martes, 24 de agosto de 2021

Fuego

Habíamos pasado todo la noche de semáforo en semáforo mientras juntábamos monedas para el hotel. Estábamos cansadas pero contentas, vivíamos el día a día, viajando. Éramos perras de la calle, meneando felices las dos colas. No, no éramos putas, éramos malabaristas del fuego. Cosa que amaba decir.

Luego de deambular la ciudad buscando un hotel, encontramos uno de mala muerte, pero decente. Lo primero que hice fue darme una ducha, quitarme el olor a gasolina del cuerpo, y las marcas del hollín en las manos. 
El baño era compartido así que había que atravesar un largo pasillo oscuro con puertas de lado y lado.
Una vez terminado mi ritual de espuma, salí, con las chanclas mojadas, la ropa sucia en una bolsita de plástico, la cabeza envuelta en la toalla, dejando huellas de agua por todo el pasillo. Antes de llegar a la habitación, por llamar de alguna manera al hueco donde dormíamos, escucho un : “tsss tssss” que venia de una de las puertas del corredor. Me asomé y vi a una mujer esquelética de raza negra, sentada en el borde de la cama, tomando un trago de una botella de coca cola llena de un liquido transparente y fumando un cigarrillo, casi comiéndolo.

- ¿ No te da miedo quemarte?- me preguntó sin mirarme frente a un espejo sobre la pared.

- Disculpe, no entiendo- le respondí

- Te vi hacer malabares en el semáforo de la Atahualpa- me dijo, mirando mis chanclas y luego mi cabeza que goteaba agüita de un mechón de pelo que tenia suelto.

-Ahhh, claro, no, no me da miedo, hay que tener cuidado no mas- le dije, mientras me acomodaba el pelo para que no goteara.

-A mí no me gusta el fuego, solo el humo que deja- respondió, pegándose otro trago y arrugando la cara. Le sonreí, sin ganas solo para llenar el vacío, sin saber qué más decir. Mientras me despedí solo moviendo la cabeza, como los japoneses.

- Ven que te invito un trago, o te asusta mi cara- me dijo, riéndose, y tratando de esconder con los labios, los dientes que le faltaban.

- No, no, para nada- le dije. Y me senté en la cama frente a la suya.

- Gasolina de avión , le dicen, es trago para gente fuerte- dijo sonriendo y extendiéndome un vasito lleno. Solo con olerlo y todo el nombre tenia sentido. 

-Gasolina de avión- repetí despacio y lo tomé, sin respirar, solo cuando atravesó la traquea pude soltar ese aliento de dragón borracho- Fuerte esa huevada- le dije, haciendo señas con las manos de que no quería mas.

Se sirvió otro vaso y me extendió otro, ignorando mis gestos y mis notables ganas de volver a mi habitación. En ese momento ya me pesaba la enorme toalla que tenia en la cabeza, así que me la quité, y la deje alrededor de mi cuello. Para no mojar la cama.

-Ponte cómoda, todavía nos queda bastante- dijo ella con una voz más áspera.

Miré la botella de coca cola llena de ese trago diabólico y supe que esto iba para largo.
Hablamos de la calle, de los malabares, de los viajes, me contó que era de Esmeraldas, que vendía inciensos, de sus nietos, de sus hijos, le conté de los planes que tenia con mi amiga, de lo dura y dulce que puede ser una avenida.

Nos empezamos a poner sentimentales. Yo ya había acomodado mi espalda en la pared y el alcohol me pasaba sin mucho rogar. Ella ya sonreía sin taparse los dientes. Estábamos disfrutando el momento. Como dos amigas que se encuentran a los años.

-Te regalo estas 3 cajitas de incienso- me dijo mientras estiraba la mano- una para que te proteja en los viajes, otra para la salud, y otro para que no te falte sexo en la vida- me dijo.

Lanzamos una carcajada y brindamos otra vez. Se quedó callada un momento mirando la pared, y se apretaba los labios intentando no llorar, como una niña aguantado el berrinche.

-Yo no quería matarla. La mujer de mi hijo le puso los cachos, esa hijeputa lo cuerneó a mi bebé. Mi hijo es tranquilo, pero yo si le reclamé, y esa careverga se me reía, se me reía, se reía de mí , de mi hijo, de toda mi familia, que nos hemos sacado la chucha para sacarla del puente donde vivía. Somos pobres amiga, pero logramos levantar una casita entre todos. La cosa es que no soporté su risa. Porque no era ella, amiga, era el diablo que estaba en sus dientes ella es el diablo, y mi hijo no se merece tanta maldad. Así que agarré un cuchillo y le di su merecido, 3 veces le di, ‘tac, tac tac’, sin pena, y se me quedó ahí botada en el piso, llena de sangre- hubo un silencio largo- ¿Y sabe qué hizo esa desgraciada mientras me iba? ¿ 
Sabe qué hizo? Se me reía mi niña! A esta gallina vieja!- soltó de un tirón con una risa final macabra.

No dije nada, me senté recta en la cama pensando en la manera de irme, sin que se sintiera amenazada.intenté hablar sin saber qué decir para llenar el vacío y me interrumpió al segundo. Decía cosas que no entendía Hablaba mirando a la nada, movía las manos, conversaba con la pared y con todos los personajes de su historia, mientras lloraba y se reía sin parar.
De golpe dejó de llorar, se limpio la cara, y sin mirarme me dijo:
-Ándate , no te olvides de los inciensos, el primero es protección. Cogí mi bolsita de ropa sucia, mis inciensos y mi toalla. Salí de su habitación, las huellas y los charquitos de agua del pasillo ya habían desaparecido. Entré en la habitación como un zombie, mientras mi amiga dormía.
-Tenga cuidado con el fuego mi niña- escuché gritar desde esa otra habitación. Y cerré la puerta con llave. Al día siguiente ya se había ido. Pasé por su habitación y solo vi la botella de plástico vacía apoyada en la mesita de luz.
A pesar de toda la mezcla de sensaciones que tenia en el cuerpo, pude dormir sin problemas, seguramente por el alcohol. No le conté nada relevante a mi compañera de viaje, solo lo básico.
Volvimos a la Atahualpa a hacer lo nuestro, malabares pero sin fuego, no tiene sentido en la mañanas, así que usamos dos cadenas con tiritas de colores y unos banderines. juntamos la plata y volvimos al hotel a recoger las cosas, porque debíamos seguir el viaje.
En el bus camino a ya no recuerdo dónde, vi su imagen en una tienda en la carretera, la estaban buscando. No dejé de pensar en ella en todo el camino. Cuando llegamos a destino fui a la policía, hablé de lo que me había contado y de dónde la había visto por primera y ultima vez.

