jueves, 25 de abril de 2019

La valijita

-!No!-  alcancé a gritar cuando mi hija tiraba la valijita en el tacho de basura.
-!Pero Mamá!, está reseca, la tocás y se deshace. Tiene olor a humedad y no sirve para guardar nada... es una porquería - dijo enojada mientras yo estaba en la cama entre almohadones, con un brazo lleno de clavos y tres costillas astilladas –como Pinocho- imposibilitada de moverme y ella en su ataque de hija amante vino a ordenarme el placard para seleccionar ropa cómoda y dejarla a mano y de paso hacer una limpieza de cosas viejas.
-¿No pueden esperar a que me muera?- protesté y enseguida lancé una carcajada burlona.
-No vamos a esperar cien años, mamá.
-La valijita, no y punto.  Es chica pero guarda mi memoria- me impuse mientras una polilla se escapó por la ventana. La vi salir desde el rincón del estante, apenas movimos un par de blusas viejas, se eyectó hacia la ventana que daba a la calle.  

Todos subían con grandes valijas de doble cinto, bolsos a punto de explotar, cajas atadas con hilo sisal. Se empujaban, gritaban, se abrazaban con los que quedaban en el andén. Una flacucha pálida desentonó, subió silenciosa con una valijita que parecía de juguete.
-Llevala tranquila, dijo la tía, no la usamos más. Se la compramos a aquél cuando consiguió un trabajo de sereno en Avellaneda. Ahí ponía una muda y algo de comida. Pero ahora de encargado acá a la vuelta no necesita nada. Llevala querida, poné esta toalla y esas medias, te van a hacer falta.
Ella no entendía mucho lo que estaba pasando pero le brotaba esa veta protectora con total naturalidad.
El vagón tenía asientos forrados de cuerina beige. Del  lado derecho eran de dos y del contrario de tres. Con un mecanismo sencillo se podía rebatir el respaldo, entonces algunos quedaban en la dirección en que marchaba el tren y otros enfrentados.
La muchacha –que era yo- se ubicó pegada a una ventanilla. Le tocó un grupo familiar. Dos mujeres gordas, un chico de dos o tres años, un hombre grande al que decían “nono” y un hombre joven, tal vez el padre de la criatura. Por la disposición de los asientos parecíamos una familia reunida en el living de la casa.
Atentos querían cargar la valijita en el portaequipaje.
-No, gracias, la llevo acá abajo, no me molesta- dije con timidez.
Las pocas cosas que contenía eran mis únicas pertenencias en el mundo.
Los viajeros seguían comentando la estadía en la ciudad. Decían bromas, festejaban con risas, en voz más baja criticaban algún pariente, repetían sin cesar el asombro del Planetario. El chico se entretenía con un chupetín mientras me pateaba la rodilla. No quería mirarlos.
-Si no los miro, ellos no me darán conversación- pensé.
Quedé distraída con el afuera. El traqueteo y el  calor nos iba adormeciendo, por suerte. Por las ventanillas abiertas entraba una ventolera que nos inflaba la ropa y nos refrescaba un poco. Mi blusón de bambula parecía un globo que se inflaba de pronto. Mientras tanto, la ciudad se iba perdiendo. Cada vez menos edificios. Las casitas bajas y algunas calles de tierra con chicos que juegan a la pelota, más el ladrido de algún perro, aparecen como bienvenida a  los suburbios.
A medida que el tren atravesó el paisaje, el aire trajo panaderos que revoloteaban como pompas de jabón. Recuerdo que cuando éramos chicos los corríamos hasta atraparlos y les  pedíamos un deseo. Uno de los panaderos me rozó. Aproveché a tomarlo con suavidad y le pedí y lo solté con esperanza.
Cuando pasamos Cañuelas, pude ver la llanura en todo su esplendor. Fue como ver por primera vez el mar. Nací en una tierra quebrada por las cuchillas y los riachos. Contemplé esa inmensidad verde juntándose allá en la curvatura con un cielo celeste agua. Indistinguible la línea del horizonte. Y supe que aún era posible soñar.
El sol se fue lentamente, dando paso a la tristeza. El cielo se transformó en una paleta donde los restos de color de un día se superponen con los de otro. Hasta que quedó totalmente oscuro. De vez en cuando se veían unos fueguitos. Parecía un campo de guerra.
-Es la quema del rastrojo- escuché que dijeron. Las cenizas revoltosas en el viento de la noche nos mancharon las caras y las manos. Terminamos pareciendo soldados camuflados en ese viaje con el que inicié el exilio.
La valijita me acompañó en todas las mudanzas que vinieron después, casi como un amuleto, como un animal o como un fantasma de mí misma. Me aseguré de que mi hija la guardara en el placard. Me dormí mientras otra polilla aleteó en el vidrio de la ventana.

Por Graciela Vanzan

martes, 9 de abril de 2019

La plaza es un domingo temprano

La esquina un domingo a la mañana sintetiza un paisaje de gestos distintos a otros días de la semana. Con menos tráfico que cualquier otro, el amanecer tiene un ritmo enloquecedor, a veces peligroso, que se diluye con la entrada en la media mañana. Ahí todo parece calmarse y la Estación de Servicio se transforma en una especie de mirador que todo lo ve.

