martes, 11 de junio de 2019

Ellas tres

Ana estaciona el auto en la puerta del consultorio de la Dra. Ramírez. Afuera hace mucho calor y hay un sol que le hace preguntarse qué hace en La Plata un 15 de enero. Cierra los ojos e imagina la playa, las vacaciones y el mar. La imagen le muestra olas que se arman y se destruyen en la orilla. Siente paz de escuchar un caracol. La arena áspera le cubre la piel y el recuerdo la lleva a cuando todo era distinto. Cuando era joven y no se sentía tan presa del presente.
Estaba en eso cuando de pronto tose con fuerza y le dan ganas de vomitar: se agarra fuerte al volante, pasa su mano por la frente y seca las gotas de transpiración. Los ojos secos le ruegan lágrimas. Respira hondo. Una. Dos. Tres veces, tal como le sugirió su terapeuta. Deja escapar el aire. Suspira aliviada. El celular vibra en su bolso, le cuesta encontrarlo, hasta que atiende nerviosa. Es su madre.
-Te estuve llamando toda la mañana — Ana revolea los ojos pero antes de que pueda contestarle, su mamá sigue— Tu hermano vino esta mañana a visitarnos a mí y a tu padre. ¿Vos sabías lo del ascenso? — asiente con la cabeza pero no lo pronuncia.
— También nos contó lo de Cecilia, ¿sabías lo de Cecilia? — su cuñada está embarazada de tres meses— ¿Sabías?
Sí, Me llamó ayer. Estuvimos hablando un rato. Me dijo que ya tienen pensado qué nombre ponerle a la criatura. —escucha un suspiro. — Ceci le dijo que tenía muchas ganas de llamarlos como sus papás y Fernando aceptó —le miente y le encanta. Fernando le había contado del embarazo pero nada de nombres. El bebé que espera apareció de casualidad en la conversación, pero escuchar a su mamá retorcerse de rabia la divierte.  
— En fin má, ¿necesitas algo más?
No, sólo saber a qué hora volvés a casa. Así veo si te espero a cenar o no.
Las respuestas de su madre siempre son más acertadas que las suyas. En el juego de tira y afloje siempre le gana. Sabe que tener cuarenta años y vivir en la casa de sus padres no era lo que esperaba de su futuro. Se muerde los labios y avergonzada le contesta que sí, que la espere a cenar. Se mira en el espejo retrovisor y contempla el desastre que es. Tiene ojeras permanentemente, el flequillo mal cortado, las raíces crecidas, el pelo quemado. Se refriega los ojos y en su mano se impregna una mezcla de sudor, mocos y lágrimas. Se limpia con el asiento del acompañante.
Toca el timbre del 4C. La puerta se abre automáticamente tras haberse sentido observada por una cámara de seguridad. Sube por el ascensor y antes de tocar la puerta, la secretaria la está esperando. Es una chica joven, de unos veinte años que la mira de arriba abajo pero no de una manera despectiva, sino que compasiva. Se avergüenza aún más de su aspecto cuando le pregunta cómo se siente.
Ana, ¿no? — pregunta—La Dra. Ramirez está unos minutos atrasada. Por favor toma asiento. ¿Querés algo de beber? Sí, por favor. Un vaso con agua seria genial.
Le trae el vaso de plástico lleno junto a un pañuelito y se va. Ana queda en la sala de espera sola y se pregunta sobre qué puede hablar en esta sesión: ¿sobre su ex? ¿Sobre la nueva mujer de su ex? ¿Sobre su madre? Desde que va a terapia no ha notado muchos cambios. Por el contrario, a veces siente que sale peor de lo que entró y muchas otras veces, cuando se quedan en silencio, siente que le están estafando. Pero su hermano insistió tanto en que comenzara a ir, que decidió tomárselo en serio. Aquel momento en que su hermano menor la obligó a sentarse para escucharlo con atención, fue muy duro. “Ana, no podes vivir lamentándote. No quiero volver a encontrarte espiando como una loca la vida de tu exesposo otra vez. No está bueno, no hace bien”. Las palabras aún le resuenan en la cabeza y se enfurece, ¿qué puede llegar a saber su hermano sobre qué es sufrir? A él nunca le va a pasar lo que le pasó a ella. Nunca lo van a echar porque es jefe de su empresa, ni va a sentir la mirada juzgadora de su madre, ni va a encontrar a su esposa con otro en la cama que comparten. Pero lo que mucho menos va a sentir es la pérdida del bebé que tanto deseó. Llevarlo dentro y perderlo antes de conocerlo es un dolor indescriptible, semejante al que sufrió su cuerpo los días siguientes al aborto espontaneo. A veces, a pesar de que ya han pasado cinco años, aún sueña con la sangre que mancha el colchón, el vientre chato y las mamas que ya no serán alimento de nadie. Una pesadilla en espiral que la atormenta seguido.
La sala de espera es grande y está decorada de muy mal gusto. Hay un cuadro con flores que ocupa toda una pared amarilla. Es un color que no se distingue si es pintura o suciedad. Alrededor hay tres consultorios que atienden a adultos y niños. O eso cree Ana por la cantidad de pibes que suele haber mientras espera. Mira el reloj y se da cuenta de que llegó mucho más temprano. Toma una revista de moda que data del año 2013, en la tapa hay una modelo rubia. La abre y el primer título que lee es “¿cómo bajar de peso sin hacer dieta?”, al lado otro que dice “Las harinas refinadas, el nuevo enemigo del siglo XXI”. Al dar vuelta la página se encuentra con una masiva torta de manzana y canela junto con su receta. Deja la revista y agarra otra. La abre de casualidad en la página donde hay un hombre que le resulta vagamente familiar. Tiene su misma edad, ojos marrones, la barba crecida y parece ser un empresario exitoso.
