miércoles, 21 de julio de 2021

Vitamina D

El efecto de la vitamina D sobre un auto sin futuro que reposa como una piedra que ignora el tiempo.  

La sombra de un árbol de piel quemada como un flash, pero no le importa, volverá a cambiar de piel. 

El rebote de los rayos que caen sobre el asfalto, también parte de la naturaleza, como el color de la chatarra. 

Los grafitis en las paredes, ¿de quiénes son los grafitis? ¿De quiénes son las paredes? 

Apoyarse sin moverse, ¿para qué? Ahí entra la pregunta por el sentido, ¿es un auto o una chatarra? ¿Y yo?

La ventaja de nombrar las palabras con la boca es que rara vez alguien se detiene a corregirte un error de ortografía. 

La oralidad en la calle también es parte de la naturaleza, como todo, y como casi todo se nombra, la poecia también. 


Por Fede Ramponi

miércoles, 14 de julio de 2021

Cactus

Navidad 2019. Tuve suerte de no lastimarme las manos al abrir un papel colorido en una bolsita simpática que guarda las espinas más hirientes de la infancia.  “Un cactus, me regaló un cactus”, pensé, mientras mi cara torcida de agradecimiento forzaba una sonrisa confusa. En el rincón de la barra de la cocina quedó desde entonces, como esos recuerdos que parecen congelados y cada tanto salen como sombras dentro de lo oscuro a desplegarse con voz de túnel.  Quieto, claro, es que ¿existe algo más inmóvil que un Cactus?  Me pinché una, otra vez, hasta que decidí no pasar más por ese sector. Es el terreno de la herida irremediable, además pobre pero es horrible. En realidad ahora que lo miro no es tan feo. Tiene la forma antipática de esas plantas decoradas para personas sin emociones. Una base de arcilla fulera como un sauna y unas piedritas organizadas que pretenden ser la naturaleza, naturaleza manoseada y encerrada. Uno de esos adornos tristes que hacen todo para no abrir las ventanas, mirar la copa de los pinos o volar en pupilas naranjas junto al vuelo de los pájaros. Las espinas parecen grandes agujas tensas que duelen de solo mirarlas.  Así también duele la indiferencia y el maltrato de un hermano diez años mayor que nunca me quiso.

Por Sofía Schnack

miércoles, 7 de julio de 2021

Mi última noche en el Titanic

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 ¿Será de familia? Me pregunto. Si esta noche fuera la última de mi vida me compraría una botella de Johnnie Walker y juro por mis ancestros que me la bajo completita. Me emborracho hasta la muela para esperar el viaje. Digo esto porque la noche anterior a la muerte de mi viejo lo escuché deambular por la cocina. Recuerdo que abrió la heladera, se sirvió un Fernet, le puso un susto de soda y se lo tomó de un trago.

-Ahora sí. Tenía algo acá- se pasó la mano por la garganta- y después me dijo -es para el viaje- Dio la media vuelta. A paso lento. Arrastro sus pies. Se apoyo unos segundos en la pared, camino hasta la silla. Ahí se detuvo, inhaló una larga y entrecortada respiración inflando su pecho. Tomo fuerza. La energía necesaria para mantenerse de pie. Mi hermano se le acercó, lo sostuvo del brazo. Se tambaleó. Me paré. Levantó sus cansados ojos negros y con la mirada me paró en seco.

-Yo puedo solo- murmuró entre dientes y atravesó el largo pasillo hasta llegar a su habitación. Se acostó y nunca más se levantó. 

No sé ¿Será de familia? La none me contó que su abuelo murió en el Titanic. O sea, mi tatarabuelo. Carlo Codarini se llamaba. Me imagino que también se tomó algo esa trágica noche. Pero Carlo seguro que se re mamó antes de morir. Vos sabes que cuando veo la película lo encuentro en la cubierta vestido con un sobretodo negro sin salvavidas, pero aferrado a una botella de Bourbon en una mano y con la otra abrazado a un músico. Al violinista, creo. Él sabe que va a morir, pero lo hará con una sonrisa en su rostro. Feliz. Bueno. Quizá no tanto. Pero lo más importante es que no intentará conseguir un bote a cualquier precio. Haciendo las cosas más bajas que un ser humano puede hacer: Matar, traicionar, venderse. No, nada de eso. Zafó de la guerra, porque no lo mataron, y no mató a nadie, pero no pudo escapar del transatlántico.  El que también pudo zafar de la guerra fue mi bisabuelo, pero este fue porque se rajó después de la citación. Desertó. Se vino para estas tierras escapando y en busca de un futuro mejor. Como tantos inmigrantes. Tan lindo era esa época que había trabajo, comida, joda, bailes y bellas mujeres. Conoció a una joven camarera, que trabajaba en “La Pebeta” una tangueria de San Telmo. Una noche la vio bailando y se perdió entre sus piernas. Su corazón latió al ritmo del 2 por 4. Se enamoró. Tuvieron una niña producto de ese amor. El tema es que se olvidó de la otra familia. De la familia que dejó en Udine, en Italia. Mi abuela viajó en barco durante meses para reencontrarse con su añorado padre. Tan solo una niña. Llegó a un desconocido continente con otro idioma y otras costumbres. Dejó atrás su sueño, su hogar, su lengua y su identidad. Si. Su nombre también. Lo escribieron en un papel, lo hicieron un bollito y lo arrojaron al mar.