Carlos, es el vagabundo que siempre duerme en la plaza. Son las 6 y se restrega los ojos partidos por el humo y un sueño indomable. Se para en el banco y trata de ver si los empleados de la YPF le habilitan su ingreso. Es un código de todos los días. Él se para en la madera roja y chista de un modo especial. Después, desde el playón, uno de los muchachos le hace el gesto del aterrizaje para en realidad decir que el baño está habilitado. Ya cuando procuraba cruzar la calle de regreso, más liviano, los playeros le dieron una vaquita a base de propinas en un vaso de café con leche para que desayune. Pidió un café con leche de la máquina y volvió al banco de la plaza lentísimo. Se lo tomó de a sorbos y ya se paró para irse. Por la vereda de enfrente, un viejo de anteojos gruesos y birrete, camina hacia la plaza con una pequeña bolsa de nylon en una mano. Vienen tan lentos que parecen dos caracoles que se cruzan en el camino. Se interceptan y parece una escena habitual. El abuelo le da la bolsita a Carlos y conversan algo. Después se dan un abrazo y se despiden: el vagabundo para el lado de la Estación Ferroviaria, el abuelo. hace un rodeo por la esquina de enfrente a la YPF, y después toma la vereda del largo paredón que conduce hacia el cementerio.
Debe ser una sensación, pero desde que se quedó solo, cada domingo que pasa, aumenta su inclinación hacia adelante. La espalda se curva otro grado y la cabeza se le asoma hacia el pecho. Mientras el abuelo camina lento y se pierde en el paisaje dominguero, por la avenida viene el colectivo, llega a la esquina y frena. El hombre que barre en un escobillón de la YPF detiene su tarea y de manera sutil cambia de función para convertirse en soporte y cómplice silencioso. Bajan dos señoras perfumadas y con ramos de flores. Después, un policía con sueño que viene de terminar su guardia:

-¿Podes creer? Mirá toda la basura que deja ese viejo sucio ahí- gruñe con veneno el oficial de bigotito mosca mientras les señala un banco rojo de la plaza a las señoras que sacuden la cabeza en señal de indignación.

Tras dos minutos en esa esquina con el motor encendido, el colectivo movió despacio y desde adentro una piba pegó un salto y casi se cae, pero no. Baja ella y logra salir a pie en dirección del policía gruñón de bigote mosca. La piba se pone los auriculares y camina como flotando por la música. No sé que escucha, creo que reggae porque aparece como un ligero movimiento acompasado hacia adelante. Cierra los ojos y parece que entra a otro planeta en el que no se siente la quietud de un domingo por la mañana. Creo que mi imaginación se va con ella. Se deja deslizar a centímetros del suelo mientras, en frente, el escobillón quiere y no quiere barrer... ¿será una metáfora del séptimo día? No sé, yo ya me fui, soy una sombra errante que camina al sol.

Por Alberto Alaniz

miércoles, 3 de abril de 2019

Siempre Malvinas

La memoria del 2 de abril nos enciende los relatos sentidos sobre la guerra de Malvinas y nuestros héroes: los que se quedaron en suelo isleño y los que volvieron para ponerle el pecho todos los días a la vida. Dos textos, dos relatos.
UN DÍA EN LA VIDA



Desperté. Un día más. Son las 6:30 hs. No sé por qué no puedo despertarme cuando suene la alarma a las 7:00 como la gente normal, esa que trabaja de 8 a 20, lleva los hijos a la escuela, llora con la novela de las 10 y compra lo que la tele les vende. Quisiera tener también la capacidad de dormir toda la noche de corrido como la gente normal, en cambio doy vueltas en la cama con el cerebro a mil, viendo todo pasar como en una película. La verdad que mi vida y la de la gente normal no se parecen en nada. Yo no soy normal. En fin, habrá que levantarse, aunque el cuerpo se queje. La herida de la pierna hoy molesta más que nunca, será la humedad, o tal vez la tristeza. A veces la tristeza se me cuela en los huesos, como si estuviera presente en todo lo que toco: en la fría sensación que da cuando me lavo los dientes, en la filosa hoja que lastima cuando me afeito, en el fondo del vaso de licor que levanto de la mesa de luz de anoche.
Son las 7:00. Le pego un sorbo al mate y me quemo la lengua. Dicen que el mate tan caliente trae cáncer, pero qué importa, a estas alturas de mi vida la muerte es lo de menos. Yo ya la conozco a esa maula, hemos estado cara a cara. Cuando has sentido la muerte respirándote en la nuca, todo lo demás pierde importancia, y yo ya estuve ahí. Fue un día como hoy, el mismo cielo, el mismo sol, pero más frío. El mate sí que no era el mismo, apenas unos palitos flotando en la negrura de un recipiente sucio, y eso con suerte, cuando había agua y se podía calentar. Entonces nos sentábamos en el suelo húmedo de la trinchera y chupábamos la bombilla en silencio, mirando el horizonte, donde se agazapaba el enemigo, ese animal sin nombre y sin rostro que siempre nos acechaba. Era difícil imaginar que detrás de esa línea había gente como nosotros, que quizás tenía frío, hambre o miedo, mientras sostenía entre sus dedos una taza de té, como último vestigio de dignidad, o de humanidad. Humanidad, cuántas veces pensé en esa palabra. Pero ¿qué es humanidad…?
Lleno otro mate y me lo llevo a la boca mientras pienso que, como decía el flaco Rodríguez, el ser humano no es más que una bestia pensante. Y hay que ver con qué facilidad pasa de ser pensante a simplemente una bestia. Siempre hablábamos de eso con el flaco, mi compañero de escuadrón. Él era un tipo extrovertido, el chistoso del grupo. Se podía estar viniendo el mundo abajo que él siempre tenía un comentario gracioso, una broma, un apodo que nos sacaba una sonrisa. Nosotros lo cargábamos, lo habíamos bautizado “el inmortal” y decíamos que él nos iba a enterrar a todos. No fue así. El día del ataque cayó primero. Una granada le voló medio cuerpo. Pude haber sido yo, pero le tocó a él. Quedó tendido al lado mío, boqueando, con los ojos abiertos fijos en mí, como diciéndome:
-¡Ayudame! No me dejés acá. El hombre y la bestia se debatían en mi interior, peleándose entre ayudarlo o correr. Entonces el sargento pasó a mi lado y gritó: -¡Retirada! ¡Retirada!- y reaccioné. Ganó la bestia y por eso hoy estoy acá.
Son las 9:00 y es hora de salir a pelearla. Resulta difícil para alguien en mi condición ganarse el pan de cada día, pero no me quejo. Cazo el paquete de broches y rejillas, me acomodo en mi muleta y salgo. Esta es la hora en que la gente normal-la que se espanta con el frío de Buenos Aires, que le llama batalla a conseguir un asiento en el micro y no ha tenido más pelea que por un puesto en el trabajo- llena el colectivo yendo a laburar y es cuando la gente como yo tiene más chance. A veces sueño despierto imaginando cómo sería mi vida si no hubiera pasado lo que me pasó. Doy vueltas en la cama pensando en eso y mucho más. Hay noches en que los ojos del flaco Rodríguez no me dejan dormir, se me aparecen por detrás de las cortinas, a través de la ventana o me observan desde el cielorraso. Entonces yo le hablo y le digo:

-Tenías razón hermano, en hacernos reír. En hacernos olvidar por un momento dónde estábamos y quiénes éramos: un puñado de pibes hambrientos con un fusil y una bandera, a miles de kilómetros de casa. Tenías razón flaco. Ahora a la distancia en leguas y en años lo comprendo mejor: es por la risa. La risa es lo que nos salva, lo que nos distingue de las bestias y es lo que nos hace, realmente, más humanos.
Por Valeria Gorlero



MI HÉROE EN ESTE LÍO

Al flaco lo conocí a los 5 o 6. "Machocamacho", siempre me dijo en alusión al boxeador mexicano. Recuerdo de sus relatos de Malvinas en una sobremesa lluviosa en el quincho de mi casa del pueblo. Mi viejo hizo el asado después de una pesca y fue una de esas maratones en la que grandes y chicos pasamos casi 24 horas de excursión: primero el bote en la laguna y después la parrilla en la que se asan las mejores carnes con las mejores historias. Jugada de pizarrón entre los amigos del vino, la pelota y la pesca. Línea de tres infalible.
El flaco contó la crónica de noches dolorosas. Sus momentos en las cuevas, el frío desgarrador, su amigo caído, varios de ellos, pero sobre todo uno que podría haber sido él pero la moneda de la vida eligió otra versión suya que se lo llevó en ese cielo de tormenta de Malvinas.
Creo que desde ahí las tormentas para él fueron pequeñas guerras en miniaturas. Recuerdos crudos de abril, mayo y junio de 1982. Sin embargo siempre las combatió como gran hombre y soldado. Fue padre de Malvina Soledad y ganó su batalla más poderosa.
De más grande, se arrimó al Bodegón de Juanchy para dejar su placa con foto de Soldado de Malvinas como una cicatriz en la pared de ese boliche plagado de buenas cicatrices de los años. Llegó con su buen humor, sus gritos de paisano y contó otras tardes de Malvinas mientras se refugiaban de las bombas que tiraban los aviones británicos.
Después vino la escena que más me gustó compartir con él: noche de 12 de agosto de 2016, día del pueblo, y el Bodegón de Juanchy con una mesa larguísima para todos sus amigos de Malvinas que vinieron a visitarlo para desfilar con él por las calles de General Alvear. De verde oliva y orgullo de soldado argentino. Esa noche comí con ellos y después toqué la guitarra hasta el calambre mientras ellos se abrazaban, lloraban de emoción y tatuaban con el verde del corazón otra de sus noches eternas. "Gracias machocamacho", me dijo el Flaco y yo le diré siempre que gracias a él por este orgullo de ser amigo suyo. 

Por Matías Kraber





lunes, 1 de abril de 2019

El bodegón desde adentro



Desde afuera no parece: una vieja puerta de dos hojas, un par de ventanitas alargadas, nada especial. Sin embargo, basta atravesar el umbral para sentirse inmerso en otra dimensión donde el tiempo parece haberse detenido. Le llaman “El Bodegón” y es una construcción de unos quince metros de largo, con paredes de ladrillos pintados de marrón, tirantes de madera a la vista y ese aire a fondas de La Boca, entre colorido y desteñido, entre el presente y el pasado. Se nota que esa es la intención, porque al abrir la única puerta lateral, nos damos de lleno con el mural del patio que recrea una escena típica de Caminito y sus coloridos conventillos. Es como una bocanada de Buenos Aires en pleno pueblo. En su interior convergen números, fotos, mapas y los personajes más diversos y dispares. Un cuadro del negro Olmedo, de gorrita y bigotes a lo Chaplin, nos mira con las cejas levantadas, mientras que en la pared de enfrente hay una foto del verdadero Charles con un niño, que lo observan al negro medio escondidos, como preguntándose: -¿Y ese?, ¿quién es?  Al lado de Chaplin cuelga un póster de las corridas de toros de Madrid, donde un hombre de rostro ceñudo y capa roja le ensarta espadas a un toro en el lomo, también rojo. Unos pasos más allá, sobre la misma pared, un retrato de Bob Marley proclama en letras blancas y en inglés: “Stand up for your rights” (levántate por tus derechos).

