domingo, 26 de mayo de 2019

Un pedacito de milagro

En mi infancia crecí al son de los partidos de fútbol en la radio. Las válvulas y las ondas sonoras con sus voces típicas que hablaban de: “el arco que da al Río de la Plata”, “el que da al Riachuelo”, “a Casa Amarilla” o “a los 7 puentes”.
Palabras e imágenes disparando nuestra imaginación de algún modo análogo a lo que puede ocurrir hoy con Google. Pero mucho mejor.
Al primero, lo conocí desde adentro un 12 de octubre de 1974 con Pichín Vitale y el Chibura Lemos: Argentina 1 España 1 en el debut del Flaco Menotti como DT de esa Selección que cuatro años después nos dio la primera copa del mundo.

Son infinitas las tardes que pasé y vi pasar las moles de cemento desde la cabina del maquinista. Hay veces que sueño con ese pasaje visual: yo, desde abajo de las tribunas, viéndolos pasar hasta más de una vez por día: Arsenal, Racing y sobre todo, Independiente, porque fue el club que me dejó anécdotas marcadas a fuego.
Los 7 puentes son dos: uno de seis tramos sobre la playa ferroviaria de cargas del ex Ferrocarril Roca y el otro, un tramo sobre las vías de pasajeros, que obligaron cuando se electrificó, a que la catenaria pase por arriba de esa estructura de hierro con sus cables de 25.000 voltios.


Ahora recuerdo un soleado día de julio. Con mis compañeros, estábamos detenidos a la espera de una autorización para ingresar a la playa de Kilómetro 5. Un paréntesis típico en los rieles. Yo, estaba del lado de la locomotora que daba al Estadio de la Doble Visera y alcanzaba a mirar un pedazo de pasto de ese arco de la tribuna visitante. De pronto, aparecen a tropel un par de anécdotas. El primer partido de Nico, mi hijo menor, viendo a su Pincha que goleaba a Arsenal para regresar a Primera en 265 días con goles de Caldera y la magia del mago. La tribuna era un infierno y salimos con un guiño del oficial que nos permitió sortear la reja e instalarnos en la otra, inhabilitada hasta el momento, donde pudimos ver el 5 a 1 disfrutando de un Rubén Capria exquisito junto a aquel suplente del Chifu en Comercio que marcó el quinto.
Después, se me vino esa tarde con Chachi durante el Clausura 97 que ganó River y los xeneixes- Chachi y yo- vimos perder nuestro equipo  contra un Independiente de Burruchaga en cancha que metió dos goles. Fue una tarde brava porque hubo disturbios: balas de goma afuera y adentro un Castrilli intratable que nos dejó con nueve y un 2 a 0 a favor del rojo de Menotti que fue mejor y no nos dio mucho margen para los desbordes del Manteca Martínez o las gambetas cortitas de Latorre.
Me tocó trabajar de tarde y aún con derrota, guardo en el alma las sensaciones de caminar en pleno partido, bajo esa tribuna y sobre las vías, durante la final de la Supercopa que ganó el equipo de Brindisi por 1 a 0 en 1994. Rambert lo hizo, no lo vi, pero escuché cómo entraba el tiro de emboquillada por arriba de Navarro Montoya. Un dolor de hincha que , al fin de cuentas, siempre pude matizar por apreciar el buen fútbol de los buenos jugadores que, habitualmente, llevan las 10 en la espalda. 

En ese viaje estaba,  cuando mi compañero sentado del lado del puente, pega un grito:

-¡Mirá ese pibe!

Me corro hasta su lado y veo un adolescente que camina sobre lo más alto de la estructura de hierro,  mientras otro -¿Un amigo que no lo acompañó en la aventura?- caminaba debajo por la vereda.
Todo se precipitó de pronto:

-“Hey, flaco, bájate de ahí por favor”
-“Hey… ¿Me escuchás?- gritó mi compañero mientras el tráfico del puente se chupaba nuestros gritos de advertencia en la sordera más pura.

Pese a todo, él caminaba tranquilo hasta que en una milésima de segundos, se sintió una explosión y el cuerpo fue absorbido violentamente por el cable principal, mientras voló despedido con fuerza hacia la misma estructura sobre la que caminaba. Fuego, chispazos y temor desde el hierro ante la vista desesperada y enloquecida de su amigo que también lo ve caer al piso del puente Agüero, parado como un gato.
Pasaron un par de almanaques y el estadio ya no es el mismo. Fue remodelado con tribunas que se asemejan a algunos estadios ingleses que apenas conozco por la TV.  Ahora estoy jubilado, ya no soy el maquinista, y una tarde de abril viajo como pasajero hasta Constitución desde La Plata por el Roca en la ventana que da a las canchas. Mientras el vagón avanza hacia La Caldera, inclino la cabeza y busco ese pedacito de césped del área grande del arco visitante, pero no, nada; mientras sí veo a mi recuerdo de trenes y fútbol sobrevivir como la tarde que ese pibe me enseñó a mirar de cerca el milagro. 

