jueves, 22 de agosto de 2019

38

La rambla de 38 está pelada. Calle 6 la parte en dos y la contagia de la oscuridad propia del anochecer. Hace unos días el camión de la Municipalidad de La Plata arrancó las hojas de los árboles, y se cobró, incluso, de algunas raíces. El cadáver de las hojas amarillas reposa sobre el pasto descuidado que separa la avenida angosta.
Yo camino con las bolsas de la verdulería, que me pesan una tonelada  mientras recuerdo que me faltan un par de artículos para cocinar. Cruzo la calle que separa el almacén de Sergio de mi edificio y apenas entro me preocupo al no verlo en la caja. La ausencia es muy extraña, aunque un poco recurrente estos últimos meses. 
Agarro lo que me falta y me pongo en la cola detrás de mi vecina del tercer piso. Es una señora mayor, con aire de grandeza y los labios pintados. Se llama Elsa. Me reconoce y arroja: -Nena, un día de estos se va a romper la puerta de entrada —como no entiendo a qué se refiere, me quedo muda. — ¿vos notaste como la cierran? ¡el ruido que hace! Parece que los vidrios van a salir volando y mucho más cuando hay viento. Ahora arranca la reunión del consorcio— me sigue mirando con cara de exagerada resignación mientras yo reniego internamente sobre la pérdida de tiempo que me espera.
La cola avanza y el hijo de Sergio lo reemplaza. Elsa apoya su chango y le pregunta por su padre. Al percibir la incomodidad del muchacho, miro hacia abajo como si no estuviera atenta a su respuesta. -Está en el San Martín desde hace unos días. Estamos esperando. Nos estamos haciendo cargo nosotros del negocio.
Elsa insiste un poco más y después de bendecirlo con dios se va. El pibe me atiende triste, le sonrío para demostrar compasión y después me voy sin decir más que un chau.
Cruzo la calle y veo a la pareja que vive en el PH de al lado. Ella, a pesar de que hace frío, baila, creo que folclore en la vereda mientras él, supongo que su novio, toca la guitarra. Me caen bien porque construyeron un mundo propio. Nunca los vi en el almacén del barrio y muy pocas veces en la plaza que tenemos a media cuadra. Tampoco los veo madrugar ni volver a casa. No sé nada de ellos, sólo que ella baila y él toca el saxo. 
En el palier del edificio están todos. La médica del 1B, el hombre del 2A, la vieja y su marido del tercer piso, la familia del quinto, y yo que represento el cuarto. El administrador es un chico muy alto y medio pelotudo que nunca atiende el teléfono cuándo lo necesitas. Entro y saludo, algunos me lo devuelven y otros no. Los sillones rojos están ocupados por los dos más viejos asique me quedo parada apoyada a la pared. -Como obliga el código civil vemos que la Asamblea de propietarios tiene quórum. Podríamos decir que la convocatoria es un éxito —dice Julián, con su tono de voz afinado en el que las palabras se alargan y mueren en pronunciadas eses. — Bueno, los temas a tratar en el día de la fecha son: las expensas… -Que están por las nubes — interrumpe el del 2A. -Bueno, sí, eso. Las remodelaciones a la medianera que se está llenando de humedad, el ascensor  que cuando llueve se inunda, la limpieza del edificio… ¿y no me olvido nada más? -La puerta. Cuando se corta la luz no para de sonar. Además de que nos quedamos encerrados porque los portones eléctricos no andan.  — dice Elsa, monotemática.  -Sí, y también queremos hablar sobre tu sueldo. Es altísimo y las veces que tuvimos problemas nunca nos diste una solución. Tuvimos que arreglar todo nosotros. — replica el marido de Elsa y a Julián se le transforma la cara, pero para su suerte, le suena el celular. Atiende el Iphone, que es más grande que su mano y habla sobre un partido de fútbol mientras los vecinos nos miramos. — Bueno, ahora sí. ¿Por dónde estábamos?
Julián empieza un monólogo que dura varios minutos acerca de los presupuestos que buscó para arreglar el tema de la humedad. Resulta que todas las habitaciones, de todos los pisos que dan al garaje, están llenas de hongos. Lo único que retengo es que va a salir un montón de plata arreglar eso. Los vecinos están escandalizados y es el tipo del quinto quien le pregunta si comparó esos valores con el contacto que él le había pasado. El pibe Julián niega con la cabeza, sospecho que esos presupuestos son de empresas amigas de él. -Ahora pasamos al punto número 2 — eleva la voz cuando lo quieren interrumpir — y cuando terminemos de tratar todos los temas, discutimos y votamos. Así va a ser más ágil, además de que hoy es viernes y estoy apurado. Todos en silencio, lo escuchamos a hablar del ascensor, que es lo que más nos preocupa por miedo a electrocutarnos. Nos dice que la única solución es cambiarlo. Sobre la limpieza del edificio, recomienda que echemos a la señora que lo limpia dos veces por semana. Finalmente tratamos el tema de la puerta, lo más sensible. El escandaloso, insoportable y tedioso piiii que suena cada vez que la abrimos y la cerramos, pero que deja de ser intermitente y se vuelve constante cuando la luz se corta y suena sin parar hasta que se queda sin batería. Creemos que hace corto circuito, y una vez estuvimos 48 horas con el ruido como un vecino más. — Y sobre la puerta, no sé gente. La podemos cambiar o… -No se puede cambiar todo Julián. Sale más barato hacer un edificio nuevo. —dice con sensatez la del primero que por la cercanía, es la más afectada. -Hay que pensar qué hacer cuando la luz se corta —acoto— La última vez me quedé encerrada. Por suerte el chico del quinto me avisó que su portón abría manual y aproveché.