La mirada se pierde entre los números de las chapa-patentes desparramadas por todos lados y se detiene en la foto del Che, quien posa acodado en un escritorio, sosteniendo un enorme puro entre sus dedos y su boca. Sus ojos parecen abarcar todo el espacio, un poco entornados hacia arriba, pensativo y dan ganas de preguntarle en qué estaba pensando cuando le tomaron esa fotografía. ¿Se habrá imaginado alguna vez que hoy, tantos años después, su imagen daría vueltas al mundo, devenida en mero merchandising, estampada tanto en murales y cuadros como en gorras, camisetas y cuadernos que los jóvenes compran sin saber muy bien por qué? Supongo que no. Así son las vueltas de la vida. A su lado un cartel con una frase del Indio canta  “vivir solo cuesta vida”, nunca más certera, pues en su caso la vida le costó.

Hoy, acá, en este bodegón, esta especie de cambalache al estilo del tango de Discépolo; el Che puede descansar tranquilo al fin, junto a Bob Marley y Chaplin, entre la bandera wiphala y un mapa traído de Malvinas, que se codea al lado de la camiseta del Depo  y un cuadro de Quinquela, entre la biblia y el calefón.

Por Valeria Gorlero




El bodegón de La Boca


Parada en la puerta del Bodegón da comienzo el taller de escritura y yo me quedo mirando.  Ya abrí esa puerta en otro contexto. Las paredes y el piso de ladrillos son como muy cálidos, y las lámparas negras que cuelgan fueron motivo de charla alguna noche de cervezas con ella.
La puerta en la pared lindera al local es más vidrio que metal. Por ahí fue que nos fuimos las dos esa noche: se ve la Boca, con esos colores mezclados que no buscan para nada la combinación.
Ella, Paula, fanática de Boca, yo de River; caminamos esas calles en la imaginación e íbamos juntas. Balcones hechos con rejuntes de fierro, en los que hay plantas, flores, y hasta yuyos. Balcones que no solo son jardines colgantes, sino también patios para colgar la ropa, y el espacio minúsculo de algún perro, mientras que los gatos son amos de aquellos techos.
Al caminar por ahí, escuchábamos un tango mientras la pareja vestida de ocasión, sobrios y perfectos, ensayaban un dos por cuatro entre cortes y quebradas.  Desde algunas ventanas llegaba un olor que se mezclaba entre lo dulce y salado.
Un pintor sin manos retrataba las paredes que custodian Caminito: esa calle finita de adoquines, con algún que otro farol arrabalero y bancos de plaza. Más adelante el pochoclero, Paula se fanatizó y fue por un paquete, ella siempre adoró los pochoclos.
Más adelante los puestitos. El merchandaising todo dispuesto al turista, al visitante.
El olor del río también lo olfateamos, y entonces cortamos el viaje con ese hedor que pasa de las fosas nasales a la panza.
En medio de eso, nos distrajo la moza al traernos una cerveza y con el sonido del vidrio en la mesa, volvimos al lugar en el que estábamos sentadas.

Pasó un tiempo de ese viaje, Pau ya no está. Los ladrillos y las lámparas siguen ahí.  Ya el motivo de la visita al lugar o es el mismo. Está casi todo igual, aunque ahora los balcones de la Boca no los voy a recorrer. Lo hicimos juntas y hoy apenas es una pintura en la pared del Bodegón.
Por Romina Silva








jueves, 28 de marzo de 2019

En pedal a Uruguaiana



Era el sexto día de viaje. Viajábamos con un amigo hasta Brasil montados en bicicleta desde el centro de la provincia de Buenos Aires. Serían casi mil kilómetros a puro pedal por las rutas que llevan de la región pampeana al litoral y desde Corrientes, Paso de los Libres, cruza la frontera al sur del país tropical.  Se nos había ocurrido con el amigo Javo irnos hasta a Uruguaiana en bicicleta, sin entrenamiento ni muchos preparativos; improvisado, como me gustan que sucedan las "cosas". Una carpa, una olla, parches, inflador, cámara de repuesto, algo de dinero y algunos consejos de ciclistas locales. Supuse que no íbamos a necesitar más.

A 900 kilómetros aproximadamente de General Alvear y con el sol de Marzo que quemaba el caucho de las cubiertas, decidimos frenar al costado de la ruta en la única sombra que ofrecía un árbol, al lado de un Gauchito Gil. El descanso duró una siesta y sin muchos ánimos de subir a la bicicleta, doloridos, descompuestos, desganados seguimos viaje. Algunas ciudades antes ya veníamos mal, no podíamos comer nada, hasta el agua devolvíamos. El culo sobre el asiento era una tortura. Las almohadillas gastadas de una calza para ciclista que me regaló el amigo Fede ya no funcionaban, y tuve que rellenarla con una remera que sacrifiqué, pero no sirvió de mucho.