No me sentí ni más tranquila ni más aliviada, solo seguí. 
Convencí a mi amiga de ir a un hotel un poco mejor de lo que estábamos acostumbradas, dejamos las mochilas y de inmediato encendí un incienso de la primera cajita. Esperé que se consumiera todo y salimos a recorrer un poco la ciudad... Así seguimos por algunas semanas y poco a poco me fue pasando la angustia que se me había impregnado como humo en el cuerpo.

Volví a disfrutar del viaje y de conocer gente nueva.

Uno de esos tantos días , tuve algo de curiosidad y por la noche encendí uno de los inciensos de la tercera cajita. Al terminarse salimos al semáforo como siempre, no sé cuando ni cómo , solo sé que apareció en medio del ruido de los autos y las luces de la avenida. Era todo menos lindo, pero conectamos al instante, como un imán, casi sin hablar, bailamos una magia que no podría describir con palabras, así que no pasó mucho que terminamos en un motel cercano teniendo sexo toda la noche... luego desapareció perdiéndose entre la gente y la noche. Y sin amor ni nostalgia aún tengo intacto su aroma en mi piel. Como el humo, como el humo cuando muere el fuego.

Por Catalina Francisco


jueves, 19 de agosto de 2021

Amor a la mujer


Lo que me define fuertemente como mujer, más allá de mis genes, o  de la sabia biología que me dio forma, es mi nombre. Es el nombre que me eligieron – Noelia- y el que yo vuelvo a elegir cada día, porque ahí voy vertiendo el contenido acerca de mi identidad: tan única como cambiante, maleable y rígida, la que tiene la forma de un rompecabezas que se arma y desarma casi a diario. 

Con ese nombre, un sustantivo propio, elegido entre miles como miles de estrellas y de posibilidades, llega también  la maternidad. Un hecho bisagra que quebró mi vida: jamás imaginé que parir podía reiniciar mí sistema de creencias y de costumbres. 

La suerte se echó a mi favor: tuve dos hijos varones con los  que inicié su crianza en una lucha apasionada  que terminará el día que acabe mi vida. Lucha que doy a diario ( en una conversación con ellos en el que repiten axiomas como:

-Mamá, sos la mujer, vos tenes que cocinar- dijo el más chico mientras llegaba hambriento del colegio una tarde en la que yo recién llegaba de trabajar. 

Entre las paredes de mi casa vive una mujer que incansablemente defiende los derechos de las mujeres y busca cada día derribar un poquito la cultura en la que vivimos.

Pero para mejor aún, vivo con 3 personas del sexo opuesto, y ahí está la voz incansable de  sensibilizarlos e intentar ir contra el patriarcado.

Parece un acto de domesticación hacia el hombre, pero yo lo llamo amor a la mujer.

Cuando la mujer nace, ahí mismo la cultura imprime sobre ella infinidad de exigencias, las que intenta incansablemente ser cumplidas, para complacer a los demás, pero yo me pregunto: ¿Quiénes son los demás?, ¿Mi madre? , ¿Mis abuelos, mi novio, mi marido, mis hijos?

Desprenderme de eso tal vez, me lleve toda la vida, pero creo que lo peor aún es morir en el intento.

En el libreto de los mandatos, mi madre se empeñaba en mandarme a una escuela en la que aprendiera a bordar, a tejer. Después también le pedía a mi abuela que se ocupara de enseñarme a cocer en una vieja y ruda máquina a pedal, la Singer que más de una vez aplastaba mis cortos pies ahí debajo, cuando yo intentaba ganar velocidad en mis costuras.

O sino los domingos cuando me venía a buscar mi abuelo en un viejo Taunus verde y me decía con voz tierna:
-Noe, la harina está sobre la mesa, tu abuela te va a enseñar a hacer tallarines hoy- con su voz áspera pero amorosa. 

Entonces yo, genuino producto de la cultura patriarcal, niña  con nula capacidad de análisis, iba feliz con mi abuelo mirando por la ventanilla hasta llegar a su casa, y ahí me disponía a aprender cada domingo una receta nueva. Sean ravioles o un estofado de cordero o zapallitos rellenos. 

Ahora cada vez que paso a saludarla a mi abuela la escucho decir como un sermón:
- Nena no dejes que nadie le cocine a tu marido, yo te enseñe a cocinar de todo!  Mira que  a los hombres se los conquista con la panza llena..!

Y dos por tres ella misma, arremete con que mi marido está flaco:
-¿nena, vos le cocinas a tu marido?- dice con el ceño fruncido de la desconfianza a lo que siempre en actitud de sorpresa le respondo
-¿Por qué abuela?
. ¡Porque si no le cocinas se va a ir con otra!- remata y yo gruño y vuelvo a casa invadida por el enojo.

También iba a danzas, a vóley, a aprender inglés, a piano con mi seño Niní, y hasta hacer un curso intensivo en Olavarría a los 10 años mientras pasaba unas vacaciones de invierno ahí en la ciudad del cemento.

Claudia, mi madrina,  me anotó en un curso para aprender tarjetas españolas y exigía una prolijidad que yo ni por más que me concentrara demasiado, lo lograba. Contenta volví a casa a mostrar mis tarjetas porque sabía repujar el papel vegetal de maravilla. Ahí fue cuando me encomendaron hacerme todas las tarjetas para mi comunión, asique muchas tardes, al lado de la salamandra de mamá me sentaba al llegar de la escuela para cumplir con esa celebración.

Podría contar algunos aprendizajes más que, cosas que se hacen en el campo como macerar bondiolas y jamones en sal y demás, pero creo que fue suficiente.

Hoy no me enorgullece sentirme a veces mandrake, ese personaje fantástico de las tiras cómicas que resolvía absolutamente todo.  Yo tengo la salvedad  de que  no salí de una tira cómica y resolver casi todo en casa me agobia. 

Lejos de ser un mago surgido de un género de fantasía, saber hacer mucho y más  de lo impuesto, me estresa. Sin embargo, también me invita a una vida de fantasía. Algo podré crear con tantas enseñanzas, todavía quizá no lo sepa a ciencia cierta, pero sospecho que es algo distinto y al mismo tiempo,  una revancha propia. 


Por Noelia Chireni

Larry

Yo soy Larry. Tengo 75 años pero me siento tan bien de salud que hasta puedo hacer 10 kilómetros por día en la bicicleta. Pero otro ejercicio cotidiano que hago es pensar en mi vida pasada. Me pregunto si ¿He sido feliz? ¿He hecho feliz a los demás? Y sobre todo Larry
¿Qué espero de la vida a esta edad?

Creo que todas las preguntas me surgieron cuando la Sra. Smith vino a vivir a uno de mis departamentos. Ella es más o menos de mi edad y parece una buena persona. O eso me pareció al menos. Enviudó no hace mucho tiempo y siempre recordaba a su marido cuando tomábamos una taza de café que Lily -así se llama ella-me invitaba cada vez que iba a cortar el pasto en el patio contiguo de su casa. 

