martes, 25 de mayo de 2021

Un tipo desconocido

Anoche soñé algo totalmente ridículo y absurdo. Son de esos sueños que no podés contarle a nadie porque inmediatamente después de soltarlo te sentís un estúpido. Como si estuvieran destinados a morir en las paredes de mi intimidad. Recuerdo que apenas me levanté aún podía recordar pasajes mientras me recorría por las tuberías del cuerpo una extraña sensación de frustración. Me avergonzaba el hecho de tener que repetirlo en mi cabeza en cualquier momento del día, porque era inquietante, pero a la vez ínfimo y estéril. Casi como un mosquito molesto, pero ni siquiera quiero darle tanta entidad. Igual debo decir que estaba ahí y se aparecía sin generar nada en particular en mí. Solo como una presencia fugaz y sin sentido. Así era el sueño: un tipo que siempre llega antes que yo a todos lados y consigue las cosas que yo quiero antes que yo. El tipo hace todo lo que yo quiero hacer pero antes, y lo más terrible es que es muy parecido a mí, es como yo, se viste igual, lleva puestos los mismos anteojos, pero llega antes.

Un tipo que no es real ni es falso, ¿qué es? ¿Y si ese tipo soy yo? ¿Qué es lo que quiere decirme? ¿Por qué me persigue y lo hace delante mío? y deja que lo vea, pero me ignora, y a su vez tiene lo que yo quiero y hace lo que me gustaría hacer. Cuando era más chico no soñaba con este tipo de estupideces insignificantes. Era más simple, solo quería jugar. Ahora que me doy cuenta, ya no soy un niño y tengo más preguntas que antes, más dudas y menos tranquilidad. Ensimismado, es probable que yo haya creado a este tipo y ya sé porqué. Porque todo el tiempo yo, es mucho.

En el verano leí a Whitman, ya sé que en verano es más fácil leerlo, pero a veces quisiera tener a mano más frases como esta: “Me gusta ver entre los árboles el juego de luces y de sombras cuando la brisa agita las ramas”. O una todavía mejor y más fascinante: “Yo soy el que camina por la noche que empieza y que se agranda, y grito al mar y a la tierra perdidos en la noche como yo” ¿Sabés qué quiero? yo quiero eso, quiero deambular en silencio y descansar sobre el lomo de un árbol viejo. Quiero tener una segunda vida, y que venga pronto, ni bien prepare la mochila, ni bien salga afuera y conozca a alguien, a alguien que me sorprenda, ni bien me pierda por ahí perdiendo también la esperanza, esa diosa amable que me prefiere esperando, sentado y solo, esperando en el reposo absoluto de los recuerdos.

 

Por Fede Ramponi 

 

sábado, 15 de mayo de 2021

Restaurante

Suena el teléfono fijo y adivino que es mi viejo. Atiendo, hablamos tres minutos, y cuelgo. Es domingo y viene en viaje para salir a almorzar conmigo. Sí, 600 km para un almuerzo. Es en las salidas a comer afuera donde él es ese padre y yo soy esa hija que desearía que seamos siempre. 

Esta vez el plan es ir a un bodegón. “Lo de Julio” se llama. La elección se basa en la recomendación de un amigo suyo. Le dijo que ahí se come rico, barato y abundante. Cumple con las máximas que definen a un buen restaurante. 

Con mi padre se almuerza a las 12 y se cena a las 9. No hay medias tintas, ni lugar a la queja.  El reloj marca las 11:55 y ya estoy parada en la puerta esperando que pase por mí. Cuando llega, le doy un beso frío y partimos a lo de Julio. Es un lugar bien grande, lleno de mesas cuadradas de madera con manteles a cuadrillé rojo y amarillo como la bandera de España. Sillas rojas cubiertas de cuero. Hay poca ventilación y poca luz. Hace calor. Hay hasta un tufo de calor y encierro. Del techo cuelgan esos ventiladores como los del secundario, que si se desprenden te arrancan la cabeza. De las paredes color mostaza cuelgan unos cuadros con fotos de todos los famosos que pasaron por este mismo comedor: de Néstor Kirchner a Luciana Salazar sonríen desde la pared con los ojos brillosos deseándonos un buen apetito.

El fetiche para mi viejo fue infalible: cómo no ir al mismo lugar en el que se sentó Diego Armando Maradona. 

-El menú estrella es la parrillada con fritas o las pastas caseras,- nos dice el mozo. Yo prefiero las pastas, pero decido acompañar a mi papá con la parrillada. Se pone contento que coma carne y lo noto en cómo se irgue en la mesa como si fuera a izar la bandera orgulloso.  

Mi papá me habla pero yo estoy en otro planeta. En este almuerzo no alcanzamos la conexión de siempre. Es mi culpa. No puedo sacarle la vista de encima al viejo que está sentado solo delante nuestro. La gente que sale a comer sola me da pena. Más pena todavía, me da si son viejos o viejas. Veo retratado en ellos el sumun de mis miedos: atravesar la vejez en soledad. 

El viejo que tengo enfrente almorzando me despierta algo más que pena. La palabra es asco. Tiene una cara monstruosa con algunos signos de perversión. Los pómulos filosos y una barba sucia color mugre.  

Creo que se da cuenta que lo miro y no puedo parar de mirarlo. Tiene cara de triste. Los ojos grandotes se le caen como vencidos, tiene labios cortados por el frío, y la piel arrugada como acordeón que delata su edad. Tiene puesta una remera blanca que la falta de lavado la vuelve negra, un jean tan roto que deja entrever un slip azul gastado, y unas ojotas. 

Lo veo absorto en su frenética acción de sacarse los mocos, observarlos y luego comérselos. Lo hace con una concentración digna de admiración, como si hiciera una obra de orfebrería. 

Un impulso hace que me pare de golpe. Camino en dirección al baño sólo para pasar más cerca de él.  Y confirmo mi horror. Huele a podrido, a excremento de adulto, a perro muerto, a cloaca. No puedo evitar taparme la nariz. Que pendeja maleducada que soy, pienso, pero no saco la mano de mis fosas nasales. En vez de seguir caminando me quedo parada y lo miro fijamente a los ojos. Él creo que no se da cuenta, está abyecto, perdido en su degustación grosera, pero yo tengo un deseo inexplicable de que me mire.

Agudizo la vista y veo moscas revoloteando alrededor de su cabeza. Mosquitas de esas pequeñas que se amontonan cuando hay fruta podrida. Por su pelo canoso y largo, caminan piojos al borde de explotar después de haberle chupado toda la sangre a ese pobre hombre. Las orejas, las tiene llenas de cera. Las uñas largas y bien gruesas, con tierra dentro. Los ojos….  Siento que alguien me toca el hombro.

