“A la vida le da sentido la muerte”, dijo ella. Las palabras siguen dando vueltas en mi cabeza. Hasta hoy no había comprendido el sentido de mi existencia, mirá donde vengo a encontrar una respuesta. Heme aquí, parado en el respaldo del sofá, junto al cadáver del viejo. La película del Dr. Strange acaba de terminar y el pobre ni siquiera pudo ver el final. Estuvo buena, yo por lo memos la vi completa. Pero él, pálido y encogido, fue cayendo en el sueño sin retorno hasta su fin. Observo sus manos, delgadas y curtidas, se ve que han trabajado mucho. Pienso en los innumerables muebles que han construido, y en la hermosa familia que crió e imagino que dejó su legado en esta tierra. Seguramente amó y fue amado, seguramente tendrá alguien que llore su partida. Y como todo ser humano tuvo libre albedrio para cambiar las cosas si no funcionaban como quería. En cambio yo, nunca tuve nada de eso. Mi destino es vagar entre el dolor y la culpa. Cuando llego yo, solo escucho llantos, no conozco risas. Cuantas veces, ante un lecho de enfermo, al contemplar sus ojos suplicantes, quise renunciar. Pero no puedo, yo no tengo libre albedrio como ellos. Y se supone que tampoco tengo corazón, pero con los años que he pasado entre los hombres, parece, que algo ahí adentro está asomando, no sé qué es, pero duele. A veces parece una chispa, una repentina descarga de corriente, la siento cuando rozo la mano de un niño, los ojos de una madre, los labios temblorosos de un inocente. ¿Será lo que llaman culpa, tal vez? Aunque yo no soy culpable de este drama, yo no creé las reglas, ya estaban funcionando cuando llegué.
Algunas noches, después de mi trabajo, suelo sentarme en el techo más alto de una iglesia y contemplo el cielo vivamente estrellado. Me pregunto donde está el que me creó. A veces incluso también le hablo y le pregunto cosas como estas, básicamente, para qué rayos estoy aquí y por qué. Siempre pensé que el mundo sería mucho mejor sin mi existencia. Pero hoy, esas palabras… Tal vez sea verdad, tal vez si yo no existiera la vida no valdría nada. Las personas menospreciarían la belleza de las cosas simples: el aroma de una flor que crece y muere en un instante, la maravilla de ver salir el sol un día más, caminar al lado de un ser querido sintiendo el viento en la cara, abrazarse y decirse cuanto se aman mientras aún hay tiempo. Parece que cuantos menos días quedan, cada día vale más, cada segundo cuenta y se aprecia de otra manera. Nunca lo había pensado antes pero ahora creo entender mi papel en este teatro, perdón mente cósmica por los insultos que alguna vez dije, supongo que tú ya sabías todo esto.
La noche es larga, y todavía queda hilo por cortar…literalmente. Dejo al viejo en su sofá, mañana será noticia. Reviso mi lista una vez más, no puedo llegar tarde a ninguna cita, por eso de que algunos dicen “la muerte a veces tarda pero siempre llega”, habladurías, yo no tardo nunca, siempre soy puntual, es el propósito de mi existencia. Y vos, el que está leyendo esto, espero estés cumpliendo con el tuyo, antes de que sea tarde y llegue yo.
Por Valeria Gorlero
El blog de la Comunidad literaria Dos 8rillas. Un espacio de escritores y escritoras a cielo abierto, que reúne los relatos, cuentos, poesías, ensayos y crónicas de los viajeros de las Dos Orillas: un taller de escritura creativa, coordinado por el escritor Matías Kraber. IG: @dos8rillas Spotify Podcast Huellas:
lunes, 6 de julio de 2020
miércoles, 1 de julio de 2020
La araña
Esta mañana me levanto y en el medio del living aparece una araña. Medio entredormido, me resulta gigante. -Primero lo primero- digo y le saco una foto. Segundo lo segundo, voy a buscar un testigo:
- Lu, vení, vení, mirá que pedazo de araña apareció en el living- le digo con la voz con corriente, pero cuando volvemos a la escena, pasa lo peor: No está más.
-¡Yo sabía, yo sabía! ¿Dónde se escondió?- Digo mientras empiezo a despejar la zona con más pinta de escondite de araña de todo el lugar. Arranco por los cuatro sifones.
Protocolo de seguridad:
1º) Mover el primer sifón con el pie y recular de un salto, mínimo un metro para atrás.
2º) Voltear el sifón de una patada para asegurarse de que no hay araña ni atrás, ni en la parte de abajo.
3º) Tomarlo del plástico que recubre la nariz del sifón y llevarlo al extremo opuesto de la sala.
4º) Repetir la operación con el resto de los objetos.
Así sigo con la alfombra y las zapatillas, hasta dejar solamente el lavarropas viejo. Ocupa esa esquina desde el inicio de la cuarentena. Dijimos “en quince días cuando podamos salir lo vendemos y aunque sea le sacamos quinientos mangos”. Nada. Pasaron más de tres meses y el lavarropas se volvió invisible. Pero no para la araña, que aprovecha el despiole para esconderse atrás. Parece una vietnamita en su territorio. La espero hasta que comete el error fatal: se asoma a espiar, como el ansioso jugando a la escondida.
Raid matamosquitos en mano. Necesario, pero insuficiente. Algo le va a hacer, pienso y descargo medio tarro, mientras muevo el lavarropas para que no se vuelva a esconder. Bueno, al menos la desestabilizo. Con el ataque a distancia la cancha se inclina a mi favor. Rápidamente la saco a la calle con la escoba. Siempre buscando un instrumento que haga de intermediario, que aplace el hecho de matarla con mis propias manos, y cargar con la culpa de la muerte por lo menos hasta el mediodía. Ver morir una araña, víctima del veneno, es horrible. Las patas se estrujan en cámara lenta como dedos que se apagan. Se agusana lentamente con toda la fuerza del miedo y de un pisotón le propino la muerte. Después, el alivio.
Por Agus Pellendier
- Lu, vení, vení, mirá que pedazo de araña apareció en el living- le digo con la voz con corriente, pero cuando volvemos a la escena, pasa lo peor: No está más.
-¡Yo sabía, yo sabía! ¿Dónde se escondió?- Digo mientras empiezo a despejar la zona con más pinta de escondite de araña de todo el lugar. Arranco por los cuatro sifones.