 -¿Cómo te llamas? - le preguntó a la niña un pelado regordete encargado de migraciones. 

-Giovanna Codarini- respondió la none y el administrativo arrugo la entrecejo.

-¿Cómo? ¿Giovanna?- se la quedó mirando fijamente.- Ese nombre no existe en Argentina- se llevó su mano izquierda al mentón con su derecha agarro su lapicera y luego de tomarse un mate sentencio -  De ahora en más te vas a llamar Juana Codarini- 

-¿Juana Codarini? Se preguntó la niña por dentro. Las hermanas más pequeñas llevaron la misma suerte. A Ide la rebautizaron con Aida y a Hute como Asunción. Después de una semana en nuestro país se reencontraron con su padre y se toparon de lleno con la sorpresa. Linda sorpresa. 

- ¡Boludo, Hijo de puta! - fue lo primero que aprendió de nuestro idioma. Mi bisabuelo también murió borracho.

-Bevo per annegare i dolori- decía, Bebo para ahogar las penas, pero yo creo que estas mal paridas aprendieron a nadar. Se ve que al viejo le seguía gustando la joda y terminó enrolado en una riña a la salida de una tanguería en La Boca. Le metieron un puntazo en la panza.

¿Sera de familia? Me pregunto de vuelta. Casualidad o no, en cine canal en este preciso instante están pasando Titanic. Me sirvo una medida de caballito blanco. Me saco los zapatos, apoyo mis pies sobre la mesita ratona y antes de darle el primer sorbo, levanto la copa, luego mis ojos y me digo:
-¡Salud! Por si esta noche me voy de viaje.


Por Facundo Quiroga

jueves, 17 de junio de 2021

Cocina

Todos los domingos cocinaba mi papá. Era parte de un folclore irrenunciable.No por obligación, sino que se trataba de su único día libre. Yo lo recuerdo recién bañado, con ese olorcito a jabón, la brisita de la mañana y esa quietud dominguera con toda la energía limpia y recargada para su ritual culinario. Jamás pregunté qué haría de comer porque por lo general eran platos complicados, o al menos así sonaban.

Mi papá, un filipino ex marino mercante, pasó largos años de su vida en el mar, era radio operador de barcos, “la mano derecha del capitán”, me soplaron por ahí y yo inflaba el pecho orgullosa por mi working class Hero. Pero mi orgullo por mi papá me nace de otro lado, más de adentro, más de las tripas, digamos que justo en el centro, ahí mismo de donde nace el hambre.

Del mar aprendió que la soledad y la nostalgia se eliminan con el acto de cocinar: un solo plato de comida puede transportarte a lugares inimaginables, hacer revivir momentos y devolverte amores. Todas las alegrías guardadas se concentran en la boca como un condensador de flujo para viajar en el tiempo, ese paso acuoso de memoria y vida, porque comer es eso, vida.

Él siempre nos contaba que cuando no trabajaba se refugiaba en la cocina. Siempre rotaban de cocinero: un día un alemán, otro día un colombiano, otro un chino, un gringo, y así un desfile larguísimo de banderas. De ahí conoció desde un suculento ajiaco a un delicado y sabrosisimo zongzi, o una paella, o pa el y pa todos. Porque como humorista es el mejor chef.
Me gusta pensar que los años que no pudo estar con nosotros de niños, los pasó aprendiendo del arte culinario para llenarnos por dentro tanto tiempo de ausencia.

Los domingos cocinaba mi papá y los sábados por la noche ya me roncaba la panza de imaginar la mesa llena de colores, del humito danzando espirales por cada rincón de la casa en ese festín de fuego, chispas y cacerolas.

Cada ingrediente picado en un plato, hasta la pizca invisible de sal. La cocina era su laboratorio, su salón de química para la pura alquimia. De experimentos siempre exitosos que aplaudíamos en silencio con los ojos cerrados, saboreando hasta los dientes, para terminar con un gran y sincero: “mmmmh! estuvo riquísimo”, decíamos con aliento a ajo mientras apoyamos la espalda en la silla y nos frotábamos la barriga como agradeciendo al genio. Él,desde su silla en una esquina, respondía con cara de falso desánimo:

‘’ Si pero no salió como quería, es más rico todavía’’ o alguna de esas frases de abuelita

modesta.

Mi papá es mi cocinero preferido aunque ya no cocine más . Y esa mesa larga, vieja y café que ya no existe será siempre mi restaurante favorito. Hace un tiempo tuve un sueño en que uno de esos tantos domingos llegó a casa un francés, con una cajita que apenas la abrió, salió una estrellita, toda cubierta en fuego, la estrella olía a ajo y del humo se dibujaban todavía 3 estrellas más. Eran tres Michelin para papá, y yo sonreí.