-Ya está la comida-, me dice mi padre. Me siento en la mesa y me sirvo en el plato unas papas fritas y un chinchulín.

-¿Se puede saber que te pasa? Me dice con un tono más alto.

¿Será vagabundo? Pobre Roberto, tiene cara de Roberto. Capaz en este bodegón le dan de comer a ese tipo de gente. Me parece bien. Pero para qué lo sientan donde estamos todos. Van a espantar a los clientes. Seguro que no tiene hijos. Seguro que se va a pedir unas pastas. 

Sí, le sirvieron un plato de fideos con salsa. Los empieza a comer con las manos como un animal. Se le caen algunos fideos al piso y él los levanta con la mano y los come. Los aniquila en una milésima. Tenía hambre. Pobre Roberto. No creo que tenga trabajo. Ni amigos. Cómo podría alguien soportar su olor. Pobre Roberto, me digo como un lamento de mi subconsciente.  

Intento probar bocado, pero un subidón de energía hace que me pare de nuevo. Esta vez corro directamente hasta donde está él y lo abrazo. Lo aprieto fuerte,  fuerte. Estoy agitada pero no puedo parar, ese olor y ese espectáculo ya no puedo soportarlo, no aguanto su presencia, ni que no me dirija su mirada. Lo aprieto más. Estamos Roberto y yo, solos, nadie nos mira, ni siquiera mi padre que está en el cénit con su parrillada. 

Cuando Roberto por fin me mira a los ojos siento saber quién es. Lo aprieto aún más fuerte. Los labios morados y el cuerpo helado me indican que pare. Siento placer en que sufra como me hizo sufrir a mí aquella noche. Después, el cuerpo se resbala inerte hasta el piso y yo corro por la avenida. Corro hasta llegar a esa esquina para saber si así fue. Sí realmente es. Justo en la esquina hay un hueco que brilla por su ausencia.   Por Pepy Newbery


lunes, 10 de mayo de 2021

La faeneada

Todavía los resabios de la hiperinflación se hacían sentir en casa. La convertibilidad sólo había acomodado a algunos en el pueblo, pero el resto seguía intentando sobrevivir con lo poco que le valía la plata. En mi casa éramos unos de esos, un puñado de niños para alimentar con poca plata.

Yo era uno de ellos, tenía cinco años. Ya estaba bien entrado el otoño porque las hojas de los árboles se ponen amarillas y rojas en la orilla del río. El pueblo se tiñe de distintos tonos cobrizos que se mezclan con la aridez de las montañas. Es mi época favorita del año. El viento helado empieza a meterse por debajo del cuello de la camisa y te endurece las orejas y la nariz.

Recuerdo que esa mañana me despertó el valar de los cabritos y las voces apuradas de hombres. Solo reconocí la de mi papá. Era bien temprano porque mi hermano que iba a la escuela aun no se había levantado y roncaba en la cama de al lado. Miré por la ventana y vi mi papá en el patio, con otros hombres, carneaban los cabritos y repartían las partes debajo del nogal. Todo un ritual.

Trabajaban satisfechos, pero a contrarreloj. Se les notaba el nerviosismo y la adrenalina en los ojos, la sangre en las manos y los cuchillos, las vísceras de los animales en unas palanganas. Apenas alguno se aseguraba su parte se iba presuroso y así cada vez iban quedando menos.

Lo de mi mamá atendiendo a la policía y mintiéndole, lo entendí ya de grande. El asunto era que como salía muy caro comprar carne en el mercado o en el matadero, algunas personas se juntaban y compraban el ganado directamente a los campesinos de la zona. Luego carneaban los animales y se los repartían. Salía mas barato, pero esa práctica era ilegal; el ganado no había pasado por ningún control bromatológico o municipal y por eso la policía había llegado a casa.

-Que acá no carneamos ningún animal. Que seguro que se dejan llevar por los chismes de los vecinos. Que si no trae una orden del juez a mi casa ustedes no van a entrar. Que ahora ya no pueden hacer lo que se les dé la gana- y el sonido del portazo.  

Mis padres discutieron un rato y después se abrazaron. No los vi abrazarse muchas veces en mi vida. Pero en ese momento corrí a sumarme yo también al abrazo y formar una especie de árbol.

¿Qué hacés despierto? Andá a ponerte algo en los pies – me recriminó mamá.

Recuerdo que ese día comimos un asado. El primer asado después de mucho tiempo de comer arroz con cebolla y sopa de verdura con fideos munición. Papá prendió el fuego y yo estuve todo el tiempo al lado de él que me explicaba cómo se ponía un cabrito en la cruz, que a las llamas queda mas rico que a las brasas, que un poquito de harina para que quede crocante el cuerito.

La policía dio vueltas a la manzana todo el día, yo creo que en el fondo querían que los invitemos a comer aunque no tengan la orden del juez para entrar.


Por Marcos Gutiérrez

 

viernes, 19 de marzo de 2021

Tolosa mi refugio

Tolosa es mi refugio, una especie de guarida que se extiende metros adentro de un pulmón de manzana con tonos gris y verde. Éste es mi lugar en el mundo. Un epicentro barrial sin tanto edificio nuevo, ni ruido a motor de auto o tanto empleado público apurado por llegar vaya a saber a dónde. Mi barrio es una especie de búnker que me protege de todo aquello que desprecio o me pone de mal humor. Acá, el canto de los pájaros hace que el día arranque placentero y silvestre. Que a uno le den ganas de salir a la calle a enfrentar la vida sin más que lo puesto. Sus veredas son anchas e invitan a patearlas, pero hay que estar atentos: la mayoría de las baldosas están rotas y nos escupen cuando llueve. Los perros y gatos también son genios y figuras por estos lados. Tienen dueños, pero no. Tienen casa, pero varias. No tienen exclusividad: comen acá, comen allá, se dejan acariciar por el viejo Manuel, como por una nena de 6 años que todas las tardes sale con su madre a tomar mate afuera. La gente mayor que vive en Tolosa es feliz o por lo menos así me gusta pensarlo. En la esquina de casa vive una viejita que tiene la sonrisa grabada en la cara. Llena de arrugas, medio encorvada, jamás la escuché quejándose de algo.

Recorro con mi mente cada rincón y me doy cuenta que mi querido barrio también me permite llevar adelante rituales que sanan, que calman, y también me energizan. Algunas veces, cuando ando medio caído de ánimo, me voy hasta la esquina de la calle 5 y 528 donde hay un mural de “La Guardia Hereje”. Por lo general me compro una birra en el kiosco que está justito enfrente, me siento a mirar esa hermosa calavera tanguera y quedo en silencio varias horas; quizás tarareando alguna letra de Alorsa, quizás esperando alguna respuesta a una muerte tan temprana, tan injusta, tan dolorosa. Casi siempre lloro un rato y pasado unos minutos, ya estoy más liviano; como en paz con la vida, con mi viejo y conmigo mismo.