Por Alberto Alaníz

sábado, 25 de mayo de 2019

Bifurcación

Alberto colocó con dificultad la llave en la vieja cerradura, abrió la puerta y entró. Un olor a pesada humedad lo detuvo un instante en el pasillo. Era un caserón antiguo de techos altos y puertas grandes que había podido alquilar a un precio razonable a la altura de Monserrate, en Capital. Todo el trámite lo hizo a través de una inmobiliaria en su residencia de España, donde vivía desde que era un pibe, con su madre y sus hermanas. Ellas siguen allá, con sus familias y sus vidas, él se vino a Buenos Aires por asuntos de trabajo. Apenas bajó del avión y puso un pie en tierra natal, se le vino una ola de imágenes. Ahora también le parece verlas mientras camina por el largo pasillo de la entrada y siente que entra en un laberinto en el que se borran las fronteras del tiempo.  
Ayer, tiene siete años, y el viejo valiant que conduce su padre ronca por el sendero y se sacude por los baches. Su madre va adelante y se encarga de avisar cuando toca cruzar un pozo, una rama o algún barrial. Tiene el rostro visiblemente tenso por la preocupación, Alberto nunca la vio así. Ajenas a todo, sus dos hermanas menores, van sentadas en el asiento de atrás, al lado suyo. De pronto el viejo valiant detiene su marcha. Adelante el sendero se bifurca en dos: uno continúa a la derecha serpenteando entre el monte y el otro se alarga hacia la izquierda y se pierde en la maleza. Alberto se sintió inquieto, pensó que estaban perdidos. Su padre y su madre se miraron. Entonces el padre giró hacia ellos y dijo:
-A ver chicos ¿hacia dónde doblamos?
A Alberto lo recorrió un escalofrío que dicen que es el roce de la parca misma. Los miró a todos mientras gravitaba su decisión en la espesura del aire.  Pudo haber dicho cualquier cosa, pero de sus labios salió disparada la orden:
-¡A la derecha!
-¡A la derecha!- repitieron sus hermanas, siempre acostumbradas a copiarlo. Y el auto dobló.
No hicieron más que 50 metros cuando, a lo lejos, divisaron una patrulla. Un par de militares vestidos de civil esperándolos armados en medio del sendero.
-¡Rápido! -dijo el padre deteniendo la marcha- Bajen y escóndanse en los matorrales, no se asomen por nada del mundo.
Alberto miró a su madre con el rostro mojado, y ella en dos movimientos sacó a los chicos del auto y se camuflaron detrás de los pastizales.  Él la siguió y se tiró al suelo. Su padre quiso hacer lo mismo pero fue demasiado tarde: los hombres vieron el coche y se dirigieron hacia ellos con el arma apuntando y dando la voz de alto. Alberto está aterrado y el corazón le estalla en el pecho. De reojo vio a su padre arrancar el auto y perderse a toda velocidad entre los yuyos, e intentar que lo siguieran a él para que no descubran a su familia. Él, siguió en el suelo, paralizado.  Hasta que de pronto una mano lo agarró de la ropa y lo sacudió:
-¡Vamos levantáte! ¡Corré! –dijo su madre en voz baja. Corrió medio agazapado entre los matorrales detrás de su madre y sus hermanas mientras oyó el motor del Valiant alejarse a toda velocidad. La corrió una furia de sangre por dentro y las lágrimas no le permitieron ver. De pronto se oyó un disparo ahogado y luego nada. Alberto miró hacia atrás, buscando algo; una señal, una respuesta, tal vez el rostro de su papá.