Protocolo de seguridad:
1º) Mover el primer sifón con el pie y recular de un salto, mínimo un metro para atrás.
2º) Voltear el sifón de una patada para asegurarse de que no hay araña ni atrás, ni en la parte de abajo.
3º) Tomarlo del plástico que recubre la nariz del sifón y llevarlo al extremo opuesto de la sala.
4º) Repetir la operación con el resto de los objetos.
Así sigo con la alfombra y las zapatillas, hasta dejar solamente el lavarropas viejo. Ocupa esa esquina desde el inicio de la cuarentena. Dijimos “en quince días cuando podamos salir lo vendemos y aunque sea le sacamos quinientos mangos”. Nada. Pasaron más de tres meses y el lavarropas se volvió invisible. Pero no para la araña, que aprovecha el despiole para esconderse atrás. Parece una vietnamita en su territorio. La espero hasta que comete el error fatal: se asoma a espiar, como el ansioso jugando a la escondida.
Raid matamosquitos en mano. Necesario, pero insuficiente. Algo le va a hacer, pienso y descargo medio tarro, mientras muevo el lavarropas para que no se vuelva a esconder. Bueno, al menos la desestabilizo. Con el ataque a distancia la cancha se inclina a mi favor. Rápidamente la saco a la calle con la escoba. Siempre buscando un instrumento que haga de intermediario, que aplace el hecho de matarla con mis propias manos, y cargar con la culpa de la muerte por lo menos hasta el mediodía. Ver morir una araña, víctima del veneno, es horrible. Las patas se estrujan en cámara lenta como dedos que se apagan. Se agusana lentamente con toda la fuerza del miedo y de un pisotón le propino la muerte. Después, el alivio.
Por Agus Pellendier
miércoles, 15 de abril de 2020
Diciembre a oscuras
Desde hace días que se respira un aire viciado en la
Argentina y no es precisamente por las gomas
que arden en varias esquinas de
cualquier ciudad. Incluso, ahora mismo,
las que están a unos metros del Hospital San Martín de La Plata, justo
en la esquina de la calle uno y la avenida circunvalación 71 .
La postal muestra a diferentes organizaciones sociales:
son entre 60 o 70 personas instaladas en las veredas del policlínico en carpas
tipo iglú y fuegos alrededor. Algunos se
encargaron de cortar la calle. Dicen que
es un asunto de todos. Ahora son las nueve de la mañana y vaya a saber uno
desde qué hora estará la gente preparando la olla popular que hierve a fuego
lento.
La persiana a medio abrir de la librería, ya me muestra
el estado de ánimo de Gabriel, un joven e incipiente comerciante que decidió no
levantar del todo la colorida persiana que protege la puerta y a su vez le hace
de cartel publicitario. Ahí se pueden ver los enunciados que invitan a entrar a
los clientes -Artística- Juguetería- Cotillón.
Al ver que soy yo, me dice que espere con la mano abierta y el brazo
extendido.
-Lo tengo así, porque en la tele dicen que habrá
saqueos- me dice con la voz temblorosa sin siquiera responder mi saludo.
Gabriel, es el menor de tres hijos y el único que no terminó su carrera
universitaria. El negocio lo pusieron con su hermano, a mediados de 1999, sin
embargo ante la inminente crisis, decidió irse a probar suerte a España como
tantos otros . Pensó que el negocio no daría para dos y más ahora que Gabriel
está casado.
-La verdad que no sé qué hacer- me dice consternado
mientras frunce el ceño con los codos afirmados en el mostrador y la mirada
perdida en los nudos de la madera -si no abro no vendo pero tengo miedo a
perder lo poco que invertí.
Yo entiendo su angustia
y más aún después de escuchar el
informativo de radio 10 , la emisora donde tiene clavado el dial.
-No se que necesidad tienen de
taparse la cara y andar con palos .La economía nos afecta a todos- dice, yo lo miro y busco en mi interior las respuestas.
Primero, tengo la seguridad
que, aún inmersos en el mismo contexto, jamás escucharía esa radio que instala
a los desprevenidos en un lugar extremo: la antinomia social que enfrenta a
pobres contra pobres. Segundo, yo mismo
me pregunto sobre mi rol en esta historia
¿Cuál es? me pregunto mientras recorro de Ensenada a Berisso y después a
La Plata en la camioneta.
Mi trabajo muchas veces hace que hablemos de marketing,
de ventas, de valor agregado. En definitiva, nos la pasamos hablando de números
sin alma y nos olvidamos de pensar en quién puede consumir nuestros productos.
Aunque por las tardecitas con mis compañeros salimos a repartir comida recién
hecha en la cocina de la básica y ahí aparece la militancia sin dudas.
Es ahí en el momento del regreso a casa cuando también aparece la angustia de si se llega o no a juntar el alquiler a fin de mes. Todo eso pienso mientras estoy parado en lo de Gabriel y dejo que el silencio se apodere del espacio. Se me hace difícil explicarle que si bien todos padecemos las consecuencias, no es lo mismo tener que priorizar algo a la hora de ir al mercado, que tener que elegir quiénes comen ese día y cuáles son los que engañan el estómago con un mate cocido bastante liviano porque tiene yerba usada .
No estoy en
condiciones de dar consejos . Tengo también el dolor de que mi primo
Diego y toda su familia se fueron rumbo
a Elche en España, en busca de un futuro mejor.
-¿Sabes que pasa Fabi?, estoy cansado de trabajar doce
horas y llegar a casa y tener la heladera vacía- me confiesa en una mezcla de
impotencia y de vergüenza unos días antes de partir.
Y sí yo mismo tengo un agujero en los zapatos negros, a los que todas las
mañanas aparte de lustrarlos, debo cambiarle el cartón que uso para no romper
las medias con las piedritas que se me meten por ahí.
Son las 11 de la mañana cuando lo dejo a Gabriel, con la
esperanza de que en el próximo cliente me vaya mejor, pero con la certeza de
que si el viernes no pago la luz me la cortan y la reconexión me va a salir un
ojo de la cara.
Son días difíciles de sobrellevar: la fuga de capitales
y el terror del corralito para otros,
son la constante en cada radio que sintonizo. Y mi ánimo que se va
desplomando mientras escucho y cada charla que tengo con mi esposa me confirma
lo que pasa en el barrio.