Elsa se para. La situación es cómica, porque Julián mide tres cabezas más, pero ella se le planta y le reprocha su conducta negligente durante los años que administró el consorcio. Él chico da unos pasos atrás y tartamudea palabras que nadie entiende. -¡¿Y vos que estás esperando que se corte el cable del ascensor y me estrole como una cucaracha contra el piso?! — Elsa descarga todo su cuerpo e ira sobre el sillón. Se deja caer y después tranquilizar por su esposo que le acaricia el brazo. — Tu inutilidad nos vuelve rehenes del edificio.
Escucho con atención los reclamos. Elsa, alguien que yo suponía conservadora, lleva el estandarte de la lucha por la emancipación del edificio. Me entero que Julián no es nada menos que el hijo de arquitecto que lo planificó. Que vive de rentas y que está apurado porque hoy juega un partido de fútbol con no sé quién. A pesar de los gritos de Elsa, Julián nos implora que demos por finalizada la reunión. -Ahora votemos. — veo los ojos furiosos de la vieja — Entonces, teniendo en cuenta los presupuestos que les traje, ¿cuál consideran más adecuado? Levante la mano los que voten por la opción uno. —los brazos de todos están muertos. — opción dos, ¿tres? -Nadie va a votar a favor de esa animalada. Esta semana voy a consultarle a un amigo cuánto nos puede cobrar y se los comunico. — dice el del quinto. -Dale, deja una nota en el ascensor así lo vemos todos — responde el del segundo. — Yo también voy a averiguar.
Julián toce y mira la hora en el celular. No se quiere ir, quiere volar y desaparecer. Me pregunto por qué nunca me atiende las llamadas cuando lo tiene pegado a la mano. Tema dos. El ascensor… -Con el ascensor hagamos lo mismo — dice el marido de Elsa y ella le sonríe. Son muy tiernos. Me acuerdo de la vez que se rompió y tardaron media hora en subir por escalera los tres pisos. — y también con la puerta. Esta semana llamó a un electricista. -Bueno… pero eso se va a ver reflejado en el aumento del 30% de las expensas a partir del mes de agosto. Para gastos de mantenimiento, el sueldo de la empleada y mi porcentaje…  , no, no. De ninguna manera. — dice Elsa. — A partir de hoy no sos más el administrador. -Usted no puede hacer eso — responde y se ríe. -Votemos. — desafía la vieja con elegancia — ¿Quién vota por destituir a Julián del cargo de administrador del consorcio? — las manos se levantan y empiezan a aplaudir. El pecho de Elsa se infla. — Mayoría absoluta. -El código civil dice que es ilegal que un edificio no tenga consor… -Basta Julián. Retírate. Esta semana te enviamos por escrito la destitución — dice el del segundo a la vez que revela que es abogado. 
Julián en su actitud de adolescente enojado, no parece importarle que lo hayamos echado. Se va con la cabeza en alto y revoleando los ojos. Nos comenzamos a desconcentrar y hacemos fila para tomar el ascensor. La familia del quinto es la primera en subir. Y los del primero y segundo usan las escaleras. Me quedo con Elsa y su marido, que ahora me entero su nombre, charlando sobre nuestro administración acéfala.
Me invitan a cenar pastel de papas y acepto. Su departamento es una copia igual al mío, sólo que tiene fotos de bebés por todos lados y decoraciones anticuadas. Nos sentamos a la mesa y abren un vino.  Oscar me pregunta a qué me dedico y él me cuenta que es músico, que ya casi no toca porque le duelen las articulaciones, pero que su nieta está siguiendo sus pasos.
Me ofrezco a lavar los platos cuando Oscar desaparece, y como si estuviera en mi casa, giro mi cabeza y observo el almacén, que a pesar de la hora, sigue abierto. Elsa está con los ojos brillosos y repentinamente veo cierta tristeza en ella. Toma aire como impulso y mientras suspira dice: -Pobre Sergio.
Oscar con su andar lento vuelve con un bolso enorme. Lentamente desenfunda un saxo que acaricia antes de llevar a su boca. Elsa y yo nos sentamos y reposamos nuestra mirada en el viejo como un público que oye una orquesta en esos cafés elegantes de Buenos Aires. Afuera, las persianas del almacén se cierran con ese ruido a chapa mientras Oscar empieza a tocar una melodía agridulce.  
Por Paula Scebba

Ojo de pez


Ver la lluvia caer
desde el ojo de un pez
bajo el agua.
Escuchar,
el rumor de las gotas
sobre el espejo del lago,
su agónico grito
cuando se acaban por disolver.
Mirar,
desde el ojo de un pez
la existencia misma,
y creer que el universo todo es de agua,
y de agua es el dios que lo ilumina,
ese escudo de luz que siempre asoma
al mediodía.
Si toda su existencia es bajo el agua
¿cómo puede el pez saber
que hay más arriba?


Lo mismo el hombre
como el ojo de un pez,
desde su propio ombligo
ve la vida.
Por Valeria Gorlero