Otra cosa que me gusta de Tolosa son esas casitas con patio al frente. Son patios donde no abundan los metros cuadrados, pero sí el verde, las flores y las sillas playeras. Me encanta cuando paso caminando y los veo habitados por sus dueños que, mate va, mate viene, charlan sobre fútbol, política y otras yerbas en un modo filosófico con el entrecejo fruncido.

Otra cosa que me apasiona de mi barrio es su buen oído para la música. Muy de vez en cuando se puede escuchar algún reguetón saliendo de alguna ventana que da a la calle, pero a menudo suena, sobre todo los fines de semana, mucho de nuestro querido rock nacional: Fito, el Flaco, Charly, Los Redondos o Ciro son algunos de los artistas que le ponen sonido y cariño a mi querida Tolosa. Para mí los vecinos son como una parte de la familia. Cuando veo a alguien que se lleva mal con su vecino, veo lo peor del ser humano. ¿O hay algo más feo que no tener buena onda con la persona que vivís al lado? Eso por suerte en estos lados no pasa, o pasa poco. El Flaco Spinetta siempre decía "Cuidá al que tenés al lado” y eso parece que en Tolosa lo tenemos bien aprendido.

Saliendo de mi casa a la derecha, a poquitos metros, se encuentra la casa de Rubén, un señor de unos 60 años que sale todas las mañanas bien temprano a trabajar en bicicleta. De estatura baja, pelo castaño, ojos marrones medios tristones y manos grandes llenas de arrugas. Rubén se dedica a vender alfajores en alguna esquina del centro o lava los autos en el estacionamiento de un restorán donde van a comer los “picotudos”, como les dice él a la gente pudiente. Rubén fue secuestrado y torturado por los milicos, pero no quiere venganza, sólo pide justicia. Hace 10 años le mataron a una hija y no quiere la pena de muerte para el femicida, quiere que el asesino cumpla su pena y que no haya más femicidios. Tener una conversación con Rubén equivale a leer 10 libros Zen o toda la bibliografía entera de Pilar Sordo. El martes pasado me lo crucé unos minutos y estuvimos charlando:

- Ando medio indeciso porque lo queremos cambiar de colegio a mi hijo Blas y no nos animamos; no sé qué hacer- le comenté y esperé ansioso su respuesta.

-Siempre que tengas dos caminos, agarrá para el lado desconocido…siempre- dice y quedan las palabras suspendidas- Si después querés volver…volvés. Pero descansá de lo conocido.

Mi casa está en un pulmón de manzana así que estoy rodeado de otras casas, algunas con grandes patios, otras con más pequeños, pero todas con parrilla. Los domingos es una fija ver el humo saliendo por las chimeneas y me da una sensación de placer. Quizás yo no prenda la parri ese día, pero la prende Eduardo y lo celebramos todos. Es el aroma del triunfo de entrecasa.

El menú tolosano de posibilidades es amplio: si queres despejarte o hacer ejercicio, tenés la rambla de 32. Si querés una golosina a las 12 de la noche, el kiosco más copado y completo de la ciudad es un oasis en el desierto y se llama “El Principito”. Si sos pincha y querés emocionarte, pasá por las casas donde viven las familias del Ruso Prátola o de Alejandro Sabella, quedan a una cuadra de distancia sobre la calle 4.

Ahora estoy en mi pulmón de manzana. Veo la comunicación del humo saltar entre los paredones y se oye el crepitar de las brasas. A unos metros mi huerta emana esa mixtura natural con la tierra mojada de la que voy a sacar un poco de albahaca para la ensalada. Me corre una sensación de bienestar por el cuerpo que intuyo que es la certeza: Tolosa es mi guarida, mi pequeña isla de cemento y pasto en la que yo, mi familia y los vecinos formamos un lazo sanguíneo de patria chica.


Por Pato Lombardi

Ph: Pato Lombardi


lunes, 15 de marzo de 2021

Es el eco lo que duele, no el silencio

Cuánto tiempo, ¿no? 8 años Nicolás, ni yo me lo creo, hace dos hijxs que no hablamos, ¡dos! Cuánta vida en esos años.

De mis hijxs prefiero no hablar ahora, basta con decir que los amo, punto. Esta carta es otra cosa Nicolás, es el escape a la rutina, la nostalgia que me pinta pensarme hace 8 años, acordarme de La Paz, del teatro, de nosotros, de esas cuántas ¿4, 5, 6? semanas que pasamos panza arriba viendo el cielo en la Abaroa ¿ era eso la libertad Nicolás? eso y comer heladitos frente a la misma plaza? 

A veces sueño, bueno siempre, pero desde que soy madre recuerdo poco los detalles, quizás porque me despierto de golpe y mato así cualquier intento. pero el otro día te soñé y pude recordar todo.

Estábamos en la Sagárnaga, tenías un sombrero de copa muy alto, bastante ridículo, yo con un vestidito de playa en pleno invierno en La Paz. Caminábamos como siempre (porque hace 8 años eso era siempre) agarrados de la mano, agarrados del culo o de la espalda. La misma calle estrecha, el olor a cuero, madera, a leyenda. Las 'cases' saludando como era costumbre, desde sus puestitos felices con el sol en la sonrisa y todos los colores del carnaval.
'Jallalla' gritaban las guaguas, con sus cachetes chamuscados. 
'jallalla' respondíamos cagados de frío y de risa. Seguíamos caminando: la calle ahora más estrecha y cada vez más larga se fue quedando sin cases, sin guaguas y sin colores.  De pronto tú te sacaste el sombrero y yo me cubrí el vestido. Seguimos así: la calle ahora un laberinto, estrecho como un fideo, me doy la vuelta y no te encuentro, tengo la mano fría, un silencio sepulcral me recorre el cuerpo.
Quedé ahí, quieta, la calle huele a formol y a azúcar. Ahogada, con la lengua en la garganta.
Bolivia es el mar, Nicolás. Bolivia es el mar. 

Por Cata
PH: Cata

miércoles, 10 de marzo de 2021

Luces de colores

 


Fue en 1990 cuando me convertí en una suerte de pequeño Edison al crear un invento que modificó mi adolescencia. El mundo en ese año se mentalizaba para disfrutar y sufrir al mismo tiempo el mundial de Italia. Los tanos eran los anfitriones del espectáculo deportivo más grande del mundo y yo me preparaba para acudir a mis primeros asaltos. No se asuste señor lector, no me refiero a chorear un banco o afanar algún kiosquito de barrio con un pasamontaña. No. Me refiero al encuentro juvenil con música y baile que se realiza en la casa de algún amigo o compañero de colegio, donde los chicos llevan las bebidas y las chicas la comida, quizás en otros lares se lo conoce como malón.

