Camilo Henríquez es una extensa calle que atraviesa el centro de Valdivia. Se puede decir que es una de las grandes venas por las que circula la sangre de este cuerpo-ciudad. No es, por supuesto, su columna vertebral, pues aunque fluya desde la costanera hasta los “barrios bajos”, la élite alemana de Valdivia no permitiría que se considere una arteria importante.
En los ochenta era muy distinto a lo que es ahora, un barrio gentrificado, usurpado por tiendas, departamentos y bares. Que no se mal entienda, antes sí había fiesta, quizá más que ahora. Sin embargo, se decía que bajar de la Plaza de Armas a Camilo Henríquez era peligroso, pero no lo era, o quizá sí, pero sólo de noche. Sola y de noche.
La mayor parte de sus habitantes vivía en los “barrios bajos”. Se le llamaba así no solo por la precariedad de sus pobladores, sino porque con el terremoto de los años sesenta Valdivia se hundió varios metros a nivel del mar y la calle Camilo Henríquez no salió intacta de ese cataclismo.
Mi casa, Camilo Henríquez #990, se ubicaba en una de las zonas más socavadas. En los ochentas, cuando nací, era un lugar lleno de callejones, con un solo negocio de abarrotes, pero con múltiples cantinas, prostíbulos y conventillos. Los callejones y los conventillos me daban miedo, pues mi abuela me prevenía diciendo que los borrachos se roban a los chiquillos que descuidadamente transitaban por ahí. Habitaban por ahí monstruos furibundos de pobreza y alcohol. Pero todos estábamos acostumbrados a las cantinas - muchas de ellas clandestinas- y a los prostíbulos. Eran parte de nuestro escenario. Solo había que tener cuidado con los borrachos y con los “fachos”, al menos eso decía mi abuela. Y es que Camilo Henríquez siempre fue un barrio de resistencia, en el terremoto, en la dictadura y en el frío invierno de la selva valdiviana.
Cuando era pequeña, mi tía y mi abuela me contaban cómo fue vivir en rucos después del terremoto, con casas, calles y vidas destruidas. Supongo que ese hecho selló la identidad de un barrio proletario, golpeado por la pobreza y la incertidumbre. Reconstruyéndose paso a paso, los sobrevivientes fueron resurgiendo, levantando sus casas en amplios pero hundidos terrenos. La casa de mi abuela fue una más de las que fueron asentándose en su historia. Era una casa grande, cuadrada y de madera, a la usanza de la arquitectura sureña. Allí se criaron mi madre, mis tías, mi tío y yo, como última generación.
De la dictadura tengo pocos recuerdos. Recuerdo la división de las familias, las miradas de reojo, mi abuela repitiendo incontables veces que los vecinos delataron a mi tía Miryam por su filiación en el partido comunista y la acusaron de haber puesto bombas en La Telefónica y de trabajar con Allende. La dictadura vino a ser un nuevo sismo para mi familia, que se desintegró por el exilio, la violencia y un alcoholismo del que jamás se pudo recuperar. Quizá por eso mis recuerdos son de esa gran casa en decadencia, donde los pisos, un día lustrosos, se fueron rompiendo y levantando por las raíces del gran abedul instalado en el patio. A medida que el árbol crecía, la casa se iba resquebrajando en sus cimientos. Sus ventanas se desquiciaban como sus habitantes, como el tejido social de “los barrios bajos”.
Recuerdo que con cada invierno la casa se perdía en las inundaciones y el agua que cubría el primer piso, debilitaba lentamente las húmedas maderas de su estructura. En el anegamiento se perdían mis juguetes, mis muñecas, mi familia y mi madre, que también se ahogaba, pero de alcohol. Con todo y perros debíamos habitar el segundo piso, hacer allí la morada, aguantar el chaparrón y seguir. Todo se lo llevaba el agua.
Ahora que se han levantado las calles y se han construido colectores de aguas lluvia para que transiten nuevos habitantes - no ya los monstruos de mi infantil imaginación-, los conventillos con sus inconvenientes habitantes han sido convertidos en departamentos. Solo resisten algunas cantinas y unas pocas prostitutas ya ancianas.
El agua se lo llevó todo.
Y yo escribo para que esa casa no se hunda en la memoria.
Por Gio Lubini Vidal
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