martes, 30 de julio de 2019

Mi cuadra en Ensenada


Cuando me mudé a este barrio, mi compañero José Luis construía una casita alpina con parte de la guita que había cobrado de indemnización gracias a la echada de los ’90 de Y.P.F.. Hacía un año que estábamos juntos y decidimos mudarnos. Cuando vi la casa todavía a medio terminar, pensé que era mi lugar en el mundo. Monte por donde se mirara. Monte autóctono, última estribación de la selva misionera y la mas austral del mundo. Digamos que la  cuadra donde vivo está inmersa en un sitio especial aunque debo reconocer que cambió demasiado desde mis primeros tiempos hasta hoy. Ahora hay asfalto y del monte queda casi nada gracias a las topadoras que abren paso al supuesto bienestar y a los negociados del neoliberalismo, actual y pasado. De la manzana de pocas casas queda sólo el recuerdo y la cuadra ya llenó todos sus casilleros. Como todo barrio, este también tiene su vida propia. Crece, muere, se reproduce; personajes irrepetibles que tal vez no se hubiesen desarrollado en otros barrios, como Lidia, la mamá del Indio. Ella vive en la esquina y lo poco que tenía de terreno lo dividió para que se pudieran hacer casas dos de sus hijos. Asique quedaron tres lotes sin espacio para un centímetro de césped. A Lidia le encantan las plantas y todos dicen que tiene manos verdes. La solución a la falta de fondo para su pasión por las plantas surgió rápido. Tiene un frondoso jardín en la vereda, con plantas de todo tipo y color, que bordea toda la esquina. La favorece la mano de la calle Chile, dado a que se viene en auto por La Merced y se dobla a la izquierda, justo sobre esa acera. Otra cosa que ayuda, si bien algunos vecinos reconocemos lo inapropiado de un jardín en la vereda, es que en este barrio de vecinos inapropiados, caminamos por las calles, entonces que mas podemos hacer que aceptar el comportamiento inapropiado de Lidia. Como ya dije, las casas contiguas son de sus hijos. Pegada a la casa de Javier, el Indio, vive Mabel, una devota de dios, de misas diarias, pero sin embargo de comportamientos un tanto erráticos pese a su cristiandad. Entre otras cosas, Mabel tiene un serio problema con sus propios desperdicios, así que cuando la oscuridad asoma, se la puede ver, mas chiquita de lo que es, con su bolsita de basura, oteando dónde hay un cesto vacío para dejar su mugre. Sin ir mas lejos hace uno días dejó una bolsa de consorcio en la puerta de mi casa. No dudé de quién era, la agarré y la puse en la su vereda. Nada dijo. Su silencio fue la confirmación de mi certeza. 
Otro personaje que tal vez no hubiese sobrevivido en otro barrio es Armando, alias El Pollo. Tal vez el personaje mas pintoresco del barrio y se podría decir que el mas molesto. Anécdotas sobre él hay muchas, vividas y escuchadas. Pero me limitaré a contar una, la misma varias veces repetida a lo largo de mis años viviendo medianera de por medio. Sobre todo después de la muerte de Angelita, su madre. El gordo, como le decimos algunos, es un hombre de farras. Así que no escatima en tiempo y alcohol cuando de farrear se trata. Incluso he visto, y olido, humitos pasando el paredón. Estas juergas no son lo que cualquier podría imaginar; fin de semana, viernes o sábado arrancando a la tardecita y llegar al amanecer con los últimos acordes de una última chacarera rodeados de vasos y botellas vacías, con los ojos embotados, saludando a los gritos a los que se van yendo tambaleantes sobre una bicicleta o haciendo eses por la calle. Nada de lo relatado pasa en las parrandas de Armando. ¿Día de semana? Cualquiera. ¿Horario? Qué mas da. Mañana, tarde o noche, si al final todo se va a confundir. La cosa empieza con la llegada de alguien con cerveza, cajita de tetra, es lo mismo. 
-Flaco, andá a comprarte unos chorizos y decile al Juan que se venga. Que traiga algo para chupar y morfar y que le diga a las pibas que vengan-Le dice Armando al Flaco o a quien pinte.
Se corre la voz y la casa de al lado se va poblando de gentes de toda laya, cada cual aportando lo suyo: chicas, comida, alcohol, faso. Todo es bienvenido. Así es el comienzo de días frenéticos, noches a puro bombo y guitarra con voces desafinadas que van desde zamba de mi esperanza a me justa ese tajo sin solución de continuidad. De repente silencio. Nadie ha salido de la casa. Simplemente se quedaron dormidos. Esto puede pasar a cualquier hora; día o noche. Pareciera que el reloj biológico de estas personas no funciona. Dos o tres horitas de silencio y ahí arranca de nuevo. El primero que se despierta agarra bombo o guitarra, cuando no un tenedor contra una botella o dos. Y todo empieza una y otra vez durante no menos de cinco días.
Durante el invierno estamos en época de receso pero cuando los primeros calores nos hagan saber que el verano se aproxima, a Armando y sus amigos se alborotan en nuevas tertulias circulares y comienza otra vez el show continuado con alguna escaramuza de vez en cuando. 
Así es mi cuadra, así la veo y así la quiero. Es mi lugar.    


Graciela Cristina Cañas PH: José Luis Di Lorenzo

Nuestra cuadra en Meridiano












Meridiano V- La Plata

Vivimos en una típica cuadra de barrio platense en las que sólo hay dos casas de dos plantas, cuatro tienen jardín a la calle con jazmines, rosas, malvones y hasta una palmera. Hay cinco puertas que se abren a largos pasillos laberínticos donde crecen departamentos como si se tratara de un hormiguero. Allí se alojan los jóvenes que suelen alquilarlos. Por eso al atardecer cuando la mayoría de ellos entran o salen de sus viviendas, la cuadra se ve invadida por un agitado andar de bicicletas y de chicas y chicos vestidos de colores, con babuchas, rastas y mucho ciclamen, verde botella, rojo y turquesa propio de los aguayos. Es el momento en que uno siente que es parte de una patria más grande, que excede los límites del barrio. 
Es una bella imagen de la cuadra contrapuesta a la de las mañanas cuando salen de sus casas grandes, con garaje incluido, autos y utilitarios nuevísimos con algunas personas adultas y adustas. Por ejemplo sé muy poco de la médica que vive al lado de nuestra casa. Apenas saluda. La vemos salir a ella con una pibita  y un chico a la mañana temprano. Vemos el amontonamiento frente a su consultorio los días miércoles y viernes: muchachas y muchachos con bebitos, cochecitos, bolsos, biberones y hasta algún juguete. Inferimos que será una reconocida pediatra. Aunque no conozcamos su voz ni el color de sus ojos.
En una de las casas con jardín vive Lina. Suele apoyarse en el portoncito y está allí a la espera de algún transeúnte.
-Ya cumplí los 86 m’hijita –dice con una voz también rugosa- y no sabés cómo los siento en los huesos. La rodilla derecha no me deja ni dormir pero no me quiero operar.
-Pero Lina no estés sufriendo de gusto. A mi suegra la operaron y está re bien.
-Sí pero viste que mi obra social me manda al que ellos quieren. Y no me da confianza. Yo sé de uno que es buenísimo, pero lo tendría que pagar. Y no me alcanza. Eso que tengo la jubilación de empleada de comercio y la pensión de mi marido que era de judiciales, una pensión bárbara, nena. Pero todavía no me alcanza. Voy juntando ¿viste?. Porque no quiero ir al que me manda el Pami. 
-Bueno Lina, está bien. Pero vos fijate que no llegues a un dolor intolerable, o que ya no puedas caminar. 
-Ah no, nena. No. Por ahora despacito me hago los mandados a la mañana. Si no me muero. 
-¿Vos tenes familiares que vivan cerca?
-Tengo una hermana que vive en Villa Elisa y a veces me viene a visitar. Pero viste que yo siempre fui muy independiente. Me casé grande. Mi marido tenía un hijo que siempre vivió en Italia y viene poco por acá. Y cuando enviudé volví a vivir sola y te digo la verdad: me gusta. A mí me hincha tener gente al lado.
-Te preguntaba por si te operás…
-Ah sí, ahí tengo familiares para que me den una mano.
-Cualquier cosa contá también con nosotros.
-Gracias, nena! Ya sé. Tengo tu número de teléfono pegado en la heladera. ¡Hola, Ana!- exclama de pronto mientras voltea la mirada a la izquierda y ya se pone a charlar con otra vecina… y así se le pasa el día.
Hacia la esquina de 70, a la derecha de nuestra casa, la cosa se derechiza. Ahí vive un viejo malo, policía federal jubilado según me dijeron, que tiene rosales y jazmineros enormes y los cuida como un perro bulldog. No convida a nadie con  ninguna flor y no saluda, está siempre en la puerta para controlar todo. Al lado de su casa hay otra muy parecida, en la que vive un matrimonio grande que no se asoman casi nunca. A veces viene una mujer joven, de cabello lacio, largo y rubio, vestida de jogging, en un autito de esos eléctricos que parecen de juguete. Antes de entrar a la casa -que imaginamos será de sus padres- siempre saluda con cariño al viejo malo. Listo, ella también va en la clasificación de la derecha.
En cambio hacia la izquierda, viven: Lina; Ana, otra señora grande; Cascote con su perra Cristina a la que larga un rato al mediodía sólo para ponerse a gritar ¡Volvé Cristina! ¡Volvé!; un señor ciego con su hijo y su nuera; Marita, la profe de yoga y su hijita Juana. Y en la esquina de 71 se armó hace unos cinco años un centro cultural en lo que era una casa antigua y semi abandonada. Los jóvenes de ese espacio han pintado algunos paredones de la cuadra y han transformado a la casa misma. Ya no parece algo viejo y semidestruído sino un lugar mágico lleno de vida. Ofrecen talleres de plástica, de mosaico, de música, de peluquería y casi todos los sábados a la noche hay música y cerveza en el pequeño patio que da sobre 10. Nunca oí quejarse a ningún vecino. Eso habla bien de la cuadra, la vuelve más amable de lo que aparenta.
Los tiempos que nos atraviesan han dejado su marca. Cuando recién llegamos, hace unos ocho años, nos encontramos con un típico almacén de barrio en la vereda de enfrente. Tenía de todo. Los precios no diferían mucho de los del supermercado que está a tres cuadras. Así que nos hicimos clientes, conocidos, y no nos perdíamos de pasar a la mañana o a la tarde porque no sólo era un lugar comercial sino el de encuentro de los vecinos, el de la camaradería, el de las novedades buenas o malas de cada uno. En fin, un lugar de intercambio social imprescindible. Sin embargo a pesar de que a ellos, los dueños, les iba muy bien con sus ingresos, quisieron un cambio y votaron al gobierno actual. Y en el 2016 tuvieron que cerrar un negocio de más de cincuenta años, que habían heredado de los padres. Esa vereda se volvió mustia. El toldo que permanece enrollado tal vez espera, sin decirlo, nuevos aires para volver a brillar rojo en la mitad de la cuadra.