Tuvimos largas charlas acerca de mi familia, su hijo, su nuera y  amigos en California. También de los tiempos pasados en los cuales éramos felices caminando por la calle sin demasiados autos, yendo a ver una película una vez a la semana y oyendo las radio novelas, o los partidos de béisbol.

Su pasado no fue como el mío. Tuvo problemas con su marido ebrio y su hijo, según me confesó, jamás supo elegir su pareja. Su ex mujer lo dejó por otro hombre cuando cumplieron apenas dos años de matrimonio. También, los problemas laborales lo sumieron en depresiones cíclicas,  buscando trabajo, perdiéndolo y volviendo a mudarse a otra ciudad más atractiva del planeta, dijo ella, pero en realidad de los estados de California, Missouri y

Washington, este último con el infortunio de lluvias muy frecuentes.

Me siento afortunado de tener una historia más tranquila y estable. Crecí en el mismo estado que me vio nacer. Aprendí un oficio con mi padre que era obrero de la construcción en el que pude lograr un buen pasar económico para poder contar con algunos condominios hechos por mis propias manos en el vecindario. Gozo de una buena vida pero sin muchos lujos. Mi heladera no está repleta, pero siempre hay frutas y verduras de todos los colores y algunos distintos quesos holandeses que son mi devoción. Alcohol ya no bebo desde los años en que iba a bailar el jazz con mis amigos de la secundaria. El único permitido son los quesos. No tengo mascotas porque un poco me recuerdan a los años con Carol y muchas veces me digo qué tal vez es mejor no recordar tanto. 

Mi esposa fue una mujer encantadora y una excelente madre. Tengo la imagen de ella a la mañana bien temprano poniéndose el sobretodo y saliendo a caminar por el parque con las primeras luces de la mañana. También con olores a inciensos que se mezclaban con la salsa que preparaba con 2 o 3 horas de anticipación y usaba un secreto de paprika que había heredado de su abuela húngara.
A pesar de algunas desavenencias durante tantos años de casados, nuestro amor se fortaleció con los años como un viejo roble y cuando murió, tal vez estuve un par de meses de riguroso luto, pero reconocí que no había demasiados remordimientos para hacerme aunque podría haber sido menos cuidadoso con el dinero y haberla llevado a conocer New York, como ella me pedía. Jamás lo hice. Creo que me equivoqué. 

Al principio pensé que Lily Smith podría ser una buena compañera en la última etapa de mi vida y traté de visitarla seguido con la excusa de arreglar su jardín. Tenemos casi la misma edad, es una mujer inteligente que tiene devoción por conocer el mundo. Hasta le hubiera ofrecido hacer un viaje a New York e ir de paseo a la Estatua de la Libertad, que mi hijo considera que es lo más Kitsh que se puede hacer en esa ciudad, pero que a Lily le encantaría.

No tarde mucho en darme cuenta que ella si bien disfrutaba de mi compañía, siempre en algún momento cuestionaba la ciudad y a su familia. Incluso de la propia casa que yo le alquilaba. Siempre parada en la falta. En lo que no hay: ni shoppings, ni cines grandes, ni nada. Que no le gusta utilizar los autobuses porque son para negros y para discapacitados, que su hijo y su nuera no se preocupan por ella y no la visitan. Por último, empezó a quejarse del alquiler y de que la casa que habitaba no era tan cómoda. 

Traté de disuadirla y de decirle que en el verano entrante le haría mejoras a la casa y a la caldera. Pero no hubo caso, ella quería volver a California. Pero no a la California de los estudios de cine ni de las playas, sino del interior chato y arenoso. Por último, traté de hablar con su hijo Joe. Me acerqué un día que había ido a cenar con su madre y su mujer, Jill. Pero no tuve el coraje de acercarme. En un momento ví, como ella lloraba, Joe se agarraba la cara con las manos y se echaba para atrás y Jill gritaba, asustada. No me pareció justo entrar en ese momento y lo dejé pasar. 

Cuando llegó el último día, pasé por su casa y le pregunté: -Me escribirás Lily? Ya sabes dónde vivo, estaré esperando noticias tuyas.

-Sí, claro, te escribiré sin duda pero ten en cuenta que no soy una persona que vuelve sobre sus propios pasos- remató con una frase que sonó tajante y me desconcertó , ¿qué habría querido decir? ¿Que no iba a volver por aquí? ¿O que nuestra relación estaba acabada? No lo sé pero continúo pensando que en algún momento, cuando esté regando los jardines, encontraré una carta de ella dentro del buzón rojo y tal vez sea mi oportunidad para invitarla a recorrer Nueva York.

Por María Fernanda Arias Núñez

martes, 3 de agosto de 2021

Un secreto bien guardado

 A veces creo que me está mirando. Yo me quedo mirándolo fijo también, jugando ese juego del que parpadea primero pierde. Mi mamá me dice que deje de ver películas de terror, que me hacen la cabeza, pero yo creo que él necesita contarme un secreto. 

-Tomás, estás grande ya para los soldaditos- me dice también. Pero yo sigo jugando con él, y pienso que va a ser hasta que me cuente el secreto. Él es Saol, mi guardián imperial. Cuando lo encontramos guardado en el altillo, a mi mamá le pareció peligroso que yo jugara con él. Era más chico además, y es cierto que tiene una espada medio puntiaguda que le puede sacar un ojo a alguien. Pero yo prometí que sería muy cuidadoso, y ella no estuvo convencida pero aceptó. Peor fue cuando nació el hincha bolas de mi hermanito. Mi mamá se puso re protectora, escondió todos los objetos filosos, tapó las puntas de los muebles. Ahí Saol corrió peligro, lo tuve que esconder por meses, y jugamos en ese tiempo a que se escondía del enemigo, como en la guerra. Después mi mamá se calmó y lo pude dejar en una repisa. Ahora mi hermano tiene seis y yo once. Algunas veces intenta jugar con él pero yo le digo que es peligroso, que algún día. Ni loco se lo presto. Después me río porque yo a su edad re jugaba con Saol. 

Lo que hace más especial a Saol es que era de mi abuelo. Lo encontré en una caja vieja cuando nos mudamos a la que había sido su casa. Estábamos ordenando el altillo, había mucho para ordenar, mi abuela había acumulado mucha porquería, se quejaba mi mamá. Parece que ellos habían sido medio ricos, no sé bien, ella no habla mucho de mis abuelos, menos de mi abuelo, que parece que lo dejó de ver, desapareció, o algo así.  

