñar permacultura. Era obvio que todo iba a explotar y que no alcanzó. Que la mayoría seguíamos, en algún sentido, enroscados en falsas dicotomías, falsas dualidades que nos llevan a estar siempre enfrentados. Nunca pude resolver cómo vivir realmente en otra sintonía, porque siempre había un punto ligado al dinero, a la materialidad, que me traía de vuelta a esta realidad. En fin: Me iba a morir y no había resuelto la ecuación existencial ¿Era un problema sin solución o era yo quién no veía salidas?

Agarré la guitarra y tarareé “La edad del cielo”, de Jorge Drexler. Me di cuenta que mi voz también era un suspiro: "Calma, todo está en calma, deja que el beso dure, deja que el cuerpo cure, deja que el alma, tenga la misma edad que la edad del cielo". 

Después, prendí un rato el celu, me metí en facebook y las reacciones eran abrumadoras. Los escépticos se reían, los miedosos estaban desesperados.

La noticia que más gracia me dio era la de Elon Musk armando las valijas para irse a no se que planeta, lleno de latas de atún y arvejas. No podía creer que algunos pensaban que iban a poder zafar yéndose de la tierra.  Interpretaban que la Tierra iba a sufrir una catástrofe y el mensaje era otro. Nosotros, los humanos, nos vamos a apagar, no la tierra. Sentí bronca y a la vez lástima imaginándoles en la nave espacial. Mientras esperaban ver un tsunami o los volcanes en erupción, la muerte los buscaba y los alcanzaba. Porque no se puede luchar contra la muerte. 

Decidí llamar a mi vieja pero sabía que tenía que estar fuerte para hablar con ella. 

Me atendió aterrada. Le dije que se calmara, que estaba todo bien, que sí, que nos íbamos a morir, pero que eso ya no importaba, que en verdad lo que iba a pasar era maravilloso, que la tierra se merecía descansar, que como especie no habíamos valorado ni entendido nada. 

Le recomendé que se pusiera una meditación de youtube, que abrazara mucho al tío, que comiera unos fideos con el tuco de la abuela y que no tuviese miedo, que el miedo no la iba a ayudar. Solo la calma iba a llevarla a buen puerto. “Lloro todo el tiempo”, me dijo que me extrañaba y yo le dije que también pero que sabía que nuestras almas se volverían a encontrar, que iba a estar atenta siempre y que ojala reencarnara con esos mismos ojos de loba siberiana con los que había venido a esta vida, ojos de mar caribe, de cielo limpio. Ojala volviera con esos ojos así me era fácil reconocerla. Después le pedí disculpas, mientras lloraba, por las veces que no la entendí.

- Te perdono hija, no estés mal por eso- hizo una pausa para contener el dique de la angustia que se le venía encima y habló- te pido si podes mandarme las últimas fotos de los chicos que quiero verlos por favor- me dijo, corté y se las mandé enseguida. Ulises colgado del trapecio, Guadalupe, con sus siete años, disfrazada de novia de casamiento, toda maquillada.

Miré a Guadalupe. Había decidido no molestarla en nada. La dejé que estuviese  descalza, desabrigada, me pidió mirar Nausica y el valle del viento en el proyector. Acomodé todo como si estuviera en el cine y le preparé unos pochoclos. Me pareció que era obvio que ese iba a ser su último deseo. Quise simplemente dejarla ser. 

Al ratito, Flor pasó por casa. Sus ojos parecían dos huevos fritos, redondos y gigantes, más claros que nunca. “Ay flor”, le dije y la abracé fuerte. Flor, de pronto, se empezó a reír como una loca y a decir chistes.

¿Habremos hecho la tarea? ¿Qué seguirá después de esto? uhhh al final nunca trabajé mi saturno en sagitario.

La risa como ironía o como paradoja. Flor se reía de la tragedia, no podía no reírse porque en el fondo logró, al final de todo, ser optimista con los desenlaces. 

Así fue cómo se llevó a los chicos al estero, a tirar piedras al agua estancada. Martín apenas llegó a casa se armó un porro con un poco de opio, y enseguida ya se había hecho de noche.  Yo prendí la estufa y la lámpara marroquí de luz amarilla. Hacía calor en casa, fumamos y empezamos a tocarnos.