El timbre suena y deja la revista junto a la pila donde estaba, abierta de par en par. Los pasos de la secretaría junto a alguien van haciéndose más cercanos, hasta que una mujer de pelo castaño con un niño de unos cinco años en brazos se sienta en la silla frente a ella. El niño grita y patalea mientras su madre lo agarra de los hombros y con mucha calma le dice: Basta Pedro. Ya hablamos esto. Vamos a hablar con Gabriel, vamos a jugar un ratito y después nos vamos a fútbol.
Ana cruza miradas con la mujer quien parece reconocerla de inmediato pero Ana tarda unos segundos. Después aterriza: es Laura. Conserva su altura y los rasgos de su juventud. Diez años sin verse y ahí está frente a ella con  ojos achinados, sus labios finos y cierta elegancia en los movimientos, bajo un aura de bohemia y descontracturada. Ana atina a saludarla con beso en la mejilla, pero Laura la abraza con firmeza. Le siente el aroma a sahumerio y lo reconoce como familiar. Es un aire de libertad que ella nunca tuvo. Traga saliva incómoda y desea con fuerza haberse vestido mejor. ¡Ana, cuánto tiempo pasó! — la mano amable de Laura reposa cariñosamente en su hombro. — Él es Pedro, mi hijo. — el niño levanta la cabeza y la saluda sin ganas. Ana trata de formar una sonrisa que transmita felicidad, pero duda en haberlo logrado. — Vinimos… bueno…a ver a… ¿Vos qué hacés acá? Vengo a terapia— contesta mientras se sienta una al lado de la otra. La lejanía del colegio secundario se vuelve muy presente en la sala de espera. De repente, Ana se ve adolescente, sentada en los bancos del aula escolar junto a su mejor amiga Laura. — Ya hace unos meses que vengo.
Siente ganas de huir de pronto. Recordar escenas que llevaba tiempo olvidadas no le gusta. Es un pasado que dejó atrás para poder rearmarse. Laura formó parte de su vida hasta que todo cambió. Y llevaba años sin pensarlo. Mira el reloj y ruega que la doctora abra el picaporte y pronuncie su nombre. Sigue siendo temprano. Le posa la mirada a Pedro que juega con un yoyo. El niño es una copia idéntica del novio de toda la vida de Laura. Hermosa historia de amor que a ella le tocó un papel de reparto. Como la amiga de una telenovela que está presente en peleas adolescentes, pero que es apenas espectadora. Se acuerda de los celos que sentía por ellos y cómo se torturaba por sentirlos. Es igualito a Esteban—comenta tratando sonar simpática pero su voz salió temblorosa y aniñada. Sí, todos dicen lo mismo — dice Laura y revolea los ojos divertida. — Yo digo que es igualito a mí. — se ríe igual que cuando eran amigas. Le devuelve la sonrisa, nostálgica. — ¿Y vos, cómo estás? Yo…— Ana abre ojos y recapitula su vida — Yo, bueno, me divorcié hace ya hace un año. ¿Y seguís trabajando en el estudio? No… Me echaron hace unos meses. — el estudio donde trabajaba como arquitecta la había echado sin indemnización. Sabe que se merecía el despido por el descuido. Había hecho que la empresa perdiera mucha plata por desperdiciar su tiempo en su ex marido y no en presentar los planos en fecha. Todavía le duele admitir su negligencia. — La crisis, viste, echaron a muchos — miente y se sonroja. Sí, claro.
La sala se queda en silencio un buen rato y sólo se escucha a Pedro jugar y el zumbido del aire acondicionado. Ana se muerde los labios y Laura se come las uñas. Ambas parecen incómodas en la formalidad del encuentro. Las piyamadas cuando eran chiquitas, las salidas cuando eran adolescentes y las vacaciones cuando ya habían empezado la facultad. Cierra los ojos. No se siente preparada para lidiar con Laura. Siente la culpa en la garganta, el perdón nunca pronunciado en la atraganta. ¿Y vos que venís a hacer? Nunca te vi… Es que es la segunda vez que venimos con Pedro. La semana pasada tuvimos una entrevista con Esteban para el psicólogo infantil y hoy es la primera vez. — mira al suelo, como tratándose de esconder. Ana se percata de ello y elige cuidadosamente sus palabras. Laura no creía en las terapias tradicionales, y en el pasado nunca hubiera llevado su hijo ahí. Claro. Oí que es genial el psicólogo. Los niños que a veces veo mientras espero, se van contentos. No sé. La idea fue de la maestra del jardín, nos dijo que es muy despistado y que le cuesta hacer amigos. Esteban quiso, yo no estoy convencida.
Ana recuerda cuando se enteró por Facebook que Laura estaba embarazada. Había sido unos meses después de que ella perdiera el suyo. Tirada en la cama mientras lloraba, se acurrucó en los brazos de su ex marido, pero él luego la abandonó vaya saber por qué. A la única que le pasaban cosas malas era a ella. Pero ahora, al tener enfrente a su amiga del pasado, siente una ligera empatía. Cruzan miradas unos segundos hasta que la puerta de consultorio B se abre. Sale el psicólogo. Un hombre más joven que ellas, esbelto y con una voz grave que después de saludar a Laura, invita a Pedro a entrar al consultorio. El niño hace una mueca de dolor exagerado y entra a regañadientes. Las dos se miran cómplices por lo atractivo que resultó ser el tipo:
Preferible que me atienda a mí — suelta Ana y su amiga se ríe. — Es duro el celibato. ¿Te lo podes creer? Ahora somos viejas para estos chicos. Los tipos lindos empiezan a ser más jóvenes que nosotras.