Seguimos a puro tesón.  De pronto, faltaban sólo 100 kilómetros según el mapa para pisar tierras brasileras, precisamente Uruguaiana. Cada media hora yo consultaba un mapa que había hecho con las posibles paradas, que se fue desvirtuando pasando Roque Pérez. Veníamos muy mal ¡Qué calor! Cada vuelta de corona era un esfuerzo tal, que me hacía replantear la idea de tirar la toalla. Sin embargo, no podía aflojar. Ya antes de llegar a Cuatro Caminos, que es el encuentro entre dos autopistas, con rotondas gigantes, vimos un camión frenado en la banquina. Nos miramos con el compañero y sin mucho debate frenamos a preguntarle si nos daba un aventón. Javo caminó hacia el camión y no encontraba el chofer. Lo rodeó y vio al hombre  medio arrodillado, con los pantalones bajos y un papel higiénico en la mano debajo del acoplado. Creo que la situación no amerita más detalles. La respuesta fue lisa y llanamente un ¡No! rotundo. Creo que si vulneraran mi momento baño, también hubiese dicho que no. Pero, sin entrar en desánimos; lo tomamos como una señal, un mensaje. Aún nos quedaban energías y faltaban sólo 300 para llegar.

Tan sólo pedaleamos 45 minutos más, eran las 10 de la mañana. No me gustaba la idea de frenar tan temprano, pero al compañero lo vi realmente mal, era como que un zombie me siguiera en bicicleta. En los cálculos debíamos levantarnos a las 6 de la mañana, pedalear hasta el medio día, dormir 4 horas de siesta, y luego seguir hasta que comenzara a anochecer. Pero en estas condiciones ya no se podía más.  Divisé una antena, supuse que era de un pueblito llamado Libertad, aparecía en el mapa y no era plan de frenar:
- Dale amigo, Llegamos a esa antena y frenamos. Un último esfuerzo- Le dije con toda la actitud para motivarlo mientras tomaba una bocanada de aire y pedaleaba lento.  
Salimos de la ruta a un camino de tierra a la izquierda, cruzamos las vías y nos encontramos con Libertad, un pueblito de no más 150 habitantes. Al cruzar la arcada de “Bienvenida”, ya éramos novedad. Nos fuimos a la plaza del centro y nos dormimos, dejando las bicicletas tirada sin importanos nada. Al despertar, la plaza estaba lleno de niños curiosos que pateaban la pelota bien cerquita y "distraídamente" la venían a buscar. La curiosidad era recíproca pero teníamos otras preocupaciones, la de mejorarnos y terminar nuestra aventura.

Javo me dice que se sigue sintiendo mal y que va a ir a la salida de primeros auxilios que vio (a la entrada) al entrar al pueblo. Quedó internado con suero durante unas horas.  Estaba deshidratado y el hígado no quería saber más, le dijo una improvisada enfermera.
Volví a la plaza y rompí el hielo con unos pequeños, o adolescente, no sabría diferenciarlos porque todos iban al mismo salón, pero se notaba que eran de distinta edad. Luego de contarles el viaje, ellos me contaron de su pueblo, de la escuela, la iglesia, el destacamento y la intendencia que estaba cerrada por ser fin de semana. Recuerdo que les pregunté cómo se divierten, qué hacen los sábados y domingos; me sorprendí cuando me dijeron que no tenían boliche ni bares y que las únicas fiestas eran cuando alguna chica cumplía los 15. El salón de eventos, era un garaje frente a la plaza.
En caravana con 5 jóvenes y todos en bicicleta fuimos a  recorrer las calles de tierra, a las afuera del pueblo.  Conocí el aserradero: principal fuente de trabajo del lugar y el sitio en que de vez en cuando alguien moría por accidente o las máquinas se cobraban con alguna extremidad.

Antes de reencontrarme con Javo fui a la casa de uno de ellos, me presenté a la familia y entre mates y galletitas, me terminé cortando el pelo con la madre de uno.  Por las dudas pedí que me pele. La peluquera me comentó que hacia un año un chino llegó con su bicicleta de la misma forma, y que a la noche alguien del pueblo se la robó.  Fue tan la impotencia del desprevenido inmigrante que comenzó a tirar patadas a un árbol. Como se trata de un pueblo chico, finalmente no tardó en rescatarla.

 - Fue un borracho que vive por acá atrás- me dijo.

Por más graciosa que me había parecido la anécdota del chino, también me alarmó. No me podía confiar en el pueblo, por más pequeño que sea, ya hubo antecedentes, así que con la bicicleta para todos lados conmigo.  Me reencontré con Javo, ya un poco mejor, decidimos salir a buscar hospedaje, con los pequeños guías detrás dándonos una mano.
Fuimos hasta la casa de la encargada de las llaves de la iglesia,  pero nunca nos atendió. Finamente fuimos la casa del intendente y me sorprendió cuando lo vi curtiendo cuero, bien paisano, debajo de un alero de un rancho de barro que era su casa:

- ¿Usted es el intendente? Le pregunté, tal vez me había equivocado de casa.
- Si, ¿qué necesita?- Me preguntó, sin dejar de prestarle atención a la tarea.
Tenía pensado contarle todo el discurso que ya habíamos practicado en anteriores paradas, pero como lo vi muy entusiasmado con el cuero, se la hice cortita:

- Necesitamos un lugar para dormir.
El intendente se detuvo unos segundos y sin levantarse de la silla debajo del alero nos dijo que nos quedáramos en la intendencia.
- Hay una persona viviendo allí,  díganle que los mandé yo- dijo el intendente con seguridad.