Tiramos el colchón al piso y nos reímos de no tener que usar forros. Pusimos "The endless river" de Pink Floyd. Me llevó a un tiempo medieval. El lugar era un campo verde, había trigos alrededor. éramos seres de otro tiempo, humildes. Se veía una casa de piedra. Se escuchaba un arroyo que corría, era de día y estábamos revolcándonos en los pastos. Cada beso, cada caricia, cada lugar que nos tocábamos era una sensación distinta. Lo vi hermoso, con su pecho gigante y fuerte. Sentí esa conexión particular que teníamos  y que hacía mucho no sentía. Me repetí para adentro "no nos vamos a perder" y tuve la certeza de que en algún lugar del éter íbamos a vivir juntos, que en cada encuentro de dos enamorados en cualquier dimensión estaríamos presentes.

Terminamos juntos al compás de no sé qué. Tal vez los grillos. Nos quedamos abrazados: yo como un cangrejo dentro de mi caparazón que era su pecho. Me di cuenta lo flaca que estaba. Miré mis tetas y eran como pasas de uvas. Habían sido como unas uvas pomposas y ahora estaban consumidas,  deshidratadas. Llegamos justo a ponernos la ropa, los chicos volvieron y la flor se fue, nos quedamos los cuatro saltando en el colchón en el piso.

Pusimos música bien fuerte y bailamos. No toda danza es macabra, pensé. 

Nos preparamos para el temazcal. Saqué la carpeta de canciones y me puse a repasar.

Fuimos a la ceremonia por el camino del bosque. Los animales estaban extraños, era como si quisieran despedirse. La luna ,que empezaba a menguar, salió por entre los árboles y se veían cientos de picaflores muy grandes. Algunos pájaros carpinteros golpeaban los árboles. Era ridículo y gracioso. Nunca había visto ni escuchado a esos pájaros en la noche.

Prendimos el fuego y pusimos las piedras. Hicimos un pozo y ofrendamos semillas y algunas flores.  Recuerdo que en un momento, Gabriel, dijo: “¿y si no pasa nada?" y todos nos reímos. También era una posibilidad, que amaneciera y simplemente siguiéramos acá en el mundo.

Yo decidí no entrar al temazcal, me fui a pasear al bosque con los chicos. Me colgué en la mochila delantera a Ulises. Su pelo rubio y largo le llegaba debajo de los hombros y yo podía sentir su calor. Tenía sueño él, así que lloró un poco y yo empecé a caminar con ritmo. Entre todas las capas de ropa saqué mi teta y la puse en su boca, era una posición perfecta dentro de la mochila. El siempre tenía una mirada tierna, de niño cuidado, atendido. Tararee "Rie chinito" cambiando algunas partes de la letra. Se durmió en un éxtasis.  

Desde lejos se escuchaban los gritos y cantos de adentro del temazcal. Parecía un exorcismo. A Guadalupe le dieron ganas y se mandó decidida para entrar a cantar con ellos. Yo no. La soledad era un momento perfecto.

Esperé a todos en el comedor, mientras cortaba frutas y tostaba semillas de girasol. Cuando fueron llegando con rostros cansados, los abracé uno por uno. El ambiente era calmo. Agradecí haber elegido este lugar y esta gente para vivir. Hicimos una rueda gigante. Me senté en cuclillas en el suelo con Ulises encima y “la noche”, mi gata negra, arriba de él.

Empezó a clarear y me dio mucho sueño. Me sentí extraña, era el último rato que iba a vivir y quería estar presente. Me serví un café bien caliente y me senté en ronda. Éramos un montón. Después cerré los ojos, Guadalupe creía que era todo un juego y eso me calmaba. Prefería que lo tomara así, que no tuviera miedo. Se quedó dormida en las piernas de Martín. Yo ya no quería ver más. Prefería la sensación de los ojos cerrados mientras se escuchaban algunos rezos y algunos llantos también. De pronto nos tomamos las manos entre todos y tuve una sensación de plenitud que nunca había sentido antes.