Pasan varios minutos hablando de las familias. Ambas se alegran de que sus padres sigan vivos. Así Ana se pregunta si su amiga sabrá acerca de su pérdida y por una razón inexplicable siente la necesidad de contarle, pero calla. Guardan silencio varios minutos y sólo se oyen los susurros que vienen de los consultorios. Laura toma la revista que su amiga leyó hace minutos y señala al empresario que posa para la cámara con aires de superioridad. ¡Es Gonzalo! El compañero del secundario— Ana observa con detenimiento la imagen y asiente con la cabeza. Luce igual pero viejo y millonario. Se sonríen y vuelven a callar. Laura se acomoda varias veces en el asiento, se acomoda el pelo y muerde sus labios, nerviosa. —Te necesitaba ¿sabías? — Ana clava la mirada en Laura que en sus ojos crecen incipientes lágrimas. — Perdón, no debería habértelo dicho. Pero fue muy duro para mí. Eras mi amiga y…
El peso de la culpa cae sobre Ana. Siente su cuerpo pesado y quiere ocultarse. Desde que pasó lo de Dolly lo único que había tratado de hacer era olvidar. Pero tener a su amiga enfrente es una cachetada de la realidad. Guardaba un recuerdo de Dolly adormecido por sus propios fracasos. Pero ahora, sus rizos colorados y sus pecas, su cara de niña, su cuerpo frágil, joven y despedazado en la ruta le nublan la vista. Se refriega los ojos, tratando de quitarse la imagen y se encuentra con la mano amable de Laura que le ofrece un pañuelo. No puedo creer que la hayas olvidado. No la olvidé. —responde Ana con brusquedad — Nunca podría olvidarla. Sólo no pude, era muy chica y no sabía, no podía… ¡Tenías la misma edad que yo, Ana! Yo no me escapé después de eso. Yo tampoco me escapé. Te fuiste dos meses después de que se murió y no quisiste volver a verme. Te llamé. Fui hasta tu casa, hasta que me cansé. Me dejaste sola. Estabas con tus papás, Lau…— Ana quiere tomar la mano de Laura pero no puede. Se siente fría como una estatua por fuera. Mis papas nunca entendieron nada, los conocías. Fue una tortura y vos eras como una hermana. A veces pienso qué hubiera pasado si… No pienses en eso — la interrumpe Ana. — No tiene sentido. ¿Pudiste seguir adelante?
Niega con la cabeza gacha, triste. Toda su vida se había sentido miserable, eso no le resulta ninguna novedad. Lo que sí le sorprende es que la vida de Laura, tan perfecta y genial, estuviera agrietada por el recuerdo de una muerte que había ocurrido quince años atrás. Nunca más pude dormir sin rivotril. Fueron años de no poder conciliar el sueño sin que se me aparezca la cara de Dolly ahí. Tan chiquita y tan vulnerable ¿Qué hubiera sido ella ahora? Lo hubiera sido todo — responde Ana conmovida. La imagen del vistazo que echó al cuerpo de Dolly le nubló la vista. De pronto, sintió el impacto del colectivo en la sala de espera, el estrepitoso ruido del motor, el calor de las llamas y la vida de Dolly desprendiéndose al costado de la ruta.  Se deshace de eso y se enfoca en el paisaje, en las montañas. — ¿Sus padres viven? No, fallecieron hace unos cinco años.  Los visité hasta que me pidieron que no fuera más. Era muy doloroso para ellos verme a mí, viva. En su mirada estaba el reproche permanente, el por qué no te pasó a vos, por qué le pasó a mi hija. Se murieron odiándonos. — murmura Ana y siente un escalofrío en su espalda, como si tuviera miedo. Laura apoya su mano en su hombro, consolándola. — A veces creo que las cosas que me han pasado fue por eso —nunca había confesado eso en voz alta. El insomnio y la tristeza la hicieron llegar a esa conclusión. No fue por vos —espeta Laura con firmeza en la voz. —Nadie podría haberlo evitado.
La puerta del consultorio A y B se abren al unísono. El niño sale disparado con un dibujo en la mano y se abraza a las piernas de su mamá. Del otro consultorio la Dra. Ramírez llama a Ana para que ingrese. Las viejas amigas se miran aún emocionadas y con cierta congoja, que tratan de disimular.  Laura toma el dibujo de su hijo y se lo entrega. Es una casita en el medio de un bosque y tres amigas tomadas de la mano. Se ve dibujado en un trazo celeste un lago y atrás, en marrón, unas montañas. Ana se emociona. Siempre se sintió sola y después del accidente no volvió a tener amigas.
Te llamo — le dice Laura mientras abre la puerta.