Por Graciela Vanzan








sábado, 13 de julio de 2019

Pata de Conejo

Es el invierno de 1966 y yo tengo 10 años. Son tiempos cargados entre las actividades de la escuela, pero en los ratos libres juego con mis amigas del barrio. Nos encanta hacer de almaceneras. Yo le saco a mamá todo tipo de alimentos de la despensa de casa y enseguida armamos el negocio imaginario. Algunas son clientas y otras atienden. 
Usamos papel para envolver lo que se vende. Es una regla de la época, porque ahora no existe, ya casi todo se envuelve  en plástico, ¡qué pena! que algunas prácticas saludables se pierdan con el paso del tiempo! 
Pero una mañana de junio, en medio del juego, llega una tía madrina. Una mujer de piel suave, ojos azules como imanes y la piel blanca  como el algodón. Entra por el almacén y me dice con sus ojos bien grandes:

- Señorita, por favor, ¿me vende un cuarto de fideos para la sopa?- pregunta mientras atraviesa la puerta. Yo, voy a los estantes, saco de una lata los fideos de sémola y se los entrego.
-Acá tiene señora, son 20 pesos- le digo y me mantengo seria.
- Uhh, disculpe. No tengo plata, pero ¿le puedo dejar este paquetito? le aseguro que vale mucho más de lo que llevo- dice mi madrina en un tono dulce y yo acepto la propuesta.

Me entrega una cajita envuelta en papel de regalo, y yo la abro casi con desesperación y veo que adentro hay una  llave con una pata de conejo, de color blanco grisáceo, muy suave y perfumado. Ante mi sorpresa, ella me dice:
- Es un amuleto de la suerte. Siempre lo tenes que llevar con vos a todas partes y nunca te va a pasar algo malo... cuídalo mucho.
Creo que es el mejor regalo que me hicieron. No me despego de él ni siquiera para ir al baño. Siento que me cuida y que nada me puede pasar, así que duermo, como y voy a la escuela todo con la pata de conejo. Ni siquiera la lavo, porque tengo miedo que se arruine.  Está tan sucia, que mi madre siempre me tortura: -Algún día te voy a sacar esa cola de conejo inmunda y te la voy a lavar, porque es un asco. 

Algunas veces mis padres nos mandan, a mi hermano Miguel o a mí, a ir al galpón que está ubicado en el fondo de la casa. Justo detrás de un patio trasero se extiende el tinglado de chapa y material de unos seis metros por ocho, es enorme y ahí guardan las bolsas de papas, cebollas, zanahorias y bananas que mi papá produce en el campo, pero también se utiliza para todo depósito  de todo tipo de herramientas, palas y picos. Y muebles viejos o cosas en desuso de mi casa.
Es un lugar frío y oscuro en el que se respira una humedad tenebrosa. Que te manden ahí es vivir una pesadilla despierta. Me infunde muchísimo miedo y sobre todo cuando cae la tarde y me toca enfilar para el fondo.   
Siempre nos peleamos con mis hermanos para no ir al galpón y cuando no queda otra, yo agarro mi pata de conejo y voy con la sensación que nada malo me puede pasar. Como si un escudo de ángeles o guías me recubriera el aura.
Apenas ingreso siento el escalofrío de una presencia extraña. No sé. Un ser abominable.  Ni siquiera quiero darle un nombre para que no aparezca por invocación.
Ahora es casi de noche de un viernes de invierno y abro la puerta. Se oye el ruido de óxido como un silbido del viento sur. Apenas se abre, intento prender la luz que está al lado y un poco arriba -de manera que me cuesta un poco llegar- hasta que doy con el interruptor y la prendo. Observo bien todo y el miedo no merma. Está ahí al acecho como un espantapájaros.

Busco rápidamente lo que me pidieron y sostengo con fuerza en mi mano derecha, transpirada y temblorosa, a la pata de conejo. Apenas encuentro la caja de herramientas, me queda el desafío de salir ilesa de ahí dentro. La situación es tan curiosa, que pienso, que apenas apague la luz y de no cerrar la puerta de inmediato, alguna mano huesuda me puede llevar a un lugar sin retorno. Un otro lado siniestro.
Cierro la puerta y parto en una corrida fenomenal a través del patio hasta entrar en la cocina, mientras golpeo fuertemente la puerta de chapa. Respiro agitada y me siento a salvo. Mis padres me reprenden enseguida con un grito que llega como baldazo helado:
- Marian, vas a romper un vidrio hija y te vas a lastimar, ¿estás loca?- grita mi madre y mi padre la secunda.
- Sí hija, más cuidado por favor- dice en un tono más misericordioso y yo asiento. 