Mientras ordenábamos continuaba con su queja, que yo no ayudaba, que mi papá no la ayudaba y la verdad que ya para entonces no lo veíamos mucho a mi papá. Pero bueno, yo estaba ahí con ella y encontré esa caja con algunas cosas en las que estaba Saol. Ahí mi mamá dijo: ‘ah, esa porquería de tu abuelo’, y yo me sentí fascinado enseguida. Venía con una tarjeta que estaba escrita con una letra manuscrita de esas re prolijas, de persona de antes. Yo apenas estaba aprendiendo a leer entonces, así que le pedí a mi mamá que me la leyera. La tarjeta decía: ‘usted se ha encontrado con Saol, el guardián imperial. Su suerte desde ahora ha cambiado.’

‘Siempre tan infantil', dijo mi mamá, y soltó la tarjeta, que giró varias veces antes de aterrizar en el piso. ‘Guau’, pensé yo, y desde entonces viví encantado con la figura de mi abuelo. Debió ser un hombre increíble. 

Al fin había dejado de llover. Esa podía ser una buena noticia, pero no para Antonio. Como trabajaba en la calle lustrando zapatos, los días de lluvia eran felices para él. Pero esa mañana la madre lo levantó temprano, como siempre que había que ir a trabajar. 

Las cosas todavía no se acomodaban para su familia, la cual había migrado desde España con la esperanza de un mejor futuro. Su padre había muerto de gripe española unos años antes y desde entonces, según su mamá, él era ‘el hombre de la casa’, frase que le repetía justamente cada mañana, como una especie de motivación.

‘Hombre de la casa con pantalones cortos’, pensó Antonio mientras caminaba rumbo a la esquina donde trabajaba cada día.

Lo único bueno para él de esa caminata era que pasaba por un puesto donde vendían juguetes. A veces se quedaba mirándolos un buen rato y su preferido era un soldadito de plomo de unos 10 centímetros, uniformado, con una espada de 5 centímetros en la mano, y en una pose que indicaba que estaba listo para la batalla. Siempre que lo miraba sentía que él le correspondía. ‘Como si tuviera algo que contar’, pensaba. 

De tantas veces que había pasado, el vendedor ya lo conocía y lo saludaba amablemente. 

A veces hasta lo dejaba agarrar alguno de los juguetes unos minutos, pero jamás se había animado a pedir el soldadito, lo admiraba ocultamente. 

Ese día, pasó como siempre por el puesto. El vendedor lo saludó: 

-Hola, Antonio, ¿cómo andas? Hace días que no te veía. 

Antonio le respondió tímidamente: - sí, la lluvia… 

-Pues claro… tengo una sorpresa para ti. Me dijeron que cumples doce años, todo un hombre.

Ese momento estuvo en la mente de Antonio durante toda su vida. A su corta edad, todavía no había reflexionado sobre  lo que era el destino, la suerte, y todos sus derivados, pero ya entonces supo que había algo más controlando el ritmo de las cosas. 

-Se llama Saol, es un guardián imperial- dijo el vendedor, y le dio el soldadito. 

Antonio no lo podía creer. Lo agarró con cuidado y trató de disimular las lágrimas que estaban por caer de sus ojos. 

-Me parece que se quiere ir contigo. Cuídalo mucho, y cuidado con la espada, aunque un caballero como tú seguro sabe cómo manejarla. 

Mientras se alejaba, apoyó despacio el dedo índice sobre la punta filosa.

‘Cuidado con la espada….’ pensó irónicamente. 

Ese fue el primer día que Antonio se sintió grande, aunque fuera con pantalones cortos. 


Manuel insiste en que quiere jugar con Saol. Siempre quiere lo que es mío, lo odio.
Por suerte Saol está a salvo, lejos de sus manos, en la repisa. Igual Saol no jugaría con él, es MI protector. Jugamos mucho juntos, es que él gana todas las guerras. La Primera Guerra Mundial, que es una guerra que parece que fue re importante. Eso lo aprendí cuando mi papá se fue. Ese día, mi mamá le tiró todo a la calle. Después de eso subió a su cuarto, creo que llorando, y yo aproveché a salir y ver sus cosas, porque mi papá era muy reservado y no sabía qué tenía. Y bueno, justo entre sus cosas había una colección de libros sobre guerras, y estaba esta guerra, que justo fue la que Saol ganó. Yo ya más o menos había aprendido a leer, y me llevé a escondidas uno de los libros. Tenía muchas imágenes, como las que ya había visto en los libros de cuentos pero más vivas. Eran todas en blanco y negro, de soldados, tanques, ciudades destruidas. Meses después, cuando mi mamá encontró el libro, por supuesto me dijo que no era un libro para mí, que era muy violento y se lo llevó. Y también me contó que mi bisabuelo luchó en esa guerra.  Capaz Saol vino de ahí, pensé yo. Ahora estoy seguro. 

La foto que recuerdo que más me impactó fue una donde había gente despidiendo a los soldados que se iban. Algunas mujeres se ve que lloran, tienen pañuelos de tela en la mano. Yo entiendo porque a mí me pasa que cuando tengo que dejar a Saol en la repisa porque mi mamá dice que es peligroso para Manuel, me da una sensación rara y quiero llorar un poquito. Por suerte sé que él está ahí y me vigila. Que me mira con esos ojos que, yo sé, quieren confesar algo. 

 

Fue un buen día para Antonio. No solo por el regalo que recibió, también fue un buen día porque tuvo mucho trabajo y, principalmente, porque no llegó Marco a presionarlo. 

Marco era un tano unos años mayor que él, bastante bien vestido, y que se creía el dueño de las esquinas. Siempre presionaba a los trabajadores pidiéndoles una parte de lo ganado. Si no pagaban, les mandaba a su bandita. Así, su banda y él no tenían que trabajar jamás, y se decía que poco a poco se estaban volviendo ricos a costa de los pobres. 

 Antonio siempre tenía que darle una parte, y cuando lo hacía sentía algo dentro suyo, algo crecía como un globo. Eran tiempos difíciles y no estaba para regalarle parte de su esfuerzo a nadie. 

Cuando se hizo hora de irse a casa, Antonio decidió pasar por el parque. Se sentó en un banco y sacó a Saol del bolsillo. Admiró lo brillante que se veía, su hermosa espada y esa mirada que tenía algo guardado para él. No podía creer lo afortunado que era. Jugó un rato con él a que combatían en la Gran Guerra, que él la conocía bien porque sabía que su padre había estado ahí. Siempre le pareció muy desafortunado que hubiera podido regresar para morirse poco después por una peste. Secretamente hubiera preferido que muriera con gloria. 

Estaba anocheciendo, así que decidió regresar a su casa. Guardó a Saol en el bolsillo, tomó la caja de lustrar zapatos y empezó a caminar. No había dado muchos pasos cuando le gritaron:

-Antonito, ¿come stai?