Hay números y palabras que impensadamente se volvieron
familiares. Tan así que cuando no los escucho es como si me faltara algo .Como
si estuviera en la fase del sueño. Aunque no es el mejor ejemplo, porque en mis
sueños también suelo tenerlos presente .Ellos, son el riesgo país y el dólar,
convertidos en estas horas en una dupla inseparable , casi como decir French y Beruti, El Gordo y el Flaco, Piluso
y Coquito. Palabras kármicas que están presentes en todas las casas, en los
bares, en las reuniones familiares . Es decir que desde hace un tiempo ,desde
el más leído ,hasta el más ignoto sabe de economía. Todo sabemos. O creemos
saber.
Hace calor en el mediodía de este miércoles 19 de
diciembre en La Plata. Una humedad densa que quita el aire. Yo voy con la ventanilla baja y el aire
caliente me pega de frente. Tengo las cejas empapadas de sudor.
Mientras manejo en mi recorrido de trabajo le tomo la temperatura a la calle. Recorro las cuadras que me llevan del Mondongo a Villa Argüello y noto la desesperación. Movimientos precoces. Ansiedad y furia.
El clima se pone áspero en un santiamén. Hay gente en
las esquinas como al acecho. Entro al barrio y siento que tres pibes me
escanean mientras echan una pitadas. Con la mirada trato de decirles:
–Muchachos, estoy en la misma que ustedes y hace años que pateo estas calles.
Estoy en la esquina de la iglesia y me cruzo de vereda
porque lo único que puede pegarme más duro que la economía en estos tiempos es
el sol. Un sol de diciembre, que a muchos los hace soñar con la playa y otros
tantos más les habrá resultado el único sosiego para el terrible chiflete que
se coló más temprano por la mañana, por los cartones y las chapas remendadas.
Sigo por la calle 60, atravieso el bosque a paso de
hombre por el único lugar que dejaron libre los estudiantes de agronomía y
medicina ,quienes también están manifestando.
Doblo en calle 6 y estaciono la camioneta en el primer
hueco que encuentro y ya desde media cuadra puedo ver a Alberto que barre
las hojas de la vereda . No es un
buen augurio, cuando en un negocio hay tiempo para limpiar y barrer es porque no entra nadie.
Alberto es un hombre de unos setenta años, comerciante,
un hombre a quien difícilmente la crisis lo agarre mal parado y quien solo
sigue con el negocio porque desde que murió su esposa Mabel, el tiempo le
transcurre insoportablemente lento.
Pasa horas en su negocio ,y solo cierra un rato para
comer y dormir una hora su siesta sagrada. Él conserva una mirada positiva de la vida y el negocio le
permite mantener su ritmo de vida.
Sin embargo apenas me saluda me doy cuenta que tampoco está a salvo de la situación por la
que está pasando el país, desde que hace ya seis días los gremios y
trabajadores decidieron ir a una huelga general y comenzaron los estallidos en
diferentes lugares.
- ¿Que hace mi amigo?- me dice en el mismo momento que
me da la mano, fuerte y firme, para que nadie piense que él es falso,
porque es de los que enarbolan la teoría
de que quienes te saludan con la mano blanditas no son de fiar.
-¿Cómo va Alberto? -le contesto mientras me dispongo a
entrar en el local con un gesto alegre y optimista que vengo practicando desde
hace un par de metros atrás, aunque poco
creíble a esta altura de los hechos.
-Mira chango ,yo ya tengo el cuero curtido ,con estas
cosas ,viví el Rodrigazo , la ley 1050 ,los milicos y hasta el turco
innombrable, pero esto ...esto es muy jodido- hace una pausa y sigue- Estos gringos se quieren quedar con todo
,ya te prestaron te dieron el dulce y ahora cuando ven que ya no podes pagar
más te empiezan a apretar. Va terminar fulero
porque los empresarios de acá tampoco se quedan atrás, nadie quiere
perder, pero ellos ganan siempre. A la gente no la van a contener así nomas…-
deja una laguna y me mira de refilón- vení que te pago y de pedido ni
hablar- dice mientras busca entre unas
cajas de bolígrafos camuflada la plata-
Es por las dudas- me dice cuando descubre alguna mirada de asombro en
mis ojos.
El día pasa con las visitas y los llamados recurrentes de un compañero que me alerta de la situación en su zona de trabajo. Mientras tanto las reuniones en las unidades básicas son permanentes y caóticas.
El día pasa con las visitas y los llamados recurrentes de un compañero que me alerta de la situación en su zona de trabajo. Mientras tanto las reuniones en las unidades básicas son permanentes y caóticas.
Nadie sabe bien cuándo, ni cuánto tarda esto en
explotar, pero el estallido es inevitable. Nada ni nadie contiene a la gente
con hambre, y los que nada tienen, tampoco tienen algo que perder.
Los negocios bajan sus persianas progresivamente. Mientras tanto la empresa manda dos mensajes: El
primero, se suspenden las ventas hasta nuevo aviso. Las fábricas ya hace dos
días que no entregan mercadería, ante la escalada de precios y el futuro
incierto. El segundo de los mensajes, nos convoca a una reunión a las 18 horas.
Pienso que el viaje hasta Avellaneda será largo, y decido
emprender camino cuanto antes.
El paisaje es similar en todos lados: autopistas
cortadas, por piquetes y los desvíos por
calles internas .Una piba de unos veinte años descalza con los pies en el barro
y un bebé en sus brazos me indica el camino mientras me pide una monedas. La angustia acumulada del día me va aflorando y se torna más evidente a medida que voy llegando a mi destino.
Con mis compañeros, lo que en principio parecía ser un
intento de contención ,termina convirtiéndose en un contagio de desazón cada
vez que se suma uno, incorporando una pintura más al paisaje que ya todos
tenemos.
Pasamos a la sala de reuniones. Nos sentamos en las
sillas blancas de plástico, formando un círculo como lo hacíamos desde hace
tiempo, prestos a esperar las nuevas directivas.
-Yo no tengo mucho para decir- dice Roberto,
nuestro creativo y lúdico jefe de ventas, mientras entraba a la reunión
saludando con un grabador en la mano.
-Entonces ,¿para qué vinimos?- interroga con cierta bronca uno de los vendedores incrédulos de sus métodos.