Por Cata Francisco


viernes, 4 de junio de 2021

La desertora

Sentía que lo amaba pero algo me empujó a abandonarlo. Sí, eso fue un abandono. Lo abandoné como cuando abandonan perritos recién nacidos en una caja de cartón al borde de la ruta, o como cuando abandonan a los viejos en el asilo, como cuando abandono un libro unas 20 páginas antes del final por miedo a que no me guste el desenlace.

Martín se llamaba. Puedo escuchar su risa contagiosa. Él estaba solo y yo no tuve piedad. Era un perturbado. De esos a los que, con total acierto, la gente llama loco de remate. Y yo lo sabía. Me mostró su locura el primer día que lo conocí. 

Su melena llena de rulos, sus ojos color verde atigrados, y sus mejillas llenas de pecas, resaltan  en su cara esquelética por efecto de la cocaína. Era hermoso por todos lados. 

Yo era apenas una adolescente llena de inocencia. Pero conocí a Martín y me enamoré, y sigo todavía sin entender cómo él también se enamoró de mí. Sin embargo, lo abandoné.  No sé qué fue lo que le atrajo de mi vida odiosamente normal. De mi vida sosa de chica de clase media que transcurre sin ningún sobresalto. Sólo me tenía que ocupar de tener buenas notas en el colegio. Desde que nací, mi futuro estuvo resuelto. No me faltaba nada. Cuando egresara, me iba a ir a estudiar abogacía al departamento familiar de Mar del Plata para volver a Urdampilleta a trabajar en el buffet de mis padres, los únicos dos abogados del pueblo. Yo iba a ser la tercera. Me casaría, seguramente tendría dos hijos. Almorzaría los domingos en familia asado o tallarines con tuco. Trabajaría de lunes a viernes hasta las dos de la tarde. Saldría a caminar para mantenerme en forma con la botellita de agua por la circunvalación del pueblo.  Y punto.  Pero llegó Martín. Llegó en un auto último modelo color rojo fuego con sus padres jóvenes y bajó en la puerta del secundario. Eran porteños. Tenían toda la guita. Dejaron todo, compraron varias hectáreas de campo y se mudaron al pueblo para tener una vida más tranquila, o al menos eso se comentaba.  Yo me preguntaba quién en su sano juicio elegiría esta vida de mierda. Aburrida. En la que vivíamos 10 gatos locos y nunca pasaba nada. Y si pasaba, no querrías ser el protagonista para no estar en la boca de todo el mundo, del pequeño mundo que es mi pueblo. 

Martín tenía onda de rockstar y de falopero. Y una onda que demostraba que todo le chupaba un huevo. Tenía tatuajes por todas partes. Hasta en el cuello. Después descubrí que hasta en el culo. Se convirtió en el más odiado por las maestras de la escuela, y por los padres de todos los adolescentes del pueblo. No había quien no te dijera: “Que bicho raro ese muchachito que vino de la capital, tené cuidado”. Incluso un día me lo dijo Elena, la almacenera, mientras barría la vereda. 

Parecía tener todo el tiempo ganas de morirse. Sobredosis, accidentes de auto, de moto, caídas letales. Pero él se mataba de risa. No hacía otra cosa que no fuera quilombo. Yo le tenía miedo. Nunca me acerqué a él hasta que la de naturales nos puso a hacer un trabajo en grupo. Que obviamente, lo hice yo sola. Lo odié, odié su ego de porteño que cree que se las sabe todas, que por tener plata y fumarse un porro se cree el más piola de todos. No me quedaba callada ante sus insultos. Llegué un día a pegarle una cachetada cuando se hizo el gracioso mientras yo hacía el trabajo. Lo desconcerté, y tuve miedo de que me la devolviera. Pensé que se iba a enojar. Pero el muy infradotado se rió. Me sacaba de quicio. Se vivía matando de risa con carcajadas que sonaban irónicas. 

Esa noche, me invitó a salir.


- Pero es lunes- le dije.

- ¿Y qué tiene? 

-¿Cómo querés que salga de mi casa?

Me desafió. Yo no tenía ganas de salir con ese idiota pero le quería cerrar la boca. Me escapé de mi casa por la ventana rogando a dios, a la virgen maría, y a todos los santos que mis padres no me descubran. Yo era la hija perfecta. No me podían encontrar escapándome un lunes por la noche con Martín, el más peligroso del pueblo. 

Cuando lo vi esperándome en la esquina con su moto me mojé toda. Esa noche se me abrió un mundo. Conocí a Martín enserio. Ese pibe desfachatado estaba lleno de monstruos. Con él conocí los excesos. Y conocí el dolor en primera persona. Era un alma muerta que solo vivía por la noche para estar conmigo. También conocí el placer. Exploró todo mi cuerpo y yo el suyo. Me desabrochó los breteles de toda mi inocencia. Recorrí con mi lengua las cicatrices de su espalda y las quemaduras de sus piernas. Conocimos el sumun del deseo. Pero lo abandoné. Lo abracé tantas veces con tanta fuerza que sentí que algún día podría quebrarlo. No me es posible hacer un recuento de todas las veces que tuve que limpiar sus lágrimas, ni que tuve que lavarle sus puños ensangrentados. Pero lo abandoné. Sabía por qué se habían mudado a Urdampilleta. Sabía que esos dos jóvenes no eran sus padres. Me lo contó todo. Pero lo abandoné. Lo amaba. No se si era amor sano o amor tóxico, solo sé que lo amaba. Sin embargo ya saben. Me contó el origen de cada una de sus heridas. Me mostró el infierno. Pero lo abandoné. Un día decidí no salir más por la ventana y escuchar el motor de la moto desde mi cama. Me toco mientras pienso en él. Pero lo abandoné. Me fui. Mi lengua nunca más volvió a sentir ese sabor a hierro que sentía al recorrer la sangre de su espalda. Nunca más sentí calor. Vi en él una obra de arte acabada, donde se fundían el cielo y el infierno con una delicadeza total. Pero, como les digo, lo abandoné.