(...)
Es la madrugada y Alberto se despierta agitado, acaba de soñar con ese día otra vez. Se levanta y tropieza con la maleta todavía armada en el piso. La toma con desgano y decide guardarla en el viejo placard del antiguo dueño de la casa. Faltan un par de horas para la diez de la mañana: la hora en que vendrá el propietario a firmar un último papel. No quiere olvidarlo porque apenas después de firmar el hombre se regresa, según le dijeron, a vivir a España. ¡Qué ironía que uno se vaya a España y el otro justo venga de ahí! A Alberto le llamaban mucho la atención esas vueltas de la vida. Estaba obsesionado con la idea del destino. Desde las casualidades hasta las coincidencias, de los golpes de suerte a las malas rachas, todo parecía estar digitado y cocido en una red por una mano misteriosa. Por eso mismo se preguntó qué hubiera pasado si aquel día, frente a la bifurcación, hubiese dicho izquierda en lugar de derecha.  ¿Pero por qué dijo derecha? ¿Por qué? Hoy la historia sería otra. A lo mejor no habrían tenido que huir y exiliarse en España. Quizás habría hecho su vida en Argentina y tendría esposa e hijos. Quizás.
Alberto suspiró y abrió un cajón del viejo placard para guardar su ropa. La noche era un laberinto insondable y sabía que ya no se volvería a dormir. Observó que al fondo del cajón había una foto. La tomó mientras un escalofrío recorrió su cuerpo como una electricidad o como si el universo entero se sacudiera. No pudo creer lo que vio. Era una foto común de una familia normal: una madre, un padre y dos niñas. Al reverso de la foto, una leyenda: “Para mi querido esposo Alberto en el día de nuestro aniversario”. Pero lo raro era el hombre de la foto, un hombre canoso y alto, que podría haber sido cualquier hombre pero no, era ése que lo miraba todos los días desde el espejo.  
Ya casi son la diez. Alberto se estremece detrás de la puerta. No puede apartar los ojos del picaporte mientras espera de un momento a otro oír los nudillos en la madera de roble. Sin embargo el tiempo se detiene, y él siente que lo chupa una espiral. Siente que lo aspira y lo transporta por el ojo de la cerradura hacia el otro lado de la puerta, a un pasillo largo de paredes blancas donde un hombre canoso se acerca caminando. El hombre se detiene, mira el reloj, comprueba la hora y golpea la puerta. Alberto siente que tras el remolino, cae a gran velocidad mientras rueda por unos pastizales altos con el corazón desbocado, hasta que una mano lo sacude insistente y oye la voz de una mujer que le dice:
-Señor, hemos aterrizado en Argentina. Recoja su equipaje y baje por favor.
Por Valeria Gorlero 
PH: Valeria Gorlero

Oda al lápiz

De mis primeros trazos, el actor necesario esos que para mí eran obra de arte y para el resto garabatos. Te supiste camuflar según quién te tuviera entre sus manos. Sos chato y colorado para el viejo carpintero, que en su oreja te coloca para agarrarte ligero. Algunas veces camaleón, y te volves claro y duro sin que nadie lo note, Pero la B te transforma en un negro más que blando, cuando te usa el artista en sus bocetos de sangre. Te disfrazas de colores y vas pintando la vida, haces cielos luminosos aunque afuera haya llovido. Nunca manchaste mi ropa como tantas lapiceras y si un error me mandaba, te bancabas el exilio al que yo te sometía, frotándote con firmeza, con una miga de pan que hallaba sobre la mesa. Pasa el tiempo y yo acorto tu vida con un arma de dos filos, y respiras blando casi sin quejarte, (aunque quedes pequeñito y gris), escribís frases aún sobre las hojas vacías, con la esperanza, que tu carbón se convierta en poesía.

Por Fabian Capponi

jueves, 16 de mayo de 2019

Un error de cálculo

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-La maté con su propia pistola. Una Lady Beretta 21 A Bobcat. Todo fue una confusión. ¿Cómo iba a saber que era una trampa?
Estaba subiendo al avión cuando la veo venir. La reconocí por la foto. Se sentó a dos asientos de distancia… la puta… Tenerla tan cerca me puso nervioso. La idea era volar una hora y media. Llegar a destino, hacer mi trabajo y volver en el mismo chárter que salía a la mañana siguiente. Así que cuando el avión llegó al aeropuerto, bajé rápido, agarré la valija y me tomé un taxi.
- Al Hotel Internacional, por favor.
Me presento en conserjería. Ya tenía habitación reservada. Me entregan la tarjeta y subo al octavo piso. Abro la valija y me doy cuenta que no es la mía. No había demasiadas cosas en ella: la pistola, por supuesto, una muda de ropa, algo de cremas y unos maquillajes y el sobre papel madera. Lo abrí, intrigado. Las instrucciones decía: CONTACTAR A ADALBERTO, o Edmundo, no recuerdo bien, AL TELÉFONO 489-5678. RECIBIRÁ INSTRUCCIONES. Quedé desconcertado. Dos personas en la misma ciudad, pequeña por cierto, para un trabajo era mucha casualidad, así que empecé a ver cuáles podrían ser las variables.
Lo primero que hice fue averiguan si en el hotel estaba hospedada la que era mi objetivo. Tal como lo sospeché. Un piso más arriba estaba mi maleta también casi vacía. Por costumbre había aprendido a memorizar las caras y jamás llevar información conmigo. En ese sentido estaba tranquilo.
Lo segundo que tenía a saber es quién es Adalberto, o Edmundo. Él sabía que lo contactaría una mujer, así que le pasé los datos a una amiga para que arregle una cita.
-¿Nos puede dar el nombre de su amiga?
-Eso no tiene importancia, por ahora. ¿Puedo seguir?
-Siga.