Dábamos pasos hacia los costados. Por suerte nadie tropezaba porque creo que todos teníamos los ojos cerrados. Se me vino una imagen poderosa como un recuerdo vivido: 

yo, metida en el mar, de noche, totalmente sola y desnuda, pero no tengo miedo. Hace calor y el agua está hermosa. Es una noche sin luna, sin embargo hay tantas estrellas que igual se ve. Hago la plancha. Es el mar aunque parece un lago, porque casi no hay olas. Miro al cielo y está lleno de estrellas. Me reincorporo y cada movimiento que hago surgen miles de luces verdes y azules debajo del agua, son como pequeños estallidos. Es un fenómeno que hacen las algas, pero no quiero racionalizarlo. Plancton, bioluminiscencia, noctilucas, muchas maneras de llamar semejante magia. Otra vez aparece mi voz interior. Tampoco soy yo la que lo dice sin embargo es mi voz y está adentro mío "Ola por ola /el mar lo sabe todo/ pero se olvida".

Por Guillermina Harrington


lunes, 13 de junio de 2022

En el café un planeta

El lugar representa un espacio estratégico; un panóptico de visión social o una estación de servicio para la gente con el corazón roto: basta sencillamente un par de minutos sentados, quietos, atentos, para ver el movimiento vital de una horda de estudiantes y profesores. Es ante todo un ejercicio de concordancia, digno de George Perec o de Darío Alarcón. Ahora digo estudiantes, pero bien podría ser algún próximo intelectual estilo Cesar Milstein, o algún desdichado con una historia personal de amor traición y espanto a punto de una recesión académica. Y este lugar es hasta para mí mismo una nueva revelación. Estoy hablando ahora puntualmente de la cafetería buffet de la Universidad Nacional del Sur. El lugar se encuentra en el centro de la Universidad, digamos en el estómago mismo. Rodeada por cuatro edificios gigantes que se asemejan más a la arquitectura propia de una fábrica, que a una institución académica. Sitiada a su vez por una abundante mix de árboles de distintas especies. El lugar es y no es lindo. Es y no es cómodo: si se lo compara con el café Histórico de Bahía Blanca o el Miravalles: pierde por goleada. Pero hay detalles que lo subliman; por ejemplo, todas sus paredes son de vidrio, un perfecto y reluciente vidrio transparente que permite ver el movimiento de la gente desde el interior. Las mesas y los bancos son todos nuevos, y eso se nota por el barniz que resalta la madera. Hay una rocola que no funciona y una máquina de café a fichas que funciona cuando quiere solo por cincuenta pesos. La atiende un hombre joven que parece triste e inocente. Pero en verdad: lo que parece triste e inocente es pasar los sábados por afuera de acá y notar que se encuentra cerrada. Me costó notarlo: pero creo que lo reconocí a partir de una película; y es que las cafeterías tienen algo de mágico porque están vinculadas a la literatura: si la literatura en fin, es vida, o es notar un aspecto oculto de la vida, las cafeterías permiten una actividad similar: reitero, solo basta el silencio, la contemplación, y un café para notarlo.

La película es Bastardos sin Gloria y en la escena aparece Soshana Dreyfus en lo que parece ser una cafetería, el hecho ocurre previa a la aparición del antagonista Frederik Zoller: podemos congelar la imagen ahí, previa a la aparición de Frederik. Soshana está leyendo un libro, es The Saint in New York , bebe café, fuma un cigarrillo: más allá de sus componentes que pueden suponer un cliché, ocurre algo bellamente premonitorio, un gesto significante y encantador: nos damos cuenta que tiene estilo, y que el estilo se condensa entre el café y la lectura; o entre el libro y el cigarrillo. Dos componentes qué como en una reacción química premeditada en su interacción se potencian: provocan un acontecimiento.

Incluso en la literatura misma, dicha tensión se presenta para ser desatada en respuestas que nadie pidió a un tema que a nadie o a casi nadie le importa: la Poesía. Estoy leyendo un hermoso libro de Alejandro Zambra llamado Poeta Chileno, en la ficción: una periodista neoyorkina llamada Pru, realiza una ardua investigación sobre poetas contemporáneos chilenos para reivindicar su historia, su presente, su futuro. Gracias a la ayuda de dos jóvenes poetas, Vicente y Pato, consigue entrevistar a más de 30 jóvenes poetas emergentes chilenos que hablan sobre su pasión más ilícita: ¿y en dónde ocurre ese encuentro? En una cafetería.