Nunca más me puse a mirar atrás, seguí mi vida con la sumisa frialdad de los hábitos, hasta que esta mañana me llegó un mensaje suyo donde me juzga por lo que soy: la desertora. Por Penélope Newbery

jueves, 3 de junio de 2021

Cementerio virtual

Me asomo entre las plantas de un verde luminoso y de pronto se abre un precipicio con un lago artificial que parece una pantalla led inmensa.  Siento un vértigo que me estremece y enseguida me alejo. 

Me aterra que no haya regreso, pero más me aterra que no haya nadie. Palpar el vacío. Sin embargo siempre hago una prueba que se repite en todos mis sueños que es intentar volar. El recurso es sencillo: levanto los brazos, hago fuerza y descubro que sí, que floto en el aire, que mis brazos ejercen una repetición liviana y me elevo como un globo aerostático. Y en ese trance estoy cuando me doy cuenta que es un sueño y me entrego para disfrutarlo completamente.

Me libero de toda la tensión, juego con lo inexistente. Recreo escenarios deseados, abrazo personas que quiero abrazar y digo un montón de cosas ridículas: sé todo el tiempo que estoy soñando.

Aparecen entre acantilados de ese paisaje mesitas de bar, personas sentadas, música, puestos de comida. Están todas las personas con barbijo.

Recuerdo que yo siempre te contaba de eso, que cuando me aterro hago el movimiento leve de los brazos y si la ley de gravedad no me retiene, me libero onírica para volver de este lado, desde donde te estoy escribiendo y ya sabes del modo en que le temo a la muerte. Así que me asomo tras las luces verdes de las plantas, miro al abismo y me arrojo.

Ya desperté, quedate tranquila.

Me encantaría tener esta conversación con vos en ese piso trece tras las espaldas de la Catedral, con esas torres aún no construidas  y los murciélagos que entran justo antes de que el sol ilumine el convento de las monjas del Renault 12, ¿te acordas? Cómo bailaban con los perros, y lo que siempre nos preguntamos ¿Cómo no se quitan los atuendos? ¿Cómo hacen y qué habrá debajo con treinta y tres grados de calor? Nunca logramos verles el pelo, pero si los pies. Se quitaban los zapatos apenas el portón las aislaba del mundo.

Hace tiempo quiero hablarte de esto ¿Te acordas cuando te tiré la idea de armar un cementerio virtual?  Fue hace más de veinte años. Estábamos en ese piso trece que era mi guarida, mi departamento primero al que llegué eyectada por un núcleo familiar que estallaba de delirio. Y mientras preparábamos algún trabajo práctico para presentar, te miré con ojos de gran idea y empecé a delinear todo un plan macabro. Aun no existía Facebook, ni Twitter, ni Instagram. Qué decir, aún no existía el msn ni Hotmail.  Todavía no había llegado el primer celular con forma de zapato del agente 86. Yo regresaba de viajar por primera vez de Ecuador y quería irme para siempre, pero no lo hice y se me ocurrió eso. Te lo propuse seriamente, como cuando se habla con frente para arriba y se aseveran las líneas que marcará luego el tiempo.

Un cementerio virtual. Aún ni los blogs existían. Teníamos alguna empresa que nos proporcionaba internet y era todo muy nuevo. Vos, que siempre me seguías en todas, no dudaste un segundo en subirte a mi cabalgata desopilante y me contaste que tenías familiares dueños de una empresa mortuoria. Entonces, esa noche, vos y yo comenzamos el plan marketinero ¿Cómo sería un cementerio virtual? Rodeamos la mesa, pusimos  los papeles en el centro y comenzamos a anotar ocurrencias. -  Un lugar donde todas las personas puedan dejar sus mensajes, palabras, recuerdos - un terreno virtual pago- dijiste.
Si hay algo que nunca supe hacer es cobrar algo -ya lo sabemos- pero jugaba a hacerme la empresaria con vos y no sé por qué con un tema tan hostil como la muerte.  Vos tenías más temple de clin caja, y yo era una nostálgica a cuerda. Teníamos veinte años y éramos dos mujeres niñas jugando en la madrugada.  Pensamos en el diseño del sitio, el nombre, el logotipo.  Queríamos trasladar la escena de un pasto seco o esas cenizas que cayeran deseadas a un espacio físico, concreto, cargado de presente. Esa noche nos sentimos como Einstein develando el primer chispazo del choque de cobre a cobre. Lo más lindo de nuestra amistad es que no importaba quien deliraba primero porque  la otra la seguía a ojos cerrados. A veces la amistad es así de entera.