Nos marchamos despacito en bicicleta. Estaba contento pero algo desconfiado. ¿Dejarnos dormir en la  intendencia? ¿sin sabes saber quiénes somos? Pero bueno… allá fuimos.
Nos recibió el hombre, y nos dio un lugarcito debajo de un techo para guardar autos. No era gran cosa pero no nos podíamos quejar. Armamos las carpas y Javo se acostó a descansar. Volví a la plaza donde me encontré con mis pequeños amigos. De a poco cada uno se fue a su casa y quedé solo con uno, sentado en un tobogán hablando de la vida. Un puestito de hamburguesas que se instalaba los sábados a la noche pasaba música con un radio y de a poco se acercaban familias a comer y charlar alrededor de la casilla. Yo estaba muy descompuesto aún, pero cuando mi amigo me dijo que salían 20 pesos, fui a probarlas. No exagero si digo que fue de las más ricas hamburguesas que comí, súper grandes y llenas de "de todo" y tan baratas. Tal vez lo que más me gustó fue el precio, pensé en llevarme una para el viaje, pero me pareció demasiado.
De repente, de regreso al tobogán y mientras charlábamos de las profundidades con el amigo, las luces del pueblo se cortaron
- No te asustes- me dijo- todos los días a partir de las 23:00 las luces se cortan para ahorrar.
Una oscuridad se apoderó del lugar y la noche dejó al descubierto estrellas brillantes que tintineaban. Quede impactado, ese pueblito tan pequeño, sin bares ni boliche, me regalaba una noche de sábado perfecta. Nunca me voy a olvidar de Libertad, ese pueblo que conocí de pasada y me tendió la mano confiada para toda la vida.

Por Marco Antonio Majluf

miércoles, 27 de marzo de 2019

Yo, entre las mujeres

Hace 43 años la mujer según la norma era una chica que se casaba, tenía hijos, lavaba, planchaba, limpiaba la casa, cocinaba y además educaba sus niños.
Había iconos sí: Eva Perón era una, pero tal vez se la veía como una mujer superior y no como un modelo a seguir en cuestiones matrimoniales y/o domésticas. Era Eva. Bien arriba e inalcanzable.
Mamá me trajo al mundo soltera, y le costó en su familia, sobre todo en la relación con mi abuelo.
Mi abuela se casó a los 15 años con su primer novio y tuvo 10 hijos, y al revés de los deseos de mi abuelo, 7 de ellas fueron mujeres.
Me crié en esa casa, donde el abuelo Benjamin,  trabajaba y la abuela Ema, se dedicaba a la casa.
En ese tiempo mamá trabajaba así es que la abuela siguió criando hijo y nieta, su hijo menor de 14 años y a mí.
Recuerdo que el hombre de la casa decidía todo. La hora de almorzar, la manera de cocinar, a qué hora se tomaba el mate y a qué hora se cenaba. Sus reglas se cumplían a rajatabla, también vale decir que el hombre de la casa, era quien comía la carne en los platos que se cocinaban.
Un día le pregunté a mamá porqué papá comía carne mientras nosotras solo si sobraba. Recuerdo su gesto serio y la respuesta: "porque es el que trabaja de la casa y tiene que alimentarse bien".
Recuerdo a la abuela acarreando mate por todo el patio por detrás del abuelo que  mientras regaba, y cuando ella se distraía con alguna planta que florecía o algún frutal que coloreaba, él tiraba el mate por el lugar que estaba. Si tenía ganas y no estaba muy enojado, la abuela volvía a prepararlo
Fui a la escuela pública del barrio y ahí casi no había hombres adultos, pero si el Director, quien dirigía a las docentes como soldadites.  
Mamá se casó y nos fuimos a vivir con Papá a otra casa. Vinieron mis hermanas, después.
Papá era igual. No zafé del patriarcado. Mamá cocinaba, nos cuidaba, lavaba, planchaba, limpiaba.
Nos mudamos a Buenos Aires y ahí ya fui creciendo, y dándome cuenta que algo no estaba bien.  O al menos no para mí.
¿Porque mamá no trabajaba? Algunas madres de mis compañeras lo hacían. ¿Por qué si la maestra trabaja y era mujer mamá no podía hacerlo?, omití decir que mamá no usaba pantalones ni pelo corto, la abuela tampoco.
Preguntas que quedaron sin respuesta. No investigaba mucho, creo que así me criaron y estaba bien.
A los 13 años le pregunté a mi papá si podía trabajar. Me dijo que no. Nosotras teníamos que ayudar a mamá -sobre todo yo que era la mayor y había 4 más chicas- e ir a la escuela.
Le dije que podía hacer todo eso pero que además iba a trabajar. Me sentía con ganas de hacerlo, creo que necesitaba tener disponibilidad de mi dinero pero además salir de ese lugar de MUJER que papá y el abuelo tenían en su pensamiento. El modelo a seguir que se me imponía.
Trabajé de niñera, pero papá no se enteró, porque lo hacía en la hora en la que él trabajaba.
Sentí que tenía autonomía, que era más adulta, aunque no lo era, y me dije no voy a cumplir con esto de ser ama de casa y nada más.
Creo que en algún punto, no veía la felicidad de mamá y la abuela. Tenían otra manera de ser felices.
Pero yo estaba interesada en comprar ropa o calzado que me guste, ir a la matinée, pagar la biblioteca del pueblo, porque me encantaba leer y mis amigas eran socias, y no quería depender de papá, que por otro lado sabía me iba a decir que no.
Fui viendo con el correr del tiempo qué lugar ocupa la mujer.
Estudié siempre y compartí con otras chicas y después mujeres. Vi que  ser mujer no se limitaba a las 4 paredes de la casa.
A los veintiún años me casé y tuve dos hijas: Milena, primer hija, malcriada, cariñosa y mimosa, primer nieta en mi familia, primer sobrina; cuarta en la casa de su papa. Siempre dependió de mamá y papá, tuvo una infancia feliz, le gustaba jugar con muñecas y vestirse de princesa. Nunca le gustó ir a la escuela, pero sí bailar.
Ocho años más tarde llego Tiziana, y tuvimos la sensación como si por primera vez éramos papas. Fue casi un volver a empezar. Tiziana a diferencia de su hermana, fue muy independiente de chiquita. Tenía y tiene una personalidad muy marcada. Hoy tiene 14 años, y tiene convicciones firmes: le gusta la escuela, leer, informarse. Es de las dos, la transgresora.
Me gusta escucharlas debatir sobre el feminismo, sobre el aborto. Tiziana está muy firme en su postura a favor del aborto y alguna corriente feminista. Tiene anudados a su mochila un pañuelo verde y uno naranja, que luce orgullosa vaya a donde vaya.
Milena en cambio no comparte sus ideas, y lleva el pañuelo celeste.
Por mi parte, creo que en mi quedó muy marcada esa primera etapa y viví muchos años sometida a las disposiciones de un hombre. Aunque ahora sé como son las cosas, sigo sin poder manejarlas.
No fui rebelde, por el contrario, cumplí siempre con las expectativas del abuelo, papá y después mi marido.
Mi hija menor, me enseña todos los días cosas que nunca antes me había planteado. Hace unos días tomábamos mates y Tizy me preguntó :
- Mamá ¿vos sabes que hay distintas corrientes de feminismo?,