Antonio se paró en seco. Cómo odiaba el acento ese. 

Creo que el peor momento que pasamos con Saol fue cuando mi mamá vino a contarnos que estaba esperando a Manuel. Yo estaba sentado en mi pieza, y estábamos con Saol en plena batalla cuando vino con voz de buena a decirme. Hacía poco se había ido papá y ella tenía un amigo con el que salía mucho. Parece que juntos habían decidido traer a Manuel. Justo en ese momento, con Saol estábamos en el fuerte que yo había construido para él con ladrillitos. Cuando me contó, yo no respondí nada. Mi mamá se acercó, me acarició la cabeza y se fue. Entonces Saol empujó con su espada una de las paredes del fuerte y después otra y otra. Se cayeron todas y algunas del golpe contra el piso se desarmaron. Odiaba enojarme con Saol pero se había pasado, así que lo dejé en la repisa y me fui a ver tele. El enojo me duró varios días, nunca nos habíamos enojado tanto, pero después entendí que él es un guerrero, que era su forma. 

El segundo peor momento fue cuando Manuel nació, porque ahí mi mamá quiso llevarse a Saol. Decía que era inseguro un objeto tan cortante si había un bebé. Yo me puse a llorar. Mi mamá murmuró algo así como que cómo podía estar apegado a algo tan violento. Se estaba por ir cuando intenté sacárselo de la mano de prepo. Calculé mal y me corté el dedo. Entonces dejé de llorar, para que no pensara que estaba llorando por el corte. Me salió un poquito de sangre, pero no mucha. Lo más cortante de la espada de Saol no era el filo sino la punta.  Mi mamá me mandó a los gritos al baño a lavarme mientras se llevaba a Saol. Después de eso no lo vi por varios meses. 

Antonio se dio vuelta rápidamente. Si bien le temía a Marco por ser más grande en físico y edad, ese día sintió alivio. Evidentemente algo diferente había en Antonio porque Marco retrocedió unos pasos cuando lo vio venir. 

-Hace días no te veía- dijo con su acento difícil de seguir -Me debes bastante.

-Casi no pude trabajar estos días.- le respondió Antonio, y su tono estaba lejos de querer acompañar una excusa. 

Ahora Marco avanzaba más hacia él. Antonio dudó un momento, como si el miedo hubiera querido interponerse por última vez entre él y todo lo que acababa de decidir que le correspondía.  Entonces metió la mano en el bolsillo. Los dos muchachos ahora estaban frente a frente.

-Mirá, Tano. Tengo una propuesta. No te puedo pagar ahora todo eso que querés, no trabajé nada. Pero tengo algo para compensarte-  Entonces sacó a Saol. Marco lo miró con desconfianza. -Es una reliquia. Tiene una gran historia, escuchá: Era de mi papá-resaltó con un tono confesional- parece que se lo dieron cuando estuvo combatiendo en la guerra. Él no pudo volver, sabés… pero un amigo sí, y me lo trajo como recuerdo. Parece que vale una guita eh. Lo podés vender, empeñar, qué se yo... o jugar con él. -dijo, cambiando a un tono sobrador esta última frase. 

Marco se acercó aún más. Antonio se puso el juguete sobre la palma de la mano y la alzó a la altura de la cara de Marco, quien acercó un ojo para revisarlo más en detalle. Quizás lo acercó demasiado. 

En una semana cumplo doce años. Quería hacer una fiesta pero Manuel necesita aparatos, dice mi mamá, y no podemos gastar de más. Cuando le conté a Saol no le gustó nada y me miró con esa mirada de que, yo sé, me quiere contar algo. Decidimos hacerle una visita a Manuel. 

Antonio corrió por las calles empedradas como nunca en su vida. Jamás miró atrás, y, aunque nunca hubo indicios de que alguien lo persiguiera, a él le emocionó pensar que sí. Entró al conventillo donde vivía y fue directo al baño. Sacó a Saol del bolsillo y con su pañuelo limpió la punta de la espada para que quedara impecable. Salió del baño silbando bajito, luciendo a Saol como un trofeo y fue a su cuarto. Ahí estaba su madre, quien, con una sonrisa, le indicó que mirara sobre su cama, donde estaban esperándolo extendidos unos hermosos pantalones largos, recién planchados. 

Me acerco en silencio a la pieza de Manuel. Él está en la cama, bien sentado contra el respaldo, dibujando. Cuando entro se pone contento de verme. Después baja la mirada y ve que tengo a Saol en la mano. A mí me incomoda un poco que se diera cuenta pero trato de que no se me note. 

-Mirá lo que te traje-  Me pongo a Saol sobre la palma de la mano y la extiendo para que lo vea mejor. Él sigue sentado en la misma posición.

Sus ojos se mueven entre la sospecha y la alegría, o al menos yo lo siento así. Me acerco un poco más, mi mano está casi sobre su cara. Entonces bajo la mirada y veo el dibujo que estaba haciendo antes de que yo llegara. Somos él y yo, vestidos de soldados, sosteniendo  largas espadas, y también está Saol. Está dibujado tal cual pero su mirada es distinta. Eso me hace sonreír por alguna razón. Me distraigo y mi mano se afloja, la dejo caer y, sin querer, tiro el juguete, que cae sobre mi hermano pero, por suerte, cae de una manera que no lo pincha. Levanto a Saol inmediatamente. 

-Por eso es que tenés que tener cuidado, ves- le digo a Manuel mientras se me pasa el susto y me siento a su lado. Él me mira como pidiendo permiso para agarrarlo y se lo entrego, le digo que a cambio me llevo su dibujo. Él se ve feliz. 

-No le digo nada a mamá, eh- le digo guiñándole el ojo antes de dejar la pieza.

Mientras me alejo pienso qué verá él en los ojos de Saol, si es que también encontrará algún secreto bien guardado.

Por Jesi Schechtel 



 

miércoles, 21 de julio de 2021

Vitamina D

El efecto de la vitamina D sobre un auto sin futuro que reposa como una piedra que ignora el tiempo.  

La sombra de un árbol de piel quemada como un flash, pero no le importa, volverá a cambiar de piel. 

El rebote de los rayos que caen sobre el asfalto, también parte de la naturaleza, como el color de la chatarra. 

Los grafitis en las paredes, ¿de quiénes son los grafitis? ¿De quiénes son las paredes? 

Apoyarse sin moverse, ¿para qué? Ahí entra la pregunta por el sentido, ¿es un auto o una chatarra? ¿Y yo?

La ventaja de nombrar las palabras con la boca es que rara vez alguien se detiene a corregirte un error de ortografía. 

La oralidad en la calle también es parte de la naturaleza, como todo, y como casi todo se nombra, la poecia también. 