Ahora estoy en una calle de Villa Elisa e intento regresar a mi casa. Hago unos pasos y de repente todo se vuelve un bosque púrpura y oscuro pero con luces estridentes. Un espacio selvático absolutamente ajeno pero bello. La angustia no tarda en explotar por dentro. Miro hacia atrás y no hay nada ¿Cómo llegué acá? ¿En qué momento estoy acá? ¿Qué es este lugar?  Apenas es un encierro maravilloso.   Por Sofía Schnack

martes, 25 de mayo de 2021

Un tipo desconocido

Anoche soñé algo totalmente ridículo y absurdo. Son de esos sueños que no podés contarle a nadie porque inmediatamente después de soltarlo te sentís un estúpido. Como si estuvieran destinados a morir en las paredes de mi intimidad. Recuerdo que apenas me levanté aún podía recordar pasajes mientras me recorría por las tuberías del cuerpo una extraña sensación de frustración. Me avergonzaba el hecho de tener que repetirlo en mi cabeza en cualquier momento del día, porque era inquietante, pero a la vez ínfimo y estéril. Casi como un mosquito molesto, pero ni siquiera quiero darle tanta entidad. Igual debo decir que estaba ahí y se aparecía sin generar nada en particular en mí. Solo como una presencia fugaz y sin sentido. Así era el sueño: un tipo que siempre llega antes que yo a todos lados y consigue las cosas que yo quiero antes que yo. El tipo hace todo lo que yo quiero hacer pero antes, y lo más terrible es que es muy parecido a mí, es como yo, se viste igual, lleva puestos los mismos anteojos, pero llega antes.

Un tipo que no es real ni es falso, ¿qué es? ¿Y si ese tipo soy yo? ¿Qué es lo que quiere decirme? ¿Por qué me persigue y lo hace delante mío? y deja que lo vea, pero me ignora, y a su vez tiene lo que yo quiero y hace lo que me gustaría hacer. Cuando era más chico no soñaba con este tipo de estupideces insignificantes. Era más simple, solo quería jugar. Ahora que me doy cuenta, ya no soy un niño y tengo más preguntas que antes, más dudas y menos tranquilidad. Ensimismado, es probable que yo haya creado a este tipo y ya sé porqué. Porque todo el tiempo yo, es mucho.

En el verano leí a Whitman, ya sé que en verano es más fácil leerlo, pero a veces quisiera tener a mano más frases como esta: “Me gusta ver entre los árboles el juego de luces y de sombras cuando la brisa agita las ramas”. O una todavía mejor y más fascinante: “Yo soy el que camina por la noche que empieza y que se agranda, y grito al mar y a la tierra perdidos en la noche como yo” ¿Sabés qué quiero? yo quiero eso, quiero deambular en silencio y descansar sobre el lomo de un árbol viejo. Quiero tener una segunda vida, y que venga pronto, ni bien prepare la mochila, ni bien salga afuera y conozca a alguien, a alguien que me sorprenda, ni bien me pierda por ahí perdiendo también la esperanza, esa diosa amable que me prefiere esperando, sentado y solo, esperando en el reposo absoluto de los recuerdos.

 

Por Fede Ramponi 

 

sábado, 15 de mayo de 2021

Restaurante

Suena el teléfono fijo y adivino que es mi viejo. Atiendo, hablamos tres minutos, y cuelgo. Es domingo y viene en viaje para salir a almorzar conmigo. Sí, 600 km para un almuerzo. Es en las salidas a comer afuera donde él es ese padre y yo soy esa hija que desearía que seamos siempre. 

Esta vez el plan es ir a un bodegón. “Lo de Julio” se llama. La elección se basa en la recomendación de un amigo suyo. Le dijo que ahí se come rico, barato y abundante. Cumple con las máximas que definen a un buen restaurante. 

Con mi padre se almuerza a las 12 y se cena a las 9. No hay medias tintas, ni lugar a la queja.  El reloj marca las 11:55 y ya estoy parada en la puerta esperando que pase por mí. Cuando llega, le doy un beso frío y partimos a lo de Julio. Es un lugar bien grande, lleno de mesas cuadradas de madera con manteles a cuadrillé rojo y amarillo como la bandera de España. Sillas rojas cubiertas de cuero. Hay poca ventilación y poca luz. Hace calor. Hay hasta un tufo de calor y encierro. Del techo cuelgan esos ventiladores como los del secundario, que si se desprenden te arrancan la cabeza. De las paredes color mostaza cuelgan unos cuadros con fotos de todos los famosos que pasaron por este mismo comedor: de Néstor Kirchner a Luciana Salazar sonríen desde la pared con los ojos brillosos deseándonos un buen apetito.

El fetiche para mi viejo fue infalible: cómo no ir al mismo lugar en el que se sentó Diego Armando Maradona. 