Estaba haciendo un curso de electricidad a cargo del profesor Mario Pérez quien además de ser un profesional matriculado y operario de EDEA, era mi vecino. Con sus instrucciones logré armar un pequeño tablero de madera donde coloqué una tecla, conseguí cuatro latas de durazno que tras limpiarlas las pinté de color negro, le puse un porta lámpara por dentro a cada una, y por fuera le puse un papel celofán de colores rojo, azul, verde y amarillo.  Las atornillé a un caño bastante oxidado junto a dos ganchos a los costados y después las colgué en la pared. Pero no es todo. En el galpón de mi viejo, doy con un ventilador que desarmé para sacarle el motor.  Se me prendió la lamparita de otra proeza bolichera. Así que consigo otra lata de aceite más grande, busco la tijera de hojalatero y le hago varios cortes circulares alrededor y repito las maniobras que hice con las luces anteriores.  Con mis dos inventos, cruzo la calle al taller de Papavero que se ofreció amablemente a soldarlas con la octogena. 

Minutos más tarde regreso con todo el aparataje a mi casa. Conecto primero un cable a mi bola de boliche para enchufarlo en el tablero. La cuelgo de la vigueta que atraviesa el techo, aprieto la tecla y magia: mi invento gira y todas las luces le dan vida al galpón oscuro entre las herramientas y cacharros viejos. 

Mi primer asalto fue inolvidable y el invento la atracción de la noche.  Recuerdo a todos viniéndose encima como bichos al foco para encender y apagar la única tecla que permitía que la pista de baile estuviera iluminada o a oscuras. Florencia la chica que me gustaba, la piba con quien pensaba dar mi primer beso, no solo se acercó para pulsar la tecla sino también para conversar: tenía curiosidad por el funcionamiento de la bola de boliche

-¿Cómo lo hiciste?- preguntó interesada- porque esto está buenísimo- arremetió-  le voy a contar a mi prima porque la semana que viene cumple 15 años y organiza su festejo en el quincho de su casa. Mi sonrisa se dibujó automáticamente y mis ojos grandes asintieron todo lo que Florencia dijo, luego se fue a bailar con sus amigas, yo seguí con lo mío, encendiendo y apagando las luces de colores. El dueño de casa “Titi” Martinez quien además musicalizaba la velada con su mini componente doble casetera que su viejo le había regalado antes de marcharse con otra mujer mucho más joven que su madre, colocó un casete dentro del equipo y la música empezó a sonar. Él se acercó al grupo de chicas donde estaba Florencia y se pusieron a bailar, ella le sonrió y le festejó todos los movimientos rítmicos raros y exóticos que realizaba. Se divertían, la estaban pasando bien. Me quedé duro, inmóvil, percibí en cada paso de baile, en cada tempo, su perfume, su calor, la suavidad de sus brazos abrazando mi cuerpo y cerca, cada vez más cerca, cada vez más juntos. Sentí la calidez de sus labios y la besé sin besarla.

Al finalizar ese tema “el Titi” abandonó a su compañera de baile para poner un lento: “Hotel California”, respiré hondo, tomé valor, me acerqué como un rayo a mi amor platónico con el botón de las luces de colores encendidas y le pregunté:

-¿Queres bailar?- respondió asintiendo con su cabeza y me devolvió una sonrisa. La tomé por la cintura, ella puso sus brazos en mis hombros y marcó una distancia de hielo. Con el freno puesto comenzamos a bailar, reconozco que estaba nervioso, me latía mucho el corazón y creo que a ella también, lentamente nos fuimos acercando, nos fuimos relajando, disfrutamos el momento, y en cuestión de segundos apoyó su rostro en mi pecho y me metió en una nube de rosas y fresias. Después, cerré mis ojos y me dejé llevar. Sentí su mejilla rozar contra la mía, volví a abrir los ojos y de reojo la vi: era ella, irradiaba luz como mi invento en el centro de la pista con intensas y peculiares tonalidades, giraba lentamente mientras mantenía una sutil celeridad, como fingiendo dar un giro eterno de ballet. Luego de la hipnosis, la besé. Por Facundo Quiroga


jueves, 4 de marzo de 2021

Una sombra en el fondo de la noche

A Julieta, mi querida amiga 

 Te escribo acá, desde Tapalqué, porque me desperté y, además de darme cuenta de que te extrañaba, me di cuenta que tuve un sueño que
necesitaba escribir al instante, antes de olvidarlo. ¿A vos también te pasa que, si no inmortalizas algo en la escritura al instante, la memoria te juega una mala pasada? A mi sí, por eso, te escribo a las 5 de la madrugada de este 16 de febrero, segundos después de que la patada electrizante con la que desperté no me permita volver a pegar un ojo. 

Ayer se me ocurrió, con la mañana lluviosa, hacer eso que nos habíamos propuesto: balances del 2020, proyectos 2021, y bla… siempre tan optimistas, yo ya te había dicho que sentía que no tenía que hacerlo, que mi estructurada mente iba a sufrir al ver cómo esos planes no se iban a llevar a cabo. Sin embargo, el papel, la lapicera, y mi alma de soñadora empedernida me fueron llevando. 

Era yo, tenía, más o menos, unos cuarenta años. Estaba en una casa que se caía a pedazos: paredes carcomidas por la humedad, con el viento filtrándose por las puertas y ventanas. Hacía mucho frío y apenas me calentaba con una hornalla que perdía tanto gas que me provocaba un agudo dolor de cabeza. Yo estaba ahí, sentada en un rincón del rancho, en una mesa de chapa oxidada, helada por el frío, reflexionando si esa era yo verdaderamente, cuando un  llanto irrumpió. 

Caminé por un pasillo angosto, de paredes amarillas, con pisos de madera añejos del que salían arañitas y vi una cuna con un bebé. Sí, lo que lees: un bebé. 

El bebé tiene una cara angelical y demoníaca a la vez, de tez morena, ojos verdes como dos faroles, y una boca tan diminuta como la de un mosquito. De su boca, de esa pequeña boca, salía un llanto extremadamente ruidoso, como si tuviese ahí dentro un parlante último modelo, como si sus pulmones fueran los de un cantante de ópera. Era un llanto de bebé que se transformó en aullidos de una bestia. El sonido se vuelve cada vez más y más insoportable, al punto que siento que me sangran los oídos. Sí, yo estaba ¿durmiendo? Pero sentía un frenético impulso de taparme los oídos para que esa vocecita chillona se calle de una vez por todas, para siempre. Lentamente, me fui acercando a la cuna, necesitaba que eso se calle…

 ¡Juro que solo quise taparle la boca, te lo juro! Pero, no sé cómo apreté tan fuerte una y otra vez que ese cuerpecito se desarmó. Sí amiga, se desarmó, así como se desarma un rompecabezas. Esos pequeños huesos caían al suelo llenos de sangre, y yo los veía como en tercera dimensión. Había olor a muerte en toda la habitación.