Dos horas más tarde, son las diez de la noche, y mi padre me pide que vuelva al galpón para traerle otras herramientas porque de nuevo se rompió un caño en el baño. Está oscuro como la boca de un lobo y yo debo atravesar de nuevo el patio. Llego con un miedo atroz, abro la puerta y de pronto veo una sombra de un gigante en la pared. La cabeza se me nubla del susto y pego un salto que me hace chocar contra una carretilla y cuando trastabillo suelto la pata de conejo en medio de la oscuridad. De inmediato prendo la luz y observo: no hay nada extraño. Sólo las cosas habituales. Sin embargo falta la pata de mi conejo. La busco  por todo el galpón y nada. Me desespero y tiemblo al punto de perder el habla. Ni siquiera me sale gritar o pedir ayuda. 

Me quedo sentada en el rincón del galpón gélido, contra las bolsas de papa, acorralada mientras lloro con sollozos agudos. Nadie escucha y yo siento que muero hasta que mi mamá llega después de un rato a ver qué pasa y me encuentra.
Le cuento entre sollozos:

-Vi una sombra horrible y del susto perdí la pata de conejo que me regaló la madrina- ella me abraza unos minutos para consolarme y luego buscamos el llavero pero sin suerte.
Pasaron al menos unos cinco días, hasta que mi madrina llega una tarde de sol con una nueva pata de conejo. Es de color blanca como la nieve, felpuda y del mismo tamaño que la anterior pero para mí ya no es lo mismo: una sombra se llevó mi mejor regalo al tiempo que me dejó su misterio como algo que flota en el tiempo. 


Por Marian Casares 

martes, 18 de junio de 2019

La indecisión


La mañana estaba gris, tanto como mis ropas o como las alfombras frías que rodean la oficina. El olor a café en el ambiente es lo más cercano a la naturaleza que puedo sentir.  Un poco más lejos, la ventana muestra las hojas de un árbol que se mueve, y desde mi perspectiva solo puedo decir que es pequeño. Sin embargo esa es la imagen que obtengo desde un piso 7,  una mirada un tanto engañosa.

Esta mañana al salir de casa nació un desconcierto. Pensaba mientras miraba los colores que me traía el viento y después de 15 minutos aparezco en otra tierra, con gente de trajes negros, caras pintadas y olor a perfume mezclado. Mis sentimientos florecen de pronto y  me dije: “no quiero más de todo esto ”. Pero acá estoy sentada frente al subibaja de una economía salvaje . Miro el cielo celeste desde la ventana y me lleva a Santiago de Estero: ciudad que elegí para irme a vivir sola,para estudiar una carrera. Un paisaje de árboles flacos, llanura desértica, edificios bajos y un clima de 40 grados a la sombra en enero. 

Recuerdo que la idea de la vida nueva y desconocida me entusiasmaba. Me hacía salir a caminar por la ciudad incluso a la siesta.  Nunca entendí cómo los lugareños jugaban fútbol a las 2 de la tarde. Eran de otro planeta. 

Fui el verano de 2007 después de escapar de algunos amores y desamores. Recuerdo que llegué a la puerta de mi nueva casa: una pensión donde la luz sólo podía ser vista en la terraza.  La entrada tenía unos 50 escalones alfombrados de color azul brillante; le seguía un pequeño hall con unos vidrios bordó y amarillos que apenas reflejaban el exterior de la pared de la casa de al lado, y ese aroma a casa antigua y húmeda. Aún tengo registrado ese hedor que me hizo fruncir la nariz y pensar enseguida en dónde me estaba metiendo.  El baño era un cubículo con un caño por el que goteaba agua como una tortura china y la puerta rota no daba lugar a la intimidad de una ducha fría porque no teníamos calefón. En mi mente todo eso era lo peor, pero no me quitaba las ganas de volver a empezar o simplemente de vivir la aventura. Entré en mi habitación tras el tour que me hizo la dueña, una señora bajita y canosa que al parecer, se percató de mi descontento y a partir de ahí cambió su actitud conmigo. 

Dentro de mi habitación vivía también una señora de unos 65 años. Ahora no recuerdo su nombre pero tenía unos aires a Edith Piaf y así fue como la bauticé. Ella, el gorrión de París, llevaba camisón blanco y pantuflas, cabello corto castaño, cuando me cruzó por primera vez apenas atinó a mirarme amablemente y luego salió de la habitación con una caja de fósforos y un cigarrillo en los labios.  Arriba de mi cama marinera, una chica de estatura media, cabello corto negro y ojos grandes, me miraba con una sonrisa pícara mientras yo acomodaba mis cosas. En ese interín, ella me contó un poco de su vida y de lo que era la vida en la pensión. Me describió a cada uno de los habitantes del lugar e incluso me contó sobre un fantasma que por algunas noches se hacía oír. Si, un visitante que solo se hacía escuchar, alguien que vivia ahi, pero no. Tampoco. Yo la miré con una sonrisa  incrédula. Recuerdo que era una noche de calor insoportable y Edith hablaba dormida, además de hacer ruidos con su garganta. Arriba, mi otra compañera, no paraba de moverse y el ventilador giraba apenas para darnos el poco aire que le quedaba, mientras yo intentaba conciliar el sueño. 
En esa pelea contra la vigilia estaba cuando comencé a escuchar pasos. Se despertó Julia de la cama de arriba y me preguntó despacio:

- ¿Escuchaste?

- Sí- conteste atenta 

- ¿Vez? De eso te hablaba - dijo Julia con un terror más acompasado. 
Yo no sabía si era una pesadilla o si todo lo que pasaba era real. En un momento pensé que los 45 grados de temperatura habían desvariado mis percepciones. Pero no. Había pasos en la escalera y era más reales que el ventilador en el techo, o Julia misma o Edith.
Los pasos al dar cada escalón sonaban cada vez más reales, asique me levanté a ver quien estaba en las escaleras, pero no encontré nada ni a nadie. Así fue por algunas noches:  sentir que alguien se acercaba desde atrás cuando uno subía. Sentía una mezcla de emoción y miedo a la vez a la que podía acostumbrarme. Una noche creo que me dio un sacudón mientras escuchaba la escalera y pensé que no era sólo un visitante, tal vez fueran unos tres. Un poco nerviosa, pero segura, decidí decirles algunas palabras y después los sonidos desaparecieron para siempre. Aún no se si esos visitantes eran reales o no.