-Como decía, le mandé los datos a una amiga. Le pedí que fuera lo más rápido posible.
Pasaron quince minutos, media hora, una hora. Estaba cada vez más nervioso. Le volví a escribir. No me contestó hasta dos horas después: a las diecinueve. Bar Sportman. “¿Ninguna otra seña?” pregunté. “No”. Fue la repuesta.
Cómo iba a hacer para reconocerlo no tenía ni idea.
A las dieciocho bajé. Pregunté dónde quedaba el bar Sportman. El conserje me indicó con un mapita para turistas que me guardé en el bolsillo, junto a la Beretta. Quedaba un poco lejos pero tenía tiempo, así que decidí ir caminando. Antes de salir consulté si alguien había preguntado por mí. La respuesta fue negativa. Mientras caminaba me rondaba una cuestión en la cabeza: Porqué la mina no me había buscado. Tal vez no sabía nada de mí. Aunque parecía rara esa hipótesis. ¿Será que el contacto le va a dar la información que falta? Me la imaginaba alterada con una valija abierta, un calzoncillo, unas medias y una Smith and Wesson calibre 38 limada y nada más. Después de cuarenta y cinco minutos de caminata llegué al bar. Un viejo bar de madera, en una esquina donde lo único iluminado eran las ventanas cuadradas del local. Entro y hago un paneo. De repente, una cara conocida. Primero me alegró ver a Alfredo. Me acerqué a saludarlo. Él se puso pálido.
-¿Qué hacés acá? preguntó y su voz temblaba, en realidad todo en él temblaba. Le dije que estaba por trabajo. Empezó a transpirar y yo a sospechar.
-¿Y vos qué hacés acá?- retruqué yo al instante.
-Lo mismo que vos. Trabajo.
Ahí me di cuenta de todo. “Me tengo que ir”, me dijo de repente. Me ofrecí a acompañarlo. No quería pero yo insistí. Nos fuimos alejando del bar a zonas cada vez más oscuras. En un momento lo paro, lo miro a los ojos, le digo traidor y le disparo con la Lady Beretta en pleno corazón. Lo dejé desangrándose en medio de la noche mientras me pedía perdón y yo contestaba por lo bajo: “Perdón las pelotas”.
Cuando llegué al hotel pregunté por la habitación de Ana. Subí a mi cuarto, la llamé y le dije que me disculpara, que seguramente estaba preocupada por su valija, que lo que pasa es que me quedé dormido, que mil disculpas. Agarré la valija y se la llevé. Golpeé a la puerta. Sabía que no me iba a disparar. La 38 se hubiese escuchado en todo el hotel. Abrió la puerta y me indicó con la mano que pase. “Yo tengo la suya”, dijo. Se dio vuelta para agarrarla. Entonces la tomé por la espalda tapándole la boca y le disparé en la sien. Cayó muerta en el acto. Me puse guantes de látex y limpié el arma. Se la acomodé en la mano. Volví a la habitación, tomé mis cosas y me marché del hotel. Anduve deambulando hasta la mañana, me tomé un taxi y fui al aeropuerto. Es todo lo que tengo para decir.
Por Graciela Cristina Cañas
PH:José Luis Di Lorenzo

miércoles, 15 de mayo de 2019

El viaje inaugural

La zanja nacía contra la vía y bordeaba las tres primeras cuadras de la calle Wallace. En épocas de mucha agua, era el obstáculo mayor cuando después de tomar la leche y hacer la tarea, salíamos a jugar al fútbol. La pelota era de trapo: una media, rellena a veces hasta con papel, que quedaba casi arruinada si se mojaba.

Un día que el viejo fue a pagar la cuenta a lo de Veliz,  regresó con una caja de regalo como en los cumpleaños. Adentro ¡Un barco! Un “transatlántico” dijo que era. “Un barco de pasajeros”, dije yo, que había visto una foto igual en una revista. Ahora había que esperar que la zanja tuviera agua y mientras tanto, mostrarlo a los amigos de la cuadra.
Les gustó mucho, pero Tatín quiso uno igual y en lo de Veliz no había más. El padre le hizo uno con una madera dura, que para no ser una balsa y pasar a la categoría de barco, tenía en su centro, un trozo de palo de escoba, del que salían dos hilos en ambas direcciones con trocitos de papel de distintos colores. Estaba lindo, aunque no lo conformó.

Una noche llovió mucho y además, venía agua desde el arroyo. La zanja casi rebasaba. A la mañana salí corriendo hacia el lado de la vía y allá, en la esquina posé el barco y dejé que la corriente lo trajera. Volví a las corridas hacia el frente de la casa y me paré sobre el puente que formaban los tubos para poder bajar a la calle. Ahí quedé a esperarlo para cuando saliera de ese túnel.