Los cafés; las cafeterías, o los bares, en definitivamente; potencian la literatura, o digamos: estimulan a los poetas a ser lo que quieran ser, o digamos, son funcionales al cine para ser escenarios encantados, o digamos, tienen algo que es difícil de definir, pero fácil de reconocer. Pienso en dos amigas: Olga Orosco y Alejandra Pizarnik. En la cafetería de Olga, cada tarde Alejandra pasaba para pedirle un encantamiento de protección: el gesto consistía en lo siguiente, Olga escribía en una servilleta de papel con una lapicera azul: "yo invoco a través de las palabras una santa protección para Alejandra" y firmaba: vale por 24 horas. Y con el papelito entre sus manos Alejandra se marchaba. A veces volvía al día siguiente o cuando estaba de bajón a buscar, como una de receta médica, un nuevo conjuro. Pues en el café también un planeta"


Por Lucas Nicolás Quiroga

jueves, 24 de marzo de 2022

Lo mítico es una posibilidad

Lo dijo Burroughs, la palabra es un virus. El lenguaje es un virus. La literatura, en definitiva: también lo es.  Hecho que puede ser traducido de la siguiente manera: en nuestro adn reside algo indefinido, pero preciso substancialmente. Algo histórico, pero a la vez alejado de nuestro propio tiempo. Algo que parece ser mágico, pero que no carece necesariamente de una premisa científica. Algo que perdura y se decodifica incluso mientras dormimos. Algo que no solo es generacional, sino ancestral. Digamos en fin, un punto de creación sobre otras creaciones. Por eso pensar sobre mi voz extraña, es pensar sobre las múltiples voces que viven en mí: no una, no dos,  sino una cantidad indefinida arraigada por anda a saber quién, y que me acompañara hasta anda a saber cuándo. Enrique Symns define este hecho como: una cadena asociativa, una radio adentro del mismo cerebro donde hablan los demás: padres, abuelos, sociedad. Pero no todo está tan mal: en ese reconocimiento, en la comprensión de que por momentos somos hablados, y no habladores, se genera un acontecimiento: la posibilidad de encontrar la personalidad entre la impersonalidad.

Me explico mejor: mi voz extraña es un intento de poesía. Una búsqueda contante. Un desenfreno totalizador que se desarrolla en una guerra interna. Porque mi voz está yuxtapuesta por mis otras voces, que la silencian, que la marginan, que la distraen, que incluso la tiranizan. Sean los modos, las formas, o los viejos poetas los que marquen los parámetros de lo que debería ser escrito: ocurre una demanda. Y tal vez sea un hecho que los escritores (o quienes intentan escribir) se odian así mismos; aunque paradójicamente por momentos pequemos de narcisistas. Pero hay otros momentos, los excepcionales: otros en donde mi voz aparece a través de un canal bastante limpio: un río. Dónde la radio se apaga y todo pasa a ser visualizado de una manera diferente: allí mismo se enuncia un tono especial.

Alguien que lo explica muy bien es Iribarren, el escritor dice que “
de repente y sin saber ni cómo ni por qué motivo, un día se le activa el modo poeta y, al mirar a lo lejos, el mundo parece distinto”.

El modo poeta.  Parece un hecho mítico: pero pensemos que lo mítico es una posibilidad. Hoy y ahora. Y que tal vez sea por esa razón, que Rimbaud se encerró durante nueve meses en el granero de su familia para escribir “Una temporada en el infierno” mientras volaba de fiebre por una enfermedad desconocida. Que es por la misma aparición que Sharon Olds de verdad hizo un pacto con un espíritu para escribir los poemas que integran el libro “Satán Dice”: que su promesa, aquella que consta que olvidaría todo lo aprendido en la universidad si le regalaban la inspiración suficiente o las palabras exactas para escribir los poemas más hermosos ocurrió, y no es una estrategia de marketing. La voz extraña tal vez cayó un día de algún lugar desconocido y fue la misma que impulsó a escribir a Henry Miller el inicio en “trópicos del cáncer” y la misma hizo que Burroughs escribiera el “almuerzo al desnudo” en tan solo tres días mientras casi muere de abstinencia a la heroína.

 Parece un hecho mítico: pero pensemos que lo mítico es una posibilidad. Que la voz extraña existe: ¿Por qué no creer?