Por Paula Scebba







sábado, 8 de junio de 2019

Grisel

Grisel es mi nombre, sí Grisel, como la canción de Contursi. ¿Qué puedo decir de mí?, que tengo 32 años y trabajo desde hace unos tantos en la estación de servicio de la calle Córdoba. No me disgusta mi oficio, aunque para ser franca, mi pasión es bailar tango.
Cuando era chica, además de cantar con mi abuelo, escuchábamos sus tangos favoritos y me contaba anécdotas sobre las milongas y mientras tanto yo jugaba a bailar sola.  Hay una milonga que me acompaña con algunos clásicos y algunos otros personajes en la vereda del frente de los que luego contaré.

Hoy me toca trabajar. Es un sábado a la noche de primavera.  Son las 9 y flota una brisa. Hipólito es un pibe de 25 años, estudiante de economía, tiene el cabello castaño y una nariz respingada que denota sus raíces turcas.  Hablamos alguna vez, creo. No sé cuándo. Lo cierto es que Hipólito pasa seguido por la vereda ciertas madrugadas, a veces por el frente y otras por acá. Hoy viene con algunos tragos de más y ya son como las 9:30 de la noche. Entró hace 10 minutos a la milonga y los guardias del lugar lo sacaron de sus ropas como a una mosca. Fue gracioso. Me río sola aveces, me causa gracia ver algunas situaciones
desde lejos.

Hipolito siempre pasa serio y saluda con gesto educado. Ahora, afuera de la Milonga medio dormido sentado como en una meditación, está junto a Rayo láser: un linyera apodado así vaya a saber por qué. Nadie sabe. Un tipo achacado por el mal dormir y la vida dura, que vende flores robadas durante el día en la puerta de la milonga. No es para nada una acusación, él me lo contó una vez que vio pasar a Magda con flores yendo hacia el cementerio para llevárselas a su difunto esposo. Rayo Láser es un flaco desgarbado pero de cara medio redonda y cabello claro. Tiene unos 28 años y algunas veces se cruza para charlar conmigo.  Me contó algunas cosas sobre su vida, y a veces se le suelta la lengua y cuenta alguna fábulas poco creíbles, pero me divierte así que le sigo el hilo de “sus vidas pasadas”, como yo le digo.
Magda, es la víctima de los robos de rayo láser  y al mismo tiempo quien lo ayuda, es la jubilada que vive a dos edificios de la milonga y siempre viene a comprar acá a la Estación. Es una mujer muy simpática e inocente de pelo blanco y ojos color cielo, en los que de vez en cuando descubro su dolor por la soledad, casi igual que yo, cuando llego a casa cansada del trajín diario; o como Rayo Láser que vive en las calles, o Hipólito que la esconde  detrás de algunas copas. “Es hora de irme a casa a dormir”, me ordeno suave mientras pienso en el cariño que les tengo a estos personajes que conviven conmigo. En la soledad de un tango triste.
Por Florencia Abdala Ibañez

domingo, 26 de mayo de 2019

Un pedacito de milagro

En mi infancia crecí al son de los partidos de fútbol en la radio. Las válvulas y las ondas sonoras con sus voces típicas que hablaban de: “el arco que da al Río de la Plata”, “el que da al Riachuelo”, “a Casa Amarilla” o “a los 7 puentes”.
Palabras e imágenes disparando nuestra imaginación de algún modo análogo a lo que puede ocurrir hoy con Google. Pero mucho mejor.
Al primero, lo conocí desde adentro un 12 de octubre de 1974 con Pichín Vitale y el Chibura Lemos: Argentina 1 España 1 en el debut del Flaco Menotti como DT de esa Selección que cuatro años después nos dio la primera copa del mundo.

Son infinitas las tardes que pasé y vi pasar las moles de cemento desde la cabina del maquinista. Hay veces que sueño con ese pasaje visual: yo, desde abajo de las tribunas, viéndolos pasar hasta más de una vez por día: Arsenal, Racing y sobre todo, Independiente, porque fue el club que me dejó anécdotas marcadas a fuego.
Los 7 puentes son dos: uno de seis tramos sobre la playa ferroviaria de cargas del ex Ferrocarril Roca y el otro, un tramo sobre las vías de pasajeros, que obligaron cuando se electrificó, a que la catenaria pase por arriba de esa estructura de hierro con sus cables de 25.000 voltios.