Tatín salió de su casa con el rústico barco de madera bajo el brazo. Se paró a mi lado y esperamos juntos. Ni bien asomó mi transatlántico, lo arrojó con fuerza y dio de lleno sobre la parte superior, que era de un blanco reluciente y cuatro chimeneas enormes. Con el tiempo me enteraría que era una réplica del “Titanic” y conocería su historia que fue simétrica a la del mío, hundido en su primer viaje.  

Por Alberto Alaniz

lunes, 6 de mayo de 2019

El libro

Cuando elegí hacer este trabajo hace tiempo atrás, entre tantas otras cosas fue porque entendía que nunca iba a convertirse en algo monótono. Desde chico nunca me gustó eso de hacer todos los días lo mismo. Esa cosa de no saber si lunes o jueves eran diferentes a no ser porque cambiaban apenas el número del viejo almanaque que mi abuela tenía colgado en la pared sin revoque de la cocina . Eso pensaba entonces, bueno; aunque también pensaba en que la vida iba a ser bastante diferente, a mediados de los ochenta cuando los sueños ocupaban más espacio en mi cabeza que mi raciocinio. Ahora, con más de cincuenta, no abandoné mi profesión y tampoco los sueños.


Así que acá  estoy, arriba de la camioneta mientras espío el mes de mayo de 2019. Orejeo los días como si fueran naipes de algún partido de truco y como tal -aunque todos los puntos valgan lo mismo no todos se juegan de la misma manera- con igual intensidad . Algunos podes jugarlos callado, mientras esperas lo que el destino tiene preparado, y otros, como hoy, que tenes tanto para decir que no podes silenciarlo porque  pareciera que te vas atragantar con las palabras.  Sentís que tenes treinta y tres de mano y el ancho de espada amaneciendo, mientras del otro lado ya casi te daban por perdido.

Es jueves y al final eso de esquivarle a la  monotonía no resulta tan real, así que como todos los jueves durante los últimos veinte años y casi con milimétrica precisión horaria, llego a la antigua librería metida en pleno barrio tripero en el que los adoquines se resisten a ser expropiados de la Historia al igual que el bar que se encuentra en diagonal, y todavía conserva su fachada de chapa y las botellas de Cinzano sobre las mesas de madera desde temprano, como antaño, cuando las visitas eran más frecuentes.

Abro la puerta y del otro lado sus dueños: Monica y Rubén. Nombré: Barrio tripero; adoquines, bar de chapa, toda una pintura donde lo popular encaja con extrema justeza. Sí, todos menos ellos que parecen haber sido teletransportados desde el centro mismo de Recoleta a esa esquina, sin siquiera pisar un charco o una baldosa floja y mucho menos haber escuchado el gol de terremoto Perdomo, el día que todos los hinchas del lobo sostienen -que por los festejos del gol del uruguayo -se movió la tierra.
Ellos, no están pasando buenos momentos: las ventas no son las mismas que hace unos años atrás,sus hijos -destinatarios directos del negocio familiar-  tuvieron que salir a buscar trabajo a otro lado porque las cajas se achicaron. Pero nunca,aún en estos tiempos ,admitieron haber equivocado el camino. Todavía los recuerdo el día que asumió este gobierno: prendieron la tele que solo se encendía en los mundiales y elogiaron la finura de Juliana y los vestidos de Mirtha y de Susana . Fue frecuente para mi, durante estos años,  escuchar las diferentes excusas: la lluvia ,el frío,el calor, los maestros que paran y por supuesto la frase preferida que les brotaba con furia volcánica: SE ROBARON TODO.


Mientras acomodo mi maletín sobre el mostrador saludo y no hizo falta que yo ni ellos dijéramos nada. No. Fue la primer clienta la que se encargó de todo:
-¿Tenes el libro de Cristina?- preguntó con una mezcla de deseo y de esperanza. Minutos más tarde vinieron dos más y yo, con la certeza de mis cartas, no pude contenerme y les dije con voz fuerte como cantándoles falta y envido truco:
-Parece que por fin se reactivó la economía.


Por Fabian Capponi

jueves, 25 de abril de 2019

La valijita

-!No!-  alcancé a gritar cuando mi hija tiraba la valijita en el tacho de basura.
-!Pero Mamá!, está reseca, la tocás y se deshace. Tiene olor a humedad y no sirve para guardar nada... es una porquería - dijo enojada mientras yo estaba en la cama entre almohadones, con un brazo lleno de clavos y tres costillas astilladas –como Pinocho- imposibilitada de moverme y ella en su ataque de hija amante vino a ordenarme el placard para seleccionar ropa cómoda y dejarla a mano y de paso hacer una limpieza de cosas viejas.
-¿No pueden esperar a que me muera?- protesté y enseguida lancé una carcajada burlona.
-No vamos a esperar cien años, mamá.
-La valijita, no y punto.  Es chica pero guarda mi memoria- me impuse mientras una polilla se escapó por la ventana. La vi salir desde el rincón del estante, apenas movimos un par de blusas viejas, se eyectó hacia la ventana que daba a la calle.  