Por Fede Ramponi

miércoles, 14 de julio de 2021

Cactus

Navidad 2019. Tuve suerte de no lastimarme las manos al abrir un papel colorido en una bolsita simpática que guarda las espinas más hirientes de la infancia.  “Un cactus, me regaló un cactus”, pensé, mientras mi cara torcida de agradecimiento forzaba una sonrisa confusa. En el rincón de la barra de la cocina quedó desde entonces, como esos recuerdos que parecen congelados y cada tanto salen como sombras dentro de lo oscuro a desplegarse con voz de túnel.  Quieto, claro, es que ¿existe algo más inmóvil que un Cactus?  Me pinché una, otra vez, hasta que decidí no pasar más por ese sector. Es el terreno de la herida irremediable, además pobre pero es horrible. En realidad ahora que lo miro no es tan feo. Tiene la forma antipática de esas plantas decoradas para personas sin emociones. Una base de arcilla fulera como un sauna y unas piedritas organizadas que pretenden ser la naturaleza, naturaleza manoseada y encerrada. Uno de esos adornos tristes que hacen todo para no abrir las ventanas, mirar la copa de los pinos o volar en pupilas naranjas junto al vuelo de los pájaros. Las espinas parecen grandes agujas tensas que duelen de solo mirarlas.  Así también duele la indiferencia y el maltrato de un hermano diez años mayor que nunca me quiso.

Por Sofía Schnack

miércoles, 7 de julio de 2021

Mi última noche en el Titanic

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 ¿Será de familia? Me pregunto. Si esta noche fuera la última de mi vida me compraría una botella de Johnnie Walker y juro por mis ancestros que me la bajo completita. Me emborracho hasta la muela para esperar el viaje. Digo esto porque la noche anterior a la muerte de mi viejo lo escuché deambular por la cocina. Recuerdo que abrió la heladera, se sirvió un Fernet, le puso un susto de soda y se lo tomó de un trago.

-Ahora sí. Tenía algo acá- se pasó la mano por la garganta- y después me dijo -es para el viaje- Dio la media vuelta. A paso lento. Arrastro sus pies. Se apoyo unos segundos en la pared, camino hasta la silla. Ahí se detuvo, inhaló una larga y entrecortada respiración inflando su pecho. Tomo fuerza. La energía necesaria para mantenerse de pie. Mi hermano se le acercó, lo sostuvo del brazo. Se tambaleó. Me paré. Levantó sus cansados ojos negros y con la mirada me paró en seco.

-Yo puedo solo- murmuró entre dientes y atravesó el largo pasillo hasta llegar a su habitación. Se acostó y nunca más se levantó. 

No sé ¿Será de familia? La none me contó que su abuelo murió en el Titanic. O sea, mi tatarabuelo. Carlo Codarini se llamaba. Me imagino que también se tomó algo esa trágica noche. Pero Carlo seguro que se re mamó antes de morir. Vos sabes que cuando veo la película lo encuentro en la cubierta vestido con un sobretodo negro sin salvavidas, pero aferrado a una botella de Bourbon en una mano y con la otra abrazado a un músico. Al violinista, creo. Él sabe que va a morir, pero lo hará con una sonrisa en su rostro. Feliz. Bueno. Quizá no tanto. Pero lo más importante es que no intentará conseguir un bote a cualquier precio. Haciendo las cosas más bajas que un ser humano puede hacer: Matar, traicionar, venderse. No, nada de eso. Zafó de la guerra, porque no lo mataron, y no mató a nadie, pero no pudo escapar del transatlántico.  El que también pudo zafar de la guerra fue mi bisabuelo, pero este fue porque se rajó después de la citación. Desertó. Se vino para estas tierras escapando y en busca de un futuro mejor. Como tantos inmigrantes. Tan lindo era esa época que había trabajo, comida, joda, bailes y bellas mujeres. Conoció a una joven camarera, que trabajaba en “La Pebeta” una tangueria de San Telmo. Una noche la vio bailando y se perdió entre sus piernas. Su corazón latió al ritmo del 2 por 4. Se enamoró. Tuvieron una niña producto de ese amor. El tema es que se olvidó de la otra familia. De la familia que dejó en Udine, en Italia. Mi abuela viajó en barco durante meses para reencontrarse con su añorado padre. Tan solo una niña. Llegó a un desconocido continente con otro idioma y otras costumbres. Dejó atrás su sueño, su hogar, su lengua y su identidad. Si. Su nombre también. Lo escribieron en un papel, lo hicieron un bollito y lo arrojaron al mar.

 -¿Cómo te llamas? - le preguntó a la niña un pelado regordete encargado de migraciones. 

-Giovanna Codarini- respondió la none y el administrativo arrugo la entrecejo.

-¿Cómo? ¿Giovanna?- se la quedó mirando fijamente.- Ese nombre no existe en Argentina- se llevó su mano izquierda al mentón con su derecha agarro su lapicera y luego de tomarse un mate sentencio -  De ahora en más te vas a llamar Juana Codarini- 

-¿Juana Codarini? Se preguntó la niña por dentro. Las hermanas más pequeñas llevaron la misma suerte. A Ide la rebautizaron con Aida y a Hute como Asunción. Después de una semana en nuestro país se reencontraron con su padre y se toparon de lleno con la sorpresa. Linda sorpresa. 

- ¡Boludo, Hijo de puta! - fue lo primero que aprendió de nuestro idioma. Mi bisabuelo también murió borracho.

-Bevo per annegare i dolori- decía, Bebo para ahogar las penas, pero yo creo que estas mal paridas aprendieron a nadar. Se ve que al viejo le seguía gustando la joda y terminó enrolado en una riña a la salida de una tanguería en La Boca. Le metieron un puntazo en la panza.

¿Sera de familia? Me pregunto de vuelta. Casualidad o no, en cine canal en este preciso instante están pasando Titanic. Me sirvo una medida de caballito blanco. Me saco los zapatos, apoyo mis pies sobre la mesita ratona y antes de darle el primer sorbo, levanto la copa, luego mis ojos y me digo:
-¡Salud! Por si esta noche me voy de viaje.


Por Facundo Quiroga

jueves, 17 de junio de 2021

Cocina

Todos los domingos cocinaba mi papá. Era parte de un folclore irrenunciable.No por obligación, sino que se trataba de su único día libre. Yo lo recuerdo recién bañado, con ese olorcito a jabón, la brisita de la mañana y esa quietud dominguera con toda la energía limpia y recargada para su ritual culinario. Jamás pregunté qué haría de comer porque por lo general eran platos complicados, o al menos así sonaban.