-El menú estrella es la parrillada con fritas o las pastas caseras,- nos dice el mozo. Yo prefiero las pastas, pero decido acompañar a mi papá con la parrillada. Se pone contento que coma carne y lo noto en cómo se irgue en la mesa como si fuera a izar la bandera orgulloso.  

Mi papá me habla pero yo estoy en otro planeta. En este almuerzo no alcanzamos la conexión de siempre. Es mi culpa. No puedo sacarle la vista de encima al viejo que está sentado solo delante nuestro. La gente que sale a comer sola me da pena. Más pena todavía, me da si son viejos o viejas. Veo retratado en ellos el sumun de mis miedos: atravesar la vejez en soledad. 

El viejo que tengo enfrente almorzando me despierta algo más que pena. La palabra es asco. Tiene una cara monstruosa con algunos signos de perversión. Los pómulos filosos y una barba sucia color mugre.  

Creo que se da cuenta que lo miro y no puedo parar de mirarlo. Tiene cara de triste. Los ojos grandotes se le caen como vencidos, tiene labios cortados por el frío, y la piel arrugada como acordeón que delata su edad. Tiene puesta una remera blanca que la falta de lavado la vuelve negra, un jean tan roto que deja entrever un slip azul gastado, y unas ojotas. 

Lo veo absorto en su frenética acción de sacarse los mocos, observarlos y luego comérselos. Lo hace con una concentración digna de admiración, como si hiciera una obra de orfebrería. 

Un impulso hace que me pare de golpe. Camino en dirección al baño sólo para pasar más cerca de él.  Y confirmo mi horror. Huele a podrido, a excremento de adulto, a perro muerto, a cloaca. No puedo evitar taparme la nariz. Que pendeja maleducada que soy, pienso, pero no saco la mano de mis fosas nasales. En vez de seguir caminando me quedo parada y lo miro fijamente a los ojos. Él creo que no se da cuenta, está abyecto, perdido en su degustación grosera, pero yo tengo un deseo inexplicable de que me mire.

Agudizo la vista y veo moscas revoloteando alrededor de su cabeza. Mosquitas de esas pequeñas que se amontonan cuando hay fruta podrida. Por su pelo canoso y largo, caminan piojos al borde de explotar después de haberle chupado toda la sangre a ese pobre hombre. Las orejas, las tiene llenas de cera. Las uñas largas y bien gruesas, con tierra dentro. Los ojos….  Siento que alguien me toca el hombro.

-Ya está la comida-, me dice mi padre. Me siento en la mesa y me sirvo en el plato unas papas fritas y un chinchulín.

-¿Se puede saber que te pasa? Me dice con un tono más alto.

¿Será vagabundo? Pobre Roberto, tiene cara de Roberto. Capaz en este bodegón le dan de comer a ese tipo de gente. Me parece bien. Pero para qué lo sientan donde estamos todos. Van a espantar a los clientes. Seguro que no tiene hijos. Seguro que se va a pedir unas pastas. 

Sí, le sirvieron un plato de fideos con salsa. Los empieza a comer con las manos como un animal. Se le caen algunos fideos al piso y él los levanta con la mano y los come. Los aniquila en una milésima. Tenía hambre. Pobre Roberto. No creo que tenga trabajo. Ni amigos. Cómo podría alguien soportar su olor. Pobre Roberto, me digo como un lamento de mi subconsciente.  

Intento probar bocado, pero un subidón de energía hace que me pare de nuevo. Esta vez corro directamente hasta donde está él y lo abrazo. Lo aprieto fuerte,  fuerte. Estoy agitada pero no puedo parar, ese olor y ese espectáculo ya no puedo soportarlo, no aguanto su presencia, ni que no me dirija su mirada. Lo aprieto más. Estamos Roberto y yo, solos, nadie nos mira, ni siquiera mi padre que está en el cénit con su parrillada. 

Cuando Roberto por fin me mira a los ojos siento saber quién es. Lo aprieto aún más fuerte. Los labios morados y el cuerpo helado me indican que pare. Siento placer en que sufra como me hizo sufrir a mí aquella noche. Después, el cuerpo se resbala inerte hasta el piso y yo corro por la avenida. Corro hasta llegar a esa esquina para saber si así fue. Sí realmente es. Justo en la esquina hay un hueco que brilla por su ausencia.   Por Pepy Newbery


lunes, 10 de mayo de 2021

La faeneada

Todavía los resabios de la hiperinflación se hacían sentir en casa. La convertibilidad sólo había acomodado a algunos en el pueblo, pero el resto seguía intentando sobrevivir con lo poco que le valía la plata. En mi casa éramos unos de esos, un puñado de niños para alimentar con poca plata.

Yo era uno de ellos, tenía cinco años. Ya estaba bien entrado el otoño porque las hojas de los árboles se ponen amarillas y rojas en la orilla del río. El pueblo se tiñe de distintos tonos cobrizos que se mezclan con la aridez de las montañas. Es mi época favorita del año. El viento helado empieza a meterse por debajo del cuello de la camisa y te endurece las orejas y la nariz.