- No hija, la verdad que no-  Contesté, y entonces me explicó
- Existen ramas del feminismo, por ejemplo una Radical y una Liberal.
Fue así que comenzó a darme una mini clase de Feminismo, contándome también que se agrupaba con chicas de distintas edades a charlar de estos temas, y que ella tenía su propia visión.
No puedo decir que soy feminista, porque no estudié nunca acerca del tema, creo que estoy ensayando ahora junto con mi hija. Pero pude darme cuenta que existe una igualdad entre hombres y mujeres que limitan ese patriarcado en el cual me crié.
Mamá no me explicó nada de sexo. Lo aprendí sola. Mamá no me enseñó que la mujer puede trabajar y también ser sostén de hogar. Lo aprendí sola. Mamá y la abuela me dijeron que el casamiento era para toda la vida pase lo que pase, que al marido se lo respetaba. No es así y lo aprendí sola. Mamá tampoco me incentivó a estudiar y tener un título. Lo hice sola. Aunque a esta altura, mamá también está aprendiendo como yo.
Veo con alegría el empoderamiento de la mujer en estas épocas, y cómo se plantan radicalmente ante situaciones concretas. El cambio de paradigma no me fue tan difícil de entender, será tal vez que en mi inconsciente siempre supe que algo no estaba bien.
Pero estoy aprendiendo. Las cosas quedaron enraizadas en mí, desde que nací. Nací  como resultado de un acto de rebeldía imperdonable en esas épocas, ser madre soltera no habrá sido muy fácil.

Son las 5 de la tarde y camino por las calles del pueblo al lado de mi hija. Pienso en la distancia enorme que hay entre ella y yo a esa edad. A los 14 yo pedía permiso para comprar una revista de música y actores, ella usa su pañuelo verde, se reúne con chicas a hablar de feminismo y sus corrientes, y me alegro, me causa gracia. Al fin y al cabo, mi hija irá a enseñarme la otra orilla de lo que la abuela y mamá me mostraron del mundo de la mujer.
Por Romina Silva