Mi papá, un filipino ex marino mercante, pasó largos años de su vida en el mar, era radio operador de barcos, “la mano derecha del capitán”, me soplaron por ahí y yo inflaba el pecho orgullosa por mi working class Hero. Pero mi orgullo por mi papá me nace de otro lado, más de adentro, más de las tripas, digamos que justo en el centro, ahí mismo de donde nace el hambre.

Del mar aprendió que la soledad y la nostalgia se eliminan con el acto de cocinar: un solo plato de comida puede transportarte a lugares inimaginables, hacer revivir momentos y devolverte amores. Todas las alegrías guardadas se concentran en la boca como un condensador de flujo para viajar en el tiempo, ese paso acuoso de memoria y vida, porque comer es eso, vida.

Él siempre nos contaba que cuando no trabajaba se refugiaba en la cocina. Siempre rotaban de cocinero: un día un alemán, otro día un colombiano, otro un chino, un gringo, y así un desfile larguísimo de banderas. De ahí conoció desde un suculento ajiaco a un delicado y sabrosisimo zongzi, o una paella, o pa el y pa todos. Porque como humorista es el mejor chef.
Me gusta pensar que los años que no pudo estar con nosotros de niños, los pasó aprendiendo del arte culinario para llenarnos por dentro tanto tiempo de ausencia.

Los domingos cocinaba mi papá y los sábados por la noche ya me roncaba la panza de imaginar la mesa llena de colores, del humito danzando espirales por cada rincón de la casa en ese festín de fuego, chispas y cacerolas.

Cada ingrediente picado en un plato, hasta la pizca invisible de sal. La cocina era su laboratorio, su salón de química para la pura alquimia. De experimentos siempre exitosos que aplaudíamos en silencio con los ojos cerrados, saboreando hasta los dientes, para terminar con un gran y sincero: “mmmmh! estuvo riquísimo”, decíamos con aliento a ajo mientras apoyamos la espalda en la silla y nos frotábamos la barriga como agradeciendo al genio. Él,desde su silla en una esquina, respondía con cara de falso desánimo:

‘’ Si pero no salió como quería, es más rico todavía’’ o alguna de esas frases de abuelita

modesta.

Mi papá es mi cocinero preferido aunque ya no cocine más . Y esa mesa larga, vieja y café que ya no existe será siempre mi restaurante favorito. Hace un tiempo tuve un sueño en que uno de esos tantos domingos llegó a casa un francés, con una cajita que apenas la abrió, salió una estrellita, toda cubierta en fuego, la estrella olía a ajo y del humo se dibujaban todavía 3 estrellas más. Eran tres Michelin para papá, y yo sonreí.


Por Cata Francisco


viernes, 4 de junio de 2021

La desertora

Sentía que lo amaba pero algo me empujó a abandonarlo. Sí, eso fue un abandono. Lo abandoné como cuando abandonan perritos recién nacidos en una caja de cartón al borde de la ruta, o como cuando abandonan a los viejos en el asilo, como cuando abandono un libro unas 20 páginas antes del final por miedo a que no me guste el desenlace.

Martín se llamaba. Puedo escuchar su risa contagiosa. Él estaba solo y yo no tuve piedad. Era un perturbado. De esos a los que, con total acierto, la gente llama loco de remate. Y yo lo sabía. Me mostró su locura el primer día que lo conocí. 

Su melena llena de rulos, sus ojos color verde atigrados, y sus mejillas llenas de pecas, resaltan  en su cara esquelética por efecto de la cocaína. Era hermoso por todos lados. 

Yo era apenas una adolescente llena de inocencia. Pero conocí a Martín y me enamoré, y sigo todavía sin entender cómo él también se enamoró de mí. Sin embargo, lo abandoné.  No sé qué fue lo que le atrajo de mi vida odiosamente normal. De mi vida sosa de chica de clase media que transcurre sin ningún sobresalto. Sólo me tenía que ocupar de tener buenas notas en el colegio. Desde que nací, mi futuro estuvo resuelto. No me faltaba nada. Cuando egresara, me iba a ir a estudiar abogacía al departamento familiar de Mar del Plata para volver a Urdampilleta a trabajar en el buffet de mis padres, los únicos dos abogados del pueblo. Yo iba a ser la tercera. Me casaría, seguramente tendría dos hijos. Almorzaría los domingos en familia asado o tallarines con tuco. Trabajaría de lunes a viernes hasta las dos de la tarde. Saldría a caminar para mantenerme en forma con la botellita de agua por la circunvalación del pueblo.  Y punto.  Pero llegó Martín. Llegó en un auto último modelo color rojo fuego con sus padres jóvenes y bajó en la puerta del secundario. Eran porteños. Tenían toda la guita. Dejaron todo, compraron varias hectáreas de campo y se mudaron al pueblo para tener una vida más tranquila, o al menos eso se comentaba.  Yo me preguntaba quién en su sano juicio elegiría esta vida de mierda. Aburrida. En la que vivíamos 10 gatos locos y nunca pasaba nada. Y si pasaba, no querrías ser el protagonista para no estar en la boca de todo el mundo, del pequeño mundo que es mi pueblo. 

Martín tenía onda de rockstar y de falopero. Y una onda que demostraba que todo le chupaba un huevo. Tenía tatuajes por todas partes. Hasta en el cuello. Después descubrí que hasta en el culo. Se convirtió en el más odiado por las maestras de la escuela, y por los padres de todos los adolescentes del pueblo. No había quien no te dijera: “Que bicho raro ese muchachito que vino de la capital, tené cuidado”. Incluso un día me lo dijo Elena, la almacenera, mientras barría la vereda. 

Parecía tener todo el tiempo ganas de morirse. Sobredosis, accidentes de auto, de moto, caídas letales. Pero él se mataba de risa. No hacía otra cosa que no fuera quilombo. Yo le tenía miedo. Nunca me acerqué a él hasta que la de naturales nos puso a hacer un trabajo en grupo. Que obviamente, lo hice yo sola. Lo odié, odié su ego de porteño que cree que se las sabe todas, que por tener plata y fumarse un porro se cree el más piola de todos. No me quedaba callada ante sus insultos. Llegué un día a pegarle una cachetada cuando se hizo el gracioso mientras yo hacía el trabajo. Lo desconcerté, y tuve miedo de que me la devolviera. Pensé que se iba a enojar. Pero el muy infradotado se rió. Me sacaba de quicio. Se vivía matando de risa con carcajadas que sonaban irónicas. 

Esa noche, me invitó a salir.


- Pero es lunes- le dije.

- ¿Y qué tiene? 

-¿Cómo querés que salga de mi casa?

Me desafió. Yo no tenía ganas de salir con ese idiota pero le quería cerrar la boca. Me escapé de mi casa por la ventana rogando a dios, a la virgen maría, y a todos los santos que mis padres no me descubran. Yo era la hija perfecta. No me podían encontrar escapándome un lunes por la noche con Martín, el más peligroso del pueblo. 