Una voz extraña. Tu voz extraña. Mi voz extraña
. Que no veo, pero escucho. Que no identifico, pero presiento: en lo preciso de una ausencia, en la blancura del papel magro, en plena clase de Literatura Española II leyendo los cantos del Crotalón. Allí más precisamente cuando la literatura es ajena y lo ajeno se vuelve propio. Y tal vez tan solo se trate de eso: 
personalizar lo ya personalizado. Reescribir lo escrito. Identificar lo no-identificable. Tan solo querer, y que querer sea ser original. Y si acaso somos las almas del mismo sueño, y la aventura que compartimos no tiene escenario, ni tiempo, ni espacio: sino lápiz y papel, o tinta y lapicera. Si acaso todo ya fue escrito y no queda nada por decir: ¿por qué sigue viniendo esa voz a nuestro encuentro? ¿Tendrá esperanza en nosotros, y los que podemos decir, o será que ve lo que aún no vemos?

Por Lucas Nicolás Quiroga


 

martes, 16 de noviembre de 2021

Disparo


Lleva unas horas dando vueltas por dentro del departamento. De a ratos se choca con una pared o pisa al gato y el grito lo trae de vuelta al presente. Se detiene. Se piensa en ese momento y en ese instante mientras mira sus zapatillas y las tres rayitas blancas en la media negra que le cubren los tobillos.  Mira por la ventana y descubre una noche cerrada y calurosa posándose sobre las calles y los techos del barrio. Después, mira un ratito el movimiento oscilante que hacen las hojas de los árboles trayendo una brisa fresca que rompe la monotonía de la noche. Siente la fresca envolviéndole las orejas. Le recuerda inevitablemente a un verano en San Martín de los Andes con un amor que dejó de ser amor. Se desvaneció con la gravedad de los años. Imperio infalible. 

Vuelve a mirar el teléfono, pero a las tres de la mañana no hay muchas novedades ni notificaciones, así que lo deja cargando sobre la mesa y sale a la calle. Esas caminatas nocturnas ya forman parte de su estrategia contra el insomnio. Suele tirar una moneda y, si cae del lado del escudo, se va a dar una vuelta por algún barrio de la ciudad. En la calle se siente mejor con la fresca de la noche.

Llega hasta la plaza San Martín y dobla por diagonal 80, para el barrio que está detrás de la estación de trenes, dónde está el hipódromo y los stud, que ambientan la calle con olor a bosta de caballos. El barrio no es el más amigable pero ya lo conoce. Sabe de sus secretos y qué callejones debe sortear. En el fondo, cree saber cómo moverse entre sus calles, y a esta altura, volver atrás o ir a otro barrio le dio pereza.

Cuando cruzó las vías, el ladrido de un perro que lo torea desde el andén lo alerta. Lanza una mirada de reojo a la calle pero no hay movimiento. Siente el frío del arma reglamentaria que lleva en la cintura y le eriza la piel por debajo del calzoncillo. Primero siente miedo y rápidamente alivio, mientras toca el metal. La visual le marca una calle despejada, transitando en cámara lenta por otros espectrales transeúntes que se mueven como caracoles en un cantero. Entonces vuelve a hundirse en sus pensamientos, en cada palabra de la última conversación. Y en las anteriores.  Por el fondo pasa un taxi a toda velocidad, pero no le presta atención. Las luces del bingo se ven a un par de cuadras de distancia y le encandilan la mirada, así que agacha la cabeza y apura el paso.

Sigue caminando con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en los adoquines. Son sus propios pasos quienes lo conducen hasta ese lugar, tal vez en un acto reflejo de la memoria. Piensa que se olvidó el teléfono y si tal vez Eugenio lo habrá llamado o mandado un mensaje. Ahora está cerca de su casa. La pelea que tuvieron aún no lo deja dormir. “¿Y él dormirá?”, piensa. No es la primera vez que pelean, pero tiene pinta de ser la última.  Se angustió y volvió a repasar mil veces las palabras que se dijeron para marcarse y herirse las pieles del alma. Clavos puntiagudos. Desde ese momento no tuvo más noticias de él y el enojo del principio viró primero a tristeza y después a vacío. Sí como un frasco vacío al que sus pies llevan sin rumbo fijo por el barrio detrás de la estación.