Tengo buenos recuerdos de Santiago: sus raíces de folclore y su gente cálida. Pero sobre todo recuerdo con mucho afecto a mi compañera de pensión de camisón blanco sentada en su sillón descascarado mientras tomaba café y me contaba historias de su vida. Pasé largas noches sentada mientras miraba como la alumbraba la luz de la luna y fumaba su cigarrillo contándome de sus pasiones de niña y de los amores que la atravesaron como flechas. No sé si todo lo que me contó era cierto, pero atesoro cada una de sus historias en un buen lugar de la memoria. 
No volví a saber ni de Julia ni de ella. Me fui hacia nuevos rumbos y dejé atrás mi pequeña historia santiagueña. Ahora pasaron cinco minutos nomás y sigo sentada en esta oficina de calle Lavalle - Los pensamientos me atraviesan fuerte y fugazmente- Me voy o no a méxico el próximo año? Pero ¿Qué tiene que ver México con Santiago? No sé.

Florencia Abdala Ibañez 

martes, 11 de junio de 2019

Ellas tres

Ana estaciona el auto en la puerta del consultorio de la Dra. Ramírez. Afuera hace mucho calor y hay un sol que le hace preguntarse qué hace en La Plata un 15 de enero. Cierra los ojos e imagina la playa, las vacaciones y el mar. La imagen le muestra olas que se arman y se destruyen en la orilla. Siente paz de escuchar un caracol. La arena áspera le cubre la piel y el recuerdo la lleva a cuando todo era distinto. Cuando era joven y no se sentía tan presa del presente.
Estaba en eso cuando de pronto tose con fuerza y le dan ganas de vomitar: se agarra fuerte al volante, pasa su mano por la frente y seca las gotas de transpiración. Los ojos secos le ruegan lágrimas. Respira hondo. Una. Dos. Tres veces, tal como le sugirió su terapeuta. Deja escapar el aire. Suspira aliviada. El celular vibra en su bolso, le cuesta encontrarlo, hasta que atiende nerviosa. Es su madre.
-Te estuve llamando toda la mañana — Ana revolea los ojos pero antes de que pueda contestarle, su mamá sigue— Tu hermano vino esta mañana a visitarnos a mí y a tu padre. ¿Vos sabías lo del ascenso? — asiente con la cabeza pero no lo pronuncia.
— También nos contó lo de Cecilia, ¿sabías lo de Cecilia? — su cuñada está embarazada de tres meses— ¿Sabías?
— Sí, Me llamó ayer. Estuvimos hablando un rato. Me dijo que ya tienen pensado qué nombre ponerle a la criatura. —escucha un suspiro. — Ceci le dijo que tenía muchas ganas de llamarlos como sus papás y Fernando aceptó —le miente y le encanta. Fernando le había contado del embarazo pero nada de nombres. El bebé que espera apareció de casualidad en la conversación, pero escuchar a su mamá retorcerse de rabia la divierte.  
— En fin má, ¿necesitas algo más?
— No, sólo saber a qué hora volvés a casa. Así veo si te espero a cenar o no.
Las respuestas de su madre siempre son más acertadas que las suyas. En el juego de tira y afloje siempre le gana. Sabe que tener cuarenta años y vivir en la casa de sus padres no era lo que esperaba de su futuro. Se muerde los labios y avergonzada le contesta que sí, que la espere a cenar. Se mira en el espejo retrovisor y contempla el desastre que es. Tiene ojeras permanentemente, el flequillo mal cortado, las raíces crecidas, el pelo quemado. Se refriega los ojos y en su mano se impregna una mezcla de sudor, mocos y lágrimas. Se limpia con el asiento del acompañante.
Toca el timbre del 4C. La puerta se abre automáticamente tras haberse sentido observada por una cámara de seguridad. Sube por el ascensor y antes de tocar la puerta, la secretaria la está esperando. Es una chica joven, de unos veinte años que la mira de arriba abajo pero no de una manera despectiva, sino que compasiva. Se avergüenza aún más de su aspecto cuando le pregunta cómo se siente.
—Ana, ¿no? — pregunta—La Dra. Ramirez está unos minutos atrasada. Por favor toma asiento. ¿Querés algo de beber? —Sí, por favor. Un vaso con agua seria genial.
Le trae el vaso de plástico lleno junto a un pañuelito y se va. Ana queda en la sala de espera sola y se pregunta sobre qué puede hablar en esta sesión: ¿sobre su ex? ¿Sobre la nueva mujer de su ex? ¿Sobre su madre? Desde que va a terapia no ha notado muchos cambios. Por el contrario, a veces siente que sale peor de lo que entró y muchas otras veces, cuando se quedan en silencio, siente que le están estafando. Pero su hermano insistió tanto en que comenzara a ir, que decidió tomárselo en serio. Aquel momento en que su hermano menor la obligó a sentarse para escucharlo con atención, fue muy duro. “Ana, no podes vivir lamentándote. No quiero volver a encontrarte espiando como una loca la vida de tu exesposo otra vez. No está bueno, no hace bien”. Las palabras aún le resuenan en la cabeza y se enfurece, ¿qué puede llegar a saber su hermano sobre qué es sufrir? A él nunca le va a pasar lo que le pasó a ella. Nunca lo van a echar porque es jefe de su empresa, ni va a sentir la mirada juzgadora de su madre, ni va a encontrar a su esposa con otro en la cama que comparten. Pero lo que mucho menos va a sentir es la pérdida del bebé que tanto deseó. Llevarlo dentro y perderlo antes de conocerlo es un dolor indescriptible, semejante al que sufrió su cuerpo los días siguientes al aborto espontaneo. A veces, a pesar de que ya han pasado cinco años, aún sueña con la sangre que mancha el colchón, el vientre chato y las mamas que ya no serán alimento de nadie. Una pesadilla en espiral que la atormenta seguido.
La sala de espera es grande y está decorada de muy mal gusto. Hay un cuadro con flores que ocupa toda una pared amarilla. Es un color que no se distingue si es pintura o suciedad. Alrededor hay tres consultorios que atienden a adultos y niños. O eso cree Ana por la cantidad de pibes que suele haber mientras espera. Mira el reloj y se da cuenta de que llegó mucho más temprano. Toma una revista de moda que data del año 2013, en la tapa hay una modelo rubia. La abre y el primer título que lee es “¿cómo bajar de peso sin hacer dieta?”, al lado otro que dice “Las harinas refinadas, el nuevo enemigo del siglo XXI”. Al dar vuelta la página se encuentra con una masiva torta de manzana y canela junto con su receta. Deja la revista y agarra otra. La abre de casualidad en la página donde hay un hombre que le resulta vagamente familiar. Tiene su misma edad, ojos marrones, la barba crecida y parece ser un empresario exitoso.
El timbre suena y deja la revista junto a la pila donde estaba, abierta de par en par. Los pasos de la secretaría junto a alguien van haciéndose más cercanos, hasta que una mujer de pelo castaño con un niño de unos cinco años en brazos se sienta en la silla frente a ella. El niño grita y patalea mientras su madre lo agarra de los hombros y con mucha calma le dice: —Basta Pedro. Ya hablamos esto. Vamos a hablar con Gabriel, vamos a jugar un ratito y después nos vamos a fútbol.
Ana cruza miradas con la mujer quien parece reconocerla de inmediato pero Ana tarda unos segundos. Después aterriza: es Laura. Conserva su altura y los rasgos de su juventud. Diez años sin verse y ahí está frente a ella con  ojos achinados, sus labios finos y cierta elegancia en los movimientos, bajo un aura de bohemia y descontracturada. Ana atina a saludarla con beso en la mejilla, pero Laura la abraza con firmeza. Le siente el aroma a sahumerio y lo reconoce como familiar. Es un aire de libertad que ella nunca tuvo. Traga saliva incómoda y desea con fuerza haberse vestido mejor. —¡Ana, cuánto tiempo pasó! — la mano amable de Laura reposa cariñosamente en su hombro. — Él es Pedro, mi hijo. — el niño levanta la cabeza y la saluda sin ganas. Ana trata de formar una sonrisa que transmita felicidad, pero duda en haberlo logrado. — Vinimos… bueno…a ver a… ¿Vos qué hacés acá? —Vengo a terapia— contesta mientras se sienta una al lado de la otra. La lejanía del colegio secundario se vuelve muy presente en la sala de espera. De repente, Ana se ve adolescente, sentada en los bancos del aula escolar junto a su mejor amiga Laura. — Ya hace unos meses que vengo.
Siente ganas de huir de pronto. Recordar escenas que llevaba tiempo olvidadas no le gusta. Es un pasado que dejó atrás para poder rearmarse. Laura formó parte de su vida hasta que todo cambió. Y llevaba años sin pensarlo. Mira el reloj y ruega que la doctora abra el picaporte y pronuncie su nombre. Sigue siendo temprano. Le posa la mirada a Pedro que juega con un yoyo. El niño es una copia idéntica del novio de toda la vida de Laura. Hermosa historia de amor que a ella le tocó un papel de reparto. Como la amiga de una telenovela que está presente en peleas adolescentes, pero que es apenas espectadora. Se acuerda de los celos que sentía por ellos y cómo se torturaba por sentirlos. —Es igualito a Esteban—comenta tratando sonar simpática pero su voz salió temblorosa y aniñada. —Sí, todos dicen lo mismo — dice Laura y revolea los ojos divertida. — Yo digo que es igualito a mí. — se ríe igual que cuando eran amigas. Le devuelve la sonrisa, nostálgica. — ¿Y vos, cómo estás? —Yo…— Ana abre ojos y recapitula su vida — Yo, bueno, me divorcié hace ya hace un año. —¿Y seguís trabajando en el estudio? —No… Me echaron hace unos meses. — el estudio donde trabajaba como arquitecta la había echado sin indemnización. Sabe que se merecía el despido por el descuido. Había hecho que la empresa perdiera mucha plata por desperdiciar su tiempo en su ex marido y no en presentar los planos en fecha. Todavía le duele admitir su negligencia. — La crisis, viste, echaron a muchos — miente y se sonroja. —Sí, claro.
La sala se queda en silencio un buen rato y sólo se escucha a Pedro jugar y el zumbido del aire acondicionado. Ana se muerde los labios y Laura se come las uñas. Ambas parecen incómodas en la formalidad del encuentro. Las piyamadas cuando eran chiquitas, las salidas cuando eran adolescentes y las vacaciones cuando ya habían empezado la facultad. Cierra los ojos. No se siente preparada para lidiar con Laura. Siente la culpa en la garganta, el perdón nunca pronunciado en la atraganta. —¿Y vos que venís a hacer? Nunca te vi… —Es que es la segunda vez que venimos con Pedro. La semana pasada tuvimos una entrevista con Esteban para el psicólogo infantil y hoy es la primera vez. — mira al suelo, como tratándose de esconder. Ana se percata de ello y elige cuidadosamente sus palabras. Laura no creía en las terapias tradicionales, y en el pasado nunca hubiera llevado su hijo ahí. —Claro. Oí que es genial el psicólogo. Los niños que a veces veo mientras espero, se van contentos. —No sé. La idea fue de la maestra del jardín, nos dijo que es muy despistado y que le cuesta hacer amigos. Esteban quiso, yo no estoy convencida.
Ana recuerda cuando se enteró por Facebook que Laura estaba embarazada. Había sido unos meses después de que ella perdiera el suyo. Tirada en la cama mientras lloraba, se acurrucó en los brazos de su ex marido, pero él luego la abandonó vaya saber por qué. A la única que le pasaban cosas malas era a ella. Pero ahora, al tener enfrente a su amiga del pasado, siente una ligera empatía. Cruzan miradas unos segundos hasta que la puerta de consultorio B se abre. Sale el psicólogo. Un hombre más joven que ellas, esbelto y con una voz grave que después de saludar a Laura, invita a Pedro a entrar al consultorio. El niño hace una mueca de dolor exagerado y entra a regañadientes. Las dos se miran cómplices por lo atractivo que resultó ser el tipo:
—Preferible que me atienda a mí — suelta Ana y su amiga se ríe. — Es duro el celibato. —¿Te lo podes creer? Ahora somos viejas para estos chicos. Los tipos lindos empiezan a ser más jóvenes que nosotras.