Roberto solo atina a mirarlo, mientras pide si alguien puede apagar la luz. El interruptor
se baja. Y ahora si ya a oscuras dice:
- Yo no tengo mucho para hablar ,pero no quiere decir que no haya cosas para oír.
En el salón oscuro y en sepulcral silencio, se escucha claramente, el clack del botón del viejo grabador en PLAY y el particular sonido de la cinta del cassette TDK que empieza a girar. La primer voz me resulta desconocida, pero no a Gabriel uno de mis compañeros, que se da cuenta que es su esposa e inmediatamente reconoce la voz de sus hijos , todos alentándolo y haciéndole sentir su amor y su apoyo en estos momentos.
Inmediatamente otra voz de mujer que hace hablar a un bebé
imaginario desde su vientre . Yo siento
que la respiración de Gastón, que está a
mi lado, cambia de repente. Se la oye como cortada. El silencio del salón,
continúa inquebrantable.
A mi me toca el tercer lugar, las dulces palabras de mi
mujer y de mis cuatro hijos ,inclusive
el más chiquito con sus apenas dos años, diciendo: “Viva Boca, Boca Viva”, me
recorre el cuerpo entero alterando mis sentidos ,y sin siquiera darme cuenta,
las lágrimas me hacen un surco por todo el rostro hasta el final de la reunión.
Los mensajes se suceden
uno a uno. Para todos los componentes del equipo de ventas y cada vez
que le llega el turno a alguno, nos damos cuenta , sin que haga falta una
palabra de presentación.
Cuando regresa la
luz tampoco se habla. Basta con vernos unos a otros, once hombres con los ojos rojos de tanto
llorar y que lo único que atinan a hacer es a abrazarse, agradecer a Roberto y
emprender el regreso con mucha más fuerza . Esta vez la emoción le ganó a los
números.
El regreso a casa es en medio del estallido.
Por otro lado se empiezan a escuchar, las ollas de
teflón, de los barrios más acomodados de Buenos Aires, que ahora sí, cuando
vieron en jaque sus ahorros también salieron a las calles, salieron ellos y
también llevaron a sus sirvientas, con uniforme y todo, para no perder tiempo.
El Estado ausente y sin ideas, solo apela a la vieja
receta de la represión. Los reprimidos
siempre son los pobres, los nadies, que hoy se volvieron visibles. Los jóvenes
demuestran que van a dar batalla y una vez más serán las víctimas.
Ya nada será igual. Nunca nada es igual cuando el hambre
se apodera de la gente.
Por Fabian Capponi
jueves, 10 de octubre de 2019
La foto
Carmen llega a las ocho, pone el agua para el mate y enseguida se va al dormitorio porque la ayuda a levantarse y a vestirse.
Después, se sientan en la galería. Ella en el sillón de hamaca y Carmen en una silla cercana a la punta de la mesa, donde despliega las tostadas, la miel, la yerbera y la pava. Desayunan y conversan. Ella se pierde en anécdotas incompletas o mezcladas en el tiempo o en confusos personajes. Carmen le trae las novedades de la calle, de los vecinos, de lo que harán ese día.
Cuando se enfría el agua se termina la charla. Y como si fuera un rito, mientras Carmen ordena la cocina, ella saca del primer cajón del aparador unos trapitos suaves e impecables, que habrán sido camisas o vestidos de verano y se demora repasando la veintena de portarretratos que se acumulan sobre el mueble americano del comedor.
A veces se queda con alguno en las manos, como si dudara de la realidad que refleja la imagen. Pero hay uno que es su preferido. Y cuando llega a él, lo toma como a un bebé recién nacido. Lo limpia con suavidad. Se le llenan los ojos de lágrimas y busca a Carmen para contarle una vez más la historia. Carmen ya la escucha como quien oye llover. Cuando termina la abraza, la consuela y la acompaña a colocar la foto en su lugar. Pero las primeras veces se conmovía tanto que le costaba retomar la actividad cotidiana.
El monólogo de la anciana se repite como si fuera el texto de una obra de teatro. Casi sin variaciones:
“Es un día de enero, estoy segura, porque ellos venían siempre a pasar fin de año y se quedaban hasta reyes. Fue Toto el que me llamó:
-Alina, vamos a la Tortuga Alegre. Te pasamos a buscar a las tres.
-Llevá hielo para el tereré –grita Leti sobre la voz de él.
El viaje por el camino de las canteras nos llena de polvo y a esa hora se nos pega en la piel húmeda de transpiración. Pero tenemos que ir temprano para encontrar un sauce libre que nos proteja del solazo o al menos un sarandí de esos que cuelgan de las barrancas.
Elegimos uno, bastante coposo, dejamos allí las reposeras, las canastas, la conservadora de hielo y las ropas que cuelgan de las ramas como en un tendal desprolijo. Vamos los tres hasta la orilla, corremos en puntas de pie sobre la arena caliente.
Leti lleva una sillita baja para tomar sol al borde del agua. Con Toto entramos corriendo al río, como si fuera a un mar sin olas. Nadamos y nos quedamos cerca de las boyas un rato. Luego volvemos con Leti. Toto se acuesta en el agua playa y la salpica.
-¡Ay! ¡Totito! –protesta ella.
-Vení conmigo a darte un chapuzón –reclama él.
-No me gusta el agua del río –dice ella- es muy pesada. Me tira para abajo. Me da miedo.
-¡Ah! Claro. Es que esta señora es una mujer de mar –dice Toto y se ríe.
Nos quedamos de charla un momento al sol, después buscamos la sombra y el tereré. Recordamos los veranos de nuestra niñez. Leti insiste en el miedo al río que no sabe de dónde le viene pero la perturba. También hablamos de los parientes y de política.
-El entorno es terrible- dice Toto- el Brujo lo tiene totalmente dominado al Viejo. Yo le Comento que ya no voy al partido porque “está copado por unos mafiosos tremendos”.
Leti dice que tiene ganas de “encargar”:
-Cada vez que hago upa a uno de los chiquitos de la villa, me da un ataque de amor. Ya dijimos, ¿no Totito?, que de este año no pasa.
Él la abraza, la besa y los tres nos reímos. El futuro, aunque complejo, se presenta esperanzador.”
Alina hace un silencio largo, como para pescar un dato. Es que no se acuerda en qué momento exacto sacó la foto. Supone que lo hizo mientras esperaban la caída del sol cerca del agua.