Cuando lo vi esperándome en la esquina con su moto me mojé toda. Esa noche se me abrió un mundo. Conocí a Martín enserio. Ese pibe desfachatado estaba lleno de monstruos. Con él conocí los excesos. Y conocí el dolor en primera persona. Era un alma muerta que solo vivía por la noche para estar conmigo. También conocí el placer. Exploró todo mi cuerpo y yo el suyo. Me desabrochó los breteles de toda mi inocencia. Recorrí con mi lengua las cicatrices de su espalda y las quemaduras de sus piernas. Conocimos el sumun del deseo. Pero lo abandoné. Lo abracé tantas veces con tanta fuerza que sentí que algún día podría quebrarlo. No me es posible hacer un recuento de todas las veces que tuve que limpiar sus lágrimas, ni que tuve que lavarle sus puños ensangrentados. Pero lo abandoné. Sabía por qué se habían mudado a Urdampilleta. Sabía que esos dos jóvenes no eran sus padres. Me lo contó todo. Pero lo abandoné. Lo amaba. No se si era amor sano o amor tóxico, solo sé que lo amaba. Sin embargo ya saben. Me contó el origen de cada una de sus heridas. Me mostró el infierno. Pero lo abandoné. Un día decidí no salir más por la ventana y escuchar el motor de la moto desde mi cama. Me toco mientras pienso en él. Pero lo abandoné. Me fui. Mi lengua nunca más volvió a sentir ese sabor a hierro que sentía al recorrer la sangre de su espalda. Nunca más sentí calor. Vi en él una obra de arte acabada, donde se fundían el cielo y el infierno con una delicadeza total. Pero, como les digo, lo abandoné.

Nunca más me puse a mirar atrás, seguí mi vida con la sumisa frialdad de los hábitos, hasta que esta mañana me llegó un mensaje suyo donde me juzga por lo que soy: la desertora. Por Penélope Newbery

jueves, 3 de junio de 2021

Cementerio virtual

Me asomo entre las plantas de un verde luminoso y de pronto se abre un precipicio con un lago artificial que parece una pantalla led inmensa.  Siento un vértigo que me estremece y enseguida me alejo. 

Me aterra que no haya regreso, pero más me aterra que no haya nadie. Palpar el vacío. Sin embargo siempre hago una prueba que se repite en todos mis sueños que es intentar volar. El recurso es sencillo: levanto los brazos, hago fuerza y descubro que sí, que floto en el aire, que mis brazos ejercen una repetición liviana y me elevo como un globo aerostático. Y en ese trance estoy cuando me doy cuenta que es un sueño y me entrego para disfrutarlo completamente.

Me libero de toda la tensión, juego con lo inexistente. Recreo escenarios deseados, abrazo personas que quiero abrazar y digo un montón de cosas ridículas: sé todo el tiempo que estoy soñando.

Aparecen entre acantilados de ese paisaje mesitas de bar, personas sentadas, música, puestos de comida. Están todas las personas con barbijo.

Recuerdo que yo siempre te contaba de eso, que cuando me aterro hago el movimiento leve de los brazos y si la ley de gravedad no me retiene, me libero onírica para volver de este lado, desde donde te estoy escribiendo y ya sabes del modo en que le temo a la muerte. Así que me asomo tras las luces verdes de las plantas, miro al abismo y me arrojo.

Ya desperté, quedate tranquila.

Me encantaría tener esta conversación con vos en ese piso trece tras las espaldas de la Catedral, con esas torres aún no construidas  y los murciélagos que entran justo antes de que el sol ilumine el convento de las monjas del Renault 12, ¿te acordas? Cómo bailaban con los perros, y lo que siempre nos preguntamos ¿Cómo no se quitan los atuendos? ¿Cómo hacen y qué habrá debajo con treinta y tres grados de calor? Nunca logramos verles el pelo, pero si los pies. Se quitaban los zapatos apenas el portón las aislaba del mundo.

Hace tiempo quiero hablarte de esto ¿Te acordas cuando te tiré la idea de armar un cementerio virtual?  Fue hace más de veinte años. Estábamos en ese piso trece que era mi guarida, mi departamento primero al que llegué eyectada por un núcleo familiar que estallaba de delirio. Y mientras preparábamos algún trabajo práctico para presentar, te miré con ojos de gran idea y empecé a delinear todo un plan macabro. Aun no existía Facebook, ni Twitter, ni Instagram. Qué decir, aún no existía el msn ni Hotmail.  Todavía no había llegado el primer celular con forma de zapato del agente 86. Yo regresaba de viajar por primera vez de Ecuador y quería irme para siempre, pero no lo hice y se me ocurrió eso. Te lo propuse seriamente, como cuando se habla con frente para arriba y se aseveran las líneas que marcará luego el tiempo.

Un cementerio virtual. Aún ni los blogs existían. Teníamos alguna empresa que nos proporcionaba internet y era todo muy nuevo. Vos, que siempre me seguías en todas, no dudaste un segundo en subirte a mi cabalgata desopilante y me contaste que tenías familiares dueños de una empresa mortuoria. Entonces, esa noche, vos y yo comenzamos el plan marketinero ¿Cómo sería un cementerio virtual? Rodeamos la mesa, pusimos  los papeles en el centro y comenzamos a anotar ocurrencias. -  Un lugar donde todas las personas puedan dejar sus mensajes, palabras, recuerdos - un terreno virtual pago- dijiste.
Si hay algo que nunca supe hacer es cobrar algo -ya lo sabemos- pero jugaba a hacerme la empresaria con vos y no sé por qué con un tema tan hostil como la muerte.  Vos tenías más temple de clin caja, y yo era una nostálgica a cuerda. Teníamos veinte años y éramos dos mujeres niñas jugando en la madrugada.  Pensamos en el diseño del sitio, el nombre, el logotipo.  Queríamos trasladar la escena de un pasto seco o esas cenizas que cayeran deseadas a un espacio físico, concreto, cargado de presente. Esa noche nos sentimos como Einstein develando el primer chispazo del choque de cobre a cobre. Lo más lindo de nuestra amistad es que no importaba quien deliraba primero porque  la otra la seguía a ojos cerrados. A veces la amistad es así de entera.

Ahora estoy en una calle de Villa Elisa e intento regresar a mi casa. Hago unos pasos y de repente todo se vuelve un bosque púrpura y oscuro pero con luces estridentes. Un espacio selvático absolutamente ajeno pero bello. La angustia no tarda en explotar por dentro. Miro hacia atrás y no hay nada ¿Cómo llegué acá? ¿En qué momento estoy acá? ¿Qué es este lugar?  Apenas es un encierro maravilloso.   Por Sofía Schnack

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