Pasan varios minutos hablando de las familias. Ambas se alegran de que sus padres sigan vivos. Así Ana se pregunta si su amiga sabrá acerca de su pérdida y por una razón inexplicable siente la necesidad de contarle, pero calla. Guardan silencio varios minutos y sólo se oyen los susurros que vienen de los consultorios. Laura toma la revista que su amiga leyó hace minutos y señala al empresario que posa para la cámara con aires de superioridad. —¡Es Gonzalo! El compañero del secundario— Ana observa con detenimiento la imagen y asiente con la cabeza. Luce igual pero viejo y millonario. Se sonríen y vuelven a callar. Laura se acomoda varias veces en el asiento, se acomoda el pelo y muerde sus labios, nerviosa. —Te necesitaba ¿sabías? — Ana clava la mirada en Laura que en sus ojos crecen incipientes lágrimas. — Perdón, no debería habértelo dicho. Pero fue muy duro para mí. Eras mi amiga y…
El peso de la culpa cae sobre Ana. Siente su cuerpo pesado y quiere ocultarse. Desde que pasó lo de Dolly lo único que había tratado de hacer era olvidar. Pero tener a su amiga enfrente es una cachetada de la realidad. Guardaba un recuerdo de Dolly adormecido por sus propios fracasos. Pero ahora, sus rizos colorados y sus pecas, su cara de niña, su cuerpo frágil, joven y despedazado en la ruta le nublan la vista. Se refriega los ojos, tratando de quitarse la imagen y se encuentra con la mano amable de Laura que le ofrece un pañuelo. —No puedo creer que la hayas olvidado. —No la olvidé. —responde Ana con brusquedad — Nunca podría olvidarla. Sólo no pude, era muy chica y no sabía, no podía… —¡Tenías la misma edad que yo, Ana! Yo no me escapé después de eso. —Yo tampoco me escapé. —Te fuiste dos meses después de que se murió y no quisiste volver a verme. Te llamé. Fui hasta tu casa, hasta que me cansé. Me dejaste sola. —Estabas con tus papás, Lau…— Ana quiere tomar la mano de Laura pero no puede. Se siente fría como una estatua por fuera. —Mis papas nunca entendieron nada, los conocías. Fue una tortura y vos eras como una hermana. —A veces pienso qué hubiera pasado si… —No pienses en eso — la interrumpe Ana. — No tiene sentido. —¿Pudiste seguir adelante?
Niega con la cabeza gacha, triste. Toda su vida se había sentido miserable, eso no le resulta ninguna novedad. Lo que sí le sorprende es que la vida de Laura, tan perfecta y genial, estuviera agrietada por el recuerdo de una muerte que había ocurrido quince años atrás. —Nunca más pude dormir sin rivotril. Fueron años de no poder conciliar el sueño sin que se me aparezca la cara de Dolly ahí. Tan chiquita y tan vulnerable —¿Qué hubiera sido ella ahora? —Lo hubiera sido todo — responde Ana conmovida. La imagen del vistazo que echó al cuerpo de Dolly le nubló la vista. De pronto, sintió el impacto del colectivo en la sala de espera, el estrepitoso ruido del motor, el calor de las llamas y la vida de Dolly desprendiéndose al costado de la ruta.  Se deshace de eso y se enfoca en el paisaje, en las montañas. — ¿Sus padres viven? —No, fallecieron hace unos cinco años.  Los visité hasta que me pidieron que no fuera más. Era muy doloroso para ellos verme a mí, viva. En su mirada estaba el reproche permanente, el por qué no te pasó a vos, por qué le pasó a mi hija. —Se murieron odiándonos. — murmura Ana y siente un escalofrío en su espalda, como si tuviera miedo. Laura apoya su mano en su hombro, consolándola. — A veces creo que las cosas que me han pasado fue por eso —nunca había confesado eso en voz alta. El insomnio y la tristeza la hicieron llegar a esa conclusión. —No fue por vos —espeta Laura con firmeza en la voz. —Nadie podría haberlo evitado.
La puerta del consultorio A y B se abren al unísono. El niño sale disparado con un dibujo en la mano y se abraza a las piernas de su mamá. Del otro consultorio la Dra. Ramírez llama a Ana para que ingrese. Las viejas amigas se miran aún emocionadas y con cierta congoja, que tratan de disimular.  Laura toma el dibujo de su hijo y se lo entrega. Es una casita en el medio de un bosque y tres amigas tomadas de la mano. Se ve dibujado en un trazo celeste un lago y atrás, en marrón, unas montañas. Ana se emociona. Siempre se sintió sola y después del accidente no volvió a tener amigas.
—Te llamo — le dice Laura mientras abre la puerta.