Fue uno de los últimos encuentros tranquilos con los primos. En unos meses ellos pasaron a la clandestinidad. Alina se perdió de acompañarlos en la espera de la chiquita que nació en noviembre. Luego todo fue un torbellino de calamidades. Primero lo secuestraron a él a mediados del 76. Y a los dos años a Leticia. La bebé se crió con los abuelos paternos.
-Es igualita al papá pero tiene la sonrisa de la mamá- dice Alina- y como a ella, no le gusta el río.
Después se queda mirando el retrato ya en su lugar
-Le regalé una copia de esta foto, porque ellos están tan lindos ahí y ya soñaban con ella.
-Le regalé una copia de esta foto, porque ellos están tan lindos ahí y ya soñaban con ella.
-Mirá Carmen, todavía no estaba hecha la represa. ¡Pila de años pasaron!
Alina vivió sus últimos tiempos en un mundo lleno de extrañezas, casi sin reconocer su propia identidad. Aunque su memoria destrozada de vez en cuando traía algún retazo de vida real. Después de su muerte, Carmen continuó en el cuidado de otras ancianas, esa tarea increíble de remar en medio de los remolinos para acercarlas a un pedacito de mundo que las contenga.
Ni Carmen, ni Alina sospecharon que esa foto recorrería el mundo, porque el artista fotográfico Gustavo Germano la eligió para mostrar la ausencia de los desaparecidos de Entre Ríos, entre ellos la de Toto y Leti.
Germano solicitó fotos a los familiares de desaparecidos de su provincia natal y reprodujo cada escena en una foto actual, con la notable falta de los protagonistas. La muestra fotográfica se llama Ausencias y presenta los pares de fotos: la original y la nueva. La de Orlando “Toto” Méndez y Leticia Oliva en las playas de la Tortuga Alegre sobre el río Uruguay y la de una playa solitaria dan inicio a la muestra y al libro que recoge la experiencia.
Tampoco se enteraron, que en el nuevo siglo, el Equipo de Antropólogos Forenses descubrió que uno de los cuerpos que llegaron a las playas de Punta Indio en el verano del 77, era el de Leti. Que ese río al que ella tanto le temía la devoró pero también la devolvió, para que su hija adorada pudiera reconstruir su destino.
Por Graciela Vanzan
jueves, 5 de septiembre de 2019
De pesca
Agosto fue llovedor río arriba, por eso escasean tanto los bichos. No hay nada que hacer. Las correntadas los ahuyentan- dice Ceferino Esquivel mientras arma un cigarrillo con parsimonia.Ceferino nació pescador, no tiene ningún recuerdo que no sea de ese paisaje que lo vio nacer. Las grandes islas y los riachos que separan su pueblo de la gran ciudad, ahí donde nace el delta, entre Victoria y Rosario.
El vive en el Quinto, el barrio fundacional de las primeras caleras en la época de la colonia. Ahora quedan dos calles con edificaciones antiguas, con rejas coloniales y ochavas filosas donde se sacan fotos los turistas. Y atrás de la capilla están sus casas, pobres como ellos, de una o dos piecitas sin revocar. En casi todos los patios se ven chalanas o sus esqueletos, mallas con anzuelos al sol y cartelitos de cartón que ofrecen pescado fresco a buen precio.
Pero la mayor parte de sus días los pasa en “la isla” como le llaman a ese territorio enorme y quebrado por infinitos brazos de agua, un verdadero laberinto donde hay que ser baqueano para no perderse.
Gracias a unos amigos logro la entrevista. Nos encontramos después del mediodía a la vera de la ruta nacional 174. Un viaducto que en 60 km contiene doce puentes sobre los riachos, más el gran puente colgante sobre el curso del Paraná. La gente del lugar dice cruzamos “el puente”, como si se tratara de uno solo. El hombre deja la moto en una banquina cerca del arroyo San Lorenzo. Me invita a seguirlo. Camina unos 300 metros entre los pajonales que bordean el bajo y alcanza su ranchada. Tiene un toldo de plástico negro sostenido con ramas de sauce, ajustado abajo con toscas, para que no se le vuele. Ahí guarda las pocas cosas que necesita para pasar unos días, depende lo que le lleve conseguir los pescados que busca.
-Todavía no me dieron el carné –dice- así que tengo que andarme con cuidado. Los otros días los milicos le sacaron todo a mi suegro. Dicen que para darlo al Hospital. ¡Qué va a ser! Se lo habrán quedado ellos nomás.
-¿Necesitan un permiso para pescar? –le pregunto.
-Y sí. Antes, cuando yo venía con el finado mi padre, jamás nos hicieron problema –dice mientras pone agua de un bidón en una pava de lata, y la cuelga de un gancho sobre unas llamitas que perfuman el aire con olor a eucalipto.- Esto era de todos. Pero parece que ahora tiene patrones.
-Ahora hay controles para que no se abuse, porque varias especies están en peligro de extinción- digo y me interrumpe:
-¡Pero m’ijo! Que revisen a los que entran de Rosario con unas lanchas enormes, con motor. Esos pasan las redes. Nosotros pescamos con espineles, sabemos como cuidarlos a los bichos. ¡Si son los que nos dan de comer!
No dice la edad y es difícil calcularla, tiene la piel curtida, el pelo negro y algunas patas de gallo alrededor de los ojos chiquitos. Cuenta cinco hijos, el mayor empezó la escuela este año. “Ya lo voy a traer, la madre no me deja todavía” me dice.
Saca el paquete de yerba de una caja donde hay fideos, aceite, una botella de tomate, una bolsa de galleta de piso. Junto a los bidones de agua hay una damajuana de vino. –Por si cae algún paisano – comenta.
Nos sentamos sobre unos cajones vacíos bajo la sombra de un aguaribay. De las ramas cuelgan un farol que se mece como un mono colgado de la cola y una radio portátil atada con alambre a un codo que hace de repisa. Contra el tronco se apoyan cañas, riles, madejas de espineles. Una caja de metal con doble apertura tiene los compartimentos llenos de anzuelos, boyas, cucharitas, plumas, cuchillitos. Ahí también guarda los cigarrillos y un encendedor de repuesto.
-¿Los pescadores artesanales como ustedes, respetan el tiempo de veda?- le pregunto mientra agarro el mate.