Todos subían con grandes valijas de doble cinto, bolsos a punto de explotar, cajas atadas con hilo sisal. Se empujaban, gritaban, se abrazaban con los que quedaban en el andén. Una flacucha pálida desentonó, subió silenciosa con una valijita que parecía de juguete.
-Llevala tranquila, dijo la tía, no la usamos más. Se la compramos a aquél cuando consiguió un trabajo de sereno en Avellaneda. Ahí ponía una muda y algo de comida. Pero ahora de encargado acá a la vuelta no necesita nada. Llevala querida, poné esta toalla y esas medias, te van a hacer falta.
Ella no entendía mucho lo que estaba pasando pero le brotaba esa veta protectora con total naturalidad.
El vagón tenía asientos forrados de cuerina beige. Del  lado derecho eran de dos y del contrario de tres. Con un mecanismo sencillo se podía rebatir el respaldo, entonces algunos quedaban en la dirección en que marchaba el tren y otros enfrentados.
La muchacha –que era yo- se ubicó pegada a una ventanilla. Le tocó un grupo familiar. Dos mujeres gordas, un chico de dos o tres años, un hombre grande al que decían “nono” y un hombre joven, tal vez el padre de la criatura. Por la disposición de los asientos parecíamos una familia reunida en el living de la casa.
Atentos querían cargar la valijita en el portaequipaje.
-No, gracias, la llevo acá abajo, no me molesta- dije con timidez.
Las pocas cosas que contenía eran mis únicas pertenencias en el mundo.
Los viajeros seguían comentando la estadía en la ciudad. Decían bromas, festejaban con risas, en voz más baja criticaban algún pariente, repetían sin cesar el asombro del Planetario. El chico se entretenía con un chupetín mientras me pateaba la rodilla. No quería mirarlos.
-Si no los miro, ellos no me darán conversación- pensé.
Quedé distraída con el afuera. El traqueteo y el  calor nos iba adormeciendo, por suerte. Por las ventanillas abiertas entraba una ventolera que nos inflaba la ropa y nos refrescaba un poco. Mi blusón de bambula parecía un globo que se inflaba de pronto. Mientras tanto, la ciudad se iba perdiendo. Cada vez menos edificios. Las casitas bajas y algunas calles de tierra con chicos que juegan a la pelota, más el ladrido de algún perro, aparecen como bienvenida a  los suburbios.
A medida que el tren atravesó el paisaje, el aire trajo panaderos que revoloteaban como pompas de jabón. Recuerdo que cuando éramos chicos los corríamos hasta atraparlos y les  pedíamos un deseo. Uno de los panaderos me rozó. Aproveché a tomarlo con suavidad y le pedí y lo solté con esperanza.
Cuando pasamos Cañuelas, pude ver la llanura en todo su esplendor. Fue como ver por primera vez el mar. Nací en una tierra quebrada por las cuchillas y los riachos. Contemplé esa inmensidad verde juntándose allá en la curvatura con un cielo celeste agua. Indistinguible la línea del horizonte. Y supe que aún era posible soñar.
El sol se fue lentamente, dando paso a la tristeza. El cielo se transformó en una paleta donde los restos de color de un día se superponen con los de otro. Hasta que quedó totalmente oscuro. De vez en cuando se veían unos fueguitos. Parecía un campo de guerra.
-Es la quema del rastrojo- escuché que dijeron. Las cenizas revoltosas en el viento de la noche nos mancharon las caras y las manos. Terminamos pareciendo soldados camuflados en ese viaje con el que inicié el exilio.
La valijita me acompañó en todas las mudanzas que vinieron después, casi como un amuleto, como un animal o como un fantasma de mí misma. Me aseguré de que mi hija la guardara en el placard. Me dormí mientras otra polilla aleteó en el vidrio de la ventana.

Por Graciela Vanzan

martes, 9 de abril de 2019

La plaza es un domingo temprano

La esquina un domingo a la mañana sintetiza un paisaje de gestos distintos a otros días de la semana. Con menos tráfico que cualquier otro, el amanecer tiene un ritmo enloquecedor, a veces peligroso, que se diluye con la entrada en la media mañana. Ahí todo parece calmarse y la Estación de Servicio se transforma en una especie de mirador que todo lo ve.