Por Paula Scebba







sábado, 8 de junio de 2019

Grisel

Grisel es mi nombre, sí Grisel, como la canción de Contursi. ¿Qué puedo decir de mí?, que tengo 32 años y trabajo desde hace unos tantos en la estación de servicio de la calle Córdoba. No me disgusta mi oficio, aunque para ser franca, mi pasión es bailar tango.
Cuando era chica, además de cantar con mi abuelo, escuchábamos sus tangos favoritos y me contaba anécdotas sobre las milongas y mientras tanto yo jugaba a bailar sola.  Hay una milonga que me acompaña con algunos clásicos y algunos otros personajes en la vereda del frente de los que luego contaré.

Hoy me toca trabajar. Es un sábado a la noche de primavera.  Son las 9 y flota una brisa. Hipólito es un pibe de 25 años, estudiante de economía, tiene el cabello castaño y una nariz respingada que denota sus raíces turcas.  Hablamos alguna vez, creo. No sé cuándo. Lo cierto es que Hipólito pasa seguido por la vereda ciertas madrugadas, a veces por el frente y otras por acá. Hoy viene con algunos tragos de más y ya son como las 9:30 de la noche. Entró hace 10 minutos a la milonga y los guardias del lugar lo sacaron de sus ropas como a una mosca. Fue gracioso. Me río sola aveces, me causa gracia ver algunas situaciones
desde lejos.

Hipolito siempre pasa serio y saluda con gesto educado. Ahora, afuera de la Milonga medio dormido sentado como en una meditación, está junto a Rayo láser: un linyera apodado así vaya a saber por qué. Nadie sabe. Un tipo achacado por el mal dormir y la vida dura, que vende flores robadas durante el día en la puerta de la milonga. No es para nada una acusación, él me lo contó una vez que vio pasar a Magda con flores yendo hacia el cementerio para llevárselas a su difunto esposo. Rayo Láser es un flaco desgarbado pero de cara medio redonda y cabello claro. Tiene unos 28 años y algunas veces se cruza para charlar conmigo.  Me contó algunas cosas sobre su vida, y a veces se le suelta la lengua y cuenta alguna fábulas poco creíbles, pero me divierte así que le sigo el hilo de “sus vidas pasadas”, como yo le digo.
Magda, es la víctima de los robos de rayo láser  y al mismo tiempo quien lo ayuda, es la jubilada que vive a dos edificios de la milonga y siempre viene a comprar acá a la Estación. Es una mujer muy simpática e inocente de pelo blanco y ojos color cielo, en los que de vez en cuando descubro su dolor por la soledad, casi igual que yo, cuando llego a casa cansada del trajín diario; o como Rayo Láser que vive en las calles, o Hipólito que la esconde  detrás de algunas copas. “Es hora de irme a casa a dormir”, me ordeno suave mientras pienso en el cariño que les tengo a estos personajes que conviven conmigo. En la soledad de un tango triste.
Por Florencia Abdala Ibañez

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