Ahora recuerdo un soleado día de julio. Con mis compañeros, estábamos detenidos a la espera de una autorización para ingresar a la playa de Kilómetro 5. Un paréntesis típico en los rieles. Yo, estaba del lado de la locomotora que daba al Estadio de la Doble Visera y alcanzaba a mirar un pedazo de pasto de ese arco de la tribuna visitante. De pronto, aparecen a tropel un par de anécdotas. El primer partido de Nico, mi hijo menor, viendo a su Pincha que goleaba a Arsenal para regresar a Primera en 265 días con goles de Caldera y la magia del mago. La tribuna era un infierno y salimos con un guiño del oficial que nos permitió sortear la reja e instalarnos en la otra, inhabilitada hasta el momento, donde pudimos ver el 5 a 1 disfrutando de un Rubén Capria exquisito junto a aquel suplente del Chifu en Comercio que marcó el quinto.
Después, se me vino esa tarde con Chachi durante el Clausura 97 que ganó River y los xeneixes- Chachi y yo- vimos perder nuestro equipo  contra un Independiente de Burruchaga en cancha que metió dos goles. Fue una tarde brava porque hubo disturbios: balas de goma afuera y adentro un Castrilli intratable que nos dejó con nueve y un 2 a 0 a favor del rojo de Menotti que fue mejor y no nos dio mucho margen para los desbordes del Manteca Martínez o las gambetas cortitas de Latorre.
Me tocó trabajar de tarde y aún con derrota, guardo en el alma las sensaciones de caminar en pleno partido, bajo esa tribuna y sobre las vías, durante la final de la Supercopa que ganó el equipo de Brindisi por 1 a 0 en 1994. Rambert lo hizo, no lo vi, pero escuché cómo entraba el tiro de emboquillada por arriba de Navarro Montoya. Un dolor de hincha que , al fin de cuentas, siempre pude matizar por apreciar el buen fútbol de los buenos jugadores que, habitualmente, llevan las 10 en la espalda. 

En ese viaje estaba,  cuando mi compañero sentado del lado del puente, pega un grito:

-¡Mirá ese pibe!

Me corro hasta su lado y veo un adolescente que camina sobre lo más alto de la estructura de hierro,  mientras otro -¿Un amigo que no lo acompañó en la aventura?- caminaba debajo por la vereda.
Todo se precipitó de pronto:

-“Hey, flaco, bájate de ahí por favor”
-“Hey… ¿Me escuchás?- gritó mi compañero mientras el tráfico del puente se chupaba nuestros gritos de advertencia en la sordera más pura.

Pese a todo, él caminaba tranquilo hasta que en una milésima de segundos, se sintió una explosión y el cuerpo fue absorbido violentamente por el cable principal, mientras voló despedido con fuerza hacia la misma estructura sobre la que caminaba. Fuego, chispazos y temor desde el hierro ante la vista desesperada y enloquecida de su amigo que también lo ve caer al piso del puente Agüero, parado como un gato.
Pasaron un par de almanaques y el estadio ya no es el mismo. Fue remodelado con tribunas que se asemejan a algunos estadios ingleses que apenas conozco por la TV.  Ahora estoy jubilado, ya no soy el maquinista, y una tarde de abril viajo como pasajero hasta Constitución desde La Plata por el Roca en la ventana que da a las canchas. Mientras el vagón avanza hacia La Caldera, inclino la cabeza y busco ese pedacito de césped del área grande del arco visitante, pero no, nada; mientras sí veo a mi recuerdo de trenes y fútbol sobrevivir como la tarde que ese pibe me enseñó a mirar de cerca el milagro. 

Por Alberto Alaníz

sábado, 25 de mayo de 2019

Bifurcación

Alberto colocó con dificultad la llave en la vieja cerradura, abrió la puerta y entró. Un olor a pesada humedad lo detuvo un instante en el pasillo. Era un caserón antiguo de techos altos y puertas grandes que había podido alquilar a un precio razonable a la altura de Monserrate, en Capital. Todo el trámite lo hizo a través de una inmobiliaria en su residencia de España, donde vivía desde que era un pibe, con su madre y sus hermanas. Ellas siguen allá, con sus familias y sus vidas, él se vino a Buenos Aires por asuntos de trabajo. Apenas bajó del avión y puso un pie en tierra natal, se le vino una ola de imágenes. Ahora también le parece verlas mientras camina por el largo pasillo de la entrada y siente que entra en un laberinto en el que se borran las fronteras del tiempo.  
Ayer, tiene siete años, y el viejo valiant que conduce su padre ronca por el sendero y se sacude por los baches. Su madre va adelante y se encarga de avisar cuando toca cruzar un pozo, una rama o algún barrial. Tiene el rostro visiblemente tenso por la preocupación, Alberto nunca la vio así. Ajenas a todo, sus dos hermanas menores, van sentadas en el asiento de atrás, al lado suyo. De pronto el viejo valiant detiene su marcha. Adelante el sendero se bifurca en dos: uno continúa a la derecha serpenteando entre el monte y el otro se alarga hacia la izquierda y se pierde en la maleza. Alberto se sintió inquieto, pensó que estaban perdidos. Su padre y su madre se miraron. Entonces el padre giró hacia ellos y dijo:
-A ver chicos ¿hacia dónde doblamos?
A Alberto lo recorrió un escalofrío que dicen que es el roce de la parca misma. Los miró a todos mientras gravitaba su decisión en la espesura del aire.  Pudo haber dicho cualquier cosa, pero de sus labios salió disparada la orden:
-¡A la derecha!
-¡A la derecha!- repitieron sus hermanas, siempre acostumbradas a copiarlo. Y el auto dobló.
No hicieron más que 50 metros cuando, a lo lejos, divisaron una patrulla. Un par de militares vestidos de civil esperándolos armados en medio del sendero.
-¡Rápido! -dijo el padre deteniendo la marcha- Bajen y escóndanse en los matorrales, no se asomen por nada del mundo.
Alberto miró a su madre con el rostro mojado, y ella en dos movimientos sacó a los chicos del auto y se camuflaron detrás de los pastizales.  Él la siguió y se tiró al suelo. Su padre quiso hacer lo mismo pero fue demasiado tarde: los hombres vieron el coche y se dirigieron hacia ellos con el arma apuntando y dando la voz de alto. Alberto está aterrado y el corazón le estalla en el pecho. De reojo vio a su padre arrancar el auto y perderse a toda velocidad entre los yuyos, e intentar que lo siguieran a él para que no descubran a su familia. Él, siguió en el suelo, paralizado.  Hasta que de pronto una mano lo agarró de la ropa y lo sacudió:
-¡Vamos levantáte! ¡Corré! –dijo su madre en voz baja. Corrió medio agazapado entre los matorrales detrás de su madre y sus hermanas mientras oyó el motor del Valiant alejarse a toda velocidad. La corrió una furia de sangre por dentro y las lágrimas no le permitieron ver. De pronto se oyó un disparo ahogado y luego nada. Alberto miró hacia atrás, buscando algo; una señal, una respuesta, tal vez el rostro de su papá.

(...)
Es la madrugada y Alberto se despierta agitado, acaba de soñar con ese día otra vez. Se levanta y tropieza con la maleta todavía armada en el piso. La toma con desgano y decide guardarla en el viejo placard del antiguo dueño de la casa. Faltan un par de horas para la diez de la mañana: la hora en que vendrá el propietario a firmar un último papel. No quiere olvidarlo porque apenas después de firmar el hombre se regresa, según le dijeron, a vivir a España. ¡Qué ironía que uno se vaya a España y el otro justo venga de ahí! A Alberto le llamaban mucho la atención esas vueltas de la vida. Estaba obsesionado con la idea del destino. Desde las casualidades hasta las coincidencias, de los golpes de suerte a las malas rachas, todo parecía estar digitado y cocido en una red por una mano misteriosa. Por eso mismo se preguntó qué hubiera pasado si aquel día, frente a la bifurcación, hubiese dicho izquierda en lugar de derecha.  ¿Pero por qué dijo derecha? ¿Por qué? Hoy la historia sería otra. A lo mejor no habrían tenido que huir y exiliarse en España. Quizás habría hecho su vida en Argentina y tendría esposa e hijos. Quizás.
Alberto suspiró y abrió un cajón del viejo placard para guardar su ropa. La noche era un laberinto insondable y sabía que ya no se volvería a dormir. Observó que al fondo del cajón había una foto. La tomó mientras un escalofrío recorrió su cuerpo como una electricidad o como si el universo entero se sacudiera. No pudo creer lo que vio. Era una foto común de una familia normal: una madre, un padre y dos niñas. Al reverso de la foto, una leyenda: “Para mi querido esposo Alberto en el día de nuestro aniversario”. Pero lo raro era el hombre de la foto, un hombre canoso y alto, que podría haber sido cualquier hombre pero no, era ése que lo miraba todos los días desde el espejo.  
Ya casi son la diez. Alberto se estremece detrás de la puerta. No puede apartar los ojos del picaporte mientras espera de un momento a otro oír los nudillos en la madera de roble. Sin embargo el tiempo se detiene, y él siente que lo chupa una espiral. Siente que lo aspira y lo transporta por el ojo de la cerradura hacia el otro lado de la puerta, a un pasillo largo de paredes blancas donde un hombre canoso se acerca caminando. El hombre se detiene, mira el reloj, comprueba la hora y golpea la puerta. Alberto siente que tras el remolino, cae a gran velocidad mientras rueda por unos pastizales altos con el corazón desbocado, hasta que una mano lo sacude insistente y oye la voz de una mujer que le dice:
-Señor, hemos aterrizado en Argentina. Recoja su equipaje y baje por favor.
Por Valeria Gorlero 
PH: Valeria Gorlero

Oda al lápiz

De mis primeros trazos, el actor necesario esos que para mí eran obra de arte y para el resto garabatos. Te supiste camuflar según quién te tuviera entre sus manos. Sos chato y colorado para el viejo carpintero, que en su oreja te coloca para agarrarte ligero. Algunas veces camaleón, y te volves claro y duro sin que nadie lo note, Pero la B te transforma en un negro más que blando, cuando te usa el artista en sus bocetos de sangre. Te disfrazas de colores y vas pintando la vida, haces cielos luminosos aunque afuera haya llovido. Nunca manchaste mi ropa como tantas lapiceras y si un error me mandaba, te bancabas el exilio al que yo te sometía, frotándote con firmeza, con una miga de pan que hallaba sobre la mesa. Pasa el tiempo y yo acorto tu vida con un arma de dos filos, y respiras blando casi sin quejarte, (aunque quedes pequeñito y gris), escribís frases aún sobre las hojas vacías, con la esperanza, que tu carbón se convierta en poesía.

Por Fabian Capponi

jueves, 16 de mayo de 2019

Un error de cálculo

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-La maté con su propia pistola. Una Lady Beretta 21 A Bobcat. Todo fue una confusión. ¿Cómo iba a saber que era una trampa?
Estaba subiendo al avión cuando la veo venir. La reconocí por la foto. Se sentó a dos asientos de distancia… la puta… Tenerla tan cerca me puso nervioso. La idea era volar una hora y media. Llegar a destino, hacer mi trabajo y volver en el mismo chárter que salía a la mañana siguiente. Así que cuando el avión llegó al aeropuerto, bajé rápido, agarré la valija y me tomé un taxi.
- Al Hotel Internacional, por favor.
Me presento en conserjería. Ya tenía habitación reservada. Me entregan la tarjeta y subo al octavo piso. Abro la valija y me doy cuenta que no es la mía. No había demasiadas cosas en ella: la pistola, por supuesto, una muda de ropa, algo de cremas y unos maquillajes y el sobre papel madera. Lo abrí, intrigado. Las instrucciones decía: CONTACTAR A ADALBERTO, o Edmundo, no recuerdo bien, AL TELÉFONO 489-5678. RECIBIRÁ INSTRUCCIONES. Quedé desconcertado. Dos personas en la misma ciudad, pequeña por cierto, para un trabajo era mucha casualidad, así que empecé a ver cuáles podrían ser las variables.
Lo primero que hice fue averiguan si en el hotel estaba hospedada la que era mi objetivo. Tal como lo sospeché. Un piso más arriba estaba mi maleta también casi vacía. Por costumbre había aprendido a memorizar las caras y jamás llevar información conmigo. En ese sentido estaba tranquilo.
Lo segundo que tenía a saber es quién es Adalberto, o Edmundo. Él sabía que lo contactaría una mujer, así que le pasé los datos a una amiga para que arregle una cita.
-¿Nos puede dar el nombre de su amiga?
-Eso no tiene importancia, por ahora. ¿Puedo seguir?
-Siga.

-Como decía, le mandé los datos a una amiga. Le pedí que fuera lo más rápido posible.
Pasaron quince minutos, media hora, una hora. Estaba cada vez más nervioso. Le volví a escribir. No me contestó hasta dos horas después: a las diecinueve. Bar Sportman. “¿Ninguna otra seña?” pregunté. “No”. Fue la repuesta.
Cómo iba a hacer para reconocerlo no tenía ni idea.
A las dieciocho bajé. Pregunté dónde quedaba el bar Sportman. El conserje me indicó con un mapita para turistas que me guardé en el bolsillo, junto a la Beretta. Quedaba un poco lejos pero tenía tiempo, así que decidí ir caminando. Antes de salir consulté si alguien había preguntado por mí. La respuesta fue negativa. Mientras caminaba me rondaba una cuestión en la cabeza: Porqué la mina no me había buscado. Tal vez no sabía nada de mí. Aunque parecía rara esa hipótesis. ¿Será que el contacto le va a dar la información que falta? Me la imaginaba alterada con una valija abierta, un calzoncillo, unas medias y una Smith and Wesson calibre 38 limada y nada más. Después de cuarenta y cinco minutos de caminata llegué al bar. Un viejo bar de madera, en una esquina donde lo único iluminado eran las ventanas cuadradas del local. Entro y hago un paneo. De repente, una cara conocida. Primero me alegró ver a Alfredo. Me acerqué a saludarlo. Él se puso pálido.
-¿Qué hacés acá? preguntó y su voz temblaba, en realidad todo en él temblaba. Le dije que estaba por trabajo. Empezó a transpirar y yo a sospechar.
-¿Y vos qué hacés acá?- retruqué yo al instante.
-Lo mismo que vos. Trabajo.
Ahí me di cuenta de todo. “Me tengo que ir”, me dijo de repente. Me ofrecí a acompañarlo. No quería pero yo insistí. Nos fuimos alejando del bar a zonas cada vez más oscuras. En un momento lo paro, lo miro a los ojos, le digo traidor y le disparo con la Lady Beretta en pleno corazón. Lo dejé desangrándose en medio de la noche mientras me pedía perdón y yo contestaba por lo bajo: “Perdón las pelotas”.
Cuando llegué al hotel pregunté por la habitación de Ana. Subí a mi cuarto, la llamé y le dije que me disculpara, que seguramente estaba preocupada por su valija, que lo que pasa es que me quedé dormido, que mil disculpas. Agarré la valija y se la llevé. Golpeé a la puerta. Sabía que no me iba a disparar. La 38 se hubiese escuchado en todo el hotel. Abrió la puerta y me indicó con la mano que pase. “Yo tengo la suya”, dijo. Se dio vuelta para agarrarla. Entonces la tomé por la espalda tapándole la boca y le disparé en la sien. Cayó muerta en el acto. Me puse guantes de látex y limpié el arma. Se la acomodé en la mano. Volví a la habitación, tomé mis cosas y me marché del hotel. Anduve deambulando hasta la mañana, me tomé un taxi y fui al aeropuerto. Es todo lo que tengo para decir.
Por Graciela Cristina Cañas
PH:José Luis Di Lorenzo

miércoles, 15 de mayo de 2019

El viaje inaugural

La zanja nacía contra la vía y bordeaba las tres primeras cuadras de la calle Wallace. En épocas de mucha agua, era el obstáculo mayor cuando después de tomar la leche y hacer la tarea, salíamos a jugar al fútbol. La pelota era de trapo: una media, rellena a veces hasta con papel, que quedaba casi arruinada si se mojaba.

Un día que el viejo fue a pagar la cuenta a lo de Veliz,  regresó con una caja de regalo como en los cumpleaños. Adentro ¡Un barco! Un “transatlántico” dijo que era. “Un barco de pasajeros”, dije yo, que había visto una foto igual en una revista. Ahora había que esperar que la zanja tuviera agua y mientras tanto, mostrarlo a los amigos de la cuadra.
Les gustó mucho, pero Tatín quiso uno igual y en lo de Veliz no había más. El padre le hizo uno con una madera dura, que para no ser una balsa y pasar a la categoría de barco, tenía en su centro, un trozo de palo de escoba, del que salían dos hilos en ambas direcciones con trocitos de papel de distintos colores. Estaba lindo, aunque no lo conformó.

Una noche llovió mucho y además, venía agua desde el arroyo. La zanja casi rebasaba. A la mañana salí corriendo hacia el lado de la vía y allá, en la esquina posé el barco y dejé que la corriente lo trajera. Volví a las corridas hacia el frente de la casa y me paré sobre el puente que formaban los tubos para poder bajar a la calle. Ahí quedé a esperarlo para cuando saliera de ese túnel.

Tatín salió de su casa con el rústico barco de madera bajo el brazo. Se paró a mi lado y esperamos juntos. Ni bien asomó mi transatlántico, lo arrojó con fuerza y dio de lleno sobre la parte superior, que era de un blanco reluciente y cuatro chimeneas enormes. Con el tiempo me enteraría que era una réplica del “Titanic” y conocería su historia que fue simétrica a la del mío, hundido en su primer viaje.  

Por Alberto Alaniz

lunes, 6 de mayo de 2019

El libro

Cuando elegí hacer este trabajo hace tiempo atrás, entre tantas otras cosas fue porque entendía que nunca iba a convertirse en algo monótono. Desde chico nunca me gustó eso de hacer todos los días lo mismo. Esa cosa de no saber si lunes o jueves eran diferentes a no ser porque cambiaban apenas el número del viejo almanaque que mi abuela tenía colgado en la pared sin revoque de la cocina . Eso pensaba entonces, bueno; aunque también pensaba en que la vida iba a ser bastante diferente, a mediados de los ochenta cuando los sueños ocupaban más espacio en mi cabeza que mi raciocinio. Ahora, con más de cincuenta, no abandoné mi profesión y tampoco los sueños.


Así que acá  estoy, arriba de la camioneta mientras espío el mes de mayo de 2019. Orejeo los días como si fueran naipes de algún partido de truco y como tal -aunque todos los puntos valgan lo mismo no todos se juegan de la misma manera- con igual intensidad . Algunos podes jugarlos callado, mientras esperas lo que el destino tiene preparado, y otros, como hoy, que tenes tanto para decir que no podes silenciarlo porque  pareciera que te vas atragantar con las palabras.  Sentís que tenes treinta y tres de mano y el ancho de espada amaneciendo, mientras del otro lado ya casi te daban por perdido.

Es jueves y al final eso de esquivarle a la  monotonía no resulta tan real, así que como todos los jueves durante los últimos veinte años y casi con milimétrica precisión horaria, llego a la antigua librería metida en pleno barrio tripero en el que los adoquines se resisten a ser expropiados de la Historia al igual que el bar que se encuentra en diagonal, y todavía conserva su fachada de chapa y las botellas de Cinzano sobre las mesas de madera desde temprano, como antaño, cuando las visitas eran más frecuentes.

Abro la puerta y del otro lado sus dueños: Monica y Rubén. Nombré: Barrio tripero; adoquines, bar de chapa, toda una pintura donde lo popular encaja con extrema justeza. Sí, todos menos ellos que parecen haber sido teletransportados desde el centro mismo de Recoleta a esa esquina, sin siquiera pisar un charco o una baldosa floja y mucho menos haber escuchado el gol de terremoto Perdomo, el día que todos los hinchas del lobo sostienen -que por los festejos del gol del uruguayo -se movió la tierra.
Ellos, no están pasando buenos momentos: las ventas no son las mismas que hace unos años atrás,sus hijos -destinatarios directos del negocio familiar-  tuvieron que salir a buscar trabajo a otro lado porque las cajas se achicaron. Pero nunca,aún en estos tiempos ,admitieron haber equivocado el camino. Todavía los recuerdo el día que asumió este gobierno: prendieron la tele que solo se encendía en los mundiales y elogiaron la finura de Juliana y los vestidos de Mirtha y de Susana . Fue frecuente para mi, durante estos años,  escuchar las diferentes excusas: la lluvia ,el frío,el calor, los maestros que paran y por supuesto la frase preferida que les brotaba con furia volcánica: SE ROBARON TODO.


Mientras acomodo mi maletín sobre el mostrador saludo y no hizo falta que yo ni ellos dijéramos nada. No. Fue la primer clienta la que se encargó de todo:
-¿Tenes el libro de Cristina?- preguntó con una mezcla de deseo y de esperanza. Minutos más tarde vinieron dos más y yo, con la certeza de mis cartas, no pude contenerme y les dije con voz fuerte como cantándoles falta y envido truco:
-Parece que por fin se reactivó la economía.


Por Fabian Capponi

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