-¡Pero claro, m’ijo! Yo ya tengo arregladas las changas para setiembre y ahí todo el verano ando haciendo limpieza de terrenos y esas cosas. Hasta febrero no vuelvo a la isla. Que sino te sacan en el diario. Como a mi compadre que le pusieron una foto donde decía “pescador furtivo” y parecía un ladrón. Muy feo, muy feo eso. Yo respeto la ley.
Pasa un biguá y después otros. Ceferino los mira y mueve la cabeza con desazón:
-Va a llover otra vez, nomás.
Veo unas botas de goma al lado de unos terrones de barro reseco. Supongo que quedaron allí donde las limpió y las abandonó al sol para que se sequen.
Un benteveo salta de rama en rama y observa curioso nuestra reunión. Cada tanto nos saluda con su “bichofeo”. A los lejos se oye ladrar a unos perros. Deben estar en otra isla.
Ceferino sacude el mate, guarda la caja con comestibles adentro de la carpa, donde hay un colchón arrollado y atado con hilos, una bolsa de plástico con ropa y zapatillas y una garrafita con mechero. Cubre todo y ajusta lo que sería la puerta del toldo con dos troncos.
-Acá nadie te saca nada, porque nos conocemos y nos cuidamos entre todos. Pero por ahí llega algún forastero o un perro cimarrón y te hace un desastre -dice mientras deja todo al cuidado del viento.
-Vamos –me invita a subir a la canoa que se hamaca en la orilla. Voy con mi máquina lista para captar algo de su mundo.
Por Graciela Vanzan
lunes, 26 de agosto de 2019
El rezo
Fue domingo. De eso estoy seguro porque cada domingo desde hacía dos años, parecían calcados. La comida temprano en casa de mi abuela y luego los preparativos. La franela, la crema limpia metales , la tijera para cortar las flores y enseguida mi papá que enciende el motor diesel del Siam Di Tella, color celeste y salíamos rumbo al cementerio.
Yo jugaba a cerrar los ojos por un momento y antes de abrirlos, debía adivinar por dónde estábamos. Aprendí a distinguir olores . “En lo de cacho”, pensaba cuando creía que estábamos cerca del hombre que criaba ponys y los llevaba al bosque para que los chicos que no iban al cementerio el domingo dieran una vuelta y se sacaran fotos.
Cuando estábamos por las vías algo me lo indicaba de antemano. Podía distinguir cuáles eran las de la calle 66 más cortas y silenciosas que las cercanas al cementerio, profundas e interminables, como el dolor de mi abuelo Pedro que todo el viaje iba en silencio.
Si nos parábamos era por dos razones: Mi papá que bajaba a comprar sus 43/70 en el kiosko de Oscar, que vendía desde el manual del alumno bonaerense de segundo grado hasta un foquito para el el auto . Sino, seguro que llegábamos al puesto del florista ubicado en el diagonal, donde mi abuela compraba las rosas rojas, porque decía, que eran más frescas y duraban una semana exacta.
Era domingo, ya lo dije. Pero era un domingo especial , era 14 de octubre de 1976 y ese día mi madre cumpliría años. Entré al cementerio y después de esquivar esas callecitas de cemento con cruces y flores marchitas, llegué de memoria hasta su tumba: pasillo 4 ,parcela 19.
Miré su foto y le recé como cada domingo. La tarde tenía algún destello distinto de tantas otras. Le pedí por todos y por algo más. Cuando me fui tuve la sensación de haber deshollinado las tuberías de la tristeza. Algo se había fugado con el rezo. Algo me decía que no volvería a ser lo mismo. Así lo dijo mi padre en enero de 1977 cuando dio la noticia que nos mudaríamos a Tucumán.
-Ya vas a ver que te va a gustar, vas hacer nuevos amigos y podrás viajar en las vacaciones a visitar a los abuelos. ¡No te imaginas lo bueno que va a ser!- repetía , con un entusiasmo exagerado y el deseo de contagiarme la emoción.
Con mis diez años, no podía entender dónde podría ser más feliz que acá. Juntando las bolitas que Pancho me traía cada mediodía de la quinta que estaba a unas cuadras de casa.
Si me quedaba, juraba aguantarme a Anyulina: la almacenera que cada vez que iba me agarraba los cachetes hasta dejármelos colorados. Ni las latas de galletitas Lincoln o la moneditas piratas que solía regalarme compensaban el dolor que soportaban de mis mejillas ante esas enormes manos.
Pero mi viejo me hablaba de Tucumán como si fuera el paraíso. Yo me lo imaginaba como una isla desierta.
- Cómo voy hacer para escuchar a mi abuela cuando a las cinco de la tarde se acerque a la canchita y me grite …”a tomar la lecheeee”- le decía yo a mi viejo que a veces se quedaba un poco mudo.
- Cómo voy hacer para escuchar a mi abuela cuando a las cinco de la tarde se acerque a la canchita y me grite …”a tomar la lecheeee”- le decía yo a mi viejo que a veces se quedaba un poco mudo.
También le dije que el negro Gabi no se iba a poder venir conmigo. Dejarlo a él era como dejar una parte de mi en otro cuerpo. Después: no jugar a las figus .Ni masticar la brea de entremedio del asfalto ,que se derretía con el calor de las siestas de enero, mientras nuestros padres dormían.
Me iba a perder los malones en lo de Susana, donde los varones llevábamos la bebida y ellas ponían la comida. Esas primeras fiestas donde llegamos impecables y solíamos volver con las zapatillas embarradas y algunos botones de la camisa menos.
Me iba a perder los malones en lo de Susana, donde los varones llevábamos la bebida y ellas ponían la comida. Esas primeras fiestas donde llegamos impecables y solíamos volver con las zapatillas embarradas y algunos botones de la camisa menos.
¿Existirán en Tucumán rulemanes para hacer los kartings? , porque acá Darío los arma con los que saca del taller de su abuelo . Después los atamos a las bici y nos podemos pasar toda la tarde aunque volviéramos con las rodillas peladas, jugando en la bajadita de la iglesia, que estaba en esa manzana donde sucedía todo lo importante que podía suceder para mí en esos años.
La verdad que mientras más lo pensaba, menos podía imaginarme alejarme de mi barrio. A un lugar tan lejos ,donde a los pibes ,le dicen changuitos y a las pibas chinitas.