De pronto, apareció por el ventiluz un animal dispuesto a limpiar la putrefacción. Yo, estaba profundamente perdida, en un estado de ira, confusión y angustia, y no podía ver qué era. Cuando hice foco, vi que era un gato. Un gato negro de ojos verdes y flaco, muy flaco, esquelético, casi sin pelaje, lamiendo la sangre del bebé desarmado mientras intentaba morder sus huesitos, esos huesitos pequeños. 

Imagino tu cara de pavor, y es la que tengo mientras te escribo, temblando mientras se me caen lágrimas sobre el papel: no sólo en mi sueño maté un bebé por su éxtasis de llanto, sino que apareció un gato, el único animal al que le tengo una fobia infundada.

Empecé a sudar, no sé si en el sueño o en mi cama, pero con el corazón al borde de salirse del pecho. Sí, esa tortura no paraba. Mi deseo de abrir los ojos era más poderoso que cualquier otra cosa que hubiera deseado jamás. Abrí la puerta de calle para pedir auxilio, y vi que estaba en un pueblito que era una maqueta con cuatro casas a mi alrededor que estaban a cinco cuadras  de distancia, sin asfalto, sin cloacas, con un olor que me provocaba náuseas.

Empecé a correr, aumentando la velocidad para ver si podía escaparme a la realidad, ¿o esa era la realidad? Mis piernas no seguían el ritmo que mi mente quería, ni mi corazón, ni mi desesperación. Yo intentaba ser consciente de que estaba soñando, que eso no podía ser real, pero mi cabeza continuaba como una fábrica incesante de imágenes, lugares y  sensaciones horrendas. En un momento sentí que, al correr, caía en un agujero negro, y ahí fue cuando una patada electrizante me despertó unos minutos atrás y quedé en un estado del que aún no puedo recuperarme.

Mi mente sigue perturbándome porque no entiende, ¿quién inventó ese mundo de terror? En ese estado de agitación, solo pude prender el velador, agarrar un papel, y escribirte. Creo que debo hacerte una advertencia, darte un consejo: tené cuidado con tus obsesiones porque tal vez sean una cárcel en la que alguien se tragó la llave de salida. Pepy Newbery


lunes, 6 de julio de 2020

El fantasma de la guadaña

“A la vida le da sentido la muerte”, dijo ella. Las palabras siguen dando vueltas en mi cabeza. Hasta hoy no había comprendido el sentido de mi existencia, mirá donde vengo a encontrar una respuesta. Heme aquí, parado en el respaldo del sofá, junto al cadáver del viejo. La película del Dr. Strange acaba de terminar y el pobre ni siquiera pudo ver el final. Estuvo buena, yo por lo memos la vi completa. Pero él, pálido y encogido, fue cayendo en el sueño sin retorno hasta su fin. Observo sus manos, delgadas y curtidas, se ve que han trabajado mucho. Pienso en los innumerables muebles que han construido, y en la hermosa familia que crió e imagino que dejó su legado en esta tierra. Seguramente amó y fue amado, seguramente tendrá alguien que llore su partida. Y como todo ser humano tuvo libre albedrio para cambiar las cosas si no funcionaban como quería. En cambio yo, nunca tuve nada de eso. Mi destino es vagar entre el dolor y la culpa. Cuando llego yo, solo escucho llantos, no conozco risas. Cuantas veces, ante un lecho de enfermo, al contemplar sus ojos suplicantes, quise renunciar. Pero no puedo, yo no tengo libre albedrio como ellos. Y se supone que tampoco tengo corazón, pero con los años que he pasado entre los hombres, parece, que algo ahí adentro está asomando, no sé qué es, pero duele. A veces parece una chispa, una repentina descarga de corriente, la siento cuando rozo la mano de un niño, los ojos de una madre, los labios temblorosos de un inocente. ¿Será lo que llaman culpa, tal vez? Aunque yo no soy culpable de este drama, yo no creé las reglas, ya estaban funcionando cuando llegué. 
Algunas noches, después de mi trabajo, suelo sentarme en el techo más alto de una iglesia y contemplo el cielo vivamente estrellado. Me pregunto donde está el que me creó. A veces incluso también le hablo y le pregunto cosas como estas, básicamente, para qué rayos estoy aquí y por qué. Siempre pensé que el mundo sería mucho mejor sin mi existencia. Pero hoy, esas palabras… Tal vez sea verdad, tal vez si yo no existiera la vida no valdría nada. Las personas menospreciarían la belleza de las cosas simples: el aroma de una flor que crece y muere en un instante, la maravilla de ver salir el sol un día más, caminar al lado de un ser querido sintiendo el viento en la cara, abrazarse y decirse cuanto se aman mientras aún hay tiempo. Parece que cuantos menos días quedan, cada día vale más, cada segundo cuenta y se aprecia de otra manera. Nunca lo había pensado antes pero ahora creo entender mi papel en este teatro, perdón mente cósmica por los insultos que alguna vez dije, supongo que tú ya sabías todo esto. 
La noche es larga, y todavía queda hilo por cortar…literalmente. Dejo al viejo en su sofá, mañana será noticia. Reviso mi lista una vez más, no puedo llegar tarde a ninguna cita, por eso de que algunos dicen “la muerte a veces tarda pero siempre llega”, habladurías, yo no tardo nunca, siempre soy puntual, es el propósito de mi existencia. Y vos, el que está leyendo esto, espero estés cumpliendo con el tuyo, antes de que sea tarde y llegue yo. 

Por Valeria Gorlero

miércoles, 1 de julio de 2020

La araña

Esta mañana me levanto y en el medio del living aparece una araña. Medio entredormido, me resulta gigante. -Primero lo primero- digo y le saco una foto. Segundo lo segundo, voy a buscar un testigo: 
- Lu, vení, vení, mirá que pedazo de araña apareció en el living- le digo con la voz con corriente,  pero cuando volvemos a la escena, pasa lo peor: No está más. 

-¡Yo sabía, yo sabía! ¿Dónde se escondió?- Digo mientras empiezo a despejar la zona con más pinta de escondite de araña de todo el lugar. Arranco por los cuatro sifones.


Protocolo de seguridad: 


1º) Mover el primer sifón con el pie y recular de un salto, mínimo un metro para atrás.

2º) Voltear el sifón de una patada para asegurarse de que no hay araña ni atrás, ni en la parte de abajo.
3º) Tomarlo del plástico que recubre la nariz del sifón y llevarlo al extremo opuesto de la sala.
4º) Repetir la operación con el resto de los objetos.