Recuerdo que esa mañana me despertó el valar de los cabritos y las voces apuradas de hombres. Solo reconocí la de mi papá. Era bien temprano porque mi hermano que iba a la escuela aun no se había levantado y roncaba en la cama de al lado. Miré por la ventana y vi mi papá en el patio, con otros hombres, carneaban los cabritos y repartían las partes debajo del nogal. Todo un ritual.

Trabajaban satisfechos, pero a contrarreloj. Se les notaba el nerviosismo y la adrenalina en los ojos, la sangre en las manos y los cuchillos, las vísceras de los animales en unas palanganas. Apenas alguno se aseguraba su parte se iba presuroso y así cada vez iban quedando menos.

Lo de mi mamá atendiendo a la policía y mintiéndole, lo entendí ya de grande. El asunto era que como salía muy caro comprar carne en el mercado o en el matadero, algunas personas se juntaban y compraban el ganado directamente a los campesinos de la zona. Luego carneaban los animales y se los repartían. Salía mas barato, pero esa práctica era ilegal; el ganado no había pasado por ningún control bromatológico o municipal y por eso la policía había llegado a casa.

-Que acá no carneamos ningún animal. Que seguro que se dejan llevar por los chismes de los vecinos. Que si no trae una orden del juez a mi casa ustedes no van a entrar. Que ahora ya no pueden hacer lo que se les dé la gana- y el sonido del portazo.  

Mis padres discutieron un rato y después se abrazaron. No los vi abrazarse muchas veces en mi vida. Pero en ese momento corrí a sumarme yo también al abrazo y formar una especie de árbol.

¿Qué hacés despierto? Andá a ponerte algo en los pies – me recriminó mamá.

Recuerdo que ese día comimos un asado. El primer asado después de mucho tiempo de comer arroz con cebolla y sopa de verdura con fideos munición. Papá prendió el fuego y yo estuve todo el tiempo al lado de él que me explicaba cómo se ponía un cabrito en la cruz, que a las llamas queda mas rico que a las brasas, que un poquito de harina para que quede crocante el cuerito.

La policía dio vueltas a la manzana todo el día, yo creo que en el fondo querían que los invitemos a comer aunque no tengan la orden del juez para entrar.


Por Marcos Gutiérrez

 

viernes, 19 de marzo de 2021

Tolosa mi refugio

Tolosa es mi refugio, una especie de guarida que se extiende metros adentro de un pulmón de manzana con tonos gris y verde. Éste es mi lugar en el mundo. Un epicentro barrial sin tanto edificio nuevo, ni ruido a motor de auto o tanto empleado público apurado por llegar vaya a saber a dónde. Mi barrio es una especie de búnker que me protege de todo aquello que desprecio o me pone de mal humor. Acá, el canto de los pájaros hace que el día arranque placentero y silvestre. Que a uno le den ganas de salir a la calle a enfrentar la vida sin más que lo puesto. Sus veredas son anchas e invitan a patearlas, pero hay que estar atentos: la mayoría de las baldosas están rotas y nos escupen cuando llueve. Los perros y gatos también son genios y figuras por estos lados. Tienen dueños, pero no. Tienen casa, pero varias. No tienen exclusividad: comen acá, comen allá, se dejan acariciar por el viejo Manuel, como por una nena de 6 años que todas las tardes sale con su madre a tomar mate afuera. La gente mayor que vive en Tolosa es feliz o por lo menos así me gusta pensarlo. En la esquina de casa vive una viejita que tiene la sonrisa grabada en la cara. Llena de arrugas, medio encorvada, jamás la escuché quejándose de algo.

Recorro con mi mente cada rincón y me doy cuenta que mi querido barrio también me permite llevar adelante rituales que sanan, que calman, y también me energizan. Algunas veces, cuando ando medio caído de ánimo, me voy hasta la esquina de la calle 5 y 528 donde hay un mural de “La Guardia Hereje”. Por lo general me compro una birra en el kiosco que está justito enfrente, me siento a mirar esa hermosa calavera tanguera y quedo en silencio varias horas; quizás tarareando alguna letra de Alorsa, quizás esperando alguna respuesta a una muerte tan temprana, tan injusta, tan dolorosa. Casi siempre lloro un rato y pasado unos minutos, ya estoy más liviano; como en paz con la vida, con mi viejo y conmigo mismo.

Otra cosa que me gusta de Tolosa son esas casitas con patio al frente. Son patios donde no abundan los metros cuadrados, pero sí el verde, las flores y las sillas playeras. Me encanta cuando paso caminando y los veo habitados por sus dueños que, mate va, mate viene, charlan sobre fútbol, política y otras yerbas en un modo filosófico con el entrecejo fruncido.

Otra cosa que me apasiona de mi barrio es su buen oído para la música. Muy de vez en cuando se puede escuchar algún reguetón saliendo de alguna ventana que da a la calle, pero a menudo suena, sobre todo los fines de semana, mucho de nuestro querido rock nacional: Fito, el Flaco, Charly, Los Redondos o Ciro son algunos de los artistas que le ponen sonido y cariño a mi querida Tolosa. Para mí los vecinos son como una parte de la familia. Cuando veo a alguien que se lleva mal con su vecino, veo lo peor del ser humano. ¿O hay algo más feo que no tener buena onda con la persona que vivís al lado? Eso por suerte en estos lados no pasa, o pasa poco. El Flaco Spinetta siempre decía "Cuidá al que tenés al lado” y eso parece que en Tolosa lo tenemos bien aprendido.