jueves, 21 de marzo de 2019

El tren de los otros

Recordé que fue una mañana de julio  muy fría. Por la noche había llovido ,y me di cuenta porque el asfalto de la calle estaba mojada. Campera, bufanda y un par de guantes mágicos ayudaron a combatir el descenso de temperatura. Crucé la plaza de los artesanos, transité diagonal 80 que me eyectó en la estación de trenes.
Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de gente que circulaba: era como un videoclip urbano en cámara rápida en el que  subían y bajaban de los colectivos, una larga fila de taxis a la espera de un pasajero, el canillita del diario El Día se frotaba las manos al grito de: –¡Diario, diario!-mientras un cafetero ,con su carrito lleno de termos y vasitos de plásticos, le servía café a un tipo de escasa estatura
-¿Un poco de mariposa?- pregunto, mientras sacaba una petaca del bolsillo.
Luego, una señora con un niño en brazos pedía monedas y yo que no tenía un mango me quedé consternado. No era de la ciudad, me sentí un extraño, un sapo de otro pozo.
Ingresé al hall de la entrada de la estación y recordé, uno de los  consejos de mi vieja
-Tene cuidado hijo, Buenos Aires no es Alvear, eso es otra cosa... roban- La frase era un pájaro de mal agüero que revoloteaba por mi cabeza. Metí la mano en el bolsillo del pantalón, agarré con fuerza mis únicos 20 pesos .La llave de casa  y mi documento, bien escondidos en la faltriquera. Divisé a mi izquierda, dos jóvenes, más o menos de mi edad, uno vestía bombacha de campo, alpargatas, llevaba puesto un pulóver de lana y debajo una camisa.
-¿No tiene frio?-me pregunté. Una boina color marrón, disimulaba la avanzada calvicie.  El otro ,campera y pantalón de jean, zapatillas topper, y un corte de pelo estilo “rolinga”. Me acerqué y le pregunté:
- ¿A  qué hora sale el tren a Retiro?
—En cinco minutos y del andén 1- Me respondió el de bombacha de campo- Yo voy a Retiro y de ahí a Olivos
- Yo también voy a Olivos-respondí.  

Sentí una seguridad y comenzamos una conversación. Me contó que desde hacía  un año vivía en La Plata y que nació y se crió, en un pueblo llamado Facundo Quiroga, partido de 9 de Julio. Sonreí y dije:
-Como yo. Me llamo Facundo Quiroga- dije y le causó gracia porque empezó a reírse a carcajadas, me abrazó, me  palmeó la espalda, al grito de “El tigre de los llanos”.
Las personas que pasaban nos miraban extrañados, el chico de vaquero se despidió y se fue para otro lado, nosotros subimos al vagón y seguimos dándole cuerda a la charla.
También me contó que estaba viviendo en una pensión con su hermano y buscaba trabajo para bancar sus estudios de veterinaria. Nos sentamos enfrentados al lado de la ventanilla, él seguía contando historias, y en un momento dijo:
-En esta estación, Brad Pitt filmó una película- relató serio pero me pareció que estaba chamuyando. No obstante, hablaba con tanta seguridad que lo escuché
-Tengo un amigo que hizo de extra, soldado Austríaco. Es de mi pueblo y está estudiando teatro- expresó con orgullo mientras enarcaba las cejas y le brillaron los ojos.
-¿Como se llama la película?-Interrumpí
-Siete años en el Tibet- respondió mientras se comía unas garrapiñadas que sacaba del bolsillo de su campera.
-¿Queres? Son caseras-Me ofreció y acepté. Siguió hablando de la película un rato largo, después me contó que su  papá hacia chacinados: chorizos, bondiola, jamón crudo y además agregó algunas anécdotas de su vida en el campo.
Llegamos a destino, descendimos por unas escaleras mecánicas que no funcionaban, para tomar el subte. Era mi primera vez en ese transporte subterráneo. También él. Me ubico detrás de la larga fila hacia la  boletería y cuando tocó mi turno, pedí:
-Dos boletos a Retiro por favor- dije y después se escuchó una vos gruesa diciendo:
-Del campo son los chorizos, se llama cospel- en tono fuerte desde el fondo y las risitas golpearon  mi espalda, el calor me avanzó por todo el cuerpo; me sentí avergonzado, el boletero sonrió, me dio dos monedas llamadas cospel
-Si soy del campo y a mucha honra –gritó mi compañero
-¿Hay algún problema? Pregunto y nadie contestó, lo miré, bajé la vista y empezamos a caminar.
Ya quería salir y subí rápido como toda la gente, mientras nos apretujábamos dentro del vagón. Recuerdo que me sentí como un ganado rumbo al matadero. Mi amigo miraba con ojos de perrito perdido, y yo empecé a sentir que me faltaba el aire. Vi que una persona se durmió en el asiento, otra leía el diario, una pareja de novios se murmuraban cosas al oído seguido de unos besos. Esa secuencia de imágenes me distrajo y amainó el ataque de pánico.
Al llegar a Retiro, otra gigante estación, le di mi plata a mi acompañante para que compre el boleto con destino a Olivos. Me impresionó lo grande de esa estación: sus columnas, el largo de su vestíbulo, miles de personas caminando.
- Con el boleto en la mano- dijo un guarda con tono monocorde.
Nos ubicamos cómodamente en unos asientos. El tren comenzó su marcha hacia la zona norte del conurbano, llegamos a Vicente López, y mi nuevo amigo sacó un pedazo de pan y  chorizo seco, que llevaba envuelto en papel de diario, dentro de una bolsa. Me ofreció un poco y le agradecí. Eran las diez de la mañana: “prefiero café con leche y unas medialunas”, pensé, mientras mi compañero le hincaba el diente al chori.
A los minutos llegamos a destino y nos despedimos con la promesa de juntarnos a tomar un vino o comer un asado. Anoté su dirección y teléfono en un papelito que aún conservo en uno de esos resquicios de la billetera. Creo que pasaron casi veinte años. Ya no volví a ir Olivos, estoy en Monte Hermoso y él estará por algún campo en el interior bonaerense. Somos vidas distintas que suceden al mismo tiempo, sin embargo, sospecho que todavía seguimos siendo amigos.

Por Facundo Quiroga

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