Así sigo con la alfombra y las zapatillas, hasta dejar solamente el lavarropas viejo. Ocupa esa esquina desde el inicio de la cuarentena. Dijimos “en quince días cuando podamos salir lo vendemos y aunque sea le sacamos quinientos mangos”. Nada.  Pasaron más de tres meses y el lavarropas se volvió invisible. Pero no para la araña, que aprovecha el despiole para esconderse atrás. Parece una vietnamita en su territorio. La espero hasta que comete el error fatal: se asoma a espiar, como el ansioso jugando a la escondida.


Raid matamosquitos en mano. Necesario, pero insuficiente. Algo le va a hacer, pienso y descargo medio tarro, mientras muevo el lavarropas para que no se vuelva a esconder. Bueno, al menos la desestabilizo. Con el ataque a distancia la cancha se inclina a mi favor. Rápidamente la saco a la calle con la escoba. Siempre buscando un instrumento que haga de intermediario, que aplace el hecho de matarla con mis propias manos, y cargar con la culpa de la muerte por lo menos hasta el mediodía. Ver morir una araña, víctima del veneno, es horrible. Las patas se estrujan en cámara lenta como dedos que se apagan. Se agusana lentamente con toda la fuerza del miedo y de un pisotón le propino la muerte. Después, el alivio.


Por Agus Pellendier

miércoles, 15 de abril de 2020

Diciembre a oscuras


Desde hace días que se respira un aire viciado en la Argentina y no es precisamente por las gomas   que arden en  varias esquinas de cualquier ciudad. Incluso, ahora mismo,  las que están a unos metros del Hospital San Martín de La Plata, justo en la esquina de la calle uno y la avenida circunvalación 71 .

La postal muestra a diferentes organizaciones sociales: son entre 60 o 70 personas instaladas en las veredas del policlínico en carpas tipo iglú y fuegos alrededor.  Algunos se encargaron de cortar la calle.  Dicen que es un asunto de todos. Ahora son las nueve de la mañana y vaya a saber uno desde qué hora estará la gente preparando la olla popular que hierve a fuego lento.

La persiana a medio abrir de la librería, ya me muestra el estado de ánimo de Gabriel, un joven e incipiente comerciante que decidió no levantar del todo la colorida persiana que protege la puerta y a su vez le hace de cartel publicitario. Ahí se pueden ver los enunciados que invitan a entrar a los clientes -Artística- Juguetería- Cotillón.  Al ver que soy yo, me dice que espere con la mano abierta y el brazo extendido.

-Lo tengo así, porque en la tele dicen que habrá saqueos- me dice con la voz temblorosa sin siquiera responder mi saludo.
Gabriel, es el menor de tres hijos  y el único que no terminó su carrera universitaria. El negocio lo pusieron con su hermano, a mediados de 1999, sin embargo ante la inminente  crisis,  decidió irse a probar suerte a España como tantos otros . Pensó que el negocio no daría para dos y más ahora que Gabriel está casado.

-La verdad que no sé qué hacer- me dice consternado mientras frunce el ceño con los codos afirmados en el mostrador y la mirada perdida en los nudos de la madera -si no abro no vendo pero tengo miedo a perder lo poco que invertí.
Yo entiendo su angustia  y más aún después  de escuchar el informativo de radio 10 , la emisora donde tiene clavado el dial.

-No se que necesidad tienen de taparse la cara y andar con palos .La economía nos afecta a todos- dice, yo lo miro y busco en mi interior las respuestas.
Primero, tengo la seguridad que, aún inmersos en el mismo contexto, jamás escucharía esa radio que instala a los desprevenidos en un lugar extremo: la antinomia social que enfrenta a pobres contra pobres.  Segundo, yo mismo me pregunto sobre mi rol en esta historia  ¿Cuál es? me pregunto mientras recorro de Ensenada a Berisso y después a La Plata en la camioneta.

Mi trabajo muchas veces hace que hablemos de marketing, de ventas, de valor agregado. En definitiva, nos la pasamos hablando de números sin alma y nos olvidamos de pensar en quién puede consumir nuestros productos. Aunque por las tardecitas con mis compañeros salimos a repartir comida recién hecha en la cocina de la básica y ahí aparece la militancia sin dudas. 

Es ahí en el momento del regreso a casa cuando también aparece la angustia de si se llega o no a juntar el alquiler a fin de mes.  Todo eso pienso mientras estoy parado en lo de Gabriel y dejo que el silencio se apodere del espacio. Se me hace difícil explicarle que si bien todos padecemos las consecuencias, no es lo mismo tener que priorizar algo a la hora de ir al mercado, que tener que elegir quiénes comen ese día y cuáles son los que  engañan el estómago con un mate cocido bastante liviano porque  tiene yerba  usada .

No estoy en condiciones de dar consejos . Tengo también el dolor de que mi primo Diego y toda su familia se fueron  rumbo a Elche en España, en busca de un futuro mejor.

-¿Sabes que pasa Fabi?, estoy cansado de trabajar doce horas y llegar a casa y tener la heladera vacía- me confiesa en una mezcla de impotencia y de vergüenza unos días antes de partir.
Y sí yo mismo tengo un agujero en los zapatos negros, a los que todas las mañanas aparte de lustrarlos, debo cambiarle el cartón que uso para no romper las medias con las piedritas que se me meten por ahí.

Son las 11 de la mañana cuando lo dejo a Gabriel, con la esperanza de que en el próximo cliente me vaya mejor, pero con la certeza de que si el viernes no pago la luz me la cortan y la reconexión me va a salir un ojo de la cara.

Son días difíciles de sobrellevar: la fuga de capitales y el terror del corralito para otros,  son la constante en cada radio que sintonizo. Y mi ánimo que se va desplomando mientras escucho y cada charla que tengo con mi esposa me confirma lo que pasa en el barrio.
Hay números y palabras que impensadamente se volvieron familiares. Tan así que cuando no los escucho es como si me faltara algo .Como si estuviera en la fase del sueño. Aunque no es el mejor ejemplo, porque en mis sueños también suelo tenerlos presente .Ellos, son el riesgo país y el dólar, convertidos en estas horas en una dupla inseparable , casi como decir  French y Beruti, El Gordo y el Flaco, Piluso y Coquito. Palabras kármicas que están presentes en todas las casas, en los bares, en las reuniones familiares . Es decir que desde hace un tiempo ,desde el más leído ,hasta el más ignoto sabe de economía. Todo sabemos. O creemos saber.

Hace calor en el mediodía de este miércoles 19 de diciembre en La Plata. Una humedad densa que quita el aire.  Yo voy con la ventanilla baja y el aire caliente me pega de frente. Tengo las cejas empapadas de sudor. 

Mientras manejo en mi recorrido de trabajo le tomo la temperatura a la calle. Recorro las cuadras que me llevan del Mondongo a Villa Argüello y noto la desesperación. Movimientos precoces. Ansiedad y furia.

El clima se pone áspero en un santiamén. Hay gente en las esquinas como al acecho. Entro al barrio y siento que tres pibes me escanean mientras echan una pitadas. Con la mirada trato de decirles: 

–Muchachos, estoy en la misma que ustedes y hace años que pateo estas calles.
Estoy en la esquina de la iglesia y me cruzo de vereda porque lo único que puede pegarme más duro que la economía en estos tiempos es el sol. Un sol de diciembre, que a muchos los hace soñar con la playa y otros tantos más les habrá resultado el único sosiego para el terrible chiflete que se coló más temprano por la mañana, por los cartones y las chapas remendadas.

Sigo por la calle 60, atravieso el bosque a paso de hombre por el único lugar que dejaron libre los estudiantes de agronomía y medicina ,quienes también están manifestando.
Doblo en calle 6 y estaciono la camioneta en el primer hueco que encuentro y ya desde media cuadra puedo ver a Alberto  que barre  las hojas de la vereda . No es un  buen augurio, cuando en un negocio hay tiempo para limpiar  y barrer es porque no entra nadie.
Alberto es un hombre de unos setenta años, comerciante, un hombre a quien difícilmente la crisis lo agarre mal parado y quien solo sigue con el negocio porque desde que murió su esposa Mabel, el tiempo le transcurre insoportablemente lento.

Pasa horas en su negocio ,y solo cierra un rato para comer y dormir una hora su siesta sagrada. Él conserva  una mirada positiva de la vida y el negocio le permite mantener su ritmo de vida.

Sin embargo apenas me saluda me doy cuenta que  tampoco está a salvo de la situación por la que está pasando el país, desde que hace ya seis días los gremios y trabajadores decidieron ir a una huelga general y comenzaron los estallidos en diferentes lugares.

- ¿Que hace mi amigo?- me dice en el mismo momento que me da la mano, fuerte y firme, para que nadie piense que él es falso, porque es de los que enarbolan la teoría de que quienes te saludan con la mano blanditas no son de fiar.

-¿Cómo va Alberto? -le contesto mientras me dispongo a entrar en el local con un gesto alegre y optimista que vengo practicando desde hace un par de metros atrás, aunque  poco creíble a esta altura de los hechos.

-Mira chango ,yo ya tengo el cuero curtido ,con estas cosas ,viví el Rodrigazo , la ley 1050 ,los milicos y hasta el turco innombrable, pero esto ...esto es muy jodido- hace una pausa y sigue-  Estos gringos  se quieren quedar con todo ,ya te prestaron te dieron el dulce y ahora cuando ven que ya no podes pagar más te empiezan a apretar. Va terminar fulero  porque los empresarios de acá tampoco se quedan atrás, nadie quiere perder, pero ellos ganan siempre. A la gente no la van a contener así nomas…- deja una laguna y me mira de refilón- vení que te pago y de pedido ni hablar-  dice mientras busca entre unas cajas de bolígrafos camuflada la plata-  Es por las dudas- me dice cuando descubre alguna mirada de asombro en mis ojos.

El día pasa con las visitas y los llamados recurrentes de un compañero que me alerta de la situación en su zona de trabajo. Mientras tanto las reuniones en las unidades básicas son permanentes y caóticas. 
Nadie sabe bien cuándo, ni cuánto tarda esto en explotar, pero el estallido es inevitable. Nada ni nadie contiene a la gente con hambre, y los que nada tienen, tampoco tienen algo que perder.

Los negocios bajan sus persianas progresivamente. Mientras tanto la empresa manda dos mensajes: El primero, se suspenden las ventas hasta nuevo aviso. Las fábricas ya hace dos días que no entregan mercadería, ante la escalada de precios y el futuro incierto. El segundo de los mensajes, nos convoca a una reunión a las 18 horas.

Pienso que el viaje hasta Avellaneda será largo, y decido emprender camino cuanto antes.
El paisaje es similar en todos lados: autopistas cortadas, por piquetes y  los desvíos por calles internas .Una piba de unos veinte años descalza con los pies en el barro y un bebé en sus brazos me indica el camino mientras me pide una monedas.  La angustia acumulada del día me va aflorando y se torna más evidente a medida que voy llegando a mi destino.
Con mis compañeros, lo que en principio parecía ser un intento de contención ,termina convirtiéndose en un contagio de desazón cada vez que se suma uno, incorporando una pintura más al paisaje que ya todos tenemos.

Pasamos a la sala de reuniones. Nos sentamos en las sillas blancas de plástico, formando un círculo como lo hacíamos desde hace tiempo, prestos a esperar las nuevas directivas.
-Yo no tengo mucho para decir-  dice Roberto,  nuestro creativo y lúdico jefe de ventas, mientras entraba a la reunión saludando con un grabador en la mano.

-Entonces ,¿para qué vinimos?- interroga con cierta bronca uno  de los vendedores incrédulos de sus métodos.
Roberto solo atina a mirarlo, mientras pide si  alguien puede apagar la luz. El interruptor se baja. Y ahora si ya  a oscuras  dice:  

- Yo no tengo mucho para hablar ,pero no quiere decir  que no haya cosas para oír. 
En el salón oscuro y en sepulcral silencio, se escucha claramente, el clack del botón del viejo grabador en PLAY y el particular sonido de la cinta del cassette  TDK que empieza a girar. La primer voz me resulta desconocida, pero no a Gabriel uno de mis compañeros, que se da cuenta que es su esposa e inmediatamente reconoce la voz de sus hijos , todos alentándolo y haciéndole sentir su amor y su apoyo en estos momentos.

Inmediatamente otra voz de  mujer que hace hablar a un bebé imaginario  desde su vientre . Yo siento que la respiración de Gastón,  que está a mi lado, cambia de repente. Se la oye como cortada. El silencio del salón, continúa inquebrantable.

A mi me toca el tercer lugar, las dulces palabras de mi mujer  y de mis cuatro hijos ,inclusive el más chiquito con sus apenas dos años, diciendo: “Viva Boca, Boca Viva”, me recorre el cuerpo entero alterando mis sentidos ,y sin siquiera darme cuenta, las lágrimas me hacen un surco por todo el rostro hasta el final de la reunión.

Los mensajes se suceden  uno a uno. Para todos los componentes del equipo de ventas y cada vez que le llega el turno a alguno, nos damos cuenta , sin que haga falta una palabra de presentación.
Cuando regresa  la luz tampoco se habla. Basta con vernos unos a otros,  once hombres con los ojos rojos de tanto llorar y que lo único que atinan a hacer es a abrazarse, agradecer a Roberto y emprender el regreso con mucha más fuerza . Esta vez la emoción le ganó a los números.
El regreso a casa es en medio del estallido.
Por otro lado se empiezan a escuchar, las ollas de teflón, de los barrios más acomodados de Buenos Aires, que ahora sí, cuando vieron en jaque sus ahorros también salieron a las calles, salieron ellos y también llevaron a sus sirvientas, con uniforme y todo, para no perder tiempo.
El Estado ausente y sin ideas, solo apela a la vieja receta de la represión.  Los reprimidos siempre son los pobres, los nadies, que hoy se volvieron visibles. Los jóvenes demuestran que van a dar batalla y una vez más serán las víctimas.
Ya nada será igual. Nunca nada es igual cuando el hambre se apodera de la gente.

Por Fabian Capponi



jueves, 10 de octubre de 2019

La foto

Carmen llega a las ocho, pone el agua para el mate y enseguida se va al dormitorio porque la ayuda a levantarse y a vestirse. 
Después, se sientan en la galería. Ella en el sillón de hamaca y Carmen en una silla cercana a la punta de la mesa, donde despliega las tostadas, la miel, la yerbera y la pava. Desayunan y conversan. Ella se pierde en anécdotas incompletas o mezcladas en el tiempo o en confusos personajes. Carmen le trae las novedades de la calle, de los vecinos, de lo que harán ese día. 
     Cuando se enfría el agua se termina la charla. Y como si fuera un rito, mientras Carmen ordena la cocina, ella saca del primer cajón del aparador unos trapitos suaves e impecables, que habrán sido camisas o vestidos de verano y se demora repasando la veintena de portarretratos que se acumulan sobre el mueble americano del comedor.
     A veces se queda con alguno en las manos, como si dudara de la realidad que refleja la imagen. Pero hay uno que es su preferido. Y cuando llega a él, lo toma como a un bebé recién nacido. Lo limpia con suavidad. Se le llenan los ojos de lágrimas y busca a Carmen para contarle una vez más la historia. Carmen ya la escucha como quien oye llover. Cuando termina la abraza, la consuela y la acompaña a colocar la foto en su lugar. Pero las primeras veces se conmovía tanto que le costaba retomar la actividad cotidiana. 


El monólogo de la anciana se repite como si fuera el texto de una obra de teatro. Casi sin variaciones:
“Es un día de enero, estoy segura, porque ellos venían siempre a pasar fin de año y se quedaban hasta reyes. Fue Toto el que me llamó:
-Alina, vamos a la Tortuga Alegre. Te pasamos a buscar a las tres.
-Llevá hielo para el tereré –grita Leti sobre la voz de él.
El viaje por el camino de las canteras nos llena de polvo y a esa hora se nos pega en la piel húmeda de transpiración. Pero tenemos que ir temprano para encontrar un sauce libre que nos proteja del solazo o al menos un sarandí de esos que cuelgan de las barrancas. 
Elegimos uno, bastante coposo, dejamos allí las reposeras, las canastas, la conservadora de hielo y  las ropas que cuelgan de las ramas como en un tendal desprolijo. Vamos los tres hasta la orilla, corremos en puntas de pie sobre la arena caliente.   Leti lleva una sillita baja para tomar sol al borde del agua. Con Toto entramos corriendo al río, como si fuera a un mar sin olas. Nadamos y nos quedamos cerca de las boyas un rato. Luego volvemos con Leti. Toto se acuesta en el agua playa y  la salpica. 
-¡Ay! ¡Totito! –protesta ella.
-Vení conmigo a darte un chapuzón –reclama él.     
-No me gusta el agua del río –dice ella- es muy pesada. Me tira para abajo. Me da miedo.
-¡Ah! Claro. Es que esta señora es una mujer de mar –dice Toto y se ríe.
     Nos quedamos de charla un momento al sol, después buscamos la sombra y el tereré. Recordamos los veranos de nuestra niñez. Leti insiste en el miedo al río que no sabe de dónde le viene pero la perturba. También hablamos de los parientes y de política. 
-El entorno es terrible- dice Toto- el Brujo lo tiene totalmente dominado al Viejo.  Yo le Comento que ya no voy al partido porque “está copado por unos mafiosos tremendos”. 
Leti dice que tiene ganas de “encargar”:
-Cada vez que hago upa a uno de los chiquitos de la villa, me da un ataque de amor. Ya dijimos, ¿no Totito?, que de este año no pasa.
Él la abraza, la besa y los tres nos reímos. El futuro, aunque complejo, se presenta esperanzador.”


Alina hace un silencio largo, como para pescar un dato. Es que no se acuerda en qué momento exacto sacó la foto. Supone que lo hizo mientras esperaban la caída del sol cerca del agua.
Fue uno de los últimos encuentros tranquilos con los primos. En unos meses ellos pasaron a la clandestinidad. Alina se perdió de acompañarlos en la espera de la chiquita que nació en noviembre. Luego todo fue un torbellino de calamidades. Primero lo secuestraron a él a mediados del 76. Y a los dos años a Leticia. La bebé se crió con los abuelos paternos.


-Es igualita al papá pero tiene la sonrisa de la mamá- dice Alina- y como a ella, no le gusta el río. 


Después se queda mirando el retrato ya en su lugar
-Le regalé una copia de esta foto, porque ellos están tan lindos ahí y ya soñaban con ella. 
-Mirá Carmen, todavía no estaba hecha la represa. ¡Pila de años pasaron!


Alina vivió sus últimos tiempos en un mundo lleno de extrañezas, casi sin reconocer su propia identidad. Aunque su memoria destrozada de vez en cuando traía algún retazo de vida real. Después de su muerte, Carmen continuó en el cuidado de otras ancianas, esa tarea increíble de remar en medio de los remolinos para acercarlas a un pedacito de mundo que las contenga. 


Ni Carmen, ni Alina sospecharon que esa foto recorrería el mundo, porque el artista fotográfico Gustavo Germano la eligió para mostrar la ausencia de los desaparecidos de Entre Ríos, entre ellos la de Toto y Leti. 
Germano solicitó fotos a los familiares de desaparecidos de su provincia natal y reprodujo cada escena en una foto actual, con la notable falta de los protagonistas. La muestra fotográfica se llama Ausencias y  presenta los pares de fotos: la original y la nueva. La de Orlando “Toto” Méndez y Leticia Oliva en las playas de la Tortuga Alegre sobre el río Uruguay y la de una playa solitaria dan inicio a la muestra y al libro que recoge la experiencia. 


Tampoco se enteraron, que en el nuevo siglo, el Equipo de Antropólogos Forenses descubrió que uno de los cuerpos que llegaron a las playas de Punta Indio en el verano del 77, era el de Leti. Que ese río al que ella tanto le temía la devoró pero también la devolvió, para que su hija adorada pudiera reconstruir su destino.  


Por Graciela Vanzan

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