Busca un poco de alcohol para ahogar las penas. Sabe que es una mala receta, aunque a veces le ha funcionado para olvidar. O cree que le funcionó. El bingo le parece un lugar de plástico, una mini sucursal de Las Vegas del conurbano. Siente un poco de lástima por las personas detenidas en el tiempo, con calurosos y viejos sacos pasados de moda, que circulan por ahí. Entran y salen con caras de derrota, embargando el auto, o la casa, o la universidad de los pibes. En ese lugar es imposible que alguien gane, que se pueda salir ileso económica y anímicamente de ahí dentro. Es una aspiradora de almas y voluntades adornada de focos de colores en la marquesina. No va a entrar a ese lugar. “De ninguna manera”, se repite. 

Camina por una de las calles paralelas a las vías y ve que hay una luz mortecina proveniente del bar de Fermín. Se sienta a tomar vino. Toma uno y pide otro. El ambiente allí está caluroso, la sensación es de movimiento de gente, pero en las mesas solo hay una pareja tomando una cerveza y unos pedazos de pizza a medio comer. En un momento, uno le hace señas al mozo y se manda por una puerta para el patio. Alcanza a distinguir luces, y gente reunida detrás de una mesa, un humo de cigarrillo que forma una nube sobre las cabezas como globos de cómics.  Hay botellas en el suelo. De atrás de la barra Fermín lo semblantea unos segundos y le dice:

- Ahí atrás está la mesa de póker, si te interesa. Son dos mil para entrar- con voz aguardentosa mientras repasa con un trapo el estaño de la barra. 
A las siete de la mañana, mientras el celular se llena de mensajes y llamadas perdidas de Eugenio, la policía llega al bar de Fermín para hacer las primeras pericias. Los medios locales empiezan a amontonarse y a subir noticias sensacionalistas a sus redes sociales y a los portales de noticias. Un móvil de la radio entrevista a los vecinos que comentan sin saber qué pasó en el bar. “Horror en barrio Hipódromo” dice un titular “Masacre en un bar platense” sentencia el otro.
Entonces él, en la confusa medianera del sueño y la vigilia, sentencia:
- Le disparé a los limones, Eugenio… te juro que le disparé a los limones.

La idea no lo seduce de entrada, pero siente el compromiso de responder. Hay algo de complicidad en lo que le convidó Fermín, entonces acepta entrar con dos mil. Apura su vaso de vino, agarra la botella y se manda por la puerta del fondo. Mientras cruza, siente el olor denso de los cigarrillos como una pared de humo en las narices junto a las voces y risas de hombres borrachos. Alcanza a ver un limonero, en el fondo, dentro de una maceta por la que han florecido sus azahares. Piensa en florecer, como el limonero. En pedirse un taxi e irse a la mierda, eyectado de ahí, tal vez llevarle unas flores o unos limones a Eugenio. Pero la pared de humo de tabaco lo ubica enseguida más acá,  atravesando la puerta del fondo. Entonces ve una silla vacía en la mesa de los jugadores y simplemente se sienta, cambia el dinero por fichas y se suma a la ronda.

No le va muy bien jugando, al poco tiempo tuvo que cambiar dos mil pesos más y ya empieza a quedarse sin plata. Las manos le sudan y percibe el principio del precipicio.  Fermín le ofrece fiarle otra botella de vino, para que se relaje. La toma y de paso se pide un wiskhy.  Ya se había emborrachado cuando una desesperación electrizante empieza a subirle desde el estómago. A la falta de dinero y crédito se le suman los insultos y las burlas de los otros tipos, “Mirá este es puto, lo vamos a dejar sin un mando” “¿Sabés cómo va a tener que pagar?”

Resiste algunas horas de hostilidad creyendo, como las personas de los sacos pasados de moda, que aún le quedan oportunidades para dar vuelta la noche. Pero la borrachera, las voces y el ruido le aprietan los pensamientos dentro de la cabeza. Esos mismos pensamientos de los que intenta escapar como un polizón en la madrugada. Ahí lo ve a Eugenio, decidiéndole cagón. “Sos el chabón más cagón que conocí”.

Vomita, entonces las risas siguen con más fuerzas y alguien se anima a darle una cachetada en la nuca. Llora mientras se le caen los mocos a chorros y vuelve a sentir el acero frío en la ingle. Mete la mano y se toca un poco la piel mientras agarra el revólver. Con la lengua se moja los labios y los siente salados y amargos como al mar. Levanta la mirada y le parece ver a Eugenio junto al limonero, cortando azahares y poniéndoselos detrás de la oreja.

Por Marcos Gutiérrez

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