Eran demasiadas cosas las que me importaban y sobre todo una nos desvelaba a mí y a mis mis amigos: completar el albúm de figuritas. Creo, más o menos, hacía un año que entre el Rulo, el Orejón y el Negro intentábamos completarlo para ganarnos la pelota que según nuestras propias normas, íbamos a tener una semana cada uno. Y si finalmente eso pasaba, yo no podría disfrutarla por la distancia.
Pero una noche, recuerdo que abrí el paquete que me trajo mi papá cuando vino del trabajo, y ahí fue cuando me di cuenta. Fue el momento en que por primera vez supe que me iría.
Eran demasiadas cosas las que me importaban y sobre todo una nos desvelaba a mí y a mis mis amigos: completar el albúm de figuritas. Creo, más o menos, hacía un año que entre el Rulo, el Orejón y el Negro intentábamos completarlo para ganarnos la pelota que según nuestras propias normas, íbamos a tener una semana cada uno. Y si finalmente eso pasaba, yo no podría disfrutarla por la distancia.
Pero una noche, recuerdo que abrí el paquete que me trajo mi papá cuando vino del trabajo, y ahí fue cuando me di cuenta. Fue el momento en que por primera vez supe que me iría.
Ver la cara de Víctor Bottaniz, el jugador de Unión, la figurita más difícil; después de cortar el paquete con los dientes fue volver a creer y me brotó un llanto extraño que se mezcló con una carcajada. Una liberación de emociones contrarias. Un gol de cada arco.
Después salté como hacia un alambrado imaginario. Grité y di algunas vueltas carnero en el comedor de mi casa ante la mirada incrédula de mi hermana y de Capitán, el perro ovejero que teníamos en casa hasta que me percaté de mis actos y tuve miedo de que alguien me estuviese mirando.
Pero fue ese domingo 14 de octubre cuando, sin que nadie me vea, le pedí a mi mamá que hablara con dios y me mandara a Víctor Bottaniz en un paquetito de la suerte.
Pero la historia no termina ahí, porque a cambio yo le prometí hacerle caso a mi papá y viajar.
Pasaron unos meses y ya instalados en San Miguel de Tucumán, donde el canto rodado reemplazó a la brea caliente del barrio y lo más cercano a un amigo ,era un vecino al que no le gustaba el fútbol y al que su mamá no dejaba salir a la calle por miedo a que se lastimara. Le pregunté a mi viejo, mientras hacía malabares con un sartén y un panqueque en la cocina: - Pa, ¿vos crees en dios?
- Claro que sí- dijo y dejó un breve silencio místico- Yo le recé un día a tu madre, para que le pidiera a Dios y encuentre la forma de convencerte que te vinieras conmigo a vivir a Tucumán.
Por Fabian Capponi
jueves, 22 de agosto de 2019
38
La rambla de 38 está pelada. Calle 6 la parte en dos y la contagia de la oscuridad propia del anochecer. Hace unos días el camión de la Municipalidad de La Plata arrancó las hojas de los árboles, y se cobró, incluso, de algunas raíces. El cadáver de las hojas amarillas reposa sobre el pasto descuidado que separa la avenida angosta.
Yo camino con las bolsas de la verdulería, que me pesan una tonelada mientras recuerdo que me faltan un par de artículos para cocinar. Cruzo la calle que separa el almacén de Sergio de mi edificio y apenas entro me preocupo al no verlo en la caja. La ausencia es muy extraña, aunque un poco recurrente estos últimos meses.
Agarro lo que me falta y me pongo en la cola detrás de mi vecina del tercer piso. Es una señora mayor, con aire de grandeza y los labios pintados. Se llama Elsa. Me reconoce y arroja:
-Nena, un día de estos se va a romper la puerta de entrada —como no entiendo a qué se refiere, me quedo muda. — ¿vos notaste como la cierran? ¡el ruido que hace! Parece que los vidrios van a salir volando y mucho más cuando hay viento. Ahora arranca la reunión del consorcio— me sigue mirando con cara de exagerada resignación mientras yo reniego internamente sobre la pérdida de tiempo que me espera.
La cola avanza y el hijo de Sergio lo reemplaza. Elsa apoya su chango y le pregunta por su padre. Al percibir la incomodidad del muchacho, miro hacia abajo como si no estuviera atenta a su respuesta.
-Está en el San Martín desde hace unos días. Estamos esperando. Nos estamos haciendo cargo nosotros del negocio.
Elsa insiste un poco más y después de bendecirlo con dios se va. El pibe me atiende triste, le sonrío para demostrar compasión y después me voy sin decir más que un chau.
Cruzo la calle y veo a la pareja que vive en el PH de al lado. Ella, a pesar de que hace frío, baila, creo que folclore en la vereda mientras él, supongo que su novio, toca la guitarra. Me caen bien porque construyeron un mundo propio. Nunca los vi en el almacén del barrio y muy pocas veces en la plaza que tenemos a media cuadra. Tampoco los veo madrugar ni volver a casa. No sé nada de ellos, sólo que ella baila y él toca el saxo.
En el palier del edificio están todos. La médica del 1B, el hombre del 2A, la vieja y su marido del tercer piso, la familia del quinto, y yo que represento el cuarto. El administrador es un chico muy alto y medio pelotudo que nunca atiende el teléfono cuándo lo necesitas. Entro y saludo, algunos me lo devuelven y otros no. Los sillones rojos están ocupados por los dos más viejos asique me quedo parada apoyada a la pared.
-Como obliga el código civil vemos que la Asamblea de propietarios tiene quórum. Podríamos decir que la convocatoria es un éxito —dice Julián, con su tono de voz afinado en el que las palabras se alargan y mueren en pronunciadas eses. — Bueno, los temas a tratar en el día de la fecha son: las expensas…
-Que están por las nubes — interrumpe el del 2A.
-Bueno, sí, eso. Las remodelaciones a la medianera que se está llenando de humedad, el ascensor que cuando llueve se inunda, la limpieza del edificio… ¿y no me olvido nada más?
-La puerta. Cuando se corta la luz no para de sonar. Además de que nos quedamos encerrados porque los portones eléctricos no andan. — dice Elsa, monotemática.
-Sí, y también queremos hablar sobre tu sueldo. Es altísimo y las veces que tuvimos problemas nunca nos diste una solución. Tuvimos que arreglar todo nosotros. — replica el marido de Elsa y a Julián se le transforma la cara, pero para su suerte, le suena el celular. Atiende el Iphone, que es más grande que su mano y habla sobre un partido de fútbol mientras los vecinos nos miramos. — Bueno, ahora sí. ¿Por dónde estábamos?
Julián empieza un monólogo que dura varios minutos acerca de los presupuestos que buscó para arreglar el tema de la humedad. Resulta que todas las habitaciones, de todos los pisos que dan al garaje, están llenas de hongos. Lo único que retengo es que va a salir un montón de plata arreglar eso. Los vecinos están escandalizados y es el tipo del quinto quien le pregunta si comparó esos valores con el contacto que él le había pasado. El pibe Julián niega con la cabeza, sospecho que esos presupuestos son de empresas amigas de él.
-Ahora pasamos al punto número 2 — eleva la voz cuando lo quieren interrumpir — y cuando terminemos de tratar todos los temas, discutimos y votamos. Así va a ser más ágil, además de que hoy es viernes y estoy apurado.
Todos en silencio, lo escuchamos a hablar del ascensor, que es lo que más nos preocupa por miedo a electrocutarnos. Nos dice que la única solución es cambiarlo. Sobre la limpieza del edificio, recomienda que echemos a la señora que lo limpia dos veces por semana. Finalmente tratamos el tema de la puerta, lo más sensible. El escandaloso, insoportable y tedioso piiii que suena cada vez que la abrimos y la cerramos, pero que deja de ser intermitente y se vuelve constante cuando la luz se corta y suena sin parar hasta que se queda sin batería. Creemos que hace corto circuito, y una vez estuvimos 48 horas con el ruido como un vecino más. — Y sobre la puerta, no sé gente. La podemos cambiar o…
-No se puede cambiar todo Julián. Sale más barato hacer un edificio nuevo. —dice con sensatez la del primero que por la cercanía, es la más afectada.
-Hay que pensar qué hacer cuando la luz se corta —acoto— La última vez me quedé encerrada. Por suerte el chico del quinto me avisó que su portón abría manual y aproveché.
Elsa se para. La situación es cómica, porque Julián mide tres cabezas más, pero ella se le planta y le reprocha su conducta negligente durante los años que administró el consorcio. Él chico da unos pasos atrás y tartamudea palabras que nadie entiende.
-¡¿Y vos que estás esperando que se corte el cable del ascensor y me estrole como una cucaracha contra el piso?! — Elsa descarga todo su cuerpo e ira sobre el sillón. Se deja caer y después tranquilizar por su esposo que le acaricia el brazo. — Tu inutilidad nos vuelve rehenes del edificio.
Escucho con atención los reclamos. Elsa, alguien que yo suponía conservadora, lleva el estandarte de la lucha por la emancipación del edificio. Me entero que Julián no es nada menos que el hijo de arquitecto que lo planificó. Que vive de rentas y que está apurado porque hoy juega un partido de fútbol con no sé quién. A pesar de los gritos de Elsa, Julián nos implora que demos por finalizada la reunión.
-Ahora votemos. — veo los ojos furiosos de la vieja — Entonces, teniendo en cuenta los presupuestos que les traje, ¿cuál consideran más adecuado? Levante la mano los que voten por la opción uno. —los brazos de todos están muertos. — opción dos, ¿tres?
-Nadie va a votar a favor de esa animalada. Esta semana voy a consultarle a un amigo cuánto nos puede cobrar y se los comunico. — dice el del quinto.
-Dale, deja una nota en el ascensor así lo vemos todos — responde el del segundo. — Yo también voy a averiguar.
Julián toce y mira la hora en el celular. No se quiere ir, quiere volar y desaparecer. Me pregunto por qué nunca me atiende las llamadas cuando lo tiene pegado a la mano.
Tema dos. El ascensor…
-Con el ascensor hagamos lo mismo — dice el marido de Elsa y ella le sonríe. Son muy tiernos. Me acuerdo de la vez que se rompió y tardaron media hora en subir por escalera los tres pisos. — y también con la puerta. Esta semana llamó a un electricista.
-Bueno… pero eso se va a ver reflejado en el aumento del 30% de las expensas a partir del mes de agosto. Para gastos de mantenimiento, el sueldo de la empleada y mi porcentaje…
, no, no. De ninguna manera. — dice Elsa. — A partir de hoy no sos más el administrador.
-Usted no puede hacer eso — responde y se ríe.
-Votemos. — desafía la vieja con elegancia — ¿Quién vota por destituir a Julián del cargo de administrador del consorcio? — las manos se levantan y empiezan a aplaudir. El pecho de Elsa se infla. — Mayoría absoluta.
-El código civil dice que es ilegal que un edificio no tenga consor…
-Basta Julián. Retírate. Esta semana te enviamos por escrito la destitución — dice el del segundo a la vez que revela que es abogado.
Julián en su actitud de adolescente enojado, no parece importarle que lo hayamos echado. Se va con la cabeza en alto y revoleando los ojos. Nos comenzamos a desconcentrar y hacemos fila para tomar el ascensor. La familia del quinto es la primera en subir. Y los del primero y segundo usan las escaleras. Me quedo con Elsa y su marido, que ahora me entero su nombre, charlando sobre nuestro administración acéfala.
Me invitan a cenar pastel de papas y acepto. Su departamento es una copia igual al mío, sólo que tiene fotos de bebés por todos lados y decoraciones anticuadas. Nos sentamos a la mesa y abren un vino. Oscar me pregunta a qué me dedico y él me cuenta que es músico, que ya casi no toca porque le duelen las articulaciones, pero que su nieta está siguiendo sus pasos.
Me ofrezco a lavar los platos cuando Oscar desaparece, y como si estuviera en mi casa, giro mi cabeza y observo el almacén, que a pesar de la hora, sigue abierto. Elsa está con los ojos brillosos y repentinamente veo cierta tristeza en ella. Toma aire como impulso y mientras suspira dice:
-Pobre Sergio.
Oscar con su andar lento vuelve con un bolso enorme. Lentamente desenfunda un saxo que acaricia antes de llevar a su boca. Elsa y yo nos sentamos y reposamos nuestra mirada en el viejo como un público que oye una orquesta en esos cafés elegantes de Buenos Aires. Afuera, las persianas del almacén se cierran con ese ruido a chapa mientras Oscar empieza a tocar una melodía agridulce.
Por Paula Scebba
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