Carlos, es el vagabundo que siempre duerme en la plaza. Son las 6 y se restrega los ojos partidos por el humo y un sueño indomable. Se para en el banco y trata de ver si los empleados de la YPF le habilitan su ingreso. Es un código de todos los días. Él se para en la madera roja y chista de un modo especial. Después, desde el playón, uno de los muchachos le hace el gesto del aterrizaje para en realidad decir que el baño está habilitado. Ya cuando procuraba cruzar la calle de regreso, más liviano, los playeros le dieron una vaquita a base de propinas en un vaso de café con leche para que desayune. Pidió un café con leche de la máquina y volvió al banco de la plaza lentísimo. Se lo tomó de a sorbos y ya se paró para irse. Por la vereda de enfrente, un viejo de anteojos gruesos y birrete, camina hacia la plaza con una pequeña bolsa de nylon en una mano. Vienen tan lentos que parecen dos caracoles que se cruzan en el camino. Se interceptan y parece una escena habitual. El abuelo le da la bolsita a Carlos y conversan algo. Después se dan un abrazo y se despiden: el vagabundo para el lado de la Estación Ferroviaria, el abuelo. hace un rodeo por la esquina de enfrente a la YPF, y después toma la vereda del largo paredón que conduce hacia el cementerio.
Debe ser una sensación, pero desde que se quedó solo, cada domingo que pasa, aumenta su inclinación hacia adelante. La espalda se curva otro grado y la cabeza se le asoma hacia el pecho. Mientras el abuelo camina lento y se pierde en el paisaje dominguero, por la avenida viene el colectivo, llega a la esquina y frena. El hombre que barre en un escobillón de la YPF detiene su tarea y de manera sutil cambia de función para convertirse en soporte y cómplice silencioso. Bajan dos señoras perfumadas y con ramos de flores. Después, un policía con sueño que viene de terminar su guardia:

-¿Podes creer? Mirá toda la basura que deja ese viejo sucio ahí- gruñe con veneno el oficial de bigotito mosca mientras les señala un banco rojo de la plaza a las señoras que sacuden la cabeza en señal de indignación.

Tras dos minutos en esa esquina con el motor encendido, el colectivo movió despacio y desde adentro una piba pegó un salto y casi se cae, pero no. Baja ella y logra salir a pie en dirección del policía gruñón de bigote mosca. La piba se pone los auriculares y camina como flotando por la música. No sé que escucha, creo que reggae porque aparece como un ligero movimiento acompasado hacia adelante. Cierra los ojos y parece que entra a otro planeta en el que no se siente la quietud de un domingo por la mañana. Creo que mi imaginación se va con ella. Se deja deslizar a centímetros del suelo mientras, en frente, el escobillón quiere y no quiere barrer... ¿será una metáfora del séptimo día? No sé, yo ya me fui, soy una sombra errante que camina al sol.

Por Alberto Alaniz

miércoles, 3 de abril de 2019

Siempre Malvinas

La memoria del 2 de abril nos enciende los relatos sentidos sobre la guerra de Malvinas y nuestros héroes: los que se quedaron en suelo isleño y los que volvieron para ponerle el pecho todos los días a la vida. Dos textos, dos relatos.
UN DÍA EN LA VIDA



Desperté. Un día más. Son las 6:30 hs. No sé por qué no puedo despertarme cuando suene la alarma a las 7:00 como la gente normal, esa que trabaja de 8 a 20, lleva los hijos a la escuela, llora con la novela de las 10 y compra lo que la tele les vende. Quisiera tener también la capacidad de dormir toda la noche de corrido como la gente normal, en cambio doy vueltas en la cama con el cerebro a mil, viendo todo pasar como en una película. La verdad que mi vida y la de la gente normal no se parecen en nada. Yo no soy normal. En fin, habrá que levantarse, aunque el cuerpo se queje. La herida de la pierna hoy molesta más que nunca, será la humedad, o tal vez la tristeza. A veces la tristeza se me cuela en los huesos, como si estuviera presente en todo lo que toco: en la fría sensación que da cuando me lavo los dientes, en la filosa hoja que lastima cuando me afeito, en el fondo del vaso de licor que levanto de la mesa de luz de anoche.
Son las 7:00. Le pego un sorbo al mate y me quemo la lengua. Dicen que el mate tan caliente trae cáncer, pero qué importa, a estas alturas de mi vida la muerte es lo de menos. Yo ya la conozco a esa maula, hemos estado cara a cara. Cuando has sentido la muerte respirándote en la nuca, todo lo demás pierde importancia, y yo ya estuve ahí. Fue un día como hoy, el mismo cielo, el mismo sol, pero más frío. El mate sí que no era el mismo, apenas unos palitos flotando en la negrura de un recipiente sucio, y eso con suerte, cuando había agua y se podía calentar. Entonces nos sentábamos en el suelo húmedo de la trinchera y chupábamos la bombilla en silencio, mirando el horizonte, donde se agazapaba el enemigo, ese animal sin nombre y sin rostro que siempre nos acechaba. Era difícil imaginar que detrás de esa línea había gente como nosotros, que quizás tenía frío, hambre o miedo, mientras sostenía entre sus dedos una taza de té, como último vestigio de dignidad, o de humanidad. Humanidad, cuántas veces pensé en esa palabra. Pero ¿qué es humanidad…?
Lleno otro mate y me lo llevo a la boca mientras pienso que, como decía el flaco Rodríguez, el ser humano no es más que una bestia pensante. Y hay que ver con qué facilidad pasa de ser pensante a simplemente una bestia. Siempre hablábamos de eso con el flaco, mi compañero de escuadrón. Él era un tipo extrovertido, el chistoso del grupo. Se podía estar viniendo el mundo abajo que él siempre tenía un comentario gracioso, una broma, un apodo que nos sacaba una sonrisa. Nosotros lo cargábamos, lo habíamos bautizado “el inmortal” y decíamos que él nos iba a enterrar a todos. No fue así. El día del ataque cayó primero. Una granada le voló medio cuerpo. Pude haber sido yo, pero le tocó a él. Quedó tendido al lado mío, boqueando, con los ojos abiertos fijos en mí, como diciéndome:
-¡Ayudame! No me dejés acá. El hombre y la bestia se debatían en mi interior, peleándose entre ayudarlo o correr. Entonces el sargento pasó a mi lado y gritó: -¡Retirada! ¡Retirada!- y reaccioné. Ganó la bestia y por eso hoy estoy acá.
Son las 9:00 y es hora de salir a pelearla. Resulta difícil para alguien en mi condición ganarse el pan de cada día, pero no me quejo. Cazo el paquete de broches y rejillas, me acomodo en mi muleta y salgo. Esta es la hora en que la gente normal-la que se espanta con el frío de Buenos Aires, que le llama batalla a conseguir un asiento en el micro y no ha tenido más pelea que por un puesto en el trabajo- llena el colectivo yendo a laburar y es cuando la gente como yo tiene más chance. A veces sueño despierto imaginando cómo sería mi vida si no hubiera pasado lo que me pasó. Doy vueltas en la cama pensando en eso y mucho más. Hay noches en que los ojos del flaco Rodríguez no me dejan dormir, se me aparecen por detrás de las cortinas, a través de la ventana o me observan desde el cielorraso. Entonces yo le hablo y le digo:

-Tenías razón hermano, en hacernos reír. En hacernos olvidar por un momento dónde estábamos y quiénes éramos: un puñado de pibes hambrientos con un fusil y una bandera, a miles de kilómetros de casa. Tenías razón flaco. Ahora a la distancia en leguas y en años lo comprendo mejor: es por la risa. La risa es lo que nos salva, lo que nos distingue de las bestias y es lo que nos hace, realmente, más humanos.
Por Valeria Gorlero



MI HÉROE EN ESTE LÍO

Al flaco lo conocí a los 5 o 6. "Machocamacho", siempre me dijo en alusión al boxeador mexicano. Recuerdo de sus relatos de Malvinas en una sobremesa lluviosa en el quincho de mi casa del pueblo. Mi viejo hizo el asado después de una pesca y fue una de esas maratones en la que grandes y chicos pasamos casi 24 horas de excursión: primero el bote en la laguna y después la parrilla en la que se asan las mejores carnes con las mejores historias. Jugada de pizarrón entre los amigos del vino, la pelota y la pesca. Línea de tres infalible.
El flaco contó la crónica de noches dolorosas. Sus momentos en las cuevas, el frío desgarrador, su amigo caído, varios de ellos, pero sobre todo uno que podría haber sido él pero la moneda de la vida eligió otra versión suya que se lo llevó en ese cielo de tormenta de Malvinas.
Creo que desde ahí las tormentas para él fueron pequeñas guerras en miniaturas. Recuerdos crudos de abril, mayo y junio de 1982. Sin embargo siempre las combatió como gran hombre y soldado. Fue padre de Malvina Soledad y ganó su batalla más poderosa.
De más grande, se arrimó al Bodegón de Juanchy para dejar su placa con foto de Soldado de Malvinas como una cicatriz en la pared de ese boliche plagado de buenas cicatrices de los años. Llegó con su buen humor, sus gritos de paisano y contó otras tardes de Malvinas mientras se refugiaban de las bombas que tiraban los aviones británicos.
Después vino la escena que más me gustó compartir con él: noche de 12 de agosto de 2016, día del pueblo, y el Bodegón de Juanchy con una mesa larguísima para todos sus amigos de Malvinas que vinieron a visitarlo para desfilar con él por las calles de General Alvear. De verde oliva y orgullo de soldado argentino. Esa noche comí con ellos y después toqué la guitarra hasta el calambre mientras ellos se abrazaban, lloraban de emoción y tatuaban con el verde del corazón otra de sus noches eternas. "Gracias machocamacho", me dijo el Flaco y yo le diré siempre que gracias a él por este orgullo de ser amigo suyo. 

Por Matías Kraber





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