Saliendo de mi casa a la derecha, a poquitos metros, se encuentra la casa de Rubén, un señor de unos 60 años que sale todas las mañanas bien temprano a trabajar en bicicleta. De estatura baja, pelo castaño, ojos marrones medios tristones y manos grandes llenas de arrugas. Rubén se dedica a vender alfajores en alguna esquina del centro o lava los autos en el estacionamiento de un restorán donde van a comer los “picotudos”, como les dice él a la gente pudiente. Rubén fue secuestrado y torturado por los milicos, pero no quiere venganza, sólo pide justicia. Hace 10 años le mataron a una hija y no quiere la pena de muerte para el femicida, quiere que el asesino cumpla su pena y que no haya más femicidios. Tener una conversación con Rubén equivale a leer 10 libros Zen o toda la bibliografía entera de Pilar Sordo. El martes pasado me lo crucé unos minutos y estuvimos charlando:

- Ando medio indeciso porque lo queremos cambiar de colegio a mi hijo Blas y no nos animamos; no sé qué hacer- le comenté y esperé ansioso su respuesta.

-Siempre que tengas dos caminos, agarrá para el lado desconocido…siempre- dice y quedan las palabras suspendidas- Si después querés volver…volvés. Pero descansá de lo conocido.

Mi casa está en un pulmón de manzana así que estoy rodeado de otras casas, algunas con grandes patios, otras con más pequeños, pero todas con parrilla. Los domingos es una fija ver el humo saliendo por las chimeneas y me da una sensación de placer. Quizás yo no prenda la parri ese día, pero la prende Eduardo y lo celebramos todos. Es el aroma del triunfo de entrecasa.

El menú tolosano de posibilidades es amplio: si queres despejarte o hacer ejercicio, tenés la rambla de 32. Si querés una golosina a las 12 de la noche, el kiosco más copado y completo de la ciudad es un oasis en el desierto y se llama “El Principito”. Si sos pincha y querés emocionarte, pasá por las casas donde viven las familias del Ruso Prátola o de Alejandro Sabella, quedan a una cuadra de distancia sobre la calle 4.

Ahora estoy en mi pulmón de manzana. Veo la comunicación del humo saltar entre los paredones y se oye el crepitar de las brasas. A unos metros mi huerta emana esa mixtura natural con la tierra mojada de la que voy a sacar un poco de albahaca para la ensalada. Me corre una sensación de bienestar por el cuerpo que intuyo que es la certeza: Tolosa es mi guarida, mi pequeña isla de cemento y pasto en la que yo, mi familia y los vecinos formamos un lazo sanguíneo de patria chica.


Por Pato Lombardi

Ph: Pato Lombardi


lunes, 15 de marzo de 2021

Es el eco lo que duele, no el silencio

Cuánto tiempo, ¿no? 8 años Nicolás, ni yo me lo creo, hace dos hijxs que no hablamos, ¡dos! Cuánta vida en esos años.

De mis hijxs prefiero no hablar ahora, basta con decir que los amo, punto. Esta carta es otra cosa Nicolás, es el escape a la rutina, la nostalgia que me pinta pensarme hace 8 años, acordarme de La Paz, del teatro, de nosotros, de esas cuántas ¿4, 5, 6? semanas que pasamos panza arriba viendo el cielo en la Abaroa ¿ era eso la libertad Nicolás? eso y comer heladitos frente a la misma plaza? 

A veces sueño, bueno siempre, pero desde que soy madre recuerdo poco los detalles, quizás porque me despierto de golpe y mato así cualquier intento. pero el otro día te soñé y pude recordar todo.

Estábamos en la Sagárnaga, tenías un sombrero de copa muy alto, bastante ridículo, yo con un vestidito de playa en pleno invierno en La Paz. Caminábamos como siempre (porque hace 8 años eso era siempre) agarrados de la mano, agarrados del culo o de la espalda. La misma calle estrecha, el olor a cuero, madera, a leyenda. Las 'cases' saludando como era costumbre, desde sus puestitos felices con el sol en la sonrisa y todos los colores del carnaval.
'Jallalla' gritaban las guaguas, con sus cachetes chamuscados. 
'jallalla' respondíamos cagados de frío y de risa. Seguíamos caminando: la calle ahora más estrecha y cada vez más larga se fue quedando sin cases, sin guaguas y sin colores.  De pronto tú te sacaste el sombrero y yo me cubrí el vestido. Seguimos así: la calle ahora un laberinto, estrecho como un fideo, me doy la vuelta y no te encuentro, tengo la mano fría, un silencio sepulcral me recorre el cuerpo.
Quedé ahí, quieta, la calle huele a formol y a azúcar. Ahogada, con la lengua en la garganta.
Bolivia es el mar, Nicolás. Bolivia es el mar. 

Por Cata